medalista olímpica. En el 2016, cuatro hombres le rompieron el pómulo a patadas y ella lloró frente al Senado pidiendo justicia para las mujeres mexicanas. 8 años después, esa misma mujer hizo a otras mujeres mexicanas algo tan asqueroso que hoy le tiene cuatro carpetas abiertas en la fiscalía y nadie con poder en este país se atreve a meterla a la cárcel.
Se llama Ana Guevara y lo que vas a ver en este video lleva más de 6 años ocultándose. Pero la mujer que hoy se esconde de la prensa no nació siendo lo que es. Se hizo a sí misma, a golpes, frente a un espejo, una madrugada cualquiera, en un cuarto de hotel donde nadie la veía. Y para entender en qué momento exacto, Ana Guevara dejó de ser la heroína que México lloraba en la pista y se convirtió en la mujer que hoy tiene cuatro carpetas abiertas en la fiscalía.
Hay que regresar al primer golpe que la tiró al pavimento. Tenía 7 años y todavía no sabía correr. Ana Gabriela Guevara Espinoza nació el 4 de marzo de 1977 en Heroica, Nogales, Sonora. Una ciudad de polvo donde los muchachos cruzaban el muro cada noche con la esperanza de no regresar.
Hija mayor de Octavio Guevara, dueño de un pequeño negocio de alarmas y de Ana María Espinosa, ama de casa, cuatro hermanos detrás de ella, una casa modesta a pocas cuadras de la línea fronteriza, una infancia marcada por el calor del desierto, las sirenas de la migra y los muchachos del barrio que jugaban a brincar la barda metálica que lo separaba de Estados Unidos.
Una tarde de 1984, una niña de 7 años con trenzas cruzaba una calle del centro de Nogales. Un carro venía a velocidad. La niña no lo vio. El golpe la levantó del suelo varios metros. Aterrizó de espalda sobre el asfalto y aunque sobrevivió, el accidente le dejó una cicatriz blanca que le bajaba por toda la espalda.
Esa cicatriz no se borró nunca. Esa cicatriz fue el primer aviso porque en la vida de Ana Guevara iban a haber tres caídas. La del pavimento de Nogales fue la primera. La segunda la iba a tirar al suelo otra vez, 32 años después, frente a un país entero que la vio sangrar. Y la tercera, la más sucia de todas, no se la iba a dar ningún carro y no se la iban a dar unos hombres en una carretera.
Esa se la iba a hacer ella sola. Vamos a volver a esto. A los 14 años, Ana Gabriela ya era más alta que las niñas de su salón. Las maquiladoras de Nogales tenían ligas industriales de basquetbol, equipos formados por las trabajadoras de las fábricas y un técnico vio entrar a esa muchacha desgarbada, Larguirucha, con la cicatriz cruzándole la espalda, y le dijo a su madre que le diera permiso de jugar.
Ana Gabriela se puso una camiseta prestada, salió a la cancha y descubrió en cuestión de meses que tenía algo que ninguna otra niña de nogales tenía. Velocidad pura, la velocidad que después la iba a llevar a hacer historia y la velocidad que muchos años después también la iba a llevar a destruirse. Soñaba con ser la versión femenina de Michael Jordan.
Quería vestir la camiseta de la selección olímpica de basquetbol en 1995. Intentó entrar al equipo nacional para Atlanta 96. La cortaron, no la seleccionaron. Ana Gabriela regresó a Nogales con la maleta hecha llorando dentro de un autobús, convencida de que su carrera deportiva había terminado a los 18 años. Lo que esa muchacha llorando en un autobús de regreso a Sonora no podía imaginar es que el rechazo más doloroso de su vida iba a ser también el motor de todo lo que vino después, porque 7 años más tarde esa misma mujer iba a ser la
deportista más rápida del planeta y 30 años más tarde iba a usar exactamente la misma palabra que le dijeron a ella aquella tarde para humillar a otras atletas mexicanas cortadas. Vamos a volver a esto. En 1996, sin haber pisado nunca una pista de atletismo, Ana Gabriela se inscribió por primera vez en una carrera de 400 m.
Ganó. Ganó también los 800. Ganó una Olimpiada nacional juvenil completa, siendo absolutamente desconocida. Y ahí entró a su vida el hombre que la moldeó durante 12 años. Raúl Barreda, cubano, entrenador de pista, severo, frío, metódico, el primer cubano en la vida de Ana Guevara, no iba a ser el último. Barreda la entrenó como si fuera barro, la rompió y la volvió a armar.
Le quitó la técnica de basquetbolista y le construyó una zancada de velocista. La obligó a correr 8 horas al día. Le prohibió la familia, las fiestas, las relaciones. Le dijo, y ella lo repetiría años después en una entrevista, una sola frase, que el atletismo no era para mujeres bonitas, que era para mujeres que aguantaban.
Ana Gabriela aguantó el 29 de agosto del 2003 en el estadio de San Denise en París. Una mujer de Sonora con la cicatriz en la espalda cruzó la meta de los 400 m planos en un tiempo de 48 segundos con 89 centésimas. Campeona del mundo. La primera mujer mexicana en ganar un oro mundial de pista. México se paró en seco.
En las casas los hombres lloraban. Las madres apagaban la estufa para verla, los niños memorizaban su nombre y en Nogales, los maestros del barrio cerraban las clases para que los muchachos pudieran ver por televisión a la niña que 19 años antes había salido volando por los aires sobre el asfalto. El 3 de mayo de ese mismo año, en el Estadio Olímpico Universitario de Ciudad Universitaria, Ana Gabriela había hecho algo que ningún otro atleta mexicano había hecho jamás.
Corrió los 300 m planos en 35 segundos con 30 centésimas. Récord mundial. Hasta el día de hoy nadie ha podido bajar ese tiempo. 22 años después, ese récord sigue siendo de ella. Un año más tarde, en agosto del 2004, Ana Gabriela llegó a los Juegos Olímpicos de Atenas como la mujer más rápida del mundo en su distancia. cargaba con el sueño dorado de un país entero.
