Una isla privada en las Bahamas, una villa en Punta Cana que sus empleados llamaban la casita del terror, una mansión en Indian Cake Island, Miami, que en 2006 fue puesta a la venta por 28 millones dó. Una finca en Oen, Málaga, registrada a nombre de su esposa para que él no pague en España. Al menos 20 sociedades radicadas en las Islas Vírgenes reveladas por los papeles de Pandora que le permiten comprar propiedades y eludir obligaciones fiscales.
una fortuna estimada en 600 millones de dólares según Celebrity Networth, en 630 millones de euros según la lista Forbes España de 2025 que lo ubicaba en el puesto 81 de las 100 mayores fortunas del país. Más de 300 millones de discos vendidos en todo el mundo, más de 2600 discos de oro y platino. Canciones grabadas en 14 idiomas, más de 5000 conciertos en más de 600 ciudades.
Un récord Guinness por ser el artista que más discos ha vendido en diferentes idiomas en toda la historia de la música. Y ahora, en enero de 2026, dos exempleadas que trabajaron en sus mansiones lo acusan de agresión sexual, acoso y tr personas. Esa es la vida de Julio José Iglesias de la Cueva, el español más famoso del mundo, el cantante que enamoró a un planeta entero durante cinco décadas, el hombre que pasó de ser portero del Real Madrid a estar semiparalítico en una cama de hospital.
[música] El muchacho al que un enfermero le regaló una guitarra y que convirtió esa guitarra en el imperio musical más grande que España ha producido jamás. El seductor que según sus propios biógrafos se acostó con más de 3,000 mujeres. El esposo de Isabel Prisler, la socialit más famosa de España, a la que le fue infiel sistemáticamente hasta que ella pidió el divorcio.
El padre de Enrique Iglesias, el hijo que lo superó en ventas en Estados Unidos y al que, según dicen, apenas le habla. El hombre que durante 30 años negó ser padre de Javier Sánchez Santos hasta que un tribunal de Valencia lo obligó a reconocerlo en 2019. El artista cuyo padre fue secuestrado por la banda terroreta y retenido durante 21 días.
El millonario que no sabe dónde paga impuestos, que vive aislado en el Caribe rodeado de personal de servicio y que según el periodista Jaime Peñafiel nunca ha vivido en familia, nunca, siempre ha vivido solo con secretarios y secretarias. Y el hombre de 82 años que en enero de 2026 publicó un comunicado diciendo, “Niego haber abusado, coaccionado o faltado el respeto a ninguna mujer.

Esas acusaciones son absolutamente falsas y me causan una gran tristeza. Pero para entender cómo un hombre puede acumular tanta riqueza, tanto éxito, tantas mujeres, tantos escándalos y tanta soledad al mismo tiempo, primero hay que volver al principio, a un campo de fútbol donde un muchacho de 19 años estiraba los brazos para detener balones antes de que la vida le detuviera las piernas.
Madrid, 23 de septiembre de 1943. Nace Julio José Iglesias de la Cueva. Su padre, Julio Iglesias Puga es un ginecólogo prestigioso que años después sería conocido como Papuchi por la prensa rosa española. Su madre, María del Rosario de la Cueva y Perignat, es una mujer de buena familia que moriría en 2002. Tiene un hermano, Carlos Luis.
La familia vive con comodidad. No son ricos, pero no son pobres. Son clase media alta madrileña. El padre trabaja mucho, la madre sostiene el hogar y el joven Julio crece con dos pasiones que compiten por su atención, el fútbol y las mujeres. El fútbol gana la primera batalla. Julio se convierte en portero.
Es bueno, no extraordinario, pero bueno. Lo suficientemente bueno como para jugar en las categorías inferiores del Real Madrid. Lo suficientemente bueno como para compartir vestuario con futbolistas que después se convertirían en leyendas del club, lo suficientemente bueno como para que le dejaran entrenar con el primer equipo.
Se dice que una vez le paró un penalti a Alfredo Di Stefano en un entrenamiento. Si eso es verdad, fue probablemente el momento de mayor gloria deportiva de su vida. Pero el mismo ha reconocido que nunca habría llegado a ser lo suficientemente bueno como para ser titular del primer equipo. José Arakstein, el portero vasco del equipo Y, era claramente superior.
Julio habría sido en el mejor de los casos, un suplente honorable, un portero que calentaba la banca mientras otro atajaba los penaltis que importaban. Mientras alternaba el fútbol con sus estudios de derecho en la Universidad Complutense de Madrid, donde solo le faltaba una asignatura para graduarse, la vida le preparaba el giro más brutal que un joven de 19 años podía experimentar.
22 de septiembre de 1962, un día antes de cumplir 20 años, Julio viaja en un coche con amigos por la carretera de Majada en las afueras de Madrid. El coche se sale de la carretera. El impacto es devastador. Julio sufre una lesión gravísima en la columna vertebral. La parte baja de su espalda queda destruida.
Sus piernas dejan de responderle. Lo trasladan al hospital. Los médicos son directos. La lesión es seria. Existe la posibilidad real de que no vuelva a caminar, de que la parálisis sea permanente, de que el muchacho que hace unas horas estiraba los brazos para detener balones ahora no pueda ni mover las piernas para levantarse de la cama.
Julio Iglesias quedó postrado durante un año y medio, [música] 18 meses, en una cama de hospital, sin poder moverse, sin poder caminar, sin poder hacer nada de lo que un joven de 20 años quiere hacer. Sin fútbol, sin universidad, sin fiestas, sin mujeres, [música] sin nada. Y entonces ocurrió algo que cambió la historia de la música para siempre.
Algo tan simple que parece inventado, algo tan pequeño que nadie podía imaginar las consecuencias que tendría. Un enfermero llamado Eladio Magdaleno le regaló una guitarra. No fue un gesto grandioso, no fue un acto calculado. Fue un hombre cuidando a un muchacho enfermo y pensando que quizás un instrumento musical podría ayudarle a pasar las horas.
Quizás podría ayudarle a recuperar la movilidad de las manos. Quizás podría darle algo en que concentrarse mientras el mundo seguía girando fuera de la ventana del hospital. Julio tomó la guitarra, empezó a rasguear las cuerdas al principio torpemente, sin técnica, sin conocimiento musical, sin saber lo que estaba haciendo.
