Luisa entró bruscamente en la cocina y, al ver a su padre, le espetó con desprecio: —¿Qué crees que estás haciendo? Pensé que ya habían terminado.
Don Mario, encogido, respondió apenas en un susurro: —Quería un poquito de pollo así chiquitito.
—Sabes muy bien que no puedes tocar la comida —sentenció ella sin piedad—. ¿Acaso pusiste un peso para comprarla? No, ¿verdad? Esta comida es mía y de mi esposo Carlos. No pone ni siquiera para el pollo ni el gas con que se cocinó.
—Pero hijita, solamente yo quería un poquito —suplicó el anciano—. Tengo el estómago vacío desde ayer en la noche y y además yo soy…
—¡Cállate! —lo interrumpió Luisa—. ¿Es mi culpa que tengas el estómago vacío? Esta mañana te dejé un pan en el velador de tu cuarto.
—Eh, estaba muy duro, hija, y no pude masticarlo sin mis placas —explicó él con tristeza.
—Ay, viejo, qué exigente. Si tienes tanta hambre, ¿por qué no comes un poco de verduras? Ahí tienes lechuga. ¿Qué quieres? ¿Quieres un trato del rey? Ni siquiera aportas nada en la casa. Ah, solamente porque eres dueño de esta casa te crees mejor que nosotros.
Don Mario la miró a los ojos: —No soy rey. Yo soy tu padre.
—Hija, eres un estorbo. Eso es lo que eres —reclamó ella mientras le servía un plato miserable—. La comida es para las personas que trabajan. Toma, come eso para que no digas que te mato de hambre y quiero que te comas hasta el último grano de arroz que hay en ese plato.
En ese momento entró Carlos, el esposo de Luisa. Ignorando la tensión, se sentó a la mesa y dijo: —Mi amor, ¿me pones esa pechuca en mi plato?
—Claro que sí, mi vida. Ahí tienes —respondió Luisa, cambiando radicalmente el tono.
—Gracias. Está muy rica —comentó Carlos mientras probaba el bocado.
Luisa volvió a ladrar hacia su padre: —Mastica con la boca cerrada. ¡Qué asco! Así le quitas el apetito a cualquiera. Listo.
Luego, se dirigió a su marido: —¿Y tú a dónde crees que vas arreglado? ¿No me dijiste que ibas a salir?
—Voy al cumpleaños de Roberto. Te dije hace unos días —respondió él con naturalidad.
—No, no me dijiste nada. ¿Y a qué hora pensabas avisarme para que me aliste?
—No, hoy no vas tú —sentenció Carlos.
—¿Cómo que no voy? Soy tu esposa.
—Sí, pero es una reunión de chicos. Sí, va a haber parrillada, bebida, billar. Te aburrirías en 10 minutos, amor. Además, alguien tiene que quedarse a cuidar al rey del comedor.
Luisa sonrió con malicia: —Mi amor, pero sabes muy bien que yo lo puedo dejar encerrado, sin tele y con la luz apagada.
—Eh, no, trasera, ahora quiero ir solo. Ya planifiqué. Sí. Ah, ya que estás ahí, ¿será que me puedes dar dinero?
—¿Qué te parece? —reclamó ella—. No me invitan, me dejan encerrada y encima ¿Quieres que te dé dinero? No, usa tu efectivo.
—Mi efectivo lo usé para cargar gasolina al auto. Además, dándome del fondo del de la casa o del dinero del viejo ese.
Luisa cedió y le extendió un billete: —Toma 100 pesos, te va a alcanzar para comprar unas cervezas.
—¿Es una broma, no? 100 pesos —dijo Carlos incrédulo.
—Sí, 100 pesos es suficiente para una cuota entre amigos.
Carlos se puso serio: —Luisa, no te hagas a la estúpida conmigo. ¿Crees que no me doy cuenta que tu hermana manda dólares para el viejo ese y no es poco. Ah, y a mí me das esta miseria. ¿Qué es lo que te pasa?
—Baja la voz, te pueden escuchar —susurró ella con temor.
—¿Qué? ¿El viejo me va a escuchar? Que me escuche. ¿Acaso me va a corretear en su silla de rueda?
—Sabes muy bien que si el viejo abre la boca o Celeste se entera de alguna manera todo lo que estamos haciendo, se nos acaba todo. Así que estamos en riesgo. Ten cuidado.
—El riesgo. Corremos el riesgo por tu culpa, por tacaña. Así que dame 500.
—500. 500 es mucho —protestó Luisa—. ¿Sabes bien que Celeste me pide los recibos cada mes?
—Pues inventa uno, como hiciste el mes pasado, no sé, facturas falsas, sellos falsos. Tú ya sabes cómo manejar, pero dame lo que me corresponde.
—Sí, está bien —aceptó ella finalmente—. Te voy a dar los 500 pesos, pero por favor dijiste. Este es el dinero.
Carlos tomó los billetes con satisfacción: —Qué hermoso. Esto contigo dinero. Bien, ya nos estamos entendiendo. Te amo. No me esperes porque vuelvo tarde.
—Yo también te amo. Cierra la puerta al salir —se despidió Luisa.
