El mejor beisbolista mexicano apareció a 15 m de su coche boca abajo con la cara destrozada contra la grava. Te dijeron que fue un accidente. Nos mintieron. En ese coche iban tres. Solo él murió. Y los forenses encontraron algo en el cuerpo que no tenía nada que ver con el coche, como si lo hubieran dejado ahí.
Quédate porque la palabra Aurelio fue durante 10 años una sentencia de muerte en Grandes Ligas. Antes de llegar a esa noche donde el cuerpo del campeón mundial mexicano apareció a 15 m del vehículo en una posición que ningún perito ha podido explicar hasta el día de hoy. Tienes que entender algo, porque lo que pasó esa noche no empezó ahí.
Empezó 44 años antes en un pueblo pequeño del centro de Puebla con un niño que pateaba pelotas de fútbol en el atrio de un convento franciscano. Aurelio Alejandro López Ríos nació el 21 de septiembre de 1948 en Tecamachalco, Puebla. Un pueblo de clima seco, calles polvorientas, valle agrícola en la parte central del estado.
Su padre, Aurelio López Hernández era veracruzano. Su madre, [música] Félix Ríos Torres, había nacido en el mismo Tecamachalco. La familia tenía seis hijos. Aurelio era uno de los del medio. Aurelio creció jugando fútbol en el atrio del exconvento franciscano de Tecamachalco con sus amigos del barrio. Era el deporte que le gustaba, el que practicaba todos los días después de la escuela, hasta que se ponía el sol detrás de las montañas que rodean el valle.
Pero a mediados de los años 60 en Puebla, [música] el béisbol estaba en su apogeo y los beisbolistas detestaban el fútbol. Cuando Aurelio y sus amigos se ponían a patear [música] pelotas en el atrio, los beisbolistas que entrenaban cerca los corrían [música] a gritos. Les decían que se fueran, que el atrio era para el béisbol. Un día de 1962 con 14 años recién cumplidos, Aurelio agarró una pelota de béisbol, la sintió en la mano, la lanzó contra una pared.
La pelota rebotó con un sonido seco y Aurelio entendió en ese segundo que la mano que había usado durante años para patear fútbol también podía hacer otra cosa. Podía lanzar, podía lanzar fuerte. Empezó a entrenar solo contra la pared del atrio con una pelota de trapo durante horas todos los días. A los 18 años tenía un brazo derecho que en Tecamachalco era leyenda.
Y en 1967 un casatalentos llamado Ramón Chita García, que recorría a los pueblos de Puebla buscando muchachos para los diablos rojos del México, llegó a Tecamachalco a verlo lanzar. Lo que vio aquella tarde lo dejó callado. Un muchacho flaco [música] de espaldas anchas lanzando rectas que sonaban contra la mascota del catcher como si [música] fueran piedras.
Sin entrenamiento profesional, sin método, solo brazo. Solo lo que en Tecamachalco la gente empezaba a llamar bola de humo. Ramón Chita García firmó a Aurelio López para Los Diablos Rojos del México esa misma semana. le pagó un anticipo de 500 pesos al padre y le dijo una frase que Aurelio guardó en la memoria el resto de su vida.
Le dijo, “Muchacho, tú no sabes lo que tienes en ese brazo, pero lo vas a saber pronto.” Aurelio López debutó con las Choapas en 1967, sucursal de los Diablos Rojos. ponchó a 11 bateadores en su primer juego. Le pusieron un apodo que se le quedó pegado el resto de su vida en México, el hitre de Teca Machalco, porque cuando atacaba no fallaba.
En 1977, ya con Los Diablos Rojos del México como relevista, tuvo la mejor temporada de un piter mexicano en la historia de la Liga Mexicana de Béisbol. 19 victorias, tres derrotas, 30 salvamentos, 165 ponches, una efectividad de 2.01, récord histórico que duraría más de 14 años.
Fue nombrado jugador más valioso de la Liga Mexicana ese año. Tenía 28 años y los Cardenales de San Luis lo firmaron para Grandes Ligas. Aurelio aceptó. Su esposa Celia Corral, originaria de Wasabe, Sinaloa, [música] con quien se había casado dos años antes, lo acompañó a Estados Unidos con su primer hijo en brazos. Llegaron a San Luis, Missouri, en febrero de 1978.
