Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. No es que sea un valiente de película de acción, de esos que se tiran de un puente sin mirar si hay agua debajo, pero tengo mis nervios bien templados. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el aceite de oliva está a precio de sangre de unicornio y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Por eso, cuando anoche mi cuarto de baño decidió convertirse en una atracción de feria del terror, lo último que esperaba era que mi propia jeta me diera lecciones de etiqueta.
Eran las dos de la mañana de un martes. Un martes de esos que no sirven para nada, un día que es como un sándwich mixto sin mantequilla: cumple su función de trámite pero no te alegra la existencia. Yo estaba en ese estado de trance que te da el haber estado ocho horas seguidas diseñando logotipos para una empresa de embutidos en Cuenca. Tenía los ojos rojos como un conejo con conjuntivitis y el cerebro funcionando a pedales. Me levanté del sofá, esquivando una montaña de cajas de pizza que ya estaban empezando a desarrollar su propio ecosistema, y me dirigí al baño con la única intención de cepillarme los dientes y colapsar sobre el colchón.
El pasillo de mi piso es largo y estrecho, de esos que en las inmobiliarias llaman “distribuidor con carácter” pero que en realidad es un túnel de viento donde siempre hace un frío que pela. Entré en el baño, encendí el fluorescente —que siempre tarda tres segundos en reaccionar, haciendo un ruidito de clic-clic-clic que me pone de los nervios— y me quedé mirando al espejo.
Ahí estaba yo. Javi. El mismo Javi de siempre, con las ojeras que parecen surcos de arado y esa expresión de “no sé qué estoy haciendo con mi vida, pero por lo menos no debo dinero a Hacienda (todavía)”. Abrí el grifo, eché un chorro de agua fría en la cara y, justo cuando me estaba secando con la toalla, lo oí.
Me quedé helado. Pero helado de verdad, como un helado de los que se te quedan pegados a la lengua en enero. La toalla se me resbaló de las manos y cayó sobre el bidé. Miré a mi alrededor. Nada. Solo el bote de champú de oferta y mi cepillo de dientes eléctrico, que estaba ahí, cargándose, con su lucecita naranja parpadeando como un ojo burlón.
—¿Hola? —pregunté, con una voz que sonó más aguda de lo que me gustaría admitir.
Me sentí un idiota. En España, si te pones a hablar solo en el baño a las dos de la mañana, o estás de fiesta o te hace falta un psicólogo de los caros. “Es el cansancio, Javi”, me dije. “Son las horas. Es el pegamento de los embutidos de Cuenca que te ha frito las neuronas”. Intenté convencerme de que era el ruido de las tuberías. En este edificio, las tuberías tienen más años que el hilo negro y a veces hacen ruidos que parecen lamentos de almas en pena o, en el mejor de los casos, la digestión pesada del vecino del quinto.
Volví a mirar el espejo. Me puse el cepillo en la boca y empecé a frotar. Bzzzzzz. El ruido del cepillo era reconfortante. Era un ruido real, tecnológico, mundano. Pero entonces, mientras me miraba fijamente a los ojos, con la espuma del dentífrico asomando por las comisuras, el espejo respondió.
No es que el cristal vibrara ni que saliera humo verde. Fue más sutil. Mi reflejo dejó de cepillarse. Yo seguía moviendo la mano, sentía la vibración en mis encías, pero el Javi del otro lado simplemente bajó el brazo y me miró con una curiosidad que me dio un vuelco al corazón.
—No es tu imaginación —dijo la voz.
Solté el cepillo dentro del lavabo. El motor siguió zumbando contra la porcelana, pero yo no podía dejar de mirar al tipo del cristal. No había dicho nada en voz alta, ni siquiera había abierto la boca, pero la voz estaba ahí. Y no venía de mis oídos. Venía de dentro de mi cabeza y, al mismo tiempo, de detrás del cristal azogado.
Lo más perturbador no fue que el espejo hablara. Lo más perturbador fue que dijo exactamente lo que yo estaba pensando en ese segundo. Yo estaba pensando: “Como esto sea una broma de cámara oculta de Dani, le juro que le quemo el coche”.
