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82 años y ASÍ es la vida de JULIO IGLESIAS | Escándalos, Romances, Secretos y Mansiones

Una isla privada en las Bahamas, una villa en Punta Cana que sus empleados llamaban la casita del terror, una mansión en Indian Cake Island, Miami, que en 2006 fue puesta a la venta por 28 millones dó. Una finca en Oen, Málaga, registrada a nombre de su esposa para que él no pague en España. Al menos 20 sociedades radicadas en las Islas Vírgenes reveladas por los papeles de Pandora que le permiten comprar propiedades y eludir obligaciones fiscales.

una fortuna estimada en 600 millones de dólares según Celebrity Networth, en 630 millones de euros según la lista Forbes España de 2025 que lo ubicaba en el puesto 81 de las 100 mayores fortunas del país. Más de 300 millones de discos vendidos en todo el mundo, más de 2600 discos de oro y platino. Canciones grabadas en 14 idiomas, más de 5000 conciertos en más de 600 ciudades.

Un récord Guinness por ser el artista que más discos ha vendido en diferentes idiomas en toda la historia de la música. Y ahora, en enero de 2026, dos exempleadas que trabajaron en sus mansiones lo acusan de agresión sexual, acoso y tr personas. Esa es la vida de Julio José Iglesias de la Cueva, el español más famoso del mundo, el cantante que enamoró a un planeta entero durante cinco décadas, el hombre que pasó de ser portero del Real Madrid a estar semiparalítico en una cama de hospital.

[música] El muchacho al que un enfermero le regaló una guitarra y que convirtió esa guitarra en el imperio musical más grande que España ha producido jamás. El seductor que según sus propios biógrafos se acostó con más de 3,000 mujeres. El esposo de Isabel Prisler, la socialit más famosa de España, a la que le fue infiel sistemáticamente hasta que ella pidió el divorcio.

El padre de Enrique Iglesias, el hijo que lo superó en ventas en Estados Unidos y al que, según dicen, apenas le habla. El hombre que durante 30 años negó ser padre de Javier Sánchez Santos hasta que un tribunal de Valencia lo obligó a reconocerlo en 2019. El artista cuyo padre fue secuestrado por la banda terroreta y retenido durante 21 días.

El millonario que no sabe dónde paga impuestos, que vive aislado en el Caribe rodeado de personal de servicio y que según el periodista Jaime Peñafiel nunca ha vivido en familia, nunca, siempre ha vivido solo con secretarios y secretarias. Y el hombre de 82 años que en enero de 2026 publicó un comunicado diciendo, “Niego haber abusado, coaccionado o faltado el respeto a ninguna mujer.

Esas acusaciones son absolutamente falsas y me causan una gran tristeza. Pero para entender cómo un hombre puede acumular tanta riqueza, tanto éxito, tantas mujeres, tantos escándalos y tanta soledad al mismo tiempo, primero hay que volver al principio, a un campo de fútbol donde un muchacho de 19 años estiraba los brazos para detener balones antes de que la vida le detuviera las piernas.

Madrid, 23 de septiembre de 1943. Nace Julio José Iglesias de la Cueva. Su padre, Julio Iglesias Puga es un ginecólogo prestigioso que años después sería conocido como Papuchi por la prensa rosa española. Su madre, María del Rosario de la Cueva y Perignat, es una mujer de buena familia que moriría en 2002. Tiene un hermano, Carlos Luis.

La familia vive con comodidad. No son ricos, pero no son pobres. Son clase media alta madrileña. El padre trabaja mucho, la madre sostiene el hogar y el joven Julio crece con dos pasiones que compiten por su atención, el fútbol y las mujeres. El fútbol gana la primera batalla. Julio se convierte en portero.

Es bueno, no extraordinario, pero bueno. Lo suficientemente bueno como para jugar en las categorías inferiores del Real Madrid. Lo suficientemente bueno como para compartir vestuario con futbolistas que después se convertirían en leyendas del club, lo suficientemente bueno como para que le dejaran entrenar con el primer equipo.

Se dice que una vez le paró un penalti a Alfredo Di Stefano en un entrenamiento. Si eso es verdad, fue probablemente el momento de mayor gloria deportiva de su vida. Pero el mismo ha reconocido que nunca habría llegado a ser lo suficientemente bueno como para ser titular del primer equipo. José Arakstein, el portero vasco del equipo Y, era claramente superior.

Julio habría sido en el mejor de los casos, un suplente honorable, un portero que calentaba la banca mientras otro atajaba los penaltis que importaban. Mientras alternaba el fútbol con sus estudios de derecho en la Universidad Complutense de Madrid, donde solo le faltaba una asignatura para graduarse, la vida le preparaba el giro más brutal que un joven de 19 años podía experimentar.

22 de septiembre de 1962, un día antes de cumplir 20 años, Julio viaja en un coche con amigos por la carretera de Majada en las afueras de Madrid. El coche se sale de la carretera. El impacto es devastador. Julio sufre una lesión gravísima en la columna vertebral. La parte baja de su espalda queda destruida.

Sus piernas dejan de responderle. Lo trasladan al hospital. Los médicos son directos. La lesión es seria. Existe la posibilidad real de que no vuelva a caminar, de que la parálisis sea permanente, de que el muchacho que hace unas horas estiraba los brazos para detener balones ahora no pueda ni mover las piernas para levantarse de la cama.

Julio Iglesias quedó postrado durante un año y medio, [música] 18 meses, en una cama de hospital, sin poder moverse, sin poder caminar, sin poder hacer nada de lo que un joven de 20 años quiere hacer. Sin fútbol, sin universidad, sin fiestas, sin mujeres, [música] sin nada. Y entonces ocurrió algo que cambió la historia de la música para siempre.

Algo tan simple que parece inventado, algo tan pequeño que nadie podía imaginar las consecuencias que tendría. Un enfermero llamado Eladio Magdaleno le regaló una guitarra. No fue un gesto grandioso, no fue un acto calculado. Fue un hombre cuidando a un muchacho enfermo y pensando que quizás un instrumento musical podría ayudarle a pasar las horas.

Quizás podría ayudarle a recuperar la movilidad de las manos. Quizás podría darle algo en que concentrarse mientras el mundo seguía girando fuera de la ventana del hospital. Julio tomó la guitarra, empezó a rasguear las cuerdas al principio torpemente, sin técnica, sin conocimiento musical, sin saber lo que estaba haciendo.

Pero algo ocurrió en ese proceso, algo que ni el nieladio ni nadie habría podido predecir. La música entró en su cuerpo por donde las piernas habían salido. Lo que perdió en movilidad lo ganó en melodía. Lo que se rompió en la columna se reconstruyó en las cuerdas de esa guitarra. Para mí andar era un esfuerzo grandísimo”, dijo años después.

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