Carlos salió y Luisa volvió su atención al anciano: —Toma. No me alcanzó para nada más.
—Y y y ¿no había un poquito de carne, pescado o un huevito? —preguntó Don Mario mirando su plato de arroz solo.
—¿Y qué más quiere el patrón? ¿Que le traiga un bufet? ¿Un plato de sushi? ¿Una carne asada?
—Es que tengo que comer proteínas, hijita. El médico dijo que eso sirve para los músculos. Por favor.
Luisa estalló en quejas: —Ya suficiente hice por ti al faltar a mi clase de pilates, así que no te pongas de exigente.
—Pero yo yo no te dije que faltaras.
—Pero falté y tú sabes que pago la mensualidad y una clase que no vaya es dinero botado a la basura. Todo lo que tú ves en esta casa, la luz, el agua y hasta ese arroz sale de mi bolsillo. Porque tu otra hija se fue y me dejó toda la carga a mí sola.
—Sí, hija, yo te hubiese ayudado. Te juro que te hubiese ayudado, pero con estas mis piernas que no funcionan en mis brazos, ya no puedo hacer mucho —dijo el hombre con impotencia.
—Precisamente porque estás viejo y no puedes hacer nada, te comes lo que hay.
—Yo no quiero traerte problemas, hija.
—Pues los traes y bastante. En serio, ¿ya te vas a poner a llorar?
—Perdón, hija. No quiero verte así.
Luisa le señaló la puerta: —Agarra tu plato y vete al patio a comer. Ni siquiera eso puedes hacer. Agarra tu plato.
De pronto, una voz alegre interrumpió la escena desde la entrada: —¡Sorpresa hermanita!
Luisa se quedó helada: —Celeste, pero qué buena sorpresa. ¿Por qué no avisaste que venías?
—Porque si no no sería una sorpresa —respondió Celeste abrazándola—. Me adelantaron las vacaciones y tomé el primer vuelo. Muero por ver a papá. Permiso.
Luisa se interpuso en su camino: —Espera, no hagas tanto ruido.

—¿Por qué? ¿Qué pasa?
—Papá está descansando. Tuvimos una noche muy difícil.
Celeste se preocupó: —¿Difícil? ¿Cómo? Yo hablé con él el domingo por videollamada y estaba muy bien.
—Sí, pero se descompensó esta mañana. Tuve que llamar al médico. Vino, le dio unos medicamentos, apenas pudo conciliar el sueño hace unos 10 minutos. Por favor, no lo molestes.
—Sí, no haré nada de ruido. Solo quiero darle un beso en la frente y verlo. Ni se enterará que estoy aquí —insistió Celeste.
—Celeste, por favor, tú no estás aquí todos los días, querida. No sabes cómo se pone papá. Se puede alterar si cortamos su ciclo de sueño.
Celeste empezó a notar algo extraño: —Luisa, suéltame los hombros. ¿Qué está pasando?
—Nada, querida. Eh, solo te pido que lo dejes descansar. Sí, por su salud. Un par de horas nada más.
—¿Dónde está Carlos? —preguntó Celeste.
—Trabajando. Carlos tiene que hacer doble turno porque la situación está muy difícil.
—¿Difícil? Pensé que el dinero que enviaba mensualmente era suficiente. Hice la última transferencia el martes.
—Y te lo agradezco, hermana. Pero tú no sabes cómo está la situación ahora. Los pañales para adulto cuestan más del doble y las medicinas que toma papá ahora, ni te digo, los envíos de la farmacia, todo se suma y realmente me ha costado demasiado. Y además la situación del país, ya sabes, eh, la política y todo eso es muy difícil, pero no estés acá en la puerta, pasa al comedor. Vamos, lleva tu maleta.
Celeste olfateó el aire: —Huele asado.
—Los vecinos tenían un festejo ayer y seguramente por eso —mintió Luisa—. Pero vamos, te voy a preparar un café. Toma asiento. Voy a prepararte el café. Aquí está tu café negro y sin azúcar. ¿Cómo te gusta?
—Gracias —dijo Celeste—. ¿Cuánto dura el efecto del sedante?
—Es variable, dos o tres horas. El médico dice que papá ya tiene un metabolismo muy lento.
—¿Qué médico?
—El doctor Ramírez.
Celeste frunció el ceño: —Yo le escribí la semana pasada y no me respondió.
—No, tuve que cambiar al doctor Ramírez. Papá se ponía muy agresivo y alterado cuando él estaba aquí. Y bueno, pues contraté un médico especialista privado que venga a ver a papá, que lo medique. Claro que eso cuesta el doble, pero todo sea por la salud de papá.
—¿Agresivo? Papá no le ha levantado la voz a nadie en su vida.
—Eh, Celeste, tú no estás aquí. No sabes cómo se pone papá. La demencia senil.
Un golpe metálico resonó desde el exterior.
—¿Qué fue eso? Sonó como algo en el patio —dijo Celeste poniéndose de pie.
—Los gatos. Deben ser los gatos del vecino. Siempre entran y empiezan a tirar las cosas.