—No es Dani —respondió la voz—. Y ya sabes que no tiene coche, que usa el abono transporte porque le quitaron los puntos.
Me puse a temblar. Pero a temblar de esos que parecen que estás bailando breakdance sin música. Porque la voz era distinta. No era mi voz. Era mi tono, sí, pero tenía un matiz metálico, una profundidad que yo no poseo. Era como si alguien estuviera usando mi frecuencia de radio pero con un equipo de sonido de diez mil euros.
—¿Qué… qué quieres? —logré articular, mientras retrocedía hacia la puerta, tropezando con la báscula de baño que siempre marca dos kilos de más (otro misterio paranormal de mi casa).
Mi reflejo se inclinó hacia delante. Apoyó las manos en el borde del lavabo, exactamente igual que yo lo hago cuando tengo una resaca de campeonato. Pero sus movimientos eran más fluidos, más decididos. Me miró fijamente, con una intensidad que me hizo sentir pequeño, como si yo fuera el dibujo y él el artista.
De pronto, en la superficie del espejo, empezaron a aparecer unas letras. No estaban escritas con vaho, sino que parecían grabadas desde dentro, con una luz tenue y blanquecina que me hizo entrecerrar los ojos.
“No deberías mirarme así.”
Sentí una náusea repentina. El miedo en España se vive de una forma muy particular: primero te asustas, luego insultas al aire y finalmente intentas buscarle una explicación logística. “Igual es una pantalla inteligente que me ha instalado el casero para cobrarme más alquiler”, pensé por un segundo. Pero sabía que mi casero no sabía ni usar el microondas, como para andar instalando espejos de realidad aumentada.
Miré a mi reflejo una vez más, buscando un rastro de normalidad. Esperaba que parpadeara conmigo, que se asustara de mi cara de pánico. Pero no lo hizo. El Javi del espejo se quedó ahí, inmóvil, observándome con una superioridad que me estaba volviendo loco.
Y entonces, ocurrió el golpe de gracia. Yo estaba serio, con la boca abierta y los ojos como platos, al borde de un síncope. Estaba a punto de salir corriendo por el pasillo, gritando como una loca en una película de serie B. Pero mi reflejo no compartió mi terror.
En lugar de eso, el Javi del espejo arqueó una ceja. Su rostro se transformó. Y entonces, mientras yo seguía paralizado por el horror, mi reflejo sonrió primero. Una sonrisa amplia, lenta y llena de dientes que no tenían nada de amistosos.

Parte 2: Monóxido de carbono, Google y el vecino del tercero
Salí del baño como si me persiguiera Hacienda con una notificación de embargo. No cerré la puerta; la dejé abierta de par en par, con la luz encendida y el cepillo de dientes eléctrico aún zumbando contra el lavabo como si fuera una cigarra loca. Me encerré en el salón, eché el pestillo —que es de esos de plástico que no aguantan ni un soplido, pero me dio una paz mental momentánea— y me senté en el suelo, pegado al radiador.
—Respira, Javi. Respira. Esto es un brote psicótico de libro —me dije, intentando usar mi tono más racional—. Has trabajado demasiado. Te has pasado con el café. O peor… es el monóxido de carbono.
Me acordé de un hilo de Reddit que leí una vez sobre un tío que pensaba que su casero le dejaba notas post-it por toda la casa y resultó que tenía una fuga de gas en la caldera y se le estaba yendo la pinza. “¡Eso es!”, pensé con un alivio casi eufórico. “¡Gas! ¡Me estoy asfixiando y mi cerebro está proyectando mis inseguridades sobre un espejo de los chinos!”. Fui corriendo a la cocina, abrí todas las ventanas de par en par —el frío de la noche de Madrid entró como un cuchillo, pero me dio igual— y aspiré el aire con olor a asfalto y tubos de escape como si fuera oxígeno puro de los Alpes.
Me quedé allí diez minutos, tiritando en calzoncillos y con una camiseta de publicidad de una marca de cerveza, esperando a que la supuesta alucinación desapareciera. Pero el frío no me quitó el miedo. Lo único que hizo fue hacerme notar que el silencio en el resto de la casa era… antinatural. El cepillo de dientes del baño había dejado de zumbar.
