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Adela Noriega: Lo que el PRESIDENTE le Hizo y Por qué Desapareció del Todo

Todo el mundo cree que Adela Noriega se retiró, que eligió irse, que en algún momento de 2008 tomó la decisión tranquila de dejar atrás los foros de Televisa y empezar otra vida. Pero hay una pregunta que nadie ha hecho en voz alta. ¿Cómo es que la actriz más poderosa de la televisión mexicana compró su casa en Florida en 2003, 5 años antes de su último trabajo? bajo su nombre verdadero que casi nadie conocía, Adela Amalia Noriega Méndez, registrada como para que nadie la encontrara.

Las personas que planifican su retiro con años de anticipación no lo hacen solas, alguien las ayuda, alguien las protege. Y en el caso de Adela Noriega, los nombres que rodean esa protección no son nombres pequeños. Revisé 30 años de entrevistas, audios filtrados, registros de propiedad y declaraciones que nunca se pusieron juntos en un solo lugar para construir este documental.

Lo que encontré no es la historia de una actriz que se cansó de la fama, es la historia de una mujer que estuvo en el centro de dos de los poderes más grandes de México al mismo tiempo. El poder mediático de Televisa, que durante décadas fue el único dueño de las estrellas que fabricaba, y el poder político de una presidencia que usó ese sistema para sus propios fines.

Adela Noriega no desapareció. Adela Noriega fue protegida y esa protección tiene un precio que ella lleva 17 años pagando en silencio. Para entender lo que le pasó a Adela Noriega, hay que entender primero en qué tipo de mundo vivía. Y ese mundo tenía un solo dueño durante los años en que ella construyó su carrera.

Se llamaba Emilio Azcárraga Milmo, apodado el tigre, y era el hombre más poderoso de la industria del entretenimiento en habla hispana. No era solo el dueño de Televisa, era el sistema completo. Era quien decidía quién llegaba a las pantallas de 30 millones de hogares mexicanos cada noche, quién se convertía en estrella, quién permanecía en la cima y quién desaparecía sin que nadie se enterara bien de por qué.

y lo hacía desde las oficinas de Televisa San Ángel en la Ciudad de México, con una mezcla de genio empresarial y autoritarismo personal que sus propias actrices describían décadas después con una mezcla de gratitud y miedo. Leticia Calderón contó que cuando una compañera la humilló en un set de grabación, el tigre la llamó personalmente y le dio literalmente su autorización para responder a golpes si la situación se repetía.

Ese era el hombre que manejaba a Adela Noriega, que manejaba a todas. Los contratos de exclusividad que Televisa firmaba con sus estrellas desde los años 70 eran instrumentos de lealtad total, no solo de trabajo. pagaban a los actores un salario mensual independiente de los proyectos, a cambio de que solo trabajaran para los canales de la empresa, solo aparecieran en los eventos de la empresa, solo dieran entrevistas con el permiso de la empresa, solo se relacionaran públicamente con quien la empresa aprobara y quien rompiera esas reglas encontraba la respuesta de el

tigre, el veto, una palabra que en Televisa no era metáfora, era una realidad concreta documentada, que dejaba a un artista sin pantalla, sin producción, sin el único escaparate que en México importaba en esa época. No había competencia real, no había alternativa. Si Televisa cerraba sus puertas, el artista dejaba de existir para el público mexicano.

Tan simple, tan brutal. El Universal lo registró en su momento con nombre y apellido en un artículo sobre los contratos de exclusividad. Adela Noriega fue una de las actrices que en los años 90 fue vetada por Televisa tras aceptar un protagónico en la televisión hispana de Estados Unidos sin la autorización formal de la empresa.

Igual que Lucía Méndez, igual que Eduardo Yáñez. Eso ocurrió. quedó registrado en la prensa de la época y Adela lo vivió en carne propia mucho antes de que alguien hablara de su retiro voluntario. Vivió lo que era existir dentro de ese sistema y lo que era desafiar a ese sistema, aunque fuera de manera parcial y aunque después volviera al redil, sabía exactamente cuál era el precio de la desobediencia, lo había pagado una vez.

Por lo tanto, cuando se habla de que Adela Noriega eligió irse en 2008, hay que preguntarse con toda seriedad, ¿qué significa elegir dentro de un sistema que controlaba absolutamente todo lo que una actriz podía hacer? No es una pregunta retórica, es la pregunta central de todo lo que vino después. Porque el poder que ejercía Televisa sobre sus estrellas no era solo económico, era la capacidad de decidir qué imagen proyectaba una actriz, con quién se la asociaba públicamente, qué rumores se permitían circular en la

prensa de espectáculos que dependía de Televisa para sus entrevistas y exclusivas y cuáles se aplastaban antes de que llegaran a los kioscos. En ese sentido, Televisa no era solo una empresa de entretenimiento, era la administración de la realidad pública de las personas que trabajaban para ella. Y en el caso de Adela Noriega, esa capacidad de control se puso a prueba de una manera que nadie en la empresa estaba preparado para manejar, porque Adela Noriega se convirtió en algo que Televisa no controlaba completamente.

Se convirtió en una figura del deseo político. Y eso en el México de los años 90, en el México donde Emilio Azcárraga Milmo había declarado públicamente en 1988 que Televisa era una empresa del PRI, que no creían en ninguna otra fórmula, era el territorio más complicado que existía, porque significaba que el poder que la cubría ya no era solo el de la empresa, era el del sistema entero.

Hay que ponerse en 1987. Adela Amalia Noriega Méndez tiene 18 años. Es originaria de la Ciudad de México. Ha trabajado como modelo desde los 13. Ha aparecido en el video de Luis Miguel para Palabra de Honor. Ese video en el que una muchacha de ojos grandes mira a la cámara con una inocencia que todavía no sabe lo que cuesta y acaba de protagonizar Quinceañera.

La primera telenovela juvenil de la televisión mexicana junto a Talia en Televisa, en el canal de las estrellas. 30 millones de personas viendo esa telenovela todas las noches. El rating más alto de la historia del horario estelar en ese momento. Adela Noriega de la noche a la mañana se convierte en la cara más vista de México.

No en una de las caras más vistas. En la cara más vista. Lo que viene después es la carrera más consistente que dio la televisión mexicana en toda una generación. Dulce Desafío en 1989. María Isabel en 1997, El Privilegio de Amar en 1998 El Manantial en 2001, Amor Real en 2003, La Esposa Virgen, en 2005, Fuego en la sangre en 2008, una telenovela tras otra, todas éxitos de audiencia, todas con ella en el centro.

En un negocio donde las estrellas se consumen rápido, donde el público cambia de ídolo con cada temporada, Adela Noriega duró 20 años siendo la protagonista que Televisa siempre quería en primer plano, que la cámara la amaba, como diría Alejandro Tomás y años después, no es solo una expresión cariñosa, es una descripción técnica de algo que no se fabricaba ni se diseñaba, una presencia que hacía que la persona que estaba frente a un televisor en Monterrey, en Guadalajara, en Buenos Aires o en Los Ángeles sintiera que esa mujer le estaba

hablando directamente a ella. Ese don era real y Televisa lo sabía y lo usó durante 20 años. Pero hay un periodo en esa carrera que los cronistas del espectáculo mexicano raramente examinan con la atención que merece. Entre quinceañera en 1987 y Dulce Desafío en 1989, hay algo que no aparece en los catálogos de Televisa.

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