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Su padre pasaba hambre… y ella se quedaba con todo el dinero.

Luisa entró bruscamente en la cocina y, al ver a su padre, le espetó con desprecio: —¿Qué crees que estás haciendo? Pensé que ya habían terminado.

Don Mario, encogido, respondió apenas en un susurro: —Quería un poquito de pollo así chiquitito.

—Sabes muy bien que no puedes tocar la comida —sentenció ella sin piedad—. ¿Acaso pusiste un peso para comprarla? No, ¿verdad? Esta comida es mía y de mi esposo Carlos. No pone ni siquiera para el pollo ni el gas con que se cocinó.

—Pero hijita, solamente yo quería un poquito —suplicó el anciano—. Tengo el estómago vacío desde ayer en la noche y y además yo soy…

—¡Cállate! —lo interrumpió Luisa—. ¿Es mi culpa que tengas el estómago vacío? Esta mañana te dejé un pan en el velador de tu cuarto.

—Eh, estaba muy duro, hija, y no pude masticarlo sin mis placas —explicó él con tristeza.

—Ay, viejo, qué exigente. Si tienes tanta hambre, ¿por qué no comes un poco de verduras? Ahí tienes lechuga. ¿Qué quieres? ¿Quieres un trato del rey? Ni siquiera aportas nada en la casa. Ah, solamente porque eres dueño de esta casa te crees mejor que nosotros.

Don Mario la miró a los ojos: —No soy rey. Yo soy tu padre.

—Hija, eres un estorbo. Eso es lo que eres —reclamó ella mientras le servía un plato miserable—. La comida es para las personas que trabajan. Toma, come eso para que no digas que te mato de hambre y quiero que te comas hasta el último grano de arroz que hay en ese plato.

En ese momento entró Carlos, el esposo de Luisa. Ignorando la tensión, se sentó a la mesa y dijo: —Mi amor, ¿me pones esa pechuca en mi plato?

—Claro que sí, mi vida. Ahí tienes —respondió Luisa, cambiando radicalmente el tono.

—Gracias. Está muy rica —comentó Carlos mientras probaba el bocado.

Luisa volvió a ladrar hacia su padre: —Mastica con la boca cerrada. ¡Qué asco! Así le quitas el apetito a cualquiera. Listo.

Luego, se dirigió a su marido: —¿Y tú a dónde crees que vas arreglado? ¿No me dijiste que ibas a salir?

—Voy al cumpleaños de Roberto. Te dije hace unos días —respondió él con naturalidad.

—No, no me dijiste nada. ¿Y a qué hora pensabas avisarme para que me aliste?

—No, hoy no vas tú —sentenció Carlos.

—¿Cómo que no voy? Soy tu esposa.

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