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Así Fue la Vida de Libertad Lamarque y su Mansión | La Cachetada a Evita, El Exilio y Sus Secretos

Un caserón amplio en Coral Gabels, Miami, piscina, jardín, paredes llenas de fotografías en blanco y negro que cuentan más de 70 años de carrera. Y adentro vivía una mujer de 92 años rodeada de ocho gatos, caminando despacio por los pasillos de una casa que huele a soledad elegante. Afuera el mundo sigue girando.

En Argentina siguen preguntando por una cachetada que supuestamente ocurrió hace más de medio siglo. Y en cada rincón de América Latina, desde Buenos Aires hasta la Ciudad de México, desde La Habana hasta Caracas, su voz sigue sonando en las radios, en las rocolas, en la memoria de millones de personas que crecieron escuchándola cantar tangos que les arrancaban el alma.

Esa mujer se llama Libertad la Marque, la novia de América, la reina del tango, la mujer que fue expulsada de su propio país por atreverse a enfrentar a la mujer más poderosa de Argentina. La actriz que participó en 65 películas grabó más de 800 canciones, protagonizó seis telenovelas y siguió trabajando hasta 12 días antes de morir.

La mujer que intentó su tirándose de un balcón en Chile que soportó un matrimonio con un hombre violento, que le arrebataron a su hija, que tuvo que huir de Argentina para sobrevivir y que convirtió ese exilio en la conquista de un continente entero. Y esta no es solo la historia de su carrera, esta es la historia de lo que nadie cuenta cuando mencionan su nombre, de la cachetada que supuestamente le dio a Eva Perón y que le costó la patría, del marido alcohólico que la golpeaba y que secuestró a su hija cuando ella intentó

escapar, del segundo matrimonio que empezó como salvación y terminó en separación silenciosa de los últimos días en un hospital de la ciudad de México cuando una neumonía le apagó la voz para siempre mientras el mundo todavía la esperaba en un set de grabación. Pero para entender cómo terminó en ese hospital de México, primero hay que volver al principio, a un barrio pobre de Rosario, Argentina, donde un hombre con ideas peligrosas le puso a su hija un nombre que sonaría como una sentencia, un nombre que ella convirtió

en profecía. Rosario, Santa Fe, 24 de noviembre de 1908. En una casa humilde, en un barrio donde la pobreza no era excepción, sino regla, nace una niña. Su padre se llama Gaudencio Lamarque. Es uruguayo, es anarquista, un hombre que cree en la revolución, en la justicia social, en la destrucción de las cadenas que atan a los pueblos.

Un hombre que difunde sus ideas a través de pequeñas obras de teatro que monta en plazas, en bares, en cualquier lugar donde alguien quiera escucharlo. Y cuando nace su hija le pone un nombre que es una declaración de principios, la llama libertad. guarda ese detalle porque el nombre no fue casualidad, no fue capricho, no fue romanticismo, fue un acto político.

Gaudencio Lamar que le puso a su hija el nombre de lo que más valoraba en el mundo y esa niña, sin saberlo todavía, iba a vivir una vida que justificaría ese nombre en cada esquina, en cada escenario, en cada país que la recibió cuando el suyo propio la rechazó. Pero la infancia de libertad no fue la de una niña consentida, fue dura.

Su madre, Josefa Bousá, conocida como Sirou, era una mujer de carácter feroell, una mujer que venía de una historia de pérdidas y reinvenciones. Siro había estado casada antes con un hombre llamado Juan la Marque, un propietario de viñedos en la zona de la Marque en la región de Gironda, que además era veterinario y herrero.

Juan murió de tuberculosis siendo joven. Uno de sus hijos, Vicente se alistó en la marina y desapareció de la vida familiar durante años. Después de enviudar, Ciró se casó con un sastre llamado Enrique Ma, que le ocultó que ya estaba casado. Cuando la verdad salió a la luz, Me huyó a Francia para evitar la cárcel y ahí estaba Siró, otra vez sola, otra vez empezando de cero.

Ahora con Gaudencio Lamarque, el anarquista uruguayo que le daba ideas revolucionarias, pero no le daba estabilidad económica. La pobreza era el aire que respiraban. En esa casa se escuchaba música, se leía, se hablaba de política, pero no siempre había para comer. Y hay un detalle oscuro que casi nadie menciona cuando habla de la infancia de libertad.

Sirón no era una madre tierna, era estricta hasta la crueldad. Según los registros, solía hacer arrodillar a libertad sobre granos de maíz como castigo. En una ocasión, un vecino denunció a Siró en la comisaría por los llantos que generaba en la niña. Eso no era disciplina. Eso era violencia y libertad la soportó en silencio, como soportaría tantas otras cosas a lo largo de su vida.

Pero en esa casa también había arte. Gaudencio montaba sus pequeñas obras de teatro político y la niña desde los 7 años empezó a participar en ellas. No como juego, como trabajo. A los 7 años Libertad la Marque ya estaba actuando en obras vinculadas a la militancia anarquista de su padre. Aprendió a pararse frente a un público, a proyectar la voz, a transmitir emociones antes de saber leer correctamente.

Su padre no la estaba criando para ser ama de casa, la estaba criando para ser artista, aunque probablemente no imaginaba hasta dónde llegaría esa niña que cantaba con una voz que no parecía posible en un cuerpo tan pequeño. En 1926, la familia Lamarque se mudó a Buenos Aires. Se instalaron en una vivienda en Paraná 258 y fue ahí donde el destino de libertad dio el primer giro.

Un periodista rosarino le consiguió una carta de presentación para Pascual Carcaballo, el dueño del teatro El nacional, uno de los teatros más importantes de Buenos Aires. Carcaballo la aceptó para hacer coros y algún papel menor. Tenía 17 años. Era bajita, menuda, con unos ojos transparentes que parecían ver más de lo que debían.

No era la más bella del elenco, no era la más alta, no era la más llamativa, pero tenía algo que las demás no podían imitar. Tenía una voz. Esa voz era un registro soprano, agudo, limpio, capaz de arrancar lágrimas con una sola nota sostenida. En una época en que el tango era territorio exclusivo de hombres, esa voz rompía moldes.

Libertad no cantaba como los hombres que dominaban el género. Cantaba con una feminidad feroz, con una delicadeza que escondía garras. Y el público lo notó desde la primera vez. Debutó en el Sainete la muchacha de Montmartre de José Saldías, integrando un trío vocal con Olinda Bosán y Antonia Volpe. Y de ahí en adelante la carrera no se detuvo nunca.

Grabó su primer disco en 1926, dos temas, Chilenito y Gaucho Sol, para el sello RCA Víctor. Tenía 17 años y ya estaba grabando. Ya tenía un disco con su nombre. Ya estaba empezando a construir lo que se convertiría en una discografía de más de 800 canciones. Pero a esa misma edad, a los 17 años, Libertad cometió lo que ella misma llamaría después un error de juventud y un infierno. Se casó.

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