Pero algo ocurrió en ese proceso, algo que ni el nieladio ni nadie habría podido predecir. La música entró en su cuerpo por donde las piernas habían salido. Lo que perdió en movilidad lo ganó en melodía. Lo que se rompió en la columna se reconstruyó en las cuerdas de esa guitarra. Para mí andar era un esfuerzo grandísimo”, dijo años después.
Pero tocar la guitarra no era un esfuerzo, era un alivio. Era la única cosa en su vida que no le causaba dolor. Y en esa ausencia de dolor, en ese refugio acústico, Julio Iglesias descubrió que tenía algo que no sabía que tenía. Una voz. No la mejor voz del mundo, no la más potente, no la más técnica, pero una voz con algo que no se puede enseñar.
calidez, cercanía, la sensación [música] de que te está cantando al oído, la sensación de que la canción es solo para ti. El periodista Miguel de los Santos lo explicó con claridad. Él tenía ya algunas nociones. Con todo el tiempo de que disponía en la cama aburrido, compuso, “La vida sigue igual. La vida sigue igual.
” El título de su primera canción ya contenía toda la filosofía que lo acompañaría durante cinco décadas. La vida sigue igual. Después del accidente, después de la parálisis, después de perder el fútbol, después de perderlo todo, la vida sigue igual. No cambia porque tú sufras, no se detiene porque tú te detengas.
Sigue y lo único que puedes hacer es seguir con ella o quedarte atrás. Julio decidió seguir. Cuando finalmente salió del hospital, después de 18 meses de rehabilitación, caminaba con dificultad. Las piernas le respondían, pero no como antes. Nunca volvería a ser portero, nunca volvería a correr, nunca volvería a tener el cuerpo que tenía antes del accidente.
Pero tenía algo nuevo, algo que no tenía cuando entró al hospital. Tenía una guitarra, tenía una voz y tenía una canción. Se fue a Cambridge, Inglaterra, a estudiar inglés y los fines de semana cantaba en un pup llamado Airport Pub versiones de Tom Jones en Helbert Perdink de Vittens. No cobraba nada, lo hacía por placer, por la emoción de pararse frente a un grupo de desconocidos y cantar.
Fue en Cambridge donde conoció a una mujer francesa llamada Gendoline Boyore, que le inspiraría una de sus canciones más famosas. De vuelta en España, Julio empezó a participar en concursos radiofónicos. Ganó varios. Su voz empezaba a llamar la atención. No era la voz de un cantante entrenado. Era la voz de un hombre que había aprendido a cantar solo en una cama de hospital con una guitarra prestada.
Y esa imperfección, esa falta de formación le daba algo que los cantantes profesionales no tenían. Vulnerabilidad. El público no escuchaba a un artista, escuchaba a un ser humano. [música] En julio de 1968, con 24 años, Julio Iglesias se presentó al Festival Internacional de la Canción de Venidor con La vida sigue igual y ganó.
El muchacho que 6 años antes estaba semiparalítico en una cama de hospital, ahora estaba de pie en un escenario con una guitarra en la mano, recibiendo el aplauso de miles de personas que no sabían que estaban presenciando el nacimiento de una leyenda. Y hay un dato que pocos conocen. [música] Meses antes del Festival de Venidor, Maciel había ganado Eurovisión 1968 con la la.
Y resulta que esa canción había sido compuesta originalmente para que la cantara Julio Iglesias, pero como no tenía trayectoria ni repertorio, se la dieron a Maciel. La canción que ganó Eurovisión para España fue escrita para un hombre que todavía no era nadie. La ironía de la vida. Si le hubieran dejado cantarla, quizá habría ganado Eurovisión con 24 años, pero la historia habría sido diferente y quizá no habría sido mejor.
En 1970, Julio representó a España en el festival de Eurovisión con Gwendoline, la canción inspirada en la francesa que conoció en Cambridge. Quedó cuarto, no ganó, pero eso no importó porque Eurovisión le abrió las puertas de Europa. La canción se grabó en cuatro idiomas. se vendió por toda Europa y Julio Iglesias pasó de ser un cantante español a ser un fenómeno continental.
Y fue precisamente durante esa explosión de fama cuando conoció a la mujer que cambiaría su vida personal para siempre. En una fiesta en Madrid en 1970, sus ojos se cruzaron con los de una joven filipina de 19 años que acababa de llegar a España. Se llamaba María Isabel Prisler Rastia. Era demanida, era hermosa, era elegante, era exactamente el tipo de mujer que Julio quería a su lado.
Se casaron el 20 de enero de 1971 y con esa boda nació la pareja más mediática de España, el cantante de moda y la socialit filipina, [música] los dos más fotografiados del país, los más envidiados, los más perseguidos por la prensa. Las portadas de las revistas del corazón se llenaban con sus rostros cada semana. eran la perfección hecha pareja.
Pero guarda esto en tu memoria, porque detrás de esa perfección de revista, detrás de las sonrisas coordinadas y los trajes de diseñador y las fiestas en mansiones, había algo que se estaba pudriendo, algo que Julio hacía cada vez que salía de gira, algo que Isabel sospechaba, pero que tardó años en confirmar, algo que eventualmente destruiría el matrimonio y que décadas después, cuando ya ambos eran abuelos, seguiría persiguiendo al cantante como una sombra que no se apaga.
las infidelidades. Porque Julio Iglesias, el hombre que cantaba sobre el amor con una ternura que derretía corazones, era incapaz de serle fiel a una sola mujer. Y eso en los años 70 no era un secreto. Era un secreto a voces que todo Madrid conocía, pero que nadie se atrevía a publicar, porque la prensa española de esa época protegía a sus ídolos como si fueran intocables.
Tres hijos nacieron de ese matrimonio. María Isabel, conocida como Chaveli, en 1971, Julio José en 1973 y Enrique, el que se [música] convertiría en una estrella más grande que su padre en ciertos mercados en 1975. Pero los hijos no salvaron el matrimonio. En 1979, después de 8 años de casados, Isabel Prisler pidió el divorcio.
Estaba cansada, cansada de las ausencias, cansada de las giras interminables, cansada de los rumores que llegaban desde cada ciudad que Julio visitaba, cansada de ser la esposa perfecta de un hombre que no podía ser el esposo perfecto. El divorcio fue civilizado en apariencia. No hubo guerra pública, no hubo insultos en los medios.
Ambos mantuvieron un discurso de respeto centrado en la protección de sus tres hijos, pero el daño estaba hecho y las consecuencias del divorcio serían más profundas de lo que ninguno de los dos imaginaba, porque 2 años después del divorcio, el 29 de diciembre de 1981, ocurrió algo que cambió a la familia Iglesias Prisler para siempre.