—Suena muy fuerte. Voy a ir a ver lo que es.
—Sí. Ah. Espera —Luisa, desesperada por detenerla, dejó caer el café sobre su hermana—. Ay. Ay, lo siento. No te muevas. No te muevas. Yo lo limpio. Lo siento. Qué torpe soy.
—Luisa, déjalo. No, no tiene importancia —respondió Celeste, sospechando cada vez más.
En ese instante, Carlos entró cargando bolsas: —Amorcito, mira lo que te traje. Unas carnecitas, unos churascos de primera y un bife de chorizo. Y obviamente este vino que no cuesta barato.
Al ver a la invitada, se detuvo en seco: —Carlos… Celeste.
—Hola, Carlos. Qué buena compra —dijo Celeste con sarcasmo—. Ah, no sabía que venías. Claramente pensé que estabas en la oficina haciendo horas extra porque la situación está difícil.
Carlos tartamudeó: —Sí, sí, sí. Solo que el jefe, jefe nos dio el día libre porque no había energía en el edificio, así que no podíamos trabajar, así que pasé, estaba en descuento.
—Ha debido ser un muy gran descuento porque esa carnicería boutique no es barata.
—Ah, bueno, tenemos unos ahorros y pues quisimos darnos el gusto —añadió él.
—¿Un gusto? —preguntó Celeste—. Luisa me dice que el dinero no les alcanza, que la situación del país, que hasta tienen un nuevo médico para papá.
Luisa intervino rápidamente: —Sí. Sí, hermana. Lo que pasa es que Carlos compró todo eso porque el fin de semana es nuestro aniversario y queríamos hacer algo pequeño acá en la casa. Tú sabes, Celeste, no todo puede ser enfermedad y tristeza. A veces también tenemos derecho a respirar, ¿verdad?
—Entiendo —dijo Celeste con voz gélida—. Bueno, ya descansé suficiente. Quiero ver a papá.
—Celeste, espera. Por favor, déjalo descansar —rogó Luisa.
—Luisa, no voy a hacer ruido, solo quiero verlo.
Luisa le susurró a su marido: —Haz algo, haz algo. ¿Qué te pasa?
—No, no sabía. Ve, ve —respondió Carlos, acobardado.
Celeste caminó hacia el patio y vio la escena que le partió el corazón.
—Vamos, vamos, papá.
—Mi niña —dijo Don Mario con lágrimas en los ojos.
—Hola, papito. ¿Cómo está mi niña hermosa?
Luisa llegó corriendo: —¿Qué estás comiendo? Ey, ¿ya encontraste a papá? ¿Ya lo viste? Está muy bien. Ay, papá, ¿por qué viniste al pate a comer? Te he dicho muchas veces que eso no está bien, puede afectar a tu salud, pero bueno, papá ya no hace caso.
—¿Por qué está comiendo solo arroz? —preguntó Celeste señalando el plato.
Don Mario bajó la mirada: —Que tú tú tú tú sabes, hijita, que que con poquito me lleno, eh… Esto está bien.
—No, no está bien, papá. El médico me dio una lista de proteínas hace tres meses y adentro hay un montón de carne. ¿Por qué estás comiendo solo arroz?
Luisa se apresuró a explicar: —Celeste, eh, lo que pasa es que ahora papá tiene un nuevo médico, un geriatra especializado y él ha ordenado que ya no coma carne roja, ya no coma tanta grasa y justo hoy le tocaba dieta blanda.
—Yo solo quería un poquito no más, hijita. Y Luisa, como ya está muy cansadita, no te preocupes —dijo el anciano intentando proteger a su hija.
—¿Cansada y ocupada? Pero no como para comprar cortes de carne premium —replicó Celeste—. Yo creo que ya has pasado mucho tiempo en el patio. Papá te puede dar la brisa y eso no es bueno para tu salud.
—Sí, mejor vamos adentro. Celeste, por favor, ¿me das? No quisiera pisarte. Gracias. Vamos, papá —dijo Luisa tratando de llevarlo.
Al salir a la calle, se cruzaron con una vecina.
—Ay, milagro del cielo. Don Mario, ¿cómo está? —saludó la mujer.
—Vecina, qué gusto verla —respondió Luisa con prisa—. Disculpe, pero llevamos prisa. El sol afecta la salud de mi padre. Con permiso.
La vecina continuó: —¿Pero cómo está? Qué alegría verlo aquí afuera. Lo tenían encerrado todo el tiempo en esa casa. Pobrecito, hasta llegué a pensar que de verdad lo habían llevado al asilo estatal ese que mi madre me comentó.
Luisa se puso pálida: —¿Asilo estatal? No, imposible. Su madre es una persona que ya está mayor y se debe estar confundiendo. Como le dije, llevamos prisa. Vamos, papá. Eh, hasta luego.
Celeste, planeando su siguiente movimiento, dijo: —Me olvidé el bloqueador solar en el auto. Siento que me estoy quemando.
—Pero hermana, no te preocupes. Si quieres yo te lo traigo. Dame las llaves —se ofreció Luisa.
—No, no, tú, tú quédate con papá. Carlos, ¿podrías ir tú?