77 millones de mexicanos pegados a la televisión la noche del 24 de agosto, la final de los 400 m. Su carrera entera apuntaba a esa noche. No ganó. La baameña Tonque Williams le quitó el oro por 23 centésimas. Ana Gabriela cruzó la meta segunda con la mirada perdida, sabiendo que se le había escapado por un suspiro la única medalla que de verdad importaba.
La medalla de plata se la colgaron al cuello. Subió al podio y mientras la bandera mexicana ascendía en el segundo lugar del mástil, la mujer más rápida de México apretó los labios para que las cámaras del mundo no la vieran llorar. Esa noche en Atenas, Ana Guevara aprendió una lección que iba a marcar la segunda mitad de su vida.
Aprendió que la diferencia entre la gloria absoluta y el segundo lugar son 23 centésimas. Y aprendió que el país que la había aplaudido en París la iba a olvidar en Atenas. Lo que esa mujer no podía imaginar es que 14 años después, sentada en una oficina de CONADE, iba a tomar venganza por esa medalla que se le escapó y la iba a cobrar contra las únicas personas que no tenían culpa de nada, las atletas que venían detrás de ella.
En 1997, Ana Gabriela había firmado su primer contrato profesional en el 2008. 12 años después lo rompió. anunció su retiro a los 31 años en plena cumbre, con todavía velocidad en las piernas, y lo hizo con una frase que la prensa mexicana publicó al día siguiente. Dijo que estaba asqueada del sistema deportivo mexicano, que la federación no apoyaba a las atletas, que los recursos se quedaban en los escritorios y nunca llegaban a las pistas, que ella no iba a seguir corriendo para un país que se robaba el dinero de sus campeones. El presidente
de la Federación Mexicana de Atletismo se llamaba Mariano Lara. Ana Guevara lo señaló con nombre y apellido. Lo acusó públicamente de corrupción, de desviar recursos, de abandonar a las atletas mujeres, de usar a los deportistas como adornos políticos sin pagarles lo que les correspondía.
Esa fue la denuncia más sonada del deporte mexicano en aquellos años. Y el público mexicano la escuchó y le dio la razón. 10 años después de hacer esa denuncia, Ana Guevara iba a sentarse exactamente en la misma silla que ocupaban los hombres a los que ella había acusado. Iba a manejar los mismos recursos públicos, iba a tener bajo su mando a las mismas atletas mujeres que ella había defendido.
Y lo que iba a hacer con ese poder es lo que vas a saber en los próximos minutos. Pero antes hay que entender cómo llegó ahí. El 2009, un año después del retiro, el Partido de la Revolución Democrática le ofreció a Ana Guevara una candidatura para jefe delegacional en Miguel Hidalgo, una de las zonas más caras de la Ciudad de México. Aceptó, perdió.
La derrotó Demetrio Sodi del PAN por seis puntos. Pero Ana Guevara no regresó a Sonora a entrenar muchachas. Se quedó en Ciudad de México. Aprendió cómo se mueve el poder. Aprendió quién paga las campañas. Aprendió en qué pasillos del Senado se firman los contratos. En el 2012, ahora con el Partido del Trabajo, llegó al Senado de la República por la vía plurinominal, senadora por Sonora, un cargo que iba a ocupar durante 6 años.
Presidió la Comisión de Asuntos Migratorios, fue secretaria de la Comisión de Relaciones Exteriores y empezó a viajar a Cuba, a Estados Unidos, a reuniones diplomáticas donde una excorredora de 400 m no debería tener nada que opinar. Pero opinaba y empezó a tejer relaciones que ningún periodista deportivo seguía de cerca, porque a la prensa mexicana le interesaba la senadora de las medallas, no la senadora que estaba aprendiendo a firmar convenios internacionales.
En esos 6 años en el Senado, Ana Guevara construyó una red de contactos políticos que después le iba a permitir hacer algo que ningún ex deportista mexicano había hecho jamás. tomar el control absoluto del presupuesto del deporte nacional y ese presupuesto durante los siguientes 6 años iba a ser de más de 18,000 millones de pesos.
Pero antes del nombramiento de CONADE, antes del poder absoluto, hubo una noche que cambió a Ana Guevara para siempre. Una noche que el país entero recordó al día siguiente cuando vio la fotografía en los periódicos y que hoy, 8 años después todavía pesa sobre todo lo que vino después. Domingo 11 de diciembre del 2016, carretera México Toluca. 5 de la tarde.
Ana Guevara, de 39 años, regresaba en su motocicleta Harley Davidson de un fin de semana en Valle de Bravo. La acompañaba una amiga Karina Rincón. En otra moto hacía frío. La carretera estaba llena de gente que también regresaba al Distrito Federal después del puente. A la altura del kilómetro 26, cerca de la marquesa, una camioneta Dodge Voyager con placas del Estado de México impactó la moto de Ana por detrás. La senadora salió disparada.
La Harley Davidson cayó al asfalto rebotando varios metros. Ana golpeó contra la valla central. se levantó adolorida, se quitó el casco y se acercó a la camioneta a reclamar el choque, pensando que era un accidente común. No le pidieron disculpas, no le ofrecieron el seguro, la rodearon. Los cuatro hombres bajaron al mismo tiempo, la empezaron a gritar.
Le dijeron lo que las mujeres mexicanas escuchan cada vez que un hombre se siente ofendido por su existencia. Le insultaron por andar en moto, por reclamar, por levantar la voz, por ser mujer. Y entonces, mientras Karina Rincón los grababa con un celular desde la otra moto, los cuatro hombres rodearon a Ana Gabriela y empezaron a pegarle.