Agarré el móvil con las manos temblando. Eran las 2:45. ¿A quién llamas a estas horas para decirle que tu reflejo te ha sonreído y que el espejo te ha dicho que no le mires así? A mi madre no, que le da un parraque. A la policía menos, que me meten en el calabozo por flipado.
Llamé a Dani. Dani es mi mejor amigo desde la facultad, un tío que se dedica a la ciberseguridad y que tiene menos filtro que una cafetera vieja. Si alguien podía decirme si existe algún hackeo extraño para espejos o si simplemente me había vuelto loco, era él.
—¿Javi? —la voz de Dani sonaba pastosa, como si estuviera hablando a través de un kilo de polvorones—. Tío, son casi las tres. ¿Te ha pasado algo? ¿Te han embargado la cuenta otra vez?
—Dani, escúchame. No te rías —solté de golpe—. He visto algo en el espejo del baño. Mi reflejo se ha movido solo. Y me ha hablado.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio largo, de esos que te hacen sentir que tu amigo está buscando el número de un hospital psiquiátrico en Google Maps.
—Javi… ¿has bebido? —preguntó Dani finalmente.
—¡Ni una gota! ¡Estaba diseñando lo de los embutidos de Cuenca!
—Ah, claro. Los embutidos. Eso lo explica todo. El pimentón es alucinógeno a partir de cierta dosis —se burló—. A ver, tronco, relájate. Has tenido una parálisis del sueño estando despierto. O una alucinación hipnagógica. Pasa mucho cuando estás estresado. Te miras al espejo, el cerebro se desconecta un milisegundo y “pum”, ves cosas raras.
—¡Que me ha sonreído, Dani! ¡Y ha puesto letras en el cristal! “No deberías mirarme así”. ¡Te lo juro por mi suscripción a Netflix!
—Vale, vale. Escúchame. Haz una cosa. Ve al baño otra vez. Enciende la linterna del móvil. Mira si hay algo detrás del espejo, algún tipo de proyección. Hoy en día hay pantallas transparentes que se pueden pegar detrás del cristal. Igual el dueño anterior era un friki de la tecnología y te está gastando una broma desde el más allá.
—No voy a volver a entrar ahí solo ni de coña —dije, mirando hacia el pasillo oscuro.
—Venga, marica. Que soy yo, que estoy al teléfono. No cuelgo. Si sale un fantasma, le insulto yo, que tengo un máster en troleo.
Me armé de valor. O de una estupidez profunda, que para el caso es lo mismo. Agarré un cuchillo de cocina —por si al reflejo le daba por salir del cristal, aunque no sé qué pensaba hacerle con un cuchillo de sierra para el pan— y caminé hacia el baño con el móvil pegado a la oreja.
La luz seguía encendida. El baño parecía normal. El olor a dentífrico mentolado seguía ahí. Me acerqué al lavabo paso a paso, con el corazón martilleando contra mis costillas como un tambor de guerra.
—Ya estoy aquí, Dani —susurré.
—¿Ves algo raro? —preguntó él.
Miré al espejo. Ahí estaba yo. Pero esta vez, el reflejo hacía exactamente lo que yo hacía. Si yo levantaba el cuchillo, él lo levantaba. Si yo ponía cara de susto, él también. Todo parecía haber vuelto a la normalidad. Solté un suspiro tan largo que casi vacío mis pulmones.
—Nada, tío. Es un espejo normal. Me he debido de volver loco por el sueño.
—Te lo dije. Vete a dormir, anda. Y deja de diseñar chorizos a estas horas, que no es bueno para el aura.
Iba a colgar, ya sintiéndome como el idiota más grande de la Comunidad de Madrid, cuando vi un detalle que me heló la sangre. Mi reflejo tenía el cuchillo en la mano derecha. Yo también. Todo correcto. Pero en el reflejo, detrás de mi cabeza, se veía la puerta del baño abierta.
Y en el reflejo, la puerta del baño estaba cerrada.