—Pero está tres cuadras y la seguridad de este de esta plaza no es tan buena para dejar mucho tiempo el auto ahí —se quejó Carlos.
—Por favor, Carlos. Y de paso vas a comprar unos helados esos de agua que le gustan a papá. Hay una tienda cruzando el puente. Además, Luisa dice que tú eres más rápido que ella.
—Eso sí —aceptó él.
—Vayan los dos. Tómense su tiempo. Yo me quedo con papá. Además, hace mucho que no charlamos juntos. No te preocupes, yo me encargo de todo. Así Carlos se queda con ustedes. Luisa, ve con tu esposo. Aprovechen de 5 minutos de una caminata sin empujar una silla. Yo invito. Vayan.
Luisa, antes de irse, le advirtió a su padre: —Claro. Papá, ahora vengo. Sí. No molestes a tu hija con tus historias fantasiosas e inventadas. Tu hija debe estar muy cansada. Ha llegado de un viaje. Pórtate bien, papá. Ahora volvemos.
—Ya volvemos. Ya volvemos —repitió Carlos mientras se alejaban.
Don Mario suspiró aliviado: —Se fueron.
—Papá, estamos solos. Papá, mírame. Necesito que me digas cómo te están tratando —le pidió Celeste con ternura.
—El el sol está bello el día de hoy, hijita —evadió él.
—No hablemos del sol, papá. Hablemos de la comida. ¿Por qué estabas comiendo arroz? Yo mando 800 dólares mensuales para tu alimentación. Eso es mucha carne, mucha verdura.
—Es que Luisa dice que todo está caro, hijita, y que el dólar ya no tiene valor —explicó el anciano.
—Eso es mentira. El dinero alcanza. ¿Te llevan al médico, te llevan a los controles de tu presión?
—A veces cuando Carlos tiene tiempo, él es muy bueno, me lleva en el auto y ahí me deja.
Celeste se indignó: —¿Te dejas solo en la sala de espera?
Don Mario se asustó: —Pero no le digas nada de lo que te estoy diciendo, hijita. Me van a regañar.
—¿Quién te va a regañar?
—Luisa. Es que yo yo soy un problema para ella. Eh mis piernas, mis brazos, a veces lo echo el agua y ella tiene que que limpiar. Es normal que que ella esté un poco renegada y y grite un poco, hija.
—No, no, no es normal, papá. Yo les pago para que no se cansen. Pago para que tengas un enfermero. ¿Dónde está el enfermero?
—Eh, se fue porque no hay donde duerma porque Carlos está usando ese cuarto del fondo para guardar sus cosas de de gimnasia. No sé. Carlos tiene un gimnasio en el cuarto que era para el enfermero.
Don Mario empezó a temblar: —Ya no me preguntes nada, hijita. Me van a regañar y esta noche ya no voy a poder ver la televisión porque me van a dejar a oscuras.
—Papá, ¿te dejan a oscuras?
—¡Cállate, hijita! Creo que ya están viniendo, ya siento su aroma. Ya vienen.
Celeste le apretó la mano: —Se acabó, papá. Lo juro.
Carlos y Luisa regresaron poco después.
—Ya volvimos. No conseguimos el helado que querías, pero trajimos este. Toma, papá —dijo Carlos entregando un helado cualquiera.
Luisa comentó con fingida pena: —Ay, papá. ¿Ves, hermana? Papá ya no puede ni siquiera sostener un helado. Te voy a tener que hacer comer yo como si fueras un bebé. Come. ¿Y qué tal la charla? Hablaron mucho. ¿De qué hablaron?
—De todo. Mucho más de lo que creen —respondió Celeste con una sonrisa enigmática.
—Ah, bueno, yo creo que ya es hora de irnos a casa, ¿no? Eh, ya nos vamos a come allá —dijo Luisa.
Horas más tarde, se encontraban en una cena elegante que Celeste había organizado.
—Mmm, este sí que es un buen vino. Y el salmón se destroza en la boca. Está maravillosa —celebró Carlos.
—Gracias. No es nada. Pensé que les vendría bien un descanso después de tanta carne asada que comieron ayer.
—Sí, esta cena ha estado de otro nivel —asintió Carlos.
—¿Con quién se quedó papá? —preguntó Luisa con sospecha.
—Con la vecina. Pero no te preocupes, papá ya tomó todas sus medicinas y está profundamente dormido. Si es que por algo se llegara a despertar o a levantar, la vecina me va a llamar en este momento.
—La vecina —repitió Luisa—. Pensé que el estado de papá era tan delicado que necesitaba atención especializada 24 horas.
Celeste respondió con calma: —Y la necesita. Sí, es solo que nosotros también necesitamos salir a respirar de vez en cuando, pero no te preocupes, la vecina sabe muy bien qué hacer.
Carlos, queriendo quedar bien, intervino: —Ah, pero yo le dije a Luisa: “Luisa, amor, tenemos que contratar a alguien con el dinero que envía tu hermana. Tenemos que contratar a alguien especializado que se quede a las 24 horas del día. No podemos estar molestando todo el rato a la vecina”, pero ella dice: “No, tú sabes cómo es tan estricta con la administración, Carlos.”