Algo que no tenía que ver con la música, ni con las infidelidades, ni con las revistas del corazón. Algo que tenía que ver con el terrorismo, con el miedo y con la decisión más dolorosa que un padre puede tomar. El padre de Julio, el Dr. Julio Iglesias Puga, Papuchi, fue secuestrado por ETA en Madrid.
La banda Tabasca [música] lo retuvo en Trasmos, una pequeña localidad de la provincia de Zaragoza durante 21 días. 21 días en los que la familia no sabía si el abuelo estaba vivo o muerto. [música] 21 días de angustia, de negociaciones, de silencios telefónicos que podían significar cualquier cosa. La Policía Nacional finalmente lo liberó el 19 de enero de 1982.
Papuchi volvió a casa, pero el miedo no se fue con él. El miedo se quedó y Julio tomó una decisión que marcaría la infancia de sus tres hijos de una manera que ninguno de ellos ha podido olvidar. decidió que España no era segura, que sus hijos corrían peligro, que si Eta había secuestrado al abuelo, podían secuestrar a los niños y los envió a Miami.
Isabel Prisler lo contó décadas después en sus memorias Mi verdadera historia, publicadas en octubre de 2025 con un dolor que no se había apagado en más de cuatro décadas. No creo que haya podido explicar bien el dolor tan grande que sentí. separarse de sus hijos, enviarlos a otro país, a otro continente, a una ciudad donde apenas conocían a nadie, para protegerlos de una amenaza que podía ser real o podía ser paranoia, pero que ningún padre estaba dispuesto a ignorar.
Y aquí viene un detalle que pocos conocen y que revela mucho sobre cómo era la vida familiar de Julio Iglesias. Cuando Chabeli, Julio José y Enrique llegaron a Miami, no se instalaron en la mansión de su padre en Indian Creek Island. [música] Se instalaron en la casa del manager de julio Alfredo Fraile en By [música] Point, otro barrio, otra casa, la casa de otra persona.
El padre vivía en una isla privada. Los hijos vivían en la casa del representante. Piensa en lo que eso dice sobre la relación de Julio con sus hijos. El hombre más rico del espectáculo español tenía una mansión en una de las islas más exclusivas de Miami y sus tres hijos no vivían con él. [música] vivían con el manager, como si los hijos fueran un accesorio que hay que guardar en un lugar seguro, pero no necesariamente bajo el mismo techo que el padre.
Y eso, según las personas que conocen a Julio Iglesias, no era una excepción, era la regla. El periodista Jaime Peñafiel, amigo del cantante, lo dijo con una franqueza que elaba la sangre. Julio nunca ha vivido en familia, nunca. Siempre ha vivido solo con secretarios y secretarias. Siempre ha vivido solo. El hombre que cantaba sobre el amor, el hombre que enamoraba a estadios enteros, el hombre que según las estimaciones más generosas se acostó con más de 3,000 mujeres.
Ese hombre vivía solo, rodeado de empleados, no de familia, de personal de servicio que limpiaba su casa, preparaba su comida, planchaba su ropa, organizaba su agenda, pero no de hijos que corrieran por los pasillos, no de una esposa que lo esperara en la cama, no de una familia que cenara junta por las noches, esa soledad elegida, esa incapacidad de vivir en familia, esa necesidad de tener control absoluto sobre su espacio, sobre su tiempo, sobre cada detalle de su entorno es quizá [música] la clave más reveladora de quién es realmente Julio
Iglesias. No el cantante, no el seductor, no el millonario. El hombre solo que canta sobre el amor porque nunca aprendió a vivirlo. Y mientras sus hijos crecían en Miami sin él, mientras Isabel Prisler rehacía su vida en España, mientras el mundo entero lo adoraba como el rompecorazones más encantador del planeta, Julio Iglesia seguía acumulando éxitos a una velocidad que desafiaba toda lógica.
En 1984 grabó Milan Beller Place, su primer disco íntegramente en inglés. Incluía el dueto al de Gels Velabore con Willy Nelson, que se convirtió en un éxito masivo en Estados Unidos. [música] Fue el primer artista de habla hispana en penetrar el mercado estadounidense a ese nivel. La puerta que nadie había podido abrir, Julio la abrió con una canción country cantada con acento español.
En 1987 vendió un millón de copias de su álbum en China en un solo día. Un millón [música] en un día. En un país donde nadie hablaba español. Eso no era fama normal, eso era un fenómeno que trascendía el idioma, la cultura, la geografía. Julio Iglesias no vendía canciones, vendía una emoción que no necesitaba traducción.
Los números se acumulaban como una avalancha. 300 millones de discos vendidos en todo el mundo. Canciones grabadas en español, inglés, francés, italiano, portugués, [música] alemán, japonés y otros idiomas hasta Sumar 14. Más de 2600 discos de oro y platino. Un disco de diamante otorgado por el Guinness World Records por ser el artista que más discos ha vendido en diferentes idiomas en toda la historia.
Más de 5,000 conciertos en más de 600 ciudades, su rostro en más de 1700 portadas de revistas. Julio Iglesias no era un cantante, era una industria, un imperio, una marca global que generaba dinero las 24 horas del día, los 365 días del año, en todos los rincones del planeta. Pero detrás de cada disco de oro, detrás de cada estadio lleno, detrás de cada portada de revista, había un hombre que vivía solo en una mansión rodeada de agua y de empleados.
Un hombre que no sabía vivir en familia, un hombre que coleccionaba mujeres como otros coleccionan sellos, un hombre que cantaba sobre el amor, pero que no podía quedarse con una sola persona. Y mientras ese hombre seguía conquistando el mundo, una modelo holandesa de 22 años estaba a punto de entrar en su vida. Una mujer que lo cambiaría todo o que al menos lo intentaría durante 35 años sin lograrlo del todo.
Miranda Richnsburger apareció en la vida de Julio Iglesias como aparecen todas las mujeres en su vida, de golpe, sin aviso, con la fuerza de un huracán que no pide permiso para entrar. Era 1991. Miranda tenía 25 años. Era holandesa, era modelo, [música] era rubia, era espectacular y era 22 años menor que Julio.