Me giré bruscamente hacia atrás. La puerta estaba abierta, tal y como yo la había dejado. Pero al volver a mirar al espejo, en el cristal, la puerta seguía cerrada a cal y canto. No era un error de perspectiva. Era una realidad distinta.
—Dani… —dije con la voz temblando—. Dani, sigue ahí. El espejo no muestra mi habitación. Muestra otra cosa.
—¿De qué hablas, Javi?
—En el espejo, la puerta está cerrada. Pero aquí está abierta. Y hay algo más. Mi reflejo… mi reflejo se está riendo de nuevo. Pero no con la boca. Se está riendo con los ojos.
En ese momento, la voz volvió. Pero esta vez no fue un susurro en mi cabeza. Fue un sonido físico, un crujido que venía de dentro del cristal, como si alguien estuviera rascando la superficie desde el otro lado con uñas de metal.
—No has aprendido nada —dijo la voz, ahora mucho más clara—. Te dije que no miraras.
El cristal del espejo empezó a agrietarse. No se rompió hacia fuera, sino hacia dentro, como si algo estuviera succionando el aire. Y por las grietas, empezó a salir un humo negro y denso que olía a ozono y a ropa vieja húmeda.
—¡Javi! ¡Javi! ¡¿Qué pasa?! —gritaba Dani por el móvil.
Pero yo ya no podía contestar. Porque mi reflejo había soltado el cuchillo. Había estirado el brazo. Y su mano, una mano grisácea y fría, estaba empezando a atravesar la superficie del cristal, agarrándome por la pechera de la camiseta con una fuerza inhumana.

Parte 3: La física del azogue y el dilema del autónomo
Sentir una mano saliendo de un espejo es una experiencia que no te explican en los manuales de prevención de riesgos laborales. Es un frío seco, un frío que no te congela la piel, sino que te congela la intención. Me quedé allí, paralizado, viendo cómo los dedos de mi propio reflejo —unos dedos que eran los míos pero con las uñas un poco más largas y amarillentas— se cerraban sobre mi camiseta de “I Love Benidorm”.
—¡Suéltame, joder! —grité, intentando retroceder, pero el tipo del espejo tenía la fuerza de un buey hidráulico.
El móvil se me cayó al suelo. Escuché la voz de Dani, lejana y distorsionada, gritando mi nombre desde el suelo del baño. Pero yo solo podía mirar el brazo que salía del cristal. Era como si el espejo se hubiera convertido en una piscina de mercurio, en una membrana elástica que permitía el paso de un lado al otro.
—¿Por qué tienes tanta prisa, Javi? —dijo el reflejo.
Su cara estaba ahora a escasos centímetros de la mía. Tenía mi misma nariz, mi misma cicatriz en la ceja, pero sus ojos… sus ojos eran dos pozos negros, sin iris, sin pupila, solo una negrura infinita que parecía absorber la luz del fluorescente. Y lo peor era el olor. Olía a cerrado, a armario que lleva cien años sin abrirse, a ese olor metálico que tienen las monedas viejas.
Con un esfuerzo supremo, logré agarrar el bote de jabón de manos —de esos de lavanda que mi madre insiste en que compre porque “relajan”— y se lo estampé en toda la cara al reflejo. El plástico estalló y el líquido pringoso cubrió el cristal. La entidad soltó un gruñido de puro asco y me soltó.
Aproveché el segundo de confusión para salir disparado del baño. Esta vez no me encerré en el salón. Fui directo a la puerta de la calle. Agarré las llaves, tiré de la puerta y… nada. No abría.
—¡No, no, no! ¡Ahora no, por favor! —grité, forcejeando con la cerradura.
La llave giraba, el mecanismo hacía el ruido de siempre, pero la puerta no se movía. Era como si estuviera soldada al marco. Miré por la mirilla y lo que vi me hizo querer llorar. Fuera no estaba el descansillo de mi edificio. No estaban las escaleras, ni la puerta de la señora Engracia, ni el extintor caducado. Fuera solo había… blanco. Un vacío blanco, luminoso y absoluto, como si el resto del mundo hubiera sido borrado con una goma de borrar gigante.
—¿Pero qué es esto? —susurré, apoyando la frente contra la madera fría.
—Es el otro lado, Javi.