Patadas en las costillas, puñetazos en la nuca. Una mujer cayó al asfalto. Otro hombre la pateó en la cara. Esa patada le rompió el pómulo. La fractura del maxilar superior fue tan severa que los médicos del hospital A, B, C, esa misma noche dijeron que el hueso se había desplazado 2 cm del lugar donde debía estar.
Ana Guevara cayó al suelo por segunda vez ese día, sangrando, con la cara hinchada, con los huesos fracturados, mientras los cuatro hombres se subían a la camioneta y se iban por la carretera sin que nadie los detuviera, sin que la policía federal llegara a tiempo, sin que ningún testigo saliera del carro a defenderla. La medallista olímpica, la mujer más rápida de México, la senadora de la República, quedó tirada en el asfalto del Estado de México como cualquier otra mujer mexicana golpeada en una carretera, sin protección, sin guardaespaldas, sin
justicia inmediata. Logró subirse a su moto. Avanzó algunos metros. Encontró una patrulla federal a la altura del kilómetro 26. Le suplicó a los oficiales que la llevaran al hospital. La trasladaron al ABC de Santa Fe. Esa misma noche la operaron de emergencia. La cirugía duró 3 horas. Le pusieron placas de titanio en el pómulo, le suturaron las heridas de la cara, le inmovilizaron las costillas magulladas.
Dos días después, el martes 13 de diciembre del 2016, Ana Guevara dio una conferencia de prensa en el Senado de la República. Pudo haber dado la rueda con lentes oscuros para tapar los moretones. Pudo haber dado un comunicado escrito. Pudo haberse escondido en su casa hasta que la cara se desinflamara.
eligió no hacerlo. Eligió dar la cara con el rostro hinchado, con los puntos de sutura visibles, con un ojo cerrado por la inflamación, con la voz quebrada que apenas podía sostener una frase entera. Ana Guevara habló frente a las cámaras de la prensa mexicana. dijo que era una agresión cobarde, dijo que era violencia de género.
Dijo palabra por palabra que aquello era un mensaje a todas las mujeres de México, que si a una senadora medallista olímpica le podían hacer eso en una carretera, ¿qué le iban a hacer a las mujeres que no tenían cámaras encima, pidió un país que dejara de pisotear a las mujeres mexicanas? Lloró en vivo frente a las cámaras y México lloró con ella.
Aquella conferencia es uno de los momentos más vistos del Senado mexicano de toda la década. Cualquier mujer mexicana que en ese momento veía la televisión sintió un golpe en el pecho. Cualquier hombre mexicano de 50 años en su sala viendo a esa mujer hablar con la cara rota, sintió una mezcla de rabia y de respeto. Ana Guevara esa noche dejó de ser solo una excorredora.
Se convirtió en un símbolo nacional. La voz de las mujeres golpeadas, la que no se cayó, la que se levantó otra vez del pavimento. Esa fue la segunda caída de Ana Guevara y fue la caída más limpia de toda su vida. Porque esa caída no fue por su culpa, esa caída se la hicieron a ella. Y por una vez, durante unas semanas, el país entero estuvo de su lado.
Lo que ningún mexicano viendo esa conferencia esa noche podía imaginar es que apenas dos años después esa misma mujer iba a tener entre sus manos el destino de cientos de atletas mujeres de México. Y lo que iba a hacer con ese poder iba a ser, palabra por palabra, lo opuesto a todo lo que prometió esa tarde con la cara rota frente a las cámaras del Senado.
El primero de diciembre del 2018, Andrés Manuel López Obrador asumió la presidencia de México. Ese mismo día en el Palacio Nacional, anunció su gabinete deportivo. La nueva directora de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte iba a ser Ana Gabriela Guevara, la primera mujer en ocupar ese cargo en la historia de México.
Una decisión simbólica, fuerte, mediática. La medallista olímpica al frente del deporte, la heroína de Atenas administrando los sueños de los atletas que venían detrás de ella. México aplaudió. Las redes sociales celebraron. Los periódicos escribieron editoriales emocionados. Por primera vez, alguien que había sufrido el sistema en carne propia iba a estar al mando.
Eso decían los titulares. Eso prometía Ana. Eso creyó el país. Pero hubo un detalle que casi nadie notó esa misma tarde de diciembre. En el discurso de toma de posesión, Ana Guevara mencionó dos veces la palabra Cuba. Habló de fortalecer convenios internacionales. Número 1C. Habló de aprender de las grandes potencias del deporte y habló de una alianza estratégica que ya estaba en marcha y que iba a cambiar el deporte mexicano para siempre.
Lo que esa mañana Ana Guevara no dijo, lo que ningún periodista presente alcanzó a entender es que esa frase sobre Cuba no era un saludo diplomático, era el primer aviso de algo mucho más grande, algo que 6 años después iba a aparecer en los expedientes de la Auditoría Superior de la Federación. Algo que iba a explicar por qué.
Mientras Ana Guevara firmaba millones de pesos a entrenadores que no existían, la selección mexicana de natación artística estaba vendiendo trajes de baño en internet para poder entrenar. Y aquí es donde empieza la verdadera historia, porque febrero del 2019, dos meses después de su nombramiento, Ana Guevara hizo su primera maniobra, una maniobra que ningún periódico mexicano cubrió como debía.
cambió los estatutos de la CONADE, modificó el reglamento interno para que el director o directora de la CONADE pudiera ocupar el cargo sin tener estudios de licenciatura. Ana Guevara nunca terminó la carrera de ciencias de la comunicación y necesitaba blindarse legalmente. Lo hizo en silencio, sin conferencia de prensa, sin debate público.
Lo firmó un viernes cualquiera y el lunes siguiente ya estaba publicado en el Diario Oficial. Esa firma de febrero del 2019 fue la primera, pero entre el 2019 y el 2022, Ana Guevara firmó muchas otras cosas y ahí empezó a salir a la luz lo que iba a convertirla en la funcionaria más denunciada del sexenio. Pero antes de las nadadoras, antes de los entrenadores fantasma, antes de la frase que la condenó, hubo un evento que marcó el inicio de todo.