La conoció durante una sesión de fotos para una de sus portadas. Él tenía 47 años. Estaba divorciado de Isabel Prisler desde hacía más de una década. Había pasado por decenas de relaciones que duraban lo que duraba una gira. Mujeres que entraban y salían de su vida con la velocidad de un cambio de ciudad. modelos, actrices, socialit, mujeres comunes que tenían la mala suerte de enamorarse de un hombre que no sabía quedarse. Pero Miranda fue diferente.
Miranda no se fue, se quedó y se quedó durante 35 años. No porque Julio fuera el compañero perfecto, no porque la relación fuera fácil, no porque vivieran una historia de amor de telenovela, se quedó porque decidió que lo que tenía con Julio, con todas sus imperfecciones, con todas sus ausencias, con todos sus defectos, valía más que la alternativa de irse. Tuvieron cinco hijos.
Cinco hijos en 10 años. Cinco hijos que se sumaban a los tres que Julio tenía con Isabel Prisler, ocho hijos reconocidos en total. Ocho. Una cifra que para cualquier hombre sería abrumadora, pero que para Julio Iglesias parecía ser solo un número. Porque según las revistas del corazón españolas, a la fecha de 2026 ninguno de los cinco hijos con Miranda vivía con él. Ninguno. Piensa en eso.
[música] Ocho hijos reconocidos. Y el padre vivía solo en una isla, en las Bahamas o en Puntacana o en Indianc, solo con secretarios, con secretarias, con personal de servicio, con cocineros, jardineros, chóeres, guardaespaldas, pero sin hijos, sin familia, sin las personas que deberían ser las más importantes de su vida durmiendo bajo el mismo techo.
Miranda y Julio no se casaron hasta 2010. 19 años después de empezar su relación. 19 años viviendo juntos sin papeles. 19 años teniendo hijos sin un acta de matrimonio. ¿Por qué esperaron tanto? Nadie lo sabe con certeza. Algunos dicen que Julio no quería casarse después del fracaso con Isabel, que el divorcio lo marcó, que prefería la convivencia sin las ataduras legales del matrimonio.
Otros dicen que Miranda esperó pacientemente porque sabía que la paciencia era la única forma de sobrevivir al lado de Julio Iglesias. La boda finalmente ocurrió en la localidad de Oen, Málaga, en el sur de España. Fue discreta sin fanfaria, sin las cámaras que habían documentado obsesivamente su boda con Isabel Prisler 39 años antes, como si Julio hubiera aprendido que los matrimonios que se celebran en silencio duran más que los que se celebran en portada.
Pero el matrimonio con Miranda no eliminó las sombras que rodeaban a Julio, porque [música] mientras construía una nueva familia con la modelo holandesa, un fantasma del pasado lo perseguía. Un fantasma con nombre, con apellido y con una determinación que duraría más de tres décadas. Javier Sánchez Santos. La historia empieza en 1975.
Julio Iglesias, en plena explosión de fama, conoce a una bailarina portuguesa llamada María Edite Santos. tienen una relación breve, una de las muchas que Julio tenía en esa época, una noche aquí, otra allá, un romance que para él probablemente fue uno más entre decenas, [música] pero para María Edite, ese romance tuvo una consecuencia que cambiaría su vida y la de su hijo para siempre.
En 1976, María Edite dio a luz a un niño al que llamó Javier, Javier Sánchez Santos. Y María Edite siempre sostuvo que el padre de ese niño era Julio Iglesias. Julio lo negó desde el primer momento, rotundamente, categóricamente, sin fisuras. Dijo que no conocía a esa mujer. Dijo que no era el padre. Dijo que era un intento de extorsión.
Dijo que no iba a someterse a una prueba de ADN y utilizó todo el poder legal y económico que tenía para bloquear cualquier intento de María Edite por demostrar la paternidad. Y aquí es donde la historia se vuelve cafqueana, porque el proceso legal duró más de 30 años, 30 años.
Desde los años 80 hasta 2019, tres décadas de demandas, de apelaciones, de recursos, de audiencias, de abogados que cobraban fortunas, de un sistema judicial que se arrastraba mientras un niño se convertía en adolescente, el adolescente en adulto y el adulto en un hombre de 43 años que seguía sin saber oficialmente quién era su padre. Julio usó todos los recursos a su disposición para evitar la prueba de ADN.
Sus abogados presentaron recurso tras recurso, apelación tras apelación, tecnicismo tras tecnicismo. No importaba cuánto costara, no importaba cuánto tardara. Julio Iglesias no iba a reconocer a ese hijo y el sistema legal, que favorece a quien tiene más dinero para pagar mejores abogados, le dio la razón durante tres décadas.
[música] Pero en julio de 2019, un tribunal de Valencia finalmente hizo lo que Julio había evitado durante 30 años. Declaró legalmente que Javier Sánchez Santos era hijo biológico de Julio Iglesias, no porque Julio se hubiera sometido a la prueba de ADN, porque se negó a hacerla. El tribunal usó pruebas circunstanciales, testimonios y la negativa de julio a someterse al examen como indicios suficientes para declarar la paternidad.
Javier tenía 43 años cuando la justicia le dijo lo que él ya sabía desde niño, que su padre era Julio Iglesias, que el hombre que cantaba de niña a mujer en la televisión cada Navidad era el mismo hombre que lo había negado durante toda su vida, que el artista que enamoraba al mundo no había sido capaz de reconocer a su propio hijo. Julio apeló la sentencia.
Sus abogados presentaron recursos ante tribunales superiores, pero en 2020 el tribunal ratificó la decisión. Javier Sánchez Santos era legalmente hijo de Julio Iglesias, el noveno hijo, el hijo negado, el hijo que tuvo que esperar 43 años para que la justicia le diera lo que su padre nunca quiso darle, un apellido.
Javier habló con la prensa después de la sentencia con una mezcla de alivio y amargura. dijo que no buscaba dinero, [música] que buscaba reconocimiento, que buscaba que el mundo supiera que él existía, que durante 43 años fue invisible para un hombre que tenía los recursos para encontrarlo y no quiso.
Que el dolor de ser negado por tu propio padre es un dolor que no se cura con una sentencia judicial. Julio nunca lo llamó, nunca le envió un mensaje, nunca reconoció públicamente la sentencia más allá de los comunicados legales de sus abogados. El silencio. Otra vez el silencio. La herramienta favorita de un hombre que ha construido su vida sobre la distancia.
[música] Distancia de sus hijos, distancia de sus exparejas, distancia de sus responsabilidades, distancia de todo lo que requiera compromiso emocional. Y mientras el caso de Javier Sánchez Santos ocupaba los titulares en España, la fortuna de Julio Iglesias seguía creciendo en silencio, porque Julio no era solo un cantante, [música] era un empresario y un empresario con una visión que iba mucho más allá de la música.
