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La trampa mortal de la “siestita”, los rituales nocturnos y el brillo delator

PARTE 1: La trampa mortal de la “siestita”, los rituales nocturnos y el brillo delator

El concepto del tiempo es una de las mayores estafas de la vida adulta. Si me preguntas a mí, creo firmemente que las horas no duran lo mismo dependiendo del momento del día en el que te encuentres. De las ocho de la mañana a las cinco de la tarde, en la oficina, el tiempo se arrastra como un caracol con reuma sobre una lija. Cada minuto parece pesar un kilo. Sin embargo, cuando llegas a casa, te quitas los vaqueros que te han estado cortando la circulación durante diez horas, te pones los pantalones de pijama con pelotillas y te sientas en el sofá… amigo mío, en ese preciso instante, el universo acelera. Las nueve de la noche se convierten en las once en lo que tardas en pestañear y decir “¿qué vemos hoy en Netflix?”. Pero luego hay otra franja horaria, una dimensión completamente distinta, que es la que va desde la medianoche hasta las tres de la madrugada. Ahí, el tiempo no pasa. Se estanca. Se vuelve una piscina de alquitrán en la que tu cerebro empieza a nadar, dando vueltas sobre cosas absurdas, desde si cerraste bien la puerta con llave hasta por qué le dijiste “igualmente” al camarero del cine que te dijo “que disfrutes de la película” en el año 2014.

Y en medio de esa dimensión espaciotemporal, existe un fenómeno aún más peligroso y oscuro: la mentira de la “siestita de veinte minutos” o “power nap”, como le llaman ahora los modernos que se creen ejecutivos de Wall Street pero trabajan en una gestoría en Móstoles.

Ayer era martes. Un martes cualquiera, gris, aburrido y agotador. Marcos, mi novio desde hace cuatro años, el hombre con el que comparto hipoteca, un perro llamado Pipo que tiene más ansiedad social que nosotros dos juntos, y una freidora de aire que usamos para absolutamente todo, llegó a casa a las siete y media de la tarde. Entró por la puerta arrastrando los pies, soltó las llaves en el cuenco de la entrada con un suspiro que sonó a alma abandonando el cuerpo, me dio un beso en la frente y pronunció las palabras malditas. Las palabras que, de haber sabido lo que desencadenarían, habrían hecho sonar todas las alarmas de Defensa Civil.

—Gordi —me dijo, frotándose los ojos con los nudillos como si fuera un niño pequeño—, estoy destrozado. Me voy a echar veinte minutillos. Literal, una siestita rápida. Cierro los ojos, reseteo el cerebro y me levanto como nuevo para que hagamos unas fajitas, ¿vale? Solo veinte minutos. Si a las ocho no estoy en pie, me tiras un vaso de agua.

La ingenuidad del ser humano es fascinante. La mía por creerle, y la suya por creerse a sí mismo. El autoengaño es una herramienta de supervivencia maravillosa, supongo. El caso es que Marcos se metió en la habitación. Yo me quedé en el salón, tranquila, pensando que veinte minutos no hacen daño a nadie. A las ocho en punto, me asomé por la puerta. Estaba boca abajo, con la cara aplastada contra la almohada, babeando ligeramente y respirando con la cadencia pesada de un oso pardo en pleno mes de enero. Me dio pena. Pensé: “Pobrecito, ha tenido un día duro en el curro, voy a dejarle diez minutitos más”. Ese fue mi error. El error garrafal que desencadenaría la noche más larga de mi vida.

Porque la siesta española no entiende de veinte minutos. Eso es un invento de los americanos para no perder productividad. En España, cuando te metes en la cama con la persiana bajada, tu cuerpo asume que ha terminado la jornada. No hay término medio. Entras en una fase REM tan profunda que, si te despiertan, no sabes si tienes que ir al colegio, si es Navidad o si sigues siendo la misma persona.

Fueron pasando las horas. A las nueve me comí un yogur porque me dio pereza hacer las fajitas yo sola. A las diez me puse a ver un documental sobre asesinos en serie, algo ligerito para relajarme antes de dormir. A las once, asumí que Marcos estaba en coma inducido, así que me fui al baño a comenzar mi ritual nocturno. Esa es otra historia. El ritual de antes de dormir de una mujer de treinta años es una ceremonia más compleja que el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham. Primero, el agua micelar. Luego, el limpiador jabonoso, porque la doble limpieza es sagrada según la gurú de TikTok que sigo religiosamente. Después, el tónico. Esperar a que se seque. El sérum de ácido hialurónico, que te lo tienes que dar con la cara un poco húmeda para que retenga el agua —o eso dicen, yo sinceramente creo que me estoy echando agua a precio de tinta de impresora—. Luego el retinol, pero solo un poco porque si no te pelas como un lagarto. Y finalmente, la crema hidratante espesa. Media hora frente al espejo aplicándome productos que prometen que me levantaré como una modelo de Victoria’s Secret, mientras miro de reojo a Marcos en la cama, que se lava la cara con el mismo gel de ducha 3 en 1 con el que se lava el pelo, el cuerpo y, si me apuras, el coche, y tiene la piel perfecta, sin un solo poro dilatado. La genética es profundamente injusta.