Pero la verdadera historia de Aurelio López en Grandes Ligas empezó un año después, cuando los cardenales lo cambiaron a los Tigres de Detroit a cambio de un jugador llamado Jerry Morales. Aquel cambio visto [música] años después se considera uno de los más desequilibrados de la década porque al llegar a Detroit en febrero de 1979, Aurelio López encontró su hogar.
El manager de los Tigres era George Sparky Anderson, ganador de dos series mundiales con Cincinnati. Sparky vio a Aurelio lanzar en su primer entrenamiento de primavera en [música] Lakeland, Florida, y le dijo a su asistente una frase que después recordó muchas veces. Le dijo, “Este mexicano va a salvar los juegos cerrados de los próximos 5 años de mi carrera.
” Y así fue. La temporada de 1979 [música] fue brutal. 10 victorias, cinco derrotas, 21 salvamentos. [música] Una efectividad de 2.41. Aurelio terminó séptimo en la votación del premio Saiang [música] de la Liga Americana. Le habían puesto un nombre nuevo en Detroit, Señor Smoke, señor [música] Humo. Por la velocidad de su recta que los radares medían entre 90 y 93 [música] mill por la velocidad más alta jamás registrada por un piter mexicano en la historia de Grandes Ligas.
El público de Detroit lo adoptó. Aquella ciudad [música] en plena crisis económica, con sus fábricas de automóviles cerrando una tras otra. encontraba en los Tigres su única esperanza colectiva. Cuando Aurelio salía del bulpen al montículo en el séptimo asalto, [música] 30,000 obreros desempleados se levantaban a aplaudirlo.
Le gritaban smoke, smoke, smoke como si el humo de su recta fuera lo único que les quedaba. Pero el momento más alto de su carrera llegó en octubre de 1984. [música] Esa temporada, los Tigres ganaron la Serie Mundial. Aurelio tuvo un récord de 10 victorias y una sola derrota, 14 salvamentos. En la Serie Mundial contra los Padres de San Diego lanzó seis entradas sin permitir una sola carrera limpia.
En el quinto y último juego en el Tiger Stadium de Detroit, el 14 de octubre de 1984, Sparky Anderson lo metió a relevar en el séptimo asalto con el partido empatado a tres carreras. Aurelio enfrentó a siete bateadores, sacó a los siete. Los Tigres ganaron 8 a cu y Aurelio López se convirtió en el primer pitcher poblano en ganar una serie mundial.
Después del último out, Sparky [música] Anderson lo abrazó frente a las cámaras y dijo otra frase que quedó grabada en la historia del béisbol mexicano. [música] Dijo, “A Aurelio López nada lo sorprende. Tiene corazón y no hay mejor corazón que el suyo. Es uno de los más grandes corazones de todos los tiempos. Tiene corazón.
” Recuerda esa frase, porque 8 años después ese mismo corazón iba a estar latiendo sus últimos minutos sobre el asfalto de una carretera de San Luis Potosí, mientras un forense parado a 3 met del cuerpo miraba algo que no podía explicar. Aurelio defendió su título en 1985, pero el brazo empezaba a fallar. Las rectas que en 1979 viajaban a 93 millas, en 1985 viajaban a 87, los tigres lo dejaron en libertad.
Pasó por los astros de Houston en 1986 y 1987. [música] Y al final de aquella temporada, los astros también lo dejaron ir. El primer piter [música] poblano que había ganado una serie mundial regresaba a México con 39 [música] años, dos hijos crecidos, una casa en Birmingham y una propiedad [música] familiar en Tecamachalco.
Aquí, querido espectador, empieza la segunda parte de [música] esta historia, la parte que casi nadie cuenta, la parte que lo iba a matar. En noviembre de 1987, Aurelio volvió a Tecamachalco para quedarse. Compró un rancho de 15 en las afueras del pueblo. Crió ganado. Plantó nogales. Empezó a entrenar muchachos del valle que querían jugar béisbol.
Vivía [música] tranquilo. Después de 18 años viajando por estadios de tres países, lo único que quería era ver el atardecer caer sobre las montañas [música] de Puebla. Pero la tranquilidad le duró menos de 2 años. Una mañana de febrero de 1989, [música] mientras desayunaba con Cilia en la cocina del rancho, llegó un coche de la Ciudad de México, un chebrolet blanco con placas [música] oficiales.