Según Forbes España, su patrimonio en 2025 era de 630 millones de euros. Celebrity Networth lo estimaba en 600 millones de dólares. Las cifras varían dependiendo de la fuente, pero todas coinciden en una cosa. Julio Iglesias es obscenamente [música] rico. No rico como un cantante exitoso, rico como un magnate, rico como alguien que entendió desde muy joven que la música era solo el vehículo y que el destino era la inversión inmobiliaria.
Según Forbes, su patrimonio se sostiene en tres pilares. La explotación inteligente de su obra musical, que incluye más de 300 millones de discos vendidos, cuyas regalías siguen generando millones cada año. La diversificación temprana de sus inversiones, principalmente en bienes raíces, y la gestión patrimonial marcada por la discreción y la estabilidad, o, como dirían los menos diplomáticos, por el uso de paraísos fiscales.
Porque en 2021 los papeles de Pandora revelaron que Julio Iglesias tenía al menos 20 sociedades radicadas en las islas vírgenes británicas. 20, no una, no dos. 20 empresas fantasma en un paraíso fiscal que le permitían comprar propiedades, mover dinero y eludir impuestos sin dejar rastro en España. El programa equipo de investigación de la Sexta dedicó un episodio entero a analizar la fortuna de julio a partir de los datos de los papeles de Pandora y lo que encontraron fue un entramado financiero diseñado para que el cantante
no pagara prácticamente nada en España. La única propiedad que disfruta en suelo español es la finca de Ojen en Málaga, registrada a nombre de Miranda Reensburger, no a nombre de Julio, a nombre de su esposa. Así Julio podía decir que no tenía propiedades en España y que por lo tanto no estaba obligado a pagar impuestos allí.
¿Dónde paga impuestos Julio Iglesias? A día de hoy nadie lo sabe con certeza. Su residencia fiscal es un misterio. [música] Vive entre Miami, Puntacana, Las Bahamas y Málaga. Pero no queda claro en cuál de esos lugares cumple con sus obligaciones tributarias o si cumple en alguno. Las propiedades que se le atribuyen son un catálogo de lujo que produce vértigo.
La mansión de Indian Creek Island en Miami, una isla privada donde solo viven multimillonarios con acceso restringido, seguridad las 24 horas y donde los vecinos son gente como Carla Iken, Eddie Lampert y Adriana Lima. Julio compró esa propiedad en 1978 por 650,000. [música] En 2006 la puso a la venta por 28 millones dó.
Forbes la incluyó entre las 10 casas más caras del sur de Estados Unidos. La villa en Punta Cana, República Dominicana, vecina de la mansión del fallecido diseñador Óscar de la Renta y demagnate turístico Fran Granieri. Julio tiene una participación mayoritaria en el grupo Puntacana, la empresa que desarrolló la zona turística más importante de República Dominicana.
No es solo un residente, es un inversor, un propietario, un socio del negocio que transformó una playa virgen en uno de los destinos turísticos más visitados del Caribe, la isla privada en las Bahamas, donde según las investigaciones recientes se intensifica el sistema de control doméstico que mantiene sobre su personal, un refugio donde la privacidad es absoluta y donde lo que pasa dentro de las paredes no sale.
Pero las propiedades no son solo inversiones, son fortalezas. Cada una de las residencias de Julio Iglesias funciona como un ecosistema cerrado, con personal permanente, con sistemas de seguridad, con protocolos de acceso, con reglas que los empleados deben seguir al pie de la letra. Julio no vive en casas, vive en burbujas.
Burbujas [música] climatizadas decoradas con obras de arte, servidas por personal uniformado donde el mundo exterior no puede entrar y donde lo que pasa adentro no puede salir. Y es precisamente lo que pasaba adentro, lo que en enero de 2026 salió a la luz de la manera más explosiva posible. Pero antes de llegar a las acusaciones, hay que hablar de la relación de Julio con sus hijos.
Porque esa relación, o más exactamente la ausencia de esa relación es fundamental para entender al hombre detrás del mito. Enrique Iglesias, el hijo más famoso, el que vendió más de 180 millones de discos, el que conquistó el mercado estadounidense con Bailando, Hero, Escape, el que se convirtió en una estrella global por derecho propio y el que según múltiples fuentes tiene una relación distante con su padre.
Enrique llegó a Miami siendo un niño después del secuestro de su abuelo Poreta. Creció en la casa del manager de su padre, no en la mansión de Indian Creek. Fue a la escuela en Florida. Hizo amigos americanos. Aprendió inglés y a los 19 años, en 1995, grabó su primer disco bajo un nombre falso para que nadie supiera que era hijo de Julio Iglesias.
No quería el apellido, no quería la sombra, no quería que lo compararan, quería demostrar que podía hacerlo solo y lo demostró. Se convirtió en una estrella más grande que su padre en ciertos mercados. Vendió más discos en inglés de lo que Julio jamás vendió. Llenó estadios que Julio no podía llenar y lo hizo sin usar el apellido como trampolín.
Lo hizo a pesar del apellido, como si ser hijo de Julio Iglesias fuera un obstáculo y no una ventaja. La relación entre padre e hijo ha sido descrita por personas cercanas como cordial pero distante. Se ven en eventos familiares, se saludan, se abrazan para las fotos, pero no hay la intimidad que debería haber entre un padre y un hijo.
No hay las llamadas diarias, no hay las cenas juntos, no hay las conversaciones largas sobre la vida, hay respeto, hay educación, pero hay una distancia que ni la fama ni el dinero han podido cerrar. Chaveli, la mayor, vive en Miami. Lleva una vida relativamente privada. Julio José, el del [música] medio, ha intentado una carrera musical sin el éxito de su hermano menor.
Ha participado en programas de televisión en España. Se divorció de su esposa Charise Veraert después de casi 20 años de relación. Los cinco hijos con Miranda son más jóvenes. Miguel Alejandro, Rodrigo, las gemelas Cristina y Victoria y Guillermo llevan vidas más discretas. aparecen ocasionalmente en las redes sociales de Miranda, pero según las fuentes españolas, ninguno vive actualmente con Julio y eso nos lleva a la imagen más perturbadora de toda esta historia.