Los Juegos Olímpicos de Tokyo 2020. Aquellos juegos pospuestos por la pandemia, aquellos juegos en los que México llegó con la peor delegación olímpica de los últimos 24 años y aquellos juegos que dejaron al país entero con una pregunta que ningún periodista deportivo se atrevió a hacer en voz alta.
¿Qué estaba pasando dentro de la CONADE? México llevó a Tokio a 163 deportistas. Ganó cuatro medallas, cero oros, una plata. Tres bronces, la peor cosecha desde Atlanta, 96. Y mientras los atletas mexicanos competían sin uniformes adecuados, sin nutricionistas en la Villa Olímpica, sin fisioterapeutas asignados, Ana Guevara aparecía en redes sociales subiendo fotografías desde las gradas, sonriente, con lentes oscuros, con bolsas de marca, acompañada de funcionarios de la CONADE, que tampoco tenían razón para estar en Tokio. Cuando los atletas regresaron a
México, varios denunciaron en privado lo que habían visto, que la directora de la CONADE había viajado en primera clase, que se hospedaba en hoteles de cinco estrellas, mientras los entrenadores compartían cuartos en hostales, que ni siquiera fue a saludar a los medallistas en la villa, que se la pasó comiendo en restaurantes japoneses caros con su séquito personal.
El primero que se atrevió a decirlo en voz alta fue el clavadista Iván García. En una entrevista al regreso de Tokio dijo sin mencionar nombres que el deporte mexicano estaba siendo administrado por gente que no entendía lo que era pasar hambre por un sueño. Esa frase, que parecía una queja menor, fue el primer aviso público de que algo estaba muy podrido dentro de la CONADE.
En el 2021, después de Tokio, la Auditoría Superior de la Federación empezó a revisar las cuentas, pidió documentos, pidió comprobantes, pidió justificación de los gastos y empezó a encontrar lo que después se convertiría en cuatro carpetas de investigación, pagos a entrenadores que no estaban en la lista oficial de la CONADE.
77 millones de pesos repartidos a 428 personas que no aparecían en ningún registro, empresas factureras que cobraban por servicios que nunca se prestaron, contratos de alimentación adjudicados directamente, sin licitación a una empresa llamada SIM CSA, cuyos representantes después confesarían en testimonios judiciales que pagaron sobornos a funcionarios de CONADE para conseguir el contrato.
sobornos, moches, dinero por debajo de la mesa, las palabras técnicas que usaban los auditores para describir lo que cualquier mexicano de 50 años entiende perfectamente, mórdida. Y mientras la auditoría empezaba a destapar todo eso, Ana Guevara se preparaba para hacer lo que iba a marcar la siguiente etapa de su gestión: atacar a las atletas que se atrevieran a quejarse.
Cualquier deportista que protestara públicamente por la falta de apoyo iba a perder su beca. Cualquier entrenador que hablara con la prensa iba a perder su contrato. Cualquier federación que reclamara iba a ser cancelada. Empezó por ahí por el silencio impuesto a la fuerza y las primeras víctimas fueron las nadadoras. En enero del 2023, las nadadoras mexicanas de natación artística estaban entrenando para los mundiales de Doja.
Eran un equipo histórico. Lo lideraba Nuria Diosdado, una de las atletas más condecoradas del país. Habían ganado oro en la Copa del Mundo de Egipto en mayo del 2023. habían clasificado a los Juegos Olímpicos de París 2024. eran el orgullo silencioso del deporte mexicano, el equipo que entrenaba sin reflectores, sin patrocinios millonarios, sin la atención que tenía el fútbol o el boxeo.
Y un día de enero del 2023, Ana Guevara, sin previo aviso, sin reunión, sin explicación, mandó cancelar las becas del equipo entero. cero pesos, cero apoyo, cero pago a las entrenadoras, cero acceso a las instalaciones del Comité Olímpico Mexicano. La selección de natación artística de México, a un año de los Juegos Olímpicos se quedó sin nada. Dos.
La razón oficial, un pleito legal entre Ana Guevara y la Federación Mexicana de Natación. El presidente de esa federación, Kiril Todorov, era amigo personal de Ana. World Aquatics, el organismo internacional de la natación, había desconocido a Todorov por irregularidades en sus cuentas. Lo había vinculado a Proceso por desviar 155 millones de pesos.
Y Ana Guevara, en lugar de separar a Todorov atletas, hizo lo contrario. Castigó a las atletas para defender a Todorov. Las nadadoras se quedaron sin sueldo, sin entrenadora, sin federación, sin manera de pagarle al fisioterapeuta, sin manera de comprar trajes de baño nuevos para los mundiales, sin manera ni de poner gasolina al auto para llegar al entrenamiento.
Y entonces hicieron algo que ninguna selección olímpica mexicana había tenido que hacer en la historia. Empezaron a vender sus trajes de baño usados por internet. Empezaron a hacer rifas. Empezaron a abrir cuentas de donaciones. Noi noi noi pidiendo a México, al país que 6 años antes había llorado por Ana Guevara golpeada en una carretera que las ayudara a llegar a los Juegos Olímpicos.
Cuando un periodista le preguntó a Ana Guevara qué pensaba de eso. La mujer que 8 años antes había llorado en el Senado pidiendo justicia para las mujeres mexicanas, respondió con la frase que la condenó para siempre. Lo dijo frente a las cámaras, lo grabaron, lo publicaron. Y todavía hoy, 8 años después, cualquier mujer mexicana que escucha esa frase siente un golpe en el pecho.
Ana Guevara dijo, palabra por palabra lo siguiente, por mí. Que vendan calzones, que vendan trajes de baño, que vendan Abon o Tupperware. Pero ellas y sus entrenadoras son mentirosas y deudoras. Les hemos dado 40 millones de pesos y no los han justificado. La frase fue dicha en una entrevista de radio el 17 de mayo del 2023.