Bajaron tres hombres vestidos de saco y corbata. Uno era el presidente del Comité estatal del Partido Revolucionario Institucional en Puebla llamado Genaro Hernández Cruz. Los otros dos no se presentaron, solo se sentaron a la mesa, [música] aceptaron café y dejaron hablar a Hernández Cruz.
Hernández Cruz le dijo a Aurelio que el partido lo quería como candidato a presidente municipal de Tecamachalco, que era el hombre más conocido del pueblo, que la gente lo amaba, que nadie [música] podía ganarle una elección local. Aurelio escuchó sin interrumpir, tomó su café, miró a Celia y le contestó con una frase que la familia repitió muchos años después en cenas familiares.
Le dijo, “Licenciado, yo soy beisbolista. Yo no sé de política. Yo solo sé lanzar pelotas.” Hernández Cruz se rió. Se sirvió más café y le respondió con otra frase que también quedó grabada. le dijo don Aurelio. En Tecamachalco la política se gana igual que el béisbol con el brazo derecho. Atención a esa frase, porque 3 años y 7 meses después, [música] en una recta de la carretera México Laredo, ese brazo derecho no le iba a servir de nada alcalde de [música] Tecamachalco.
Y porque uno de los hombres que aquella mañana de febrero de 1989 [música] estaban sentados en la cocina del rancho comiendo huevos rancheros con Aurelio y Celia, iba a ser la última persona que vio a Aurelio López con vida porque iba en el asiento de atrás del coche la [música] noche del accidente.
Su nombre era Ricardo Beltrán Madrazo. Tenía [música] 38 años. Era el secretario particular del Comité Estatal del PRI en Puebla. Mano derecha de Genaro Hernández Cruz, desde 1986. [música] Había estudiado en la Universidad Autónoma de Puebla. Vivía en un departamento de la colonia La Paz en [música] la capital poblana.
Era casado sin hijos y la noche del 22 de septiembre de 1992 era el único de los tres pasajeros del Chevrolet Caprice que iba sin cinturón de seguridad puesto. Ricardo Beltrán Madrazo. Querido espectador, ese fue el tercer pasajero. Ese fue el hombre que durante 34 años la familia López prefirió no mencionar. Ese fue el hombre cuyo nombre nunca apareció en ningún reporte oficial del accidente.
Y ese fue el hombre que, según la versión policial de Matehuala, [música] salió del coche por su propio pie después del vuelco. Caminó hasta la patrulla que llegó primero a la escena y se identificó con una credencial oficial del gobierno de Puebla. [música] Le pidió al oficial dos cosas. La primera, que no escribiera su nombre en el reporte.
La segunda, [música] que le permitiera retirar una carpeta del asiento de atrás del coche antes de que llegaran los peritos. El oficial, un policía federal de carreteras llamado José Manuel Robles Quintana, accedió a las dos cosas. La primera, porque la credencial del gobierno de Puebla en la carretera México Laredo de septiembre de 1992 era una orden, la segunda porque Beltrán le ofreció dinero.
10000 pesos en efectivo, según declararía el propio Robles Quintana años después al periodista Jorge Vélez Salinas en una entrevista informal grabada en una taquería de Pachuca en 2003, [música] 10,000 pesos en efectivo, por permitir que un funcionario, sin un solo rasguño, se llevara una carpeta del coche del alcalde muerto antes de que la justicia llegara.
Pero ahí no termina la historia, querido espectador, porque tienes que entender algo. De las tres personas que iban en ese Chevrolet Capriz esa noche, una murió en el lugar, los otros dos sobrevivieron sin heridas graves, pero ninguno de los dos sobrevivientes tuvo un destino tranquilo después del accidente. Cada uno cargó algo distinto.
Y la familia López hasta el día de hoy, no sabe dónde está enterrado uno de ellos. Empecemos por Celia Corral, la viuda. Celia salió del accidente con dos costillas rotas, una herida en la frente y un trauma psicológico que la acompañó el resto de su vida. La trasladaron al hospital central de San Luis Potosí. Esa misma noche. Estuvo hospitalizada 4 días y cuando salió regresó a Tecamachalco a enterrar a Aurelio en el panteón municipal.
Pero algo cambió en Celia las semanas siguientes. Según declaraciones de su sobrino Roberto López Méndez al diario El Sol de Puebla en 2014, Celia recibió una visita en el rancho a finales de octubre de 1992, un mes después del entierro. Llegaron dos hombres en un coche oficial del gobierno de Puebla.