Un hombre de 82 años, solo en una isla o en una villa del Caribe, rodeado de empleados, sin familia bajo su techo, cantando La vida sigue igual en una habitación vacía donde solo las paredes escuchan. El español más famoso del mundo convertido en el hombre más solo del mundo. Pero esa soledad no es accidental, es construida, es elegida, es defendida.
Julio siempre ha dicho que ama la soledad, que la eligió, que es feliz así. En su última entrevista con Ola en abril de 2025 dijo, “Yo he elegido esta vida. Convivo a las 1 maravillas con la soledad.” Convivo a las 1 maravillas con la soledad. Esa frase dicha por un hombre que ha vendido 300 millones de discos cantando sobre el amor es la contradicción definitiva de su vida.
El hombre que le cantó al amor eligió vivir solo. El hombre que enamoró al mundo no pudo quedarse con nadie. El hombre que componía canciones sobre la pasión, sobre la entrega, sobre el deseo de estar con alguien para siempre, prefirió estar solo. ¿Es libertad o es incapacidad? ¿Es una elección o es una condena? Julio Iglesias vive solo porque quiere o porque no sabe vivir de otra manera.
Esa pregunta flotaba en el aire cuando en enero de 2026 el mundo descubrió que la soledad de Julio Iglesias tenía un lado mucho más oscuro del que nadie imaginaba. Y lo que dos mujeres contaron sobre lo que vivieron dentro de las mansiones del cantante más romántico del mundo es quizá el capítulo más perturbador de toda esta historia. Un capítulo que amenaza con destruir un legado de cinco décadas.
Un capítulo que sus hijos, según la prensa española, recibieron con espanto. Un capítulo que ni siquiera Isabel Prisler, la mujer que siempre ha sabido mantener la compostura, pudo ignorar. El 13 de enero de 2026, el mundo despertó con una noticia que sacudió los cimientos del espectáculo internacional. El diario digital español, El diario.
Y Univisión Noticias publicaron simultáneamente los resultados de una investigación que había durado 3 años. una investigación que involucraba a dos exempleadas de Julio Iglesias, dos mujeres que habían trabajado en sus mansiones de República Dominicana y Bahamas en el año 2021. Y lo que esas dos mujeres describieron era difícil de leer sin sentir que algo se rompía por dentro.
Las acusaciones eran graves, no graves en el sentido mediático, graves en el sentido legal. Las dos mujeres aseguraban que fueron víctimas de presuntas agresiones por parte del cantante. No insinuaciones, [música] no comentarios inapropiados, agresiones. Además, la denuncia incluía acusaciones de personas, una de las palabras más duras que el sistema legal puede aplicar a una persona.
Asesoradas por la organización Women’s Link Worldwide, las dos exempleadas decidieron presentar una denuncia formal ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional de España, no ante un juzgado menor, ante la Audiencia Nacional, el tribunal que investiga los delitos más graves del país, terror, crimen organizado y ahora, presuntamente al cantante más famoso de España.
La investigación del Eldiario. Y Univisión había recopilado testimonios durante 3 años. No era un artículo improvisado, no era un chisme de revista, era periodismo de investigación profundo con fuentes documentadas, con conversaciones de WhatsApp, con registros de contratación, con testimonios cruzados que pintaban un cuadro perturbador de lo que ocurría dentro de las mansiones de Julio Iglesias.
Según la investigación, para trabajar en las casas de Julio Iglesias, a las mujeres les pedían fotografías de cara y cuerpo entero, no un currículum, no referencias laborales, fotografías de cara y de cuerpo entero. La contratación, según las conversaciones de WhatsApp a las que el diario Punto estuvo acceso, se pactaba sin entrevista personal, sin que la candidata conociera al empleador, sin que supiera exactamente que le esperaba del otro lado de la puerta.
Una de las exempleadas, identificada con el nombre ficticio de Carolina describió el ambiente dentro de las mansiones con palabras que contradecían todo lo que el mundo imaginaba sobre la vida del cantante. Todas en algún momento lloramos allá. Nos sentimos mal, ya sea por la forma en que nos hablaban o nos reclamaban. Todas
lloraron. Todas. No una, no dos. Todas las mujeres que trabajaban en esas casas en algún momento [música] por la forma en que les hablaban, por la forma en que les reclamaban. Otra exempleada, identificada como Rebeca, fue más específica sobre el trato verbal. Eran ofensas que a menudo profería iglesias en sus mansiones.
Y añadió algo que revelaba la dinámica de poder dentro de esas paredes. Era un control que yo tenía que tener para que él no se exaltara o me insultara. cuando se enojaba. Él también decía mucho que si yo me iba de su casa iría a mi casa a si te vas de mi casa irás a tu casa a esa frase atribuida al cantante que vendió 300 millones de discos cantando sobre el amor, sobre la ternura, sobre el respeto a las mujeres, era el reverso exacto de todo lo que su música representaba.
El hombre que cantaba de niña a mujer supuestamente [música] le decía a sus empleadas que si se iban comerían. El poeta del román se insultaba con una vulgaridad que no encajaba en ninguna de sus canciones. Laura, una fisioterapeuta venezolana que trabajó para Julio, relató que también fue blanco de las groserías del cantante, aunque aclaró que en su caso no llegó a ejercer violencia física.
Univisión Noticias publicó su propia investigación con detalles adicionales. Felipe Uyoa, el periodista que lideró la investigación desde el lado de Univisión, reveló que la carretera que lleva a la villa de julio en Punta Cana fue bautizada con su nombre, que el cantante era considerado un pionero del desarrollo turístico de la zona, que los dominicanos lo adoraban, que había un mural con su rostro junto a Juan Luis Guerra y Johnny Ventura que había donado para la construcción de un centro de atención pediátrica. La imagen pública
era impecable. el hombre más generoso, el benefactor más querido. Y detrás de esa imagen, según las exempleadas, había una realidad muy diferente. La expresión La casita del terror apareció en las investigaciones como el nombre con el que algunos empleados se referían a la propiedad de Punta Cana, no oficialmente entre susurros, entre personas que trabajaban ahí y que sabían que lo que vivían no era normal, pero que no se atrevían a decirlo en voz alta porque el hombre que les pagaba era demasiado poderoso. El español, otro medio de
investigación, publicó un reportaje adicional que describía el sistema doméstico de Julio Iglesias de una manera que parecía sacada de otra época. Cuando Julio Iglesias se desplaza, se desplaza con una parte de ese sistema, nunca con todas, siempre con unas pocas. El resto mantiene la casa limpia, ordena y espera a su regreso.