—Pero es verdad, amor. Tú administras todo —dijo Luisa mirando a Carlos.
—Tú… Yo yo solamente hago las compras de la lista que tú me entregas. Ahí.
Celeste preguntó directamente: —¿Entonces, Luisa administra todo el dinero que yo envío?
—Cada centavo. Sí, sí, sí. Y yo solamente voy y compro lo que coloca en el listado y listo —confirmó Carlos.
—Ya veo. Es mucha responsabilidad para una sola persona, ¿no? —comentó Celeste.
—Sí, lo es. Y yo hago todo lo que puedo, ya sabes, por el bienestar de papá —aseguró Luisa.
—No lo dudo —dijo Celeste—. Carlos, ¿en qué farmacia compras los pañales de papá? Porque quería ver de obtener un descuento con mi tarjeta de compras al por mayor.
Carlos se puso nervioso: —Ah. Ah. Claro. Eh, lo compro en… en en la avenida… En la avenida central. En la entrada. Ahí.
—¿La farmacia San Pedro o la Cruz Verde? —inquirió Celeste.
—Cruz Verde. Cruz Verde.
—Qué raro. La Cruz Verde cerró su sucursal de la avenida hace 3 meses. Lo vi en las noticias.
—Entonces era la… la la otra, la San Pedro —corrigió Carlos rápidamente.
—¿San Pedro?
—Sí. Es que me confundes, que los colores también son iguales. Y además yo no me fijo, solamente voy y digo el pedido para Luisa, me entregan, recibo el recibo y me vengo nada más.
Luisa, sintiendo la trampa, se levantó: —Creo que el ambiente se puso un poco pesado. Voy a salir un momento a tomar aire. Carlos, ven conmigo, por favor.
—Yo no quiero tomar, quiero terminar mi…
—Carlos, ven conmigo ahora —ordenó ella.
Celeste sonrió: —Vayan. Yo me encargo de recoger aquí, no se preocupen. Muchas gracias. Eh, un poquito. Delicioso.
Afuera, Luisa estalló: —¿Qué haces? Me estás arrugando la camisa… ¡basta! Eres un estúpido. ¿Qué es lo que te pasa? ¿Qué hiciste allá adentro?
—Estoy asegurando nuestro futuro —respondió Carlos con prepotencia—. No ves el lugar. Es una hermosura. Tu hermana está pagando 100 dólares la noche por estar cómoda aquí. Está forrada de dinero. ¿No te das cuenta que nos está evaluando?
—Ay, por favor, eres un imbécil. ¿Cómo fuiste a decir todo eso? Las preguntas sobre la farmacia, el salmón. Date cuenta, encima ayer que vio a papá, sabrá Dios todo lo que le ha preguntado.
Carlos rió: —Tu viejo no va a abrir la boca si tú estás a menos de 1 kilómetro porque él le tiene pavor a tu voz. Así que tranquila.
—Date cuenta. Quiere darse cuenta de todo y tú le estás dando razones. “Luisa lleva las cuentas. Luisa se encarga de todo”. ¿Qué es lo que estás haciendo? Me estás echando a los lobos.
—A ver, la que se está equivocando eres tú, no yo. ¿Entiendes? —replicó Carlos—. Ella tiene que darse cuenta que yo soy solo un obrero que solo cumple tus órdenes, nada más.
—¿Qué estás tratando de decir? ¿Que el problema ahora es solo mío?
—Ah, si si a ella no le gusta que tú que tú le trates mal a su padre, pues es un problema de familia, no el mío. Y además y yo yo no limpio su silla del viejo. Yo no le doy arroz seco al viejo. Eres tú la que hace eso.
Luisa lo amenazó: —Si yo le doy de comer arroz seco es porque tú te gastas cada dólar que manda Celeste en tus salidas con tus amigos, en todas las parrilladas. Carlos, si yo me hundo, te hundes conmigo.
—Yo no me voy a hundir. Yo no me voy a hundir —dijo Carlos confiado—. Ella me cree y sabe que yo estoy ayudando mientras tú me estás bloqueando. Mira, yo voy a pedirle mañana que me dé un capital para abrir un negocio y así tratar bien a a tu Mario.
—Sí. ¿Tú te atreves a tocarle en un solo centavo a mi hermana y voy a contarle todo del supuesto médico?
—¡Cállate, cállate, cállate! —la interrumpió él—. Gira, gira despacio y finge… Celeste está mirando. Creo que ya averiguó algo. Está corroborando las cosas, así que…
—Imposible. Tengo todo bajo control. Todas las carpetas están ocultas. Ya. Eh, entremos ahora antes que llame la policía y no sé qué. Por el amor de Dios, sonríe, estúpida. Vamos, entra.
Regresaron a la mesa.
—¿Todo bien afuera? —preguntó Celeste.
—Sí, muchas gracias. Lo que pasa es que hacía un poco de calor —mintió Luisa.
Celeste retomó el hilo: —He estado pensando en papá y en en lo mucho que han cambiado sus rutinas. Como como yo no estoy acá, me pierdo de los detalles.