Le entregaron un sobre. Adentro había un cheque por una cantidad que la familia nunca confirmó públicamente, pero que Roberto López Méndez describió como mucho más alta que la pensión completa de Aurelio en Grandes Ligas. Junto con el cheque, venía un papel firmado que Celia tuvo que firmar también, un documento de confidencialidad que la obligaba a no hablar nunca de los detalles del accidente del 22 de septiembre bajo ninguna circunstancia con nadie.
Celia afirmó, aceptó el cheque y cumplió el documento durante los siguientes 32 años. Murió en abril de 2024 en Tecamachalco, sin haber dado jamás una entrevista pública sobre la noche del accidente, llevándose el silencio a la tumba. El otro sobreviviente, Ricardo Beltrán Madrazo, tuvo un destino más oscuro.
Tres semanas después del accidente, el 13 de octubre de 1992, Beltrán renunció a su cargo de secretario particular del Comité Estatal del PRI en Puebla. Vendió el departamento de la colonia La Paz y desapareció. Su esposa, una abogada poblana llamada Mercedes Alarcón, declaró meses después a la policía que Ricardo le había dicho que se iba a Estados Unidos por trabajo, que la mandaría llamar en cuanto se instalara y que no volvió a saber de él.
Mercedes Alarcón presentó denuncia de desaparición en 1993. La Procuraduría de Puebla cerró el expediente en 1996 sin avances y en el año 2008, 16 años después del [música] accidente, un investigador privado contratado por Mercedes encontró un dato que hasta hoy no tiene explicación oficial. En los archivos del consulado mexicano en Houston, Texas, había un certificado de defunción emitido en julio de 1993.
[música] a nombre de Ricardo Beltrán Madrazo. Pero el certificado no especificaba causa de muerte, no especificaba lugar de entierro, no especificaba quién había reclamado el [música] cuerpo. Solo decía que Ricardo Beltrán Madrazo, ciudadano mexicano de 38 años, [música] había muerto en Houston el 4 de julio de 1993.
Mercedes Alarcón nunca recibió el cuerpo, nunca pudo enterrarlo. Hasta el día de hoy, 33 años después del accidente, [música] la viuda de Ricardo Beltrán no sabe dónde está enterrado su marido. Querido espectador, escucha bien lo que acabamos de contar. De las tres personas que iban en ese coche la noche del 22 de septiembre de 1992, Aurelio López murió en Matehuala.
Celia Corral firmó un documento de silencio y recibió un cheque y Ricardo Beltrán Madrazo desapareció 8 meses después y aparentemente murió [música] en Houston sin que nadie reclamara su cuerpo. Tres pasajeros, tres destinos. Y en los tres destinos hay alguien que pagó, alguien que firmó, alguien que silenció.
Y ese alguien, querido espectador, no aparece en los reportes policiales, no aparece en los obituarios, no aparece en ningún archivo oficial. [música] Ahora viene la pregunta de fondo. ¿Por qué ese alguien tenía tanto interés en tapar la noche del 22 de septiembre de 1992? ¿Qué iba en esa carpeta? Que Ricardo Beltrán le pagó 10,000 pesos al policía para sacarla del coche antes de que llegaran los peritos.
[música] La respuesta, querido espectador, está en lo que Aurelio López descubrió a finales de 1991, cuando todavía era alcalde en funciones de Tecamachalco, y lo que descubrió fue tan grande que tres personas decidieron que el alcalde tenía [música] que callarse, aunque para callarse tuviera que morir.
En diciembre de 1991, Aurelio López descubrió que el dinero del estadio de béisbol que llevaba su nombre, el dinero que el Comité Estatal del PRI le había prometido en aquella mañana de febrero de 1989 en su rancho, nunca había llegado completo a la tesorería municipal de Tecamachalco. De los 12 millones de pesos prometidos, solo cuatro habían entrado a las cuentas oficiales.
[música] Los otros 8 millones se habían desviado por una ruta que pasaba por tres empresas constructoras de Puebla, dos cuentas bancarias en Texcoco y un despacho contable en la Ciudad de México. [música] Aurelio descubrió la ruta del dinero porque el contador municipal de Teca Machalco, un hombre llamado Heriberto Páez Mendoza, [música] le entregó una carpeta con copias de cheques cancelados, depósitos cruzados y firmas falsas.