Me giré. El reflejo ya no estaba en el baño. O mejor dicho, ya no necesitaba el espejo del baño. Estaba en el espejo del pasillo, ese que puse para verme los pies antes de salir de casa. Estaba allí, de cuerpo entero, caminando por el cristal como si fuera un escaparate.
—Has roto el equilibrio —dijo la entidad. Su voz ahora resonaba en todas las paredes del piso—. Llevas treinta años mirándote sin ver nada. Usándome para peinarte, para quitarte las espinillas, para ver si esa camiseta te hacía gordo. Nunca te diste cuenta de que cada vez que me mirabas, me dabas un poco de ti.
—¡Yo no te he dado nada! ¡Solo me he afeitado, pesado! —grité, intentando ocultar mi terror con la agresividad madrileña de toda la vida.
—Me diste tu vanidad. Tu miedo a envejecer. Tu duda constante sobre si eres suficiente. He acumulado tanto de ti que ahora tengo más peso que tú.
La entidad puso una mano en el cristal del espejo del pasillo. El vidrio empezó a ondularse de nuevo. No iba a tardar en salir otra vez. Y yo estaba atrapado en un piso que ya no conectaba con Madrid, con un móvil en el baño y un cuchillo de pan que probablemente no servía para matar reflejos metafísicos.
Corrí hacia el salón. Tenía que haber una forma de salir. Las ventanas. Vivo en un cuarto piso, pero si tenía que saltar al vacío para escapar de mi propia cara malvada, lo haría. Abrí la persiana del salón con un estruendo y me asomé.
Más blanco.
No había calle. No había coches. No se oía el ruido de la M-30 a lo lejos. Era como si mi piso estuviera flotando en una nube de nada. El pánico se transformó en una risa histérica. “Genial, Javi. Ahora sí que te has pasado con el café. Has hackeado la realidad”.
Me senté en el sofá, derrotado. El televisor estaba apagado, pero su superficie oscura empezó a brillar. No se encendió la pantalla, sino que el plástico negro se convirtió en otro espejo. Y ahí estaba él. Sentado en un sofá idéntico al mío, en una habitación idéntica a la mía, mirándome con una calma que me ponía enfermo.
—¿Sabes qué es lo mejor de ser un reflejo? —preguntó el otro Javi a través de la televisión—. Que yo no tengo facturas. No tengo que preocuparme por el IVA trimestral, ni por si Dani me deja de hablar, ni por si esa chica de Tinder me va a dar ghosting. Yo soy la esencia. Tú eres solo el envoltorio gastado.
—¿Y qué quieres? ¿Vivir mi vida de autónomo pringado? ¡Te la regalo! ¡Disfruta de las inspecciones de Hacienda y de las ojeras! —exclamé, lanzándole un cojín al televisor.
El cojín atravesó la pantalla. Literalmente. Se hundió en el cristal como si fuera agua y apareció al otro lado, en las manos del reflejo. Él lo agarró, lo olió y sonrió.
—Huele a desesperación. Me encanta.
La entidad empezó a salir de la televisión. Primero la cabeza, luego los hombros, luego esas manos grises. El salón empezó a oscurecerse, como si el reflejo estuviera absorbiendo toda la luz de la casa. El aire se volvió pesado, difícil de respirar.
Me acordé de algo que decía mi abuela, la que vivía en el pueblo y sabía de cosas raras. “Javi, hijo, nunca pongas dos espejos uno frente al otro, que el diablo se queda atrapado en el túnel”. En mi pasillo había dos espejos. El de la entrada y el del baño, que estaban casi alineados si dejabas las puertas abiertas.
—El túnel… —murmuré.
Si podía crear un bucle infinito, quizá podría atraparlo allí. Pero necesitaba mover el espejo del pasillo. Era un espejo de esos de cuerpo entero, pesado, de madera maciza.
—¡No te vas a ir a ninguna parte! —gritó el reflejo, terminando de salir de la televisión.