—No te preocupes, es todo muy monótono, muy rutinario. La verdad no te pierdes de nada —dijo Luisa.
—Aún así quisiera preguntarte, ¿cómo le está yendo con el fisioterapeuta de los jueves? El que le masajea las piernas.
—Bien, va todas las mañanas, hace sus ejercicios, un poco lento, pero todo bien.
—Me alegro. Pero, ¿qué tipo de ejercicios hace? Porque el mes pasado me cobraste 80 dólares extra por unas bandas elásticas de resistencia. No sé si las usa.
—Claro que las usa todos los días —afirmó Luisa sin parpadear—. Es con eso que puede hacer los ejercicios para sus piernas. Ya está de una edad avanzada, pero vamos bien.
—Qué bueno. ¿Y cómo está con el problema de tragar las pastillas azules esas del corazón que eran demasiado grandes?
Luisa fingió cansancio: —Un calvario y medio. Si supieras. Tenemos que triturar las pastillas para poder ponerlas en un puré, en un juguito, una papilla para que se las pueda comer.
Celeste soltó el primer golpe: —Luisa, el cardiólogo cambió las pastillas azules por gotas sublinguales hace 6 meses. Yo misma autoricé el cambio de receta por correo.
Luisa palideció: —Claro, claro. Esas tabletas. Lo que pasa es que me confundí. Las que nosotros tenemos que eh triturar son las pastillas de los huesos, las vitaminas, los calmantes. Tú sabes que papá tiene que tomar varias medicinas.
—Y del fisioterapeuta —continuó Celeste—, pues el centro de rehabilitación me escribió y me indicó que suspendieron las visitas a domicilio por falta de pago desde febrero.
—No, no, no, no, no —exclamó Luisa—. Eso debe ser un error de su administración. El fisioterapeuta ha estado yendo todas las mañanas a ver a papá y yo le pago en efectivo. Tal vez es por eso que no figure en el sistema.
—Si es así, ¿por qué me sigues cobrando 80 dólares por las bandas elásticas y el fisioterapeuta ya no trabaja para la clínica?
Luisa explotó: —Porque él también tiene que llevar los materiales y yo le tengo que pagar por el trabajo que hace con papá. Celeste, por Dios. Claro, tú estás feliz de la vida, sentada con tu vino caro y crees que puedes juzgarme, ¿sabes lo que yo tengo que hacer? Tú estás a las 3 de la mañana cambiando pañales. Tú tienes que estar con el olor de orina en su cuarto todo el tiempo. Claro, es muy fácil mandar dinero y deshacerte del problema, ¿no, Luisa?
Celeste se levantó, digna: —Yo mando dinero para que nuestro padre no huela a orina. Mando dinero para que tenga una vejez digna. ¿Sabes qué? Me voy, Carlos. Vámonos.
—Eh, claro, fue una cena maravillosa —dijo Carlos nervioso.
Celeste sentenció: —Mañana estaré a mediodía en la casa y quiero ver los recibos que indicas que hay y también los frascos de los medicamentos.
—No hay ningún problema. Voy a tener todo listo y Carlos va a tener todos los recibos. Todo —dijo Luisa.
—Sí, con permiso —concluyó Carlos.
Al día siguiente, Celeste se reunió a solas con Carlos.
—Hola, Celeste. Eh, mira, en cuanto vi tu mensaje, me vine rápido.
—Gracias por venir, Carlos. Siéntate —le dijo ella.
—Claro. Mira, le le dije a Luisa que estaba yendo a hacer arreglar algún desperfecto del auto, pero si se entera que estoy hablando contigo a solas, me mata. Últimamente está un tanto insoportable —se quejó él.
Celeste empezó a tender la red: —Me imagino. Por eso, por eso quería que vengas solo tú y que podamos hablar sin que ella esté presente. Anoche en la cena, noté algo, algo como algo algo raro. Noté que estás atrapado, que tú no eres el problema.
—Carlos, tienes razón —admitió él—. Vi cómo te trata ella. Vi cómo te hace callar. Yo conozco muy bien a mi hermana y ella siempre ha sido controladora, siempre ha querido tener el poder y ahora que maneja mi dinero siento que ella piensa que tiene el poder de la casa.
—Eso mismo —dijo Carlos con alivio—. Eh, tú has visto. Ella eh controla las tarjetas, controla eh las cuentas, los códigos y yo no veo ni un solo centavo de lo que mandas. Sí, y te lo prometo por mi vida, me tiene a raciones y tengo que rogarle, pedirle permiso para que carguemos gasolina al auto.
—No, no me parece justo eso. Tú tú eres el hombre de la casa. Tú eres el que levanta a papá cuando él se cae. Tú pones el esfuerzo físico —le dio cuerda Celeste.
—Sí. Y gracias a eso me gané una hernia por levantar a don Mario y lo hago con mucho cariño. Ya. Pero ella ni siquiera para un analgésico me da. Y sabe qué, el dinero se le queda a ella.
—Quiero cambiar eso, Carlos. Quiero quiero cortar a Luisa de la ecuación —propuso ella.