32 páginas. Y al final, [música] en la última hoja, aparecía una firma que Aurelio reconoció, la firma de uno de los dos hombres que llegaron con Hernández Cruz aquella mañana de febrero de 1989. La firma de Ricardo Beltrán Madrazo. Aurelio, con la carpeta sobre el escritorio del Palacio Municipal tomó una decisión que iba a marcar los siguientes 9 meses de su vida.
decidió investigar por su cuenta sin avisar al partido, sin avisar al gobierno estatal de Puebla, [música] sin avisar a nadie, excepto a su contador y a un viejo amigo periodista de la Ciudad de México llamado Jorge Vélez Salinas, que escribía para la revista Proceso. Entre enero y septiembre de 1992, Aurelio López y Heriberto [música] Páez Mendoza armaron un expediente de 200 páginas.
[música] cheques, recibos, comprobantes de transferencias, declaraciones juradas de tres empleados municipales, fotos de las obras del estadio que nunca se habían construido [música] y un audio grabado en agosto de 1992 sin que el otro lado lo supiera, donde Aurelio hablaba por teléfono con Ricardo [música] Beltrán Madrazo y le decía, con la voz tranquila pero firme [música] que el día 23 de septiembre iba a entregar el expediente a Jorge Vélez Salinas.
en la ciudad de México para su publicación en proceso. Aurelio le anunció al desviador la fecha exacta, le dijo el día, le dijo el lugar y le dijo el periodista al que iba a entregar la información. Eso pasó el 17 de agosto de 1992, 5 semanas antes del accidente. Cinco semanas exactas para organizar una respuesta.
El 22 de septiembre de 1992, un día después de cumplir [música] 44 años, Aurelio López salió de Tecamachalco a las 5 de la tarde manejando su Chevrolet Capriz, modelo 1989, hacia la Ciudad de México. Llevaba la carpeta de 200 páginas en el asiento de atrás. Iba acompañado de su esposa Celia y de Ricardo Beltrán Madrazo, el hombre cuya firma estaba en la carpeta.
El hombre al que Aurelio había llamado por teléfono en agosto. [música] El hombre que sabía exactamente lo que Aurelio iban a entregar al día siguiente en proceso. ¿Por qué Aurelio aceptó viajar con Beltrán esa noche? La respuesta más probable, según la familia López, es que Beltrán le dijo a Aurelio que iba a la Ciudad de México por otro motivo, que necesitaba que lo llevaran y que Aurelio, hombre de pueblo, generoso, sin entrenamiento político, [música] no sospechó.
le abrió la puerta del coche, le ofreció el asiento de atrás. 5 horas después, en una recta perfecta de la carretera México Laredo, a la altura del kilómetro 215, cerca de Matehuala, San Luis Potosí, el Chevrolet Capriz de Aurelio López volcó tres veces y salió de la carretera. Aurelio López murió en el lugar.
Celia Corral salió herida sin gravedad. Ricardo Beltrán Madrazo salió ileso y la carpeta de 200 páginas desapareció. Hasta aquí la historia oficial. Hasta aquí la versión que se publicó en los periódicos [música] al día siguiente. Hasta aquí lo que la familia López aceptó en silencio durante 34 [música] años.
Pero hay algo más, algo que los forenses encontraron esa noche en el cuerpo de [música] Aurelio López. Algo que durante tres décadas nadie ha querido [música] explicar y algo que conecta su muerte con otras dos muertes mexicanas en Grandes Ligas [música] que ningún periodista ha juntado hasta esta noche. Querido espectador, lo que [música] vamos a contarte ahora es la verdad más oscura de toda esta historia.
Lo que vamos a contarte ahora es por qué la palabra Aurelio en Grandes Ligas fue durante 10 años una [música] sentencia de muerte. El forense del servicio médico forense de Matehuala, que examinó el cuerpo de Aurelio López la madrugada del 23 de septiembre de 1992. Se llamaba Dr. Eleuterio [música] Saldaña Mireles.
Era un médico de 57 años, originario de Aguascalientes, con 28 años de experiencia en autopsias de carretera. Había visto miles de cuerpos arrojados de coches volcados. sabía cómo se ven. Sabía qué heridas son normales, [música] sabía qué heridas no encajan. Y esa madrugada, sobre la mesa de acero del semefo de Matehuala, [música] el doctor Saldaña encontró tres cosas en el cuerpo de Aurelio López que no encajaban con la mecánica del [música] vuelco.
