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Pelusas, autónomos y el eco de la porcelana

Parte 1: Pelusas, autónomos y el eco de la porcelana

Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. No es que sea un valiente de película de acción, de esos que se tiran de un puente sin mirar si hay agua debajo, pero tengo mis nervios bien templados. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el aceite de oliva está a precio de sangre de unicornio y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Por eso, cuando anoche mi cuarto de baño decidió convertirse en una atracción de feria del terror, lo último que esperaba era que mi propia jeta me diera lecciones de etiqueta.

Eran las dos de la mañana de un martes. Un martes de esos que no sirven para nada, un día que es como un sándwich mixto sin mantequilla: cumple su función de trámite pero no te alegra la existencia. Yo estaba en ese estado de trance que te da el haber estado ocho horas seguidas diseñando logotipos para una empresa de embutidos en Cuenca. Tenía los ojos rojos como un conejo con conjuntivitis y el cerebro funcionando a pedales. Me levanté del sofá, esquivando una montaña de cajas de pizza que ya estaban empezando a desarrollar su propio ecosistema, y me dirigí al baño con la única intención de cepillarme los dientes y colapsar sobre el colchón.

El pasillo de mi piso es largo y estrecho, de esos que en las inmobiliarias llaman “distribuidor con carácter” pero que en realidad es un túnel de viento donde siempre hace un frío que pela. Entré en el baño, encendí el fluorescente —que siempre tarda tres segundos en reaccionar, haciendo un ruidito de clic-clic-clic que me pone de los nervios— y me quedé mirando al espejo.

Ahí estaba yo. Javi. El mismo Javi de siempre, con las ojeras que parecen surcos de arado y esa expresión de “no sé qué estoy haciendo con mi vida, pero por lo menos no debo dinero a Hacienda (todavía)”. Abrí el grifo, eché un chorro de agua fría en la cara y, justo cuando me estaba secando con la toalla, lo oí.

—¿Te has fijado en que hoy te pareces más a tu padre?

Me quedé helado. Pero helado de verdad, como un helado de los que se te quedan pegados a la lengua en enero. La toalla se me resbaló de las manos y cayó sobre el bidé. Miré a mi alrededor. Nada. Solo el bote de champú de oferta y mi cepillo de dientes eléctrico, que estaba ahí, cargándose, con su lucecita naranja parpadeando como un ojo burlón.

—¿Hola? —pregunté, con una voz que sonó más aguda de lo que me gustaría admitir.

Me sentí un idiota. En España, si te pones a hablar solo en el baño a las dos de la mañana, o estás de fiesta o te hace falta un psicólogo de los caros. “Es el cansancio, Javi”, me dije. “Son las horas. Es el pegamento de los embutidos de Cuenca que te ha frito las neuronas”. Intenté convencerme de que era el ruido de las tuberías. En este edificio, las tuberías tienen más años que el hilo negro y a veces hacen ruidos que parecen lamentos de almas en pena o, en el mejor de los casos, la digestión pesada del vecino del quinto.

Volví a mirar el espejo. Me puse el cepillo en la boca y empecé a frotar. Bzzzzzz. El ruido del cepillo era reconfortante. Era un ruido real, tecnológico, mundano. Pero entonces, mientras me miraba fijamente a los ojos, con la espuma del dentífrico asomando por las comisuras, el espejo respondió.

No es que el cristal vibrara ni que saliera humo verde. Fue más sutil. Mi reflejo dejó de cepillarse. Yo seguía moviendo la mano, sentía la vibración en mis encías, pero el Javi del otro lado simplemente bajó el brazo y me miró con una curiosidad que me dio un vuelco al corazón.

—No es tu imaginación —dijo la voz.

Solté el cepillo dentro del lavabo. El motor siguió zumbando contra la porcelana, pero yo no podía dejar de mirar al tipo del cristal. No había dicho nada en voz alta, ni siquiera había abierto la boca, pero la voz estaba ahí. Y no venía de mis oídos. Venía de dentro de mi cabeza y, al mismo tiempo, de detrás del cristal azogado.

Lo más perturbador no fue que el espejo hablara. Lo más perturbador fue que dijo exactamente lo que yo estaba pensando en ese segundo. Yo estaba pensando: “Como esto sea una broma de cámara oculta de Dani, le juro que le quemo el coche”.

—No es Dani —respondió la voz—. Y ya sabes que no tiene coche, que usa el abono transporte porque le quitaron los puntos.

Me puse a temblar. Pero a temblar de esos que parecen que estás bailando breakdance sin música. Porque la voz era distinta. No era mi voz. Era mi tono, sí, pero tenía un matiz metálico, una profundidad que yo no poseo. Era como si alguien estuviera usando mi frecuencia de radio pero con un equipo de sonido de diez mil euros.

—¿Qué… qué quieres? —logré articular, mientras retrocedía hacia la puerta, tropezando con la báscula de baño que siempre marca dos kilos de más (otro misterio paranormal de mi casa).

Mi reflejo se inclinó hacia delante. Apoyó las manos en el borde del lavabo, exactamente igual que yo lo hago cuando tengo una resaca de campeonato. Pero sus movimientos eran más fluidos, más decididos. Me miró fijamente, con una intensidad que me hizo sentir pequeño, como si yo fuera el dibujo y él el artista.

De pronto, en la superficie del espejo, empezaron a aparecer unas letras. No estaban escritas con vaho, sino que parecían grabadas desde dentro, con una luz tenue y blanquecina que me hizo entrecerrar los ojos.

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