Empezó a caminar hacia mí. Sus pasos no hacían ruido. Era como una mancha de tinta moviéndose por el salón. Yo corrí hacia el pasillo, esquivando un manotazo que me habría arrancado la piel. Llegué al espejo de la entrada. Pesaba como un muerto, pero la adrenalina es una droga maravillosa. Lo agarré, tiré con todas mis fuerzas y lo arrastré hacia el baño.
—¡¿Qué haces, estúpido?! —gritó la entidad, que ya estaba en el pasillo.
Llegué a la puerta del baño. El espejo de la pared me devolvía la imagen del caos. Puse el espejo de cuerpo entero justo enfrente, a menos de un metro de distancia.
El efecto fue instantáneo.
Se creó un túnel de reflejos infinitos. Javi tras Javi tras Javi, perdiéndose en una profundidad que no debería existir en un piso de sesenta metros cuadrados. El aire empezó a silbar, como si se hubiera abierto un sumidero dimensional. La entidad, que estaba a punto de alcanzarme, se quedó paralizada entre los dos cristales.
Su imagen empezó a distorsionarse. Se estiraba, se multiplicaba, se dividía entre los dos espejos.
—¡No! ¡Para! ¡Vas a destruirnos a los dos! —aulló la voz, que ahora sonaba como si viniera de debajo de la tierra.
—Prefiero ser una mota de polvo en el vacío que dejar que me robes la vida —dije, apoyando la espalda contra la pared, viendo cómo mi reflejo malvado era succionado por el bucle infinito que yo mismo había creado.
Pero el túnel de espejos era demasiado fuerte. La succión empezó a afectarme a mí también. Sentí que mis pies se despegaban del suelo. Mis propias manos empezaron a volverse transparentes, como si el cristal estuviera reclamando su parte de realidad.
—Javi… —dijo una voz. Pero no era la del reflejo.
Era la voz de Dani. Venía del móvil, que seguía en el suelo del baño, atrapado entre los dos espejos.
—Javi, si me oyes… ¡rompe el cristal! ¡Rómpe alguno de los dos!
Miré a mi alrededor. Solo tenía mis manos. Y el cuchillo de pan, que estaba en el suelo del pasillo, fuera de mi alcance. La entidad de espejo me miró desde el túnel infinito. Estaba sufriendo, pero sonreía.
—Si rompes el cristal, te quedas aquí para siempre, Javi. Serás solo un fragmento. Un pedazo de vidrio roto.
Tenía tres segundos antes de ser absorbido por completo. Miré el espejo de cuerpo entero. Miré la báscula del baño.
—No deberías haberme sonreído —susurré.
Agarré la báscula con las últimas fuerzas que me quedaban y la lancé con todas mis ganas contra el espejo de la pared.

Parte 4: Fragmentos de realidad y el último cepillado
El sonido del cristal rompiéndose fue lo más parecido al fin del mundo que he escuchado nunca. No fue un estruendo limpio, fue un crujido múltiple, un estallido que pareció ocurrir dentro de mi propio cráneo. Miles de fragmentos de espejo volaron por el aire como metralla brillante. Sentí un dolor agudo en la mejilla y en los brazos, pero la sensación de succión desapareció al instante.
Caí al suelo del baño con un golpe seco. El silencio volvió de golpe, pero esta vez era un silencio de verdad. Ya no había ronroneos eléctricos ni susurros de ultratumba. Solo el goteo constante de una tubería y mi propia respiración, que sonaba como una locomotora vieja intentando subir una cuesta.
Me quedé allí tumbado, entre trozos de vidrio y restos de jabón de lavanda, mirando al techo. El fluorescente parpadeó una última vez y se fundió, dejándome en una penumbra grisácea.
—¿Javi? ¿Estás vivo? —la voz de Dani salió del móvil, que por algún milagro seguía entero en un rincón.
—Creo que sí —logré decir, aunque me dolía hasta el alma—. Pero no me pidas que me mire al espejo en los próximos diez años.
Me levanté como pude. Me dolía todo el cuerpo, pero al moverme, sentí el peso de mi propio cuerpo, la solidez de mis huesos. Ya no era transparente. Miré hacia la pared del lavabo. El espejo estaba totalmente destrozado. Solo quedaba el marco de plástico y unos pocos fragmentos adheridos al fondo, mostrando trozos inconexos de la habitación.