La entrevistadora se quedó en silencio durante varios segundos. Pensó que había escuchado mal. le pidió a Ana Guevara que repitiera y Ana Guevara la repitió sin titubear, sin disculparse, sin matizar, convencida de que estaba diciendo la verdad, convencida de que las nadadoras olímpicas que en ese momento estaban entrenando 8 horas al día en una alberca prestada de Ciudad de México eran mentirosas y deudoras.
La misma palabra que la Federación de Atletismo había usado contra Ana Guevara en el 2008. mentirosa, deudora, las mismas dos palabras que ella 15 años antes había dicho a la prensa que eran un insulto a las mujeres del deporte mexicano. Pero la frase no fue lo único, porque dos meses antes de eso, en enero del 2023, ya se había filtrado algo todavía peor.
audio, una grabación interna de CONADE en la que se escuchaba a Ana Guevara amenazar a los nadadores y clavadistas mexicanos con quitarles las becas si no se sometían al control de la Federación de Todorov. La voz era la suya, inconfundible. La grabación duraba varios minutos y en ella la directora de la CONADE les decía a las atletas con un tono que ningún funcionario público debe usar nunca, que ella iba a decidir quién comía y quién no en el deporte mexicano.
Cuando la prensa le confrontó con el audio, Ana Guevara no negó que fuera real, lo aceptó, pero dijo que no era una amenaza. Dijo que era la ley. dijo que la ley se cumple, que no era chantaje, que no era revanchismo, que la reunión solo había sido para informar. Esa fue la primera vez que México escuchó a Ana Guevara hablar como hablaba puertas adentro, sin medallas, sin senado, sin lentes de cámara, hablando como una funcionaria que se sabía protegida, como una mujer que había aprendido en el Senado durante 6
años, que el poder no se ejerce con razones, sino con la capacidad de cortar el dinero de quien te incomode. Pero las nadadoras no fueron las únicas víctimas. La lista es larga y para entender la dimensión de lo que Ana Guevara hizo en 6 años, hay que nombrar a cada una de esas atletas con nombre y apellido, porque cada una de ellas representa una herida abierta que el deporte mexicano todavía no termina de sanar.
Paola Pliego, esgrimista mexicana, una de las mejores espadachinas de su generación. En agosto del 2016, semanas antes de los Juegos Olímpicos de Río, una prueba antidopaje le dio positivo. La sustancia modafinilo. Paola Pliego dijo que era falso, que ella nunca había consumido eso. Pidió que se le hiciera un contraanálisis.
La CONADE, dirigida en ese momento por el predecesor de Ana, le negó el contraálisis, la eliminó del equipo olímpico, le robó los juegos de Río. Paola Pliego, destrozada, demandó a la CONADE por daño moral. El proceso duró 7 años. En diciembre del 2023, una corte mexicana le dio la razón, le pagó 15 millones de pesos de indemnización.
Para entonces, Paola Pliego había tenido que naturalizarse Uzbekca para poder seguir compitiendo. México perdió a una de sus mejores esgrimistas porque el sistema primero y Ana Guevara después no quisieron defenderla. Paola Espinoza, clavadista, doble medallista olímpica. Bronce en Beijing 2008, plata en Londres 2012.
Una de las atletas más queridas del deporte mexicano. En el 2021, después de los juegos de Tokio, denunció públicamente que la CONADE le había recortado la beca mensual de 30,000 pes a 10,000 pes. Sin explicación, sin reunión previa, sin notificación oficial. Paola Espinoza en una entrevista dijo entre lágrimas que había tenido que hipotecar parte de su casa para pagarle al entrenador, que su esposo, también clavadista, estaba trabajando en un gimnasio privado para sostener a la familia, que el deporte mexicano se había convertido en un negocio donde solo cobraban los amigos
de la directora. Cuando la prensa le preguntó a Ana Guevara sobre Paola Espinoza, la respuesta fue glacial. dijo que la CONADE no era una casa de caridad, que las becas no eran regalos, que las atletas tenían obligaciones que cumplir y que si Paola Espinoza no estaba contenta, podía buscar trabajo en otro lado.
Paola Longoria, raquetbolista, la mejor del mundo, 11 veces campeona mundial, la atleta más condecorada de la historia del racket ball femenino. En el 2022, la Conade le quitó la beca a ella también. Cuando Paola Longoria pidió explicaciones, Ana Guevara la demandó. La directora de la CONADE demandó a la atleta más condecorada del país por incumplimiento de obligaciones, por no rendir cuentas, por reclamar un dinero que la auditoría había documentado que sí le correspondía.
La demanda fue desestimada por un juez, pero el mensaje quedó claro. Si una atleta mexicana se quejaba, Ana Guevara la perseguía hasta las cortes. Alejandra Valencia, arquera, medallista olímpica. Después de los Juegos de París, 2024, Conade le redujo el monto de la beca mensual a casi la mitad, sin justificación, sin diálogo y cuando se quejó fue ignorada.
Las clavadistas, las nadadoras, las gimnastas. Más de 200 atletas en 6 años. 200 atletas a los que Ana Guevara, según los reportes posteriores del nuevo director de la CONADE, redujo o canceló los apoyos sin justificación administrativa válida. Y mientras todo esto pasaba, mientras las atletas mujeres mexicanas vendían trajes de baño y hipotecaban casas, Ana Guevara estaba haciendo algo mucho más grave, algo que el país no se enteró sino hasta 3 años después, cuando los auditores empezaron a rascar las cuentas de la CONADE y lo que encontraron fue tan
retorcido que los propios auditores tuvieron que pedir refuerzos legales para poder denunciarlo de frente. que mientras Ana Guevara les decía a las nadadoras que vendieran Toperware, ella estaba firmando contratos millonarios a 29 personas que ni siquiera existían. Ese segundo golpe, el de los 29 nombres, es lo que vas a saber ahora y es el motivo por el que hoy tiene cuatro carpetas abiertas en la Fiscalía General de la República.