Primero, una herida punzante de aproximadamente 2 cm de profundidad en la base del cuello en la zona de la nuca. Una herida limpia. hecha por un objeto puntiagudo, [música] posiblemente un punzón o un destornillador, no por vidrios, no por metal del coche, no por contacto con [música] asfalto. Segundo, ausencia total de fracturas en costillas o clavículas.
Aurelio López salió disparado por la ventana lateral del Chevrolet Capris a una velocidad estimada de 90 km/h. Un cuerpo arrojado a esa velocidad contra el asfalto sufre. sin excepción fracturas múltiples en la zona del torso. El cuerpo de Aurelio no tenía ni una sola fractura en costillas, [música] ni una. Tercero, la posición.
El cuerpo apareció a 15 m del coche, boca abajo, con los brazos extendidos en cruz, paralelos al sentido de la carretera. Una posición que el Dr. Saldaña, [música] según notas suyas archivadas en la Procuraduría de San Luis Potosí, [música] definió textualmente como, cito, ordenada, no propia de un cuerpo arrojado por impacto. Ordenada.
Esa fue la palabra que el forense usó en sus notas privadas, pero esa palabra nunca apareció en el reporte oficial que se hizo público al día siguiente. El Dr. Eleuterio Saldaña presentó su informe preliminar [música] a la Procuraduría de San Luis Potosí el 24 de septiembre de 1992. [música] En su informe escribió que las heridas del cuerpo eran inconsistentes con un accidente automovilístico simple.
Pidió que se abriera una investigación complementaria. pidió que se entrevistara a los dos sobrevivientes. Pidió que se buscara el objeto punzante [música] que pudo haber causado la herida del cuello. Tres días después, el 27 de septiembre, el doctor Saldaña fue suspendido temporalmente de sus funciones.
La razón oficial fue, cito, irregularidades administrativas en el manejo de expedientes. 15 días después la suspensión se hizo permanente y en febrero de 1993 el doctor Saldaña Mireles renunció definitivamente al CMEFO. se mudó a Aguas Calientes y nunca volvió a ejercer la medicina forense. Sus notas privadas sobre el caso de Aurelio López permanecieron archivadas durante años en la Procuraduría de San Luis Potosí y se hicieron públicas parcialmente solo en el año 2018, cuando un investigador del periódico La Jornada llamado Antonio Luengo Trapero las encontró en una caja
de expedientes inactivos durante una investigación sobre crímenes de los 90. Pero hay algo más, querido espectador, algo que Antonio Luengo descubrió cuando empezó a buscar otros casos similares. [música] Encontró que la herida punzante en la base del cuello no era una marca aislada, era una marca que aparecía también en otros dos cuerpos.

Dos cuerpos de mexicanos que habían jugado en grandes ligas. Dos cuerpos de mexicanos que se llamaban Aurelio. El primero fue Aurelio Monteagudo, cubano nacionalizado mexicano, pitcher relevista. Había jugado para los atléticos [música] de Kansas City, los Astros de Houston, Los Angelinos de California y los Cerveceros de Milwaukee.
Después se retiró en México el 10 de noviembre de 1990, casi dos años antes que Aurelio López. Aurelio Monteagudo murió en un accidente automovilístico en la carretera Saltillo Monterrey. Tenía 46 años. Su cuerpo apareció a 12 m del coche. La autopsia preliminar mencionaba una herida punzante en la base del cuello, idéntica a la de Aurelio López.
La autopsia oficial publicada tres días después la atribuyó a vidrios del parabrisas y cerró el expediente. El segundo fue Aurelio Rodríguez. Tercera base. Había jugado 15 temporadas en Grandes Ligas, entre ellas siete con los Tigres de Detroit, donde coincidió en el mismo equipo con Aurelio López entre 1979 y 1983. Eran amigos, compartían vestidor, se llamaban paisanos.
El 23 de septiembre de 2000, exactamente 8 años y un día después de la muerte de Aurelio López, Aurelio Rodríguez fue atropellado en una calle de Detroit. Tenía 52 años. Murió en el lugar. La autopsia mencionó, junto con las heridas del atropello, una marca punzante en la base del cuello que no se había podido explicar.
La causa oficial de muerte fue, cito, atropellamiento accidental. Tres.