Posted in

A sus 91 años, IRMA DORANTES REVELA quien es el HIJO OCULTO que tuvo con PEDRO INFANTE

Hay secretos que no pesan cuando eres joven. Cuando eres joven, tienes la energía suficiente para cargarlos, para acomodarlos en algún rincón del pecho y seguir caminando como si no existieran. Pero los años hacen algo con los secretos. Los años los vuelven más pesados, no más ligeros. Y cuando una mujer llega a los 91 años con el cuerpo cansado y la memoria más viva que nunca, cuando sabe que el tiempo que le queda ya no se mide en décadas, sino en meses, algo cambia.

Algo dentro de ella decide que no va a irse de este mundo cargando un peso que no le pertenece solo a ella, un peso que también le pertenece a un hombre que tiene 70 años, que vive en algún lugar de este país, que se levanta cada mañana sin saber que lleva en la sangre el apellido más amado que ha dado la música mexicana.

Irma Dorantes habló después de casi siete décadas de silencio tan absoluto, tan perfectamente construido, que el mundo entero olvidó que había algo que guardar. La mujer que compartió la vida con Pedro Infante, la mujer que lo amó cuando el resto del país solo podía admirarlo desde lejos, decidió abrir una puerta que había mantenido cerrada desde 1954.

Lo que salió por esa puerta no fue solo una confesión, fue la historia completa de un amor que el mundo creía conocer y que en realidad no conocía para nada. Fue la historia de un hijo que nació en secreto, que fue entregado en silencio y que lleva 70 años viviendo una vida que nunca supo que era incompleta.

Y fue también la historia de una mujer que tomó la decisión más difícil que puede tomar una madre y que pagó el precio de esa decisión cada día que le quedó de vida. ¿Quién es ese hombre? ¿Dónde está hoy? ¿Y cómo se le dice a alguien de 70 años que su padre fue el ídolo de México? Para entender todo lo que Irma Dorantes reveló, hay que regresar al principio, no al principio de la historia de amor, que ya muchos conocen, sino al principio de algo que muy pocos saben.

Hay que regresar a 1949, cuando una muchacha de 15 años llamada María de los Ángeles Velasco Rodríguez llegó por primera vez a los estudios de la X u con una voz que detuvo en seco a todos los que la escucharon. No era la voz más poderosa que habían escuchado en esos pasillos. Era algo diferente. Era una voz que tenía adentro algo que no se puede enseñar y que no se puede fingir.

Era una voz que sonaba como si le doliera cantar, como si cada nota le costara algo, como si la música para ella no fuera un oficio, sino una necesidad urgente, casi biológica. Ese era el don de Irma Dorantes y ese don fue lo que la llevó apenas dos años después a pararse frente a las cámaras por primera vez en su vida junto al hombre ante quien el resto de México solo sabía hincarse.

Pedro Infante tenía 34 años cuando la vio por primera vez. Ella tenía 17. Él ya era una leyenda. Sus películas llenaban los cines desde el Distrito Federal hasta los pueblos más pequeños del país. Su voz sonaba en cada radio, en cada cantina, en cada plaza. Las mujeres lo amaban con una intensidad que iba mucho más allá de la admiración artística y los hombres lo admiraban con ese respeto que solo se le tiene a alguien que representa lo que uno querría ser.

Pedro Infante no era solo un cantante ni solo un actor. Pedro Infante era un símbolo. Era la imagen del hombre mexicano en su versión más noble, más valiente, más tierna. Era el charro que lloraba sinvergüenza, que amaba sin medida, que reía con el cuerpo entero. Era, para millones de personas, la prueba de que México era capaz de producir algo perfecto.

Y ese hombre, ese símbolo viviente, se quedó inmóvil cuando vio entrar a Irma Durorantes al set de filmación. No fue un flechazo de los que se ven en las películas. No hubo música de fondo ni miradas cruzadas desde la distancia. Fue algo más sencillo y por eso mismo más poderoso. Pedro estaba repasando su diálogo en una silla junto a la cámara cuando escuchó que alguien saludaba al director con una risa, una risa breve, natural, sin cálculo.

Levantó los ojos y vio a una muchacha de 17 años que no parecía intimidada por nada, que miraba el set con esa mezcla de asombro y determinación que solo tienen las personas que saben exactamente a dónde van, aunque todavía no sepan el camino. Pedro Infante, que había estado rodeado de las mujeres más hermosas del cine mexicano, que había conquistado corazones en cada ciudad donde se presentaba, sintió algo que no esperaba sentir. Sintió curiosidad genuina.

Sintió el impulso de saber quién era esa muchacha que reía así sin pedirle permiso a nadie. Lo que siguió durante las semanas de filmación fue inevitable con la misma inevitabilidad con que es inevitable que el agua encuentre su camino cuesta abajo. Trabajaban juntos todos los días, compartían escenas, ensayaban diálogos, pasaban horas bajo las luces del set esperando que el director acomodara los encuadres.

Y en esas horas de espera, en esas conversaciones que empezaban hablando del guion y terminaban hablando de todo lo demás, algo fue creciendo entre ellos que ninguno de los dos buscó y ninguno de los dos supo detener a tiempo. Pedro le contaba historias de su infancia en Huamuchil, de cómo había aprendido a tocar la guitarra escuchando a su padre, de los años difíciles antes de que la fama llegara y lo cambiara todo.

Irma escuchaba con una atención que a Pedro le resultaba extraña porque estaba acostumbrado a que la gente lo escuchara para después contarle a otros que habían hablado con él, no porque genuinamente le importara lo que decía. Irma le importaba lo que decía. Le hacía preguntas que lo obligaban a pensar. Lo miraba a los ojos cuando hablaba.

Y Pedro, que a los 34 años ya creía conocer a las personas a los 5 minutos de conocerlas, descubrió que esta muchacha de 17 años lo desconcertaba de una manera que no podía explicarse. Irma, por su parte, era demasiado inteligente para no ver lo que estaba pasando. Veía cómo la buscaba con los ojos cuando entraba al set.

veía cómo encontraba pretextos para quedarse cerca de ella durante los tiempos de espera. Veía la diferencia entre cómo Pedro Infante trataba a todo el mundo con esa generosidad expansiva que era parte de su carácter y cómo la trataba a ella con algo más específico, más cuidadoso, como si ella fuera algo frágil que no quería romper.

Y ella a sus 17 años, con toda la inteligencia del mundo, pero sin la experiencia suficiente para blindarse de un hombre así, sintió que su corazón estaba tomando decisiones que su cabeza no había autorizado. El problema era uno y era enorme. Pedro Infante estaba casado. No era la primera vez que lo estaba. Su historia matrimonial era, para decirlo con delicadeza, complicada.

Se había casado con Lupita Torrentera cuando los dos eran muy jóvenes, antes de que la fama llegara, antes de que el mundo entero quisiera un pedazo de él. Ese matrimonio nunca se disolvió formalmente, aunque Pedro vivía desde hacía años una vida completamente separada de Lupita. Después vino María Luisa León, con quien se había unido en una ceremonia que los medios cubrieron como el romance del año, pero que tampoco había resultado ser el amor definitivo que ambos esperaban.

Read More