La casa no se detiene porque él no esté, más bien se prepara para cuando vuelva. y añadía que en las Bahamas ese sistema se intensificaba según una segunda fuente independiente. El artículo describía a Julio como el patrón, no el señor, [música] no el jefe, el patrón, con todo lo que esa palabra implica en el [música] contexto latinoamericano, el dueño de la finca, el que manda, el que no admite réplica, el que puede hacer y deshacer a su antojo, porque las personas que lo rodean dependen del económicamente y no tienen otra opción
que obedecer. Y el artículo añadía un detalle que completaba el retrato de la vida cotidiana de julio. Vivía rodeado de 10 señoritas entre Punta Cana y su isla privada en las Bahamas. 10 mujeres jóvenes que formaban parte de su personal doméstico permanente. 10 mujeres que limpiaban, cocinaban, servían, atendían y mantenían el funcionamiento de unas mansiones donde el único hombre era un cantante de 82 años que convivía a las 1000 maravillas con la soledad.
Julio Iglesias respondió, lo hizo a través de sus redes sociales. Un comunicado breve, medido, frío, cuatro líneas que parecían escritas por un abogado, no por un ser humano. Niego haber abusado, coaccionado o faltado el respeto a ninguna mujer. Esas acusaciones son absolutamente falsas y me causan una gran tristeza. Me causan una gran tristeza.
Esa fue su defensa, no indignación, no rabia, no un desmentido largo y detallado, tristeza, como si el problema no fueran las acusaciones, sino lo que las acusaciones le hacían sentir [música] a él, como si la víctima fuera él y no las mujeres que lo denunciaban. Miranda Richsburger rompió su habitual silencio y salió en defensa de su [música] esposo.
La mujer que durante 35 años había mantenido un perfil discretísimo, que casi nunca daba entrevistas, que vivía entre Me España sin hacer ruido, habló, defendió a Julio, dijo que las acusaciones eran falsas. Se sumó a otras amigas del cantante como Ana García Obregón, que también alzaron la voz para defenderlo. Pero los hijos callaron.
Chabeli [música] cayó. Julio José cayó, Enrique cayó, el periodista Antonio Rossi explicó en Tele5 cuál era la postura de los tres hijos mayores, están escandalizados. Y advirtió, las consecuencias pueden ser tremendas, refiriéndose a lo que podría pasar en Estados Unidos, donde las leyes sobre acos y trata de son particularmente duras.
Isabel Prisler tampoco habló, fiel a su estilo, fiel a su recogimiento. La mujer que en octubre de 2025 había publicado sus memorias Mi verdadera historia, donde contaba los entretelones de su matrimonio con Julio, de la separación, del secuestro de su suegro, de las infidelidades, ahora se encontraba frente a un escándalo que hacía que todo lo anterior pareciera menor y eligió el silencio.
Pero según el español, Isabel y Julio hablaron por teléfono después de que las acusaciones se hicieron públicas. Una conversación cuyo contenido nadie conoce, pero que demuestra que después de 47 años del divorcio, después de que cada uno rehzo su vida, después de que ella se casó con el marqués de Griñón y después vivió con Mario Vargas Yosa, después de todo eso, cuando el mundo se derrumba, la primera persona a la que llamas es la madre de tus hijos, no la esposa actual, la primera, la original, la que conoce tus secretos más antiguos. Julio pidió
silencio a su entorno. Según las fuentes, dio instrucciones claras a sus hijos y a Miranda. No hablar, no dar entrevistas, no responder a las acusaciones, dejar que los abogados manejaran todo. El mismo protocolo que había usado toda su vida, el mismo silencio que usó con Javier Sánchez Santos durante 30 años.
El mismo silencio que usó con los papeles de Pandora. El mismo silencio que usó cada vez que la realidad amenazaba con ensuciar la imagen del mito. Callar, esperar, dejar que el tiempo pase, dejar que la prensa se aburra, dejar que la gente [música] olvide. Pero esta vez el silencio no era suficiente porque la denuncia estaba en manos de la Fiscalía de la Audiencia Nacional.
No era un artículo de prensa que se olvidaba en dos semanas. Era un proceso legal que podía tener consecuencias reales, que podía terminar en una investigación formal, que podía cruzar fronteras si Estados Unidos decidía involucrarse, dado que parte de los hechos supuestamente ocurrieron en territorio bajo jurisdicción americana.
Y mientras la tormenta legal apenas comenzaba, la ironía quiso que al mismo tiempo estuviera en desarrollo otra pieza del rompecabezas Julio Iglesias, una serie biográfica de Netflix, porque Julio había anunciado, antes de que estallara el escándalo, que Netflix produciría una serie sobre su vida, una serie que él mismo supervisaría, una serie donde por primera vez él contaría su verdad.
Después de décadas de libros no autorizados, de biografías escritas [música] por exempleados como Antonio del Valle, que en 1986 publicó Julio Iglesias Truano, Señor, un libro que revelaba secretos íntimos de sus 4 años como mayordomo del cantante. [música] Después de que su exmaner Alfredo Fraile publicara sus propias memorias con detalles que Julio habría preferido mantener en secreto después de que el periodista Ignacio Peiró publicara en febrero de 2025 El español que enamoró al mundo, una biografía exhaustiva que
destripaba su vida con una minuciosidad que dejaba poco espacio para la leyenda. Después de todo eso, Julio había decidido que era momento de contar su versión. En un comunicado publicado por Netflix, dijo, “Después de muchas especulaciones, libros y documentales en los que no estuve involucrado, por primera vez decidí contar la verdad sobre mi vida.” La verdad sobre mi vida.
Esa frase ahora sonaba diferente porque la verdad sobre la vida de Julio Iglesias en enero de 2026 incluía acusaciones de agresión y trata de y la serie de Netflix que debía ser la coronación de su legado, ahora tenía que competir con titulares que destruían ese legado minuto a minuto. ¿Se hará la serie? Netflix seguirá adelante con el proyecto sabiendo que su protagonista enfrenta acusaciones graves o la serie se convertirá en otra víctima de un escándalo que no para de crecer.
A la fecha de mayo de 2026 no hay confirmación de que el proyecto haya sido cancelado, pero tampoco hay señales de que esté avanzando. Y mientras el futuro de la serie queda en el aire, la vida de Julio Iglesia sigue. O más exactamente, la vida que eligió sigue. La vida entre islas, la vida entre mansiones, la vida entre secretarios y secretarias. La vida solo tiene 82 años.