Carlos se sorprendió: —¿Cortar al… Pero, ¿cómo?
—Quiero abrir una cuenta a tu nombre, que tú administres los fondos de papá. Yo confío más en ti. Yo sé que tú contratarías un enfermero y comprarías la comida que papá necesita.
—Eh, Celeste, yo en serio yo yo haría las cosas diferente —dijo él entusiasmado—. Iniciando haría una planilla de los gastos para que todo sea transparente. Sí. Y obviamente cuidaría a don Mario como se merece, como un rey. Pero primero para hacer eso necesito pruebas de la negligencia de Luisa. Necesito que me digas exactamente cómo cómo ella trata a papá para así quitarle la tutela médica.
Carlos soltó todo: —Tu hermana trata a tu padre como un perro y te digo la verdad.
—¿Qué le da de comer? Ayer vi que solo había arroz.
—El arroz es un lujo y era porque tú estabas —confesó Carlos—. Porque antes que llegaras nosotros estábamos comiendo pollo y le dije: “Luisa, por favor, dale un trozo de pollo a tu padre.” Me dijo: “No, él no aporta en nada”, levantó el plato donde estábamos poniendo los huesos que nosotros habíamos masticado y le dijo: “Come esto.” Le dio sobras masticadas y cuando reclamó le sacó el patio en pleno sol.
—¿Y los medicamentos?
—Los medicamentos. Ella no compra medicamentos, busca cajones vacíos o paracetamol y lo parte y le da diciendo: “Son medicamentos caros” y el dinero se lo gasta en su gimnasio, en su ropa, no sé en qué, pero a mí no me da nada.
—¿Y el enfermero de la noche?
—Enfermero nunca ha existido. El contacto que te dio es de su maestro de del gimnasio que se hizo pasar por enfermero para que tú mandaras el dinero extra. Sí. Yo le dije: “Luisa, no hagas eso. Luisa está mal.” Ella me dijo: “Cállate la boca. Si hablas te voto.” ¿Qué iba a hacer? Estoy amenazado.
Celeste cambió el tono a uno frío: —Gracias por tu honestidad, Carlos. Era justo lo que necesitaba.
—Claro. Y cuando cuando el la cuenta esté a mi nombre, todo va a ser diferente, ¿sabes? Todo va a ser diferente. Yo yo voy a ser muy muy transparente contigo y obviamente tratar muy bien muy bien a don Mario. Bueno, eso sería. Mira, eh, ¿y cuándo podemos hacer el lo de la cuenta y todo? Si quiere, mañana yo voy al banco temprano en la mañana para hacer todo esto.
—Bueno, ve a la casa y empaca tus maletas —le ordenó Celeste.
—¿Maletas? Pero, ¿vamos a algún lado? ¿Por qué?
—Yo no voy a ningún lado, pero tú tienes exactamente dos horas para sacar tus cosas de ahí.
Carlos se asustó: —No, no, no, no. Celeste, Celeste, me dijiste que yo iba a administrar. Además, dijiste tú misma que el problema es Luisa.
—Dije que estabas atrapado y lo estabas. Pero por tu avaricia, Carlos, tú comiste el pollo frente a él, viste mientras que masticaba los huesos —sentenció ella.
—Es que me estaba amenazando, no podía hacer nada.
—Ahí estaré a las 2 de la tarde —advirtió Celeste—. Si estás en la casa cuando yo llegue, la próxima conversación que tengas será con la policía por fraude y maltrato de un adulto mayor. No me puedes hacer esto. Está todo grabado. Tú me diste la confesión que necesito. Y mejor no te vuelques muy rápido porque está la policía enfrente. Te podrían llevar preso ahora mismo, Carlos. Pero mejor haces lo que yo te digo y te vas de la casa antes de que yo llegue.
—Celeste, Celeste. Ay, no, no, no. Una hora. Una hora —rogó él.
Poco después, en la casa, Luisa encontró a Carlos huyendo.
—Carlos, ¿qué se supone que estás haciendo?
—Lo que ves. Me estoy yendo. Me voy.
—¿Te vas? ¿Dónde te vas? ¿Estás loco? Celeste llega en 20 minutos y tenemos que mostrarles todas las carpetas.
—No tenemos nada. Ya hable con ella —dijo él.
—¿Hablaste con ella? Sí. ¿Cómo? ¿Dónde?
En ese momento entró Celeste.
—De Celeste, ¿qué es todo esto? ¿Qué le dijiste? —preguntó Luisa a Carlos.
—No tuve que decirle mucho —respondió él—. Él cantó solo. Me me acorraló. Me me acorraló. Sabía sabía de los medicamentos falsos de del enfermero que nunca existió. Sabía de todo, ¿sabes? Me dijo que llamaría a la policía y me metería a la cárcel. ¿Qué crees? ¿Irme a la cárcel? Además, los policías estaban al frente. Me estaban apuntando con su mira telescópica en la frente. No sabía qué hacer.
Luisa le gritó: —Eres un maldito imbécil. Te vendiste solo para salvar tu propio pellejo.
—Yo no era el que le daba sobras de pollo a tu padre —se defendió Carlos.