Año 2019, apenas 4 meses después de tomar la dirección de la CONADE, Ana Guevara firmó un convenio con el Instituto Nacional de Deportes, Educación Física y Recreación de Cuba, el Inder, el brazo deportivo del régimen de los Castro. El convenio era un suplemento de un acuerdo más antiguo que se había firmado en el 2012 durante el gobierno de Enrique Peña Nieto.
Pero el suplemento que firmó Ana Guevara tenía algo nuevo, un compromiso de la CONADE para pagar 29 entrenadores cubanos especializados en disciplinas que iban desde el atletismo hasta el boxeo, pasando por la natación, el judo, el remo y el levantamiento de pesas. El convenio se firmó sin la autorización de la Secretaría de Relaciones Exteriores, sin los dictámenes de procedencia que la ley exige para cualquier acuerdo internacional, sin la aprobación del Senado, sin transparencia de ninguna clase”, la firmó el subdirector de
calidad para el Deporte, un funcionario que, según la propia auditoría, no tenía facultades legales para comprometer recursos públicos en un acuerdo internacional, Pero firmó y Ana Guevara lo avaló desde su oficina. Los meses siguientes, la CONADE hizo cinco transferencias bancarias a la embajada de Cuba en México.
Cinco transferencias por un total de 15,570 y 2,524es pesos mexicanos. dinero de los contribuyentes para pagar a 29 entrenadores que supuestamente iban a llegar a México a entrenar a los atletas nacionales. La Auditoría Superior de la Federación, 4 años después fue a buscarlos. Quería verificar que el dinero hubiera servido para algo.
Pidió los registros migratorios. ¿Cuántos cubanos habían entrado a México? ¿Cuándo? ¿En qué fechas? ¿Qué pasaportes? ¿Qué puertos? De entrada. No encontró ni uno solo. No hay registro migratorio de que ninguno de los 29 entrenadores cubanos haya pisado territorio mexicano. Ninguno entró por avión. Ninguno entró por tierra.
Ninguno tiene visa. Ningún sello en el pasaporte, ningún registro en las oficinas de migración. 29 personas a las que se les pagó con dinero público mexicano y de las que no existe una sola prueba de que hayan dado ni un día de entrenamiento a un solo atleta mexicano. Pero los entrenadores fantasma fueron solo el principio.
La auditoría detectó algo todavía más sucio. un segundo contrato dentro del mismo convenio por 8,500,000es para pagar 1287 pruebas antidopaje supuestamente realizadas en laboratorios cubanos. 1287 muestras de sangre y orina de atletas mexicanos que, según Ana Guevar afirmó, habían sido enviadas a Cuba para análisis de sustancias prohibidas.
Los auditores fueron a buscar también esas pruebas. Pidieron los resultados, pidieron los protocolos, pidieron los documentos de laboratorio cubano que supuestamente había procesado las muestras. Pidieron los certificados de cadena de custodia que cualquier prueba antidopaje internacional necesita por ley.
No existen ni uno solo, 1287 pruebas que nunca se hicieron o que se hicieron pero nadie firmó o que jamás salieron de México. 8,500,000 pesos pagados al aire. Y aquí aparece el detalle que la prensa mexicana no se atrevió a publicar de frente. Porque lo más perturbador no es que el dinero se haya ido a Cuba sin servicios. Lo más perturbador es lo que pasó después.
En el 2020, la embajada de Cuba en México demandó a la CONADE por incumplimiento de pago. Cuba reclamó que México le debía sueldos pendientes a sus técnicos. O sea, los cubanos también dijeron que no había llegado el dinero a las personas correctas. 15,500,000 pesos pagados desde la CONADE a la embajada de Cuba y la propia Cuba diciendo que no le habían pagado a sus entrenadores.
Entonces, la pregunta que todo mexicano se tiene que hacer esta noche es esta: ¿Dónde está ese dinero? ¿En qué bolsillo cayó? ¿Quién lo movió? Y sobre todo, ¿por qué nadie de la Fiscalía General de la República ha querido jalar el hilo de esa cuenta bancaria? La respuesta a esa pregunta es lo que vas a saber ahora y es el motivo real por el que Ana Guevara hoy todavía sigue libre.
Pero los entrenadores fantasma no son lo más sucio. Lo más sucio es a quién protegía a Ana Guevara cuando firmó esos contratos. Porque cuando los auditores rastrearon el destino de los 15 millones, descubrieron algo que ningún periódico mexicano se ha atrevido a publicar de frente. Esos 15 millones de pesos no se quedaron en la embajada de Cuba como salarios, no llegaron a los entrenadores y no aparecen en las cuentas oficiales del Instituto Cubano de Deporte.
Ese dinero entró a un canal silencioso que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador llevaba 6 años cuidando con uñas y dientes. Y la única persona del gabinete con la firma, el nombre y el coraje suficientes para meter las manos ahí fue ella, Ana Gabriela Guevara. Para entender lo que viene ahora, hay que regresar a un detalle que Ana Guevara mencionó dos veces en su discurso de toma de posesión en diciembre del 2018.
La palabra Cuba. En aquel momento nadie le dio importancia. Cuba parecía una alianza diplomática menor, una palabra técnica, una mención protocolaria. tú. Pero Cuba era durante el sexenio de López Obrador mucho más que un país aliado. Cuba era el canal de servicios más sensible del gobierno mexicano. A través de los convenios bilaterales, México le pagaba al régimen de la Habana por servicios de médicos cubanos en hospitales del sur, por entrenadores deportivos, por asesores técnicos en distintas dependencias. Y ese pago no se
hacía a las personas, se hacía al gobierno cubano a través de la embajada, sin transparencia individual, sin recibos personales, sin cadena de custodia clara del dinero. Ese canal era una pieza política central del legado de López Obrador, una alianza ideológica con la Habana que ningún expresidente mexicano se atrevía a tocar.