Su salud ha declinado en los últimos años. Reportes de la prensa española indican que usa silla de ruedas en algunas ocasiones, que su movilidad, siempre afectada desde el accidente de 1962, se ha deteriorado con la edad, que las piernas, que nunca se recuperaron del todo después de aquella noche majadaonda, ahora le pasan la factura final de una lesión que tiene más de seis décadas.
El hombre que le paró un penalti a D Stefano, el muchacho que pasó 18 meses en una cama de hospital, el enfermero que le regaló una guitarra. El festival de Venidor, Eurovisión, Isabel Prisler, El secuestro de su padre, Miami, Indian Cake Island, Miranda Reensburger, 300 millones de discos, 5000 conciertos, 14 idiomas, 2600 discos de oro y platino, nueve hijos, ocho reconocidos y uno que tuvo que esperar 43 años para que un juez le diera el apellido.
Una fortuna de 600 millones de dólares, 20 sociedades en paraísos fiscales, una casita del terror en Punta Cana, una isla privada en las Bahamas, un comunicado de cuatro líneas negando todo y un silencio que ya no convence a nadie. Esos son los números de la vida de Julio Iglesias, pero los números no cuentan lo que importa.
Lo que importa es otra cosa. Lo que importa es la contradicción. La contradicción gigantesca, insalvable, irresoluble que define a este hombre. Porque Julio Iglesias es la contradicción hecha a persona. Es el hombre que cantó sobre el amor y que vivió solo. El hombre que enamoró a millones de mujeres y que según las acusaciones mal las que tenía cerca.
El hombre que vendió 300 millones de discos sobre la ternura y que, según sus exempleados, gritaba a sus mansiones. El hombre que tenía nueve hijos y que no vivía con ninguno. El hombre que cantaba en 14 idiomas, pero que no sabía decir te reconozco, en el único idioma que su hijo Javier necesitaba escuchar. El hombre que tenía 600 millones de dólares y que no pudo comprar lo único que no está en venta, una familia que quisiera vivir con él.
Esa contradicción no es exclusiva de Julio Iglesias, es la contradicción de la fama misma. La fama te da todo lo que el mundo puede ofrecer y te quita todo lo que el mundo no puede vender. Te da mansiones, pero te quita hogares. Te da aplausos, pero te quita intimidad. Te da mujeres, pero [música] te quita amor.
Te da dinero, pero te quita la capacidad de saber quién te quiere por lo que eres y quién te quiere por lo que tienes. Y Julio Iglesias, después de cinco décadas en el epicentro de la fama, es la prueba viviente de esa ecuación. Todo lo que ganó en el escenario lo [música] perdió fuera de él.
Cada disco de oro fue un paso más lejos de su familia. Cada conquista fue un puente roto con alguna mujer que lo amaba de verdad. Cada mansión nueva fue un espacio más grande donde estar solo. Y ahora, a los 82 años con acusaciones que podrían empañar para siempre un legado de cinco décadas, con hijos que callan porque su padre se los pidió, pero que según la prensa están escandalizados, con una esposa que lo defiende desde la distancia porque ni siquiera ella vive con él todo el tiempo, con un hijo que nunca reconoció y que tuvo que recurrir a un tribunal
para existir, con 20 sociedades en paraísos fiscales que nadie puede explicar satisfactoriamente, [música] con exempleadas que lo describen como un patrón que humillaba y que según ellas agredía. Con todo eso encima, Julio Iglesias está donde siempre estuvo en una isla, rodeado de personal de servicio, mirando el mar.
Y quizá en algún momento del día, cuando la brisa del Caribe entra por las ventanas de la mansión y el silencio es tan profundo que se puede escuchar el latido del propio corazón. Quizá en ese momento Julio toma la guitarra que alguien le puso en las manos hace 64 años en una cama de hospital y toca los primeros acordes de la vida sigue igual.
Porque esa canción sigue siendo verdad después de todo, después de los 300 millones de discos, después de las mansiones, después de las mujeres, después de los hijos reconocidos y los negados, después de los impuestos no pagados, después de las acusaciones, después de la soledad elegida o impuesta, [música] después de todo eso, la vida sigue igual.
No cambia porque seas rico. No cambia porque seas famoso. No cambia porque tengas una isla privada o una villa en el Caribe o una estrella en el paseo de la fama. La vida sigue igual. Con su dolor, con su belleza, con su crueldad, con su indiferencia. La vida sigue igual para todos. para el enfermero que regala guitarras, para el portero que pierde las piernas, para la bailarina que nunca fue reconocida como madre del hijo del cantante, para las empleadas que lloran en mansiones, para los hijos que crecen sin padre, aunque el padre viva en la

misma ciudad, para la modelo holandesa que espera en una finca de Málaga a un hombre que eligió la soledad sobre la compañía. Para todos la vida sigue igual. Y si esta historia te hizo entender que detrás de cada canción de amor puede haber un hombre que no sabe amar, que detrás de cada fortuna puede haber un vacío que el dinero no llena, que detrás de cada mito puede haber una verdad que nadie quiere ver, que detrás de cada sonrisa en un escenario puede haber una mueca de dolor en un salón vacío. Entonces, Julio Iglesias hizo
contigo lo que lleva haciendo 58 años. Te hizo sentir con una voz que suena a soledad disfrazada de romance. Con una melodía que parece de amor, pero que si la escuchas vienes de despedida. Con una carrera que parece un triunfo, pero que si la miras de cerca es la historia de un hombre que lo ganó todo y se quedó con nada.
Porque esa siempre fue la verdadera canción de Julio Iglesias. No, la vida sigue igual. No Gendoline, no de niña a mujer, no Toal de Gelab de Fore. La verdadera canción es la que nunca grabó, la que suena cuando se apagan las luces del escenario y el público se va y los aplausos se convierten en eco y el eco se convierte en silencio y el silencio se convierte en la compañía de un hombre que eligió vivir solo porque nunca aprendió a vivir acompañado.
el portero del Real Madrid que una guitarra convirtió en leyenda, el español que enamoró al mundo, el hombre que vendió 300 millones de discos y que ahora, a los 82 años enfrenta acusaciones que podrían borrar todo lo que construyó. [música] Julio Iglesias, el cantante más exitoso de España, el padre más ausente del espectáculo, el amante más prolífico del siglo XX, el millonario más solo del Caribe y la vida, como el mismo cantó hace 58 años en una cama de hospital con una guitarra prestada, sigue igual.
Yeah.