Celeste intervino: —Basta. Típico. Tienes un minuto para salir de esta casa. Sí. Vete.
—Ya, ya, ya, ya me voy. Quédate con el viejo, con la casa, porque ir a la cárcel por tus miseria no quiero. Ya me voy —dijo Carlos y salió corriendo.
—Celeste, tú no puedes echarme de esta que es mi casa —reclamó Luisa.
—Esta es la casa de papá. Estás a su nombre. Yo tengo un poder notarial general amplio sobre sus bienes. Lo firmó hace dos años antes de que tú lo aislaras.
—Está bien, pero yo me quedé con él. Yo estuve aquí todos los días —se quejó Luisa.
—Tú lo torturabas —le gritó Celeste—. Te gastaste el dinero de sus médicos en ropa. Te gastaste el dinero de su terapia en ese cobarde que acaba de salir por la puerta. Lo dejaba solo en el patio, mientras que ustedes de aquí tragaban carne.
—Pero yo me gané ese dinero —gritó Luisa—. Me gané cada centavo de los dólares que mandabas. ¿Sabes por qué? Qué fácil, ¿no? Subirse a un avión para tener una vida ejecutiva mientras me decías que yo te mando dinero para que lo cuides. ¿Y tú crees que ese dinero paga la de tu padre? ¿Tú crees que ese dinero paga que yo me levante a las 3 de la mañana para levantar 80 kg del inodoro?
—Con el dinero que yo enviaba podías haber contratado a tres personas para que hagan eso —respondió Celeste.
—Pero yo me lo merecía, Celeste —gritó Luisa fuera de sí—. Merecía cada restaurante caro que iba. Por Dios, papá ya no sabe ni en qué año vive. Papá no nota la diferencia entre comer pollo, mascar hueso. Le da lo mismo.
Una voz profunda surgió de las sombras: —A mí no.
Don Mario entró en la habitación: —Yo sé en qué año vivo, papá.
—Por favor, ve a tu habitación. Eso es entre nosotras —dijo Luisa.
—Sé el año que mi hija decidió de que yo ya no era una persona —continuó el anciano—. Yo comía los huesos, Luisa, los comía frente a ti, porque una parte de mi ser me decía de que yo tenía la culpa y que tú tenías razón y que mi cuerpo roto había arruinado tu vida. Yo pensé que era una carga para ti.
—Ay, papá, por favor —balbuceó ella.
—¡Cállate, malcriada! —le gritó Don Mario—. Cuando me sacaste en pleno solo, arroz seco, vi que tú mirabas mi plato y también vi tu sonrisa. Cuando Carlos te puso en tu plato ese pedazo de carne. Ahí lo entendí. de que tú no estabas cansada, sino estabas disfrutando, disfrutando mi humillación.
—Ay, papá, entiende. Yo solamente quería que el dinero alcance para todo —intentó justificar ella.
Don Mario sentenció: —Tú obtuviste lo que a mí me diste, miseria. Y al hombre que tú le dabas mis dólares acaba de abandonarte, así que estás completamente sola. Empaca tus cosas y vete.
—¿Qué? No, papá, no me puedes hacer esto. ¿Sabes que yo no tengo dónde ir? —lloró Luisa.
—Tienes 2 horas —dijo él con firmeza—. Si no estás fuera de aquí para las 2 de la tarde, la policía verá los recibos falsificados que dejaste. Vete. Se acabó. Se acabó.
Luisa se retiró derrotada.
Celeste abrazó a su padre: —Mañana viene el médico a primera hora y es un profesional. Yo sé que te va a gustar mucho. Y acabo de pedir comida. Lomo con puré de papas, nada de arroz. Te llevo a la mesa.
—No, yo puedo solo —respondió Don Mario con una nueva dignidad.
La historia termina con una reflexión: A veces el amor se prueba en silencio, en la forma en que tratamos a quien ya no puede defenderse, porque el corazón que olvida la compasión termina vaciándose a sí mismo, mientras que la verdad, aunque tarde, siempre encuentra una voz para levantarse y hacer justicia. Y es entonces en medio de la caída de lo falso cuando la dignidad vuelve a la mesa como un pan sagrado, recordándonos que servir con misericordia no es una carga, sino el reflejo más puro de lo que somos llamados a ser.
Nota de los creadores:
Soy Dara Claros, yo soy Claudia Silva, yo soy Augusto Inojosa, soy Paola Jaldín y yo soy Juan Ovana. Este es un cortometraje de ficción con fines reflexivos y nosotros somos actores y todo lo que realizamos es ficción y ninguno de nosotros ha recibido violencia física ni psicológica. Todas las acciones que vieron son representadas y con fines reflexivos. Los invitamos a seguirnos en nuestra página, que comenten, le den me gusta y así puedan ver más de nuestros videos. Gracias por ver nuestro contenido. Si te gustan los videos que hacemos, no te olvides suscribirte, así no te pierdes ninguna novedad. También me gustaría saber desde qué parte del mundo nos siguen y quisiera saber con un comentario qué te pareció este video. Recuerda, suscríbete. Esto es Amor TV.