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ANA GABRIELA GUEVARA : LA ASQUEROSA VERDAD DETRÁS DEL CONADE

medalista olímpica. En el 2016, cuatro hombres le rompieron el pómulo a patadas y ella lloró frente al Senado pidiendo justicia para las mujeres mexicanas. 8 años después, esa misma mujer hizo a otras mujeres mexicanas algo tan asqueroso que hoy le tiene cuatro carpetas abiertas en la fiscalía y nadie con poder en este país se atreve a meterla a la cárcel.

Se llama Ana Guevara y lo que vas a ver en este video lleva más de 6 años ocultándose. Pero la mujer que hoy se esconde de la prensa no nació siendo lo que es. Se hizo a sí misma, a golpes, frente a un espejo, una madrugada cualquiera, en un cuarto de hotel donde nadie la veía. Y para entender en qué momento exacto, Ana Guevara dejó de ser la heroína que México lloraba en la pista y se convirtió en la mujer que hoy tiene cuatro carpetas abiertas en la fiscalía.

Hay que regresar al primer golpe que la tiró al pavimento. Tenía 7 años y todavía no sabía correr. Ana Gabriela Guevara Espinoza nació el 4 de marzo de 1977 en Heroica, Nogales, Sonora. Una ciudad de polvo donde los muchachos cruzaban el muro cada noche con la esperanza de no regresar.

Hija mayor de Octavio Guevara, dueño de un pequeño negocio de alarmas y de Ana María Espinosa, ama de casa, cuatro hermanos detrás de ella, una casa modesta a pocas cuadras de la línea fronteriza, una infancia marcada por el calor del desierto, las sirenas de la migra y los muchachos del barrio que jugaban a brincar la barda metálica que lo separaba de Estados Unidos.

Una tarde de 1984, una niña de 7 años con trenzas cruzaba una calle del centro de Nogales. Un carro venía a velocidad. La niña no lo vio. El golpe la levantó del suelo varios metros. Aterrizó de espalda sobre el asfalto y aunque sobrevivió, el accidente le dejó una cicatriz blanca que le bajaba por toda la espalda.

Esa cicatriz no se borró nunca. Esa cicatriz fue el primer aviso porque en la vida de Ana Guevara iban a haber tres caídas. La del pavimento de Nogales fue la primera. La segunda la iba a tirar al suelo otra vez, 32 años después, frente a un país entero que la vio sangrar. Y la tercera, la más sucia de todas, no se la iba a dar ningún carro y no se la iban a dar unos hombres en una carretera.

Esa se la iba a hacer ella sola. Vamos a volver a esto. A los 14 años, Ana Gabriela ya era más alta que las niñas de su salón. Las maquiladoras de Nogales tenían ligas industriales de basquetbol, equipos formados por las trabajadoras de las fábricas y un técnico vio entrar a esa muchacha desgarbada, Larguirucha, con la cicatriz cruzándole la espalda, y le dijo a su madre que le diera permiso de jugar.

Ana Gabriela se puso una camiseta prestada, salió a la cancha y descubrió en cuestión de meses que tenía algo que ninguna otra niña de nogales tenía. Velocidad pura, la velocidad que después la iba a llevar a hacer historia y la velocidad que muchos años después también la iba a llevar a destruirse. Soñaba con ser la versión femenina de Michael Jordan.

Quería vestir la camiseta de la selección olímpica de basquetbol en 1995. Intentó entrar al equipo nacional para Atlanta 96. La cortaron, no la seleccionaron. Ana Gabriela regresó a Nogales con la maleta hecha llorando dentro de un autobús, convencida de que su carrera deportiva había terminado a los 18 años. Lo que esa muchacha llorando en un autobús de regreso a Sonora no podía imaginar es que el rechazo más doloroso de su vida iba a ser también el motor de todo lo que vino después, porque 7 años más tarde esa misma mujer iba a ser la

deportista más rápida del planeta y 30 años más tarde iba a usar exactamente la misma palabra que le dijeron a ella aquella tarde para humillar a otras atletas mexicanas cortadas. Vamos a volver a esto. En 1996, sin haber pisado nunca una pista de atletismo, Ana Gabriela se inscribió por primera vez en una carrera de 400 m.

Ganó. Ganó también los 800. Ganó una Olimpiada nacional juvenil completa, siendo absolutamente desconocida. Y ahí entró a su vida el hombre que la moldeó durante 12 años. Raúl Barreda, cubano, entrenador de pista, severo, frío, metódico, el primer cubano en la vida de Ana Guevara, no iba a ser el último. Barreda la entrenó como si fuera barro, la rompió y la volvió a armar.

Le quitó la técnica de basquetbolista y le construyó una zancada de velocista. La obligó a correr 8 horas al día. Le prohibió la familia, las fiestas, las relaciones. Le dijo, y ella lo repetiría años después en una entrevista, una sola frase, que el atletismo no era para mujeres bonitas, que era para mujeres que aguantaban.

Ana Gabriela aguantó el 29 de agosto del 2003 en el estadio de San Denise en París. Una mujer de Sonora con la cicatriz en la espalda cruzó la meta de los 400 m planos en un tiempo de 48 segundos con 89 centésimas. Campeona del mundo. La primera mujer mexicana en ganar un oro mundial de pista. México se paró en seco.

En las casas los hombres lloraban. Las madres apagaban la estufa para verla, los niños memorizaban su nombre y en Nogales, los maestros del barrio cerraban las clases para que los muchachos pudieran ver por televisión a la niña que 19 años antes había salido volando por los aires sobre el asfalto. El 3 de mayo de ese mismo año, en el Estadio Olímpico Universitario de Ciudad Universitaria, Ana Gabriela había hecho algo que ningún otro atleta mexicano había hecho jamás.

Corrió los 300 m planos en 35 segundos con 30 centésimas. Récord mundial. Hasta el día de hoy nadie ha podido bajar ese tiempo. 22 años después, ese récord sigue siendo de ella. Un año más tarde, en agosto del 2004, Ana Gabriela llegó a los Juegos Olímpicos de Atenas como la mujer más rápida del mundo en su distancia. cargaba con el sueño dorado de un país entero.

77 millones de mexicanos pegados a la televisión la noche del 24 de agosto, la final de los 400 m. Su carrera entera apuntaba a esa noche. No ganó. La baameña Tonque Williams le quitó el oro por 23 centésimas. Ana Gabriela cruzó la meta segunda con la mirada perdida, sabiendo que se le había escapado por un suspiro la única medalla que de verdad importaba.

La medalla de plata se la colgaron al cuello. Subió al podio y mientras la bandera mexicana ascendía en el segundo lugar del mástil, la mujer más rápida de México apretó los labios para que las cámaras del mundo no la vieran llorar. Esa noche en Atenas, Ana Guevara aprendió una lección que iba a marcar la segunda mitad de su vida.

Aprendió que la diferencia entre la gloria absoluta y el segundo lugar son 23 centésimas. Y aprendió que el país que la había aplaudido en París la iba a olvidar en Atenas. Lo que esa mujer no podía imaginar es que 14 años después, sentada en una oficina de CONADE, iba a tomar venganza por esa medalla que se le escapó y la iba a cobrar contra las únicas personas que no tenían culpa de nada, las atletas que venían detrás de ella.

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