Y Ana Guevara, sin querer o queriendo, había entrado en ese canal, había firmado convenios, había hecho transferencias, había dejado huellas bancarias. Si los auditores tiraban del hilo de los entrenadores fantasma de la CONADE, no se quedaban en la CONADE, se metían en el convenio bilateral entero. Y eso significaba abrir una caja que nadie en el Palacio Nacional quería abrir, la caja de cuánto dinero le pagó México a Cuba durante 6 años.
La caja de a qué bolsillos llegó, la caja de qué conexiones políticas se construyeron alrededor de ese dinero. Y por eso, exactamente por eso, AMLO la blindó. El 29 de septiembre del 2023, en una conferencia mañanera, un periodista le preguntó a Andrés Manuel López Obrador sobre las denuncias contra Ana Guevara, le mostró los reportes de la ACF, le mencionó los 377 millones de pesos en irregularidades detectadas solo en el ejercicio fiscal del 2020.
Le preguntó si Ana iba a ser destituida. El presidente respondió con una frase que el espectador mexicano de 50 años viendo este video en su sala recuerda perfectamente AMLO miró a las cámaras de Palacio Nacional y dijo lo siguiente: “Yo apoyo a Ana Guevara. La considero una buena servidora pública, promotora del deporte.
No tengo pruebas de que ella haya cometido un acto de corrupción. No tengo pruebas. No tengo pruebas. Ella va a continuar como la coordinadora. Esa frase es uno de los momentos más vergonzosos del periodismo presidencial mexicano. Porque mientras AMLO decía, “No tengo pruebas”, en su propio escritorio había informes de la ACF documentando malos manejos por más de 400 millones de pesos.
Mientras AMLO decía buena servidora pública, en la fiscalía ya había una denuncia formal por desvío de 51 millones de pesos del fondo para el deporte de alto rendimiento. Mientras AMLO decía no tengo informes, su propia auditoría había emitido tres denuncias separadas contra la directora de la CONADE. La candidata presidencial Sochit Gálvez, que fue senadora durante esos años, lo dijo en una entrevista en agosto del 2024.
con palabras que hoy resuenan distinto. Dijo que Ana Guevara era una intocable de López Obrador, que ella misma como senadora había presentado denuncias penales con documentos que probaban la corrupción, que esas denuncias nunca avanzaron, que el sistema entero estaba diseñado para que Ana no cayera, porque si Ana caía, caía el convenio con Cuba.
Y si caía el convenio con Cuba, caía una pieza ideológica del legado de AMLO que ningún funcionario quería tocar. La diputada panista María Elena Pérez Jaén, que presentó 56 denuncias contra Ana Guevara durante la legislatura, lo explicó con una frase que cualquier mexicano puede entender. Dijo que basta tener la calidad de amigo o amiga del presidente para hacer juicios de inocencia sin importar la cantidad de acusaciones.
dijo que el presidente estaba siendo cómplice de la propia corrupción de Ana Guevara y dijo que las cosas no se podían quedar así, pero se quedaron así porque en México el sistema entero está construido para que ciertos nombres no entren a la cárcel. Por eso Ana Guevara terminó su sexenio en el cargo hasta el último día, el 30 de septiembre del 2024.
Y por eso el 5 de agosto de ese mismo año, con tres denuncias formales encima, con cuatro carpetas abiertas en la fiscalía, con 62 millones de pesos pendientes de aclarar, Ana Guevara se subió al avión de regreso de los Juegos Olímpicos de París en primera clase en un asiento de 140,000es pagado con dinero público. Las fotos las tomó otra pasajera del vuelo, la subió a redes sociales.
En las imágenes se ve a Ana Guevara con una copa de champaña en la mano, recostada en el asiento reclinable, sonriendo a la cámara. Mientras esa misma semana en Ciudad de México, las nadadoras que ella había dejado sin becas regresaban de París en clase turista con maletas que ellas mismas habían pagado de su bolsillo. Cuando los periodistas en México le preguntaron a Ana Guevara cómo justificaba ese gasto, la mujer que 8 años antes había llorado en el Senado pidiendo respeto para las mujeres, dio la respuesta que la condenó frente a
todo el país. Dijo, palabra por palabra. Frente a las cámaras en una conferencia de prensa de la CONADE. Lo siguiente, todo lo que gano me lo trago, me lo unto y me lo visto como me da mi chingada gana. No tengo marido ni marida, ni concubino, ni nadie que me exija por qué gasto. Esa frase fue dicha por la directora de la Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte, una funcionaria pública, una mujer que vivía del herario mexicano, una mujer que tenía bajo su responsabilidad el destino de cientos de atletas que sí necesitaban
marido, marida, concubino o quien fuera para conseguir el dinero que ella les estaba negando. Mientras Ana Guevara decía esa frase frente a los micrófonos, la nadadora Joana Jiménez estaba subiendo al Instagram una foto de su comprobante de transferencia pidiendo donaciones para pagar el pasaje de avión a un torneo internacional.
Mientras Ana Guevara decía, “Me lo trago, me lo unto y me lo visto.” La clavadista Gabriela Agúndes estaba durmiendo en el sofá de la casa de su entrenador en Ciudad de México porque no le alcanzaba para rentar un departamento. Y aquí cierra la espiral porque Ana Guevara no llegó a ese asiento de primera clase de París por accidente.
Llegó ahí porque durante 6 años fue protegida por el hombre más poderoso de México. llegó ahí porque ese hombre necesitaba que ella callara sobre los pagos a Cuba. Llegó ahí porque en algún punto de su carrera la mujer que se había levantado del pavimento de Nogales aprendió que la mejor manera de no caer otra vez era ponerse de lado de los que tienen el poder de empujar a los demás.
