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LA VECINA DEL TERCERO B: EL CONGRESO DE LAS PAREDES DE PAPEL

PARTE 1: LA RADAR HUMANO Y EL ARTE DEL VISILLO

Vivir en un bloque de pisos en el centro de Madrid es una experiencia antropológica.

No es solo compartir un código postal o un rellano que huele a lejía y a sofrito de ajo.

Es aceptar que tu privacidad es una leyenda urbana, como el monstruo del Lago Ness.

Mi edificio es uno de esos de finales de los sesenta, con paredes tan finas que puedes oír a tu vecino pensar en qué va a cenar.

Si alguien estornuda en el cuarto piso, le decimos “Jesús” desde el primero por el patio de luces.

Pero entre toda la fauna ibérica que habita en mi portal, destaca una figura legendaria.

Doña Paquita, mi vecina del tercero.

Paquita no es una mujer, es una institución.

Es el CNI, el FBI y el programa de cotilleos de la tarde, todo metido en un cuerpo de metro cincuenta.

Lleva siempre una bata de boatiné que ha visto más guerras que un veterano de Vietnam.

Y unos rulos que parecen antenas parabólicas diseñadas para captar ondas de baja frecuencia.

Mi vecina sabía demasiado.

Lo sabía todo de todos, y lo peor es que lo soltaba con una naturalidad que te dejaba helado.

No es que escuchara detrás de la puerta, es que yo creo que las paredes le hablaban directamente.

Sabía quién discutía en el segundo izquierda por el tema de la hipoteca.

—Vaya tela con los del segundo, Javi —me dijo un día mientras yo intentaba abrir el buzón—.

—Anoche se pusieron finos, que si tú gastas mucho en cremas, que si yo no llego a fin de mes.

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