Fui al pasillo. El espejo de cuerpo entero, el que yo había arrastrado, también se había rajado de arriba abajo, pero no se había desmoronado. Me acerqué con cautela, con el corazón todavía en un puño.
Me miré en una de las grietas.
Ahí estaba yo. Javi. El de siempre. Con un corte en la mejilla que sangraba un poco, pero con mis ojos marrones de siempre, con mis ojeras de autónomo y mi expresión de cansancio infinito. Hice un gesto con la mano. El reflejo me imitó al instante. Puse cara de tonto. Él también.
—Bienvenido a casa, Javi —murmuré.
Caminé hacia la puerta de la calle. Esta vez, la llave giró con la suavidad de siempre. Abrí la puerta y casi lloro de alegría al ver el descansillo de mi edificio. El extintor caducado, la puerta de la señora Engracia, el olor a desinfectante barato… nunca me habían parecido tan hermosos.
Bajé las escaleras —no me fiaba del ascensor, por si acaso tenía espejos— y salí a la calle. Eran casi las cuatro de la mañana. Madrid estaba despertando, con los camiones de la basura haciendo su ruido habitual y los primeros panaderos abriendo sus locales. El aire fresco me sentó como gloria bendita.
Fui caminando hasta la casa de Dani, que vive a quince minutos. Necesitaba ver a alguien real, alguien que no fuera una proyección azogada de mis miedos. Cuando me vio en su puerta, con la cara cortada y aspecto de haber sobrevivido a un naufragio en un lavabo, no hizo bromas. Me dejó entrar, me curó la herida y me puso un café de verdad.
—Tío, tienes que dejar ese proyecto de los embutidos de Cuenca —dijo Dani, mirándome con preocupación—. Te está matando.
—No son los embutidos, Dani. Es que a veces nos miramos tanto que acabamos creando monstruos para no ver quiénes somos de verdad.
Pasé la noche en su sofá. Dormí doce horas seguidas, un sueño profundo y sin sueños, de esos que te resetean la existencia. Cuando me desperté, el sol entraba por la ventana y Madrid parecía la ciudad más normal y maravillosa del mundo.
Volví a mi piso por la tarde. El casero, por supuesto, puso el grito en el cielo por lo de los espejos, pero le dije que me había caído limpiando y que le pagaría los desperfectos en cuanto cobrara la factura de los chorizos. Limpié los restos de cristal con cuidado, envolviéndolos en papel de periódico y tirándolos al contenedor de vidrio con una sensación de alivio que no puedo describir.
Ahora mi baño no tiene espejo. He puesto un póster de una playa del Caribe en su lugar. Es mucho más relajante y, sobre todo, no me contesta cuando pienso en voz alta.
Pero anoche, justo antes de irme a dormir, me pasó algo extraño. Fui a la cocina a por un vaso de agua. Al pasar por delante del televisor apagado, me vi reflejado en la pantalla negra. Me quedé quieto un segundo, con el corazón dándome un pequeño vuelco.
Mi reflejo en la tele estaba ahí, serio, imitándome. Pero cuando me di la vuelta para irme a la cama, juraría por lo más sagrado que escuché un susurro. Un susurro que venía de los altavoces apagados.
—Todavía te debo una sonrisa, Javi.
Me quedé congelado. Miré a la pantalla. No había nada. Solo el reflejo de mi salón vacío. Pero entonces me di cuenta de un detalle. En el mueble de la televisión, yo siempre dejo el mando a la izquierda. Y en el reflejo de la pantalla, el mando estaba a la derecha.
Sonreí. Pero esta vez fui yo el que sonrió primero.
—Pues vas a tener que esperar sentado, majo. Que mañana tengo que entregar lo de los embutidos y no tengo tiempo para tonterías.
Me fui a la habitación, cerré la puerta y me dormí con la luz del pasillo encendida. Porque en este mundo de autónomos, facturas y espejos, al final la única realidad que importa es la que tú decides creer. Y yo decido creer que, por muy mal que me salgan los logos, por lo menos soy el único Javi que paga el alquiler de este piso.
Al menos, de este lado del cristal.