Me metí en la cama alrededor de la medianoche. Intenté dormir. Lo juro por Dios que lo intenté. Me puse tapones para no escuchar los ronquidos de mi querido novio, que a estas alturas sonaban como un tractor subiendo una cuesta en segunda. Pero el sueño no llegaba. Empecé a mirar el móvil. El peor error que puedes cometer cuando sufres de insomnio. Entré en TikTok y caí por el agujero de conejo. Pasé de ver vídeos de perritos rescatados a tutoriales de cómo hacer una tarta de queso en el microondas, y de ahí, sin saber muy bien cómo, acabé viendo a una señora rusa restaurando una silla de la época zarista a las dos de la madrugada. El paso del tiempo en el móvil es igual que el de la franja nocturna: traicionero.

Apagué el móvil. Lo dejé en la mesilla. Me di la vuelta, dándole la espalda a Marcos. Cerré los ojos. “Venga, Clara, duérmete. Si te duermes ahora mismo, te quedan cinco horas clavadas de sueño. Cinco horas es aceptable. No te vas a morir por dormir cinco horas. Vamos, cerebro, apágate”, me decía a mí misma, en ese inútil ejercicio de autoengaño que todos hacemos cuando vemos que el despertador es inminente. El silencio en la habitación, más allá de la sinfonía nasal de Marcos, era absoluto. La oscuridad era densa. Y entonces, pasó.

De repente, la mole humana que dormía a mi lado se agitó. Un movimiento brusco que me sobresaltó, haciendo que el corazón me diera un vuelco. Marcos, en un estado de semiconsciencia absoluta, o quizás directamente sonámbulo, estiró el brazo. Su mano tanteó la mesilla de noche con la torpeza de un borracho buscando las llaves de casa. Encontró su teléfono móvil. Lo desenchufó del cargador y se lo llevó a la cara. La pantalla se encendió, iluminando su rostro aplastado y lleno de marcas de las sábanas con una luz blanca y espectral.

Yo me quedé petrificada. No me moví. Solo abrí un ojo, observándolo desde mi lado de la cama. Lo vi entrecerrar los ojos, cegado por el brillo al cien por cien de la pantalla de su iPhone. Con el pulgar de la mano derecha, tecleó algo muy rápido. Tardó, literalmente, tres segundos. Luego, soltó un bufido, como si hubiera hecho el esfuerzo físico de su vida, y dejó caer el brazo, con el móvil todavía encendido resbalando por el nórdico hasta quedarse a escasos centímetros de mi codo. Un segundo después, Marcos volvía a roncar con la misma intensidad de antes, habiendo regresado a su estado de hibernación.

El móvil se quedó ahí. En la penumbra de nuestra habitación de Ikea, la pantalla encendida brillaba como un faro en mitad de la noche. Y, sin querer, mi mirada se desvió hacia ella. No soy una persona celosa. De verdad que no lo soy. Nunca le he mirado el móvil a Marcos, me parece una invasión de la privacidad espantosa y una falta de respeto. Pero joder, es que la pantalla estaba encendida, brillando en mi cara, apuntando hacia mí como si me estuviera provocando. Era un cartel de neón en Las Vegas.

Me incorporé un poco, apoyándome en el codo, acercando la cara con cuidado de no hacer ruido. Solo quería apagarle la pantalla para que la luz no me molestara. Esa era la excusa oficial que mi cerebro formuló en milisegundos. Pero cuando bajé la vista y enfoqué los ojos en la pantalla luminosa, todo mi cuerpo se paralizó. El oxígeno abandonó mis pulmones de golpe. La sangre se me congeló en las venas.

Son las dos de la mañana. Mi novio lleva durmiendo desde las siete y media de la tarde. Ha agarrado el móvil en sueños. Ha tecleado un mensaje. Y en esa pantalla de WhatsApp, que no se ha llegado a bloquear, veo un chat abierto. Y veo lo que acaba de escribir y enviar.

La respiración se me corta, nerviosa, temblorosa, casi asmática. El corazón me empieza a martillear contra el esternón con tanta fuerza que temo que me rompa una costilla. Trago saliva, un bulto seco y duro que me raspa la garganta.

—No puede ser… —susurro en la más absoluta soledad de la noche, con los ojos abiertos de par en par—. Son las dos de la mañana… ¿y mi novio le está escribiendo a otra?

PARTE 2: La espiral de la paranoia, la autopsia de una relación y el misterio de “Te extraño”

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