No de los que están abajo, no de las mujeres golpeadas, no de las atletas vendiendo trajes de baño, sino de los hombres que firman los presupuestos. Esa fue la tercera caída de Ana Guevara, la que se hizo ella sola, la que ningún hombre pudo evitarle y la que hoy todavía no termina de doler en los pasillos de la CONADE. Hoy, abril del 2026, Ana Guevara ya no es directora de la CONADE.
Salió del cargo el 30 de septiembre del 2024. La sustituyó Romel Pacheco, exclavadista. Primera decisión del nuevo gobierno de Claudia Shainbound. Pacheco, en sus primeras semanas en el cargo, ordenó restituir las becas a más de 200 atletas a los que Ana les había recortado el sueldo. Y no. Las nadadoras de natación artística volvieron a recibir su pago.
Paola Espinosa pudo volver a entrenar. Paola Pliego, la esgrimista a la que Ana le había robado los Juegos Olímpicos de Río con un dopaje falso. Ganó en diciembre del 2023. una indemnización de 15 millones de pesos por daño moral. Una corte mexicana le dio la razón. Pero contra Ana Guevara, a abril del 2026, ninguna sentencia, ningún juez la ha llamado a declarar, ningún policía la ha esposado.
La Fiscalía Especializada en Combate a la Corrupción tiene cuatro carpetas abiertas. La ASF acumula 44 irregularidades documentadas. Los montos pendientes por aclarar superan los 62 millones de pesos. Y la pregunta que se hace todo el deporte mexicano cada mañana es la misma. ¿Cuándo va a caer? ¿Cuándo va a hablar un fiscal? ¿Cuándo va a haber consecuencias? La respuesta, según los pocos periodistas que han seguido el caso de cerca es esta.
No va a caer mientras el caso esté ligado al convenio con Cuba. No va a caer mientras el legado político del sexenio anterior siga vivo en Palacio Nacional. No va a caer mientras nadie en el sistema esté dispuesto a abrir la caja de los pagos bilaterales con la Habana. Y mientras eso no pase, Ana Guevara va a seguir viviendo en su casa, manejando su moto, viajando en primera clase y diciéndole al país cada vez que la confronten que todo lo que gana se lo trague, se lo unta y se lo viste como le da su chingada gana. En octubre del 2025, la
Auditoría Superior de la Federación presentó la tercera denuncia formal contra Ana Guevara. 70 millones de pesos más sumados al expediente, adjudicaciones directas a empresas factureras, pagos por servicios de alimentación que nunca se entregaron, contratos de limpieza por 17 millones de pesos que la propia CONADE no pudo justificar.
más nombres, más sombras, más capítulos del mismo libro y los diputados de oposición pidieron a la Fiscalía General que no se diera carpetazo al expediente. Lo dijeron con una frase que resume toda esta historia. Dijeron que si esto no avanza, México le está enseñando a la próxima generación de funcionarios que se puede robar, mentir y humillar a las atletas mujeres del país sin pagar ni un solo día de cárcel.
Hay una niña en algún barrio de Sonora esta noche que está corriendo descalsa alrededor de una cuadra de tierra. Una niña que sueña con ser la próxima Ana Guevara. Una niña que se imagina cruzando la meta del Mundial de París, levantando los brazos al cielo, llorando por su madre que la mira desde las gradas. Esa niña esta noche no sabe que el sistema que la espera no es el mismo que esperaba a Ana Guevara hace 30 años.
Esa niña no sabe que los 15 millones de pesos que el gobierno gastó en entrenadores fantasma podrían haber pagado el equipo de toda su carrera. Esa niña no sabe que los 626 millones desaparecidos de la CONADE equivalen a las becas mensuales de 18 atletas como ella durante 5 años. Esa niña corre porque correr es lo único que sabe hacer y porque todavía cree, como creyó Ana Guevara a los 14 años en una cancha de basquetbol prestado, que el mérito alcanza, que el esfuerzo se paga, que el deporte mexicano sí premia a las mujeres que aguantan. La pregunta que este video
le deja a cada hombre mexicano que lo está viendo en su sala esta noche es esta: Cuando esa niña crezca, cuando llegue a una pista de Ciudad de México, cuando le toque hablar con una funcionaria pública para pedirle el apoyo que necesita, la van a recibir, le van a pagar la becaenda calzones, trajes de baño o topperware.
Hay madres en este país que vieron a sus hijas correr más rápido que cualquier otra niña del barrio. Hay padres que les compraron las primeras zapatillas de tartán. Hay abuelos que ahorraron el aguinaldo entero para pagarles el primer viaje a un nacional. Y hay hijas que llegaron a la cima, que ganaron medallas, que cruzaron metas con el tricolor al pecho.

Pero al final la mayoría no fueron recibidas por un país, fueron recibidas por un sistema. Y en ese sistema hay una mujer que dice frente a las cámaras que todo lo que se le da a los atletas es porque ella lo permite y que si no que vendan Avon. Ana Guevara no robó solo 626 millones de pesos, robó algo mucho peor. Robó la idea en miles de niñas mexicanas de que el atletismo mexicano les iba a pagar la fe que ellas le pusieron a su talento.
Robó las noches de entrenamiento en pistas vacías. Robó las pruebas de selección en Estadios Calientes de junio. Robó las medallas que esas niñas iban a ganar y que ahora se van a quedar en el cajón de los sueños incumplidos. Y eso ningún tribunal mexicano le va a poder cobrar nunca.
Si esta historia te hizo pensar en una niña, en una sobrina, en una hija, en alguna muchacha de tu familia que está soñando con cruzar una meta, llámala esta misma noche. Dile que la quieres. Dile que sigues con ella. Dile que aunque el sistema le falle, tú no le vas a fallar. Porque a veces una sola llamada a tiempo es la diferencia entre una niña que corre y una niña que se rinde antes de empezar.
Y porque al final del día el deporte mexicano lo van a salvar ellas, no las funcionarias en primera clase, no los presidentes en mañaneras, las niñas que siguen corriendo a pesar de todo. No.