El concepto del tiempo es una de las mayores estafas de la vida adulta. Si me preguntas a mí, creo firmemente que las horas no duran lo mismo dependiendo del momento del día en el que te encuentres. De las ocho de la mañana a las cinco de la tarde, en la oficina, el tiempo se arrastra como un caracol con reuma sobre una lija. Cada minuto parece pesar un kilo. Sin embargo, cuando llegas a casa, te quitas los vaqueros que te han estado cortando la circulación durante diez horas, te pones los pantalones de pijama con pelotillas y te sientas en el sofá… amigo mío, en ese preciso instante, el universo acelera. Las nueve de la noche se convierten en las once en lo que tardas en pestañear y decir “¿qué vemos hoy en Netflix?”. Pero luego hay otra franja horaria, una dimensión completamente distinta, que es la que va desde la medianoche hasta las tres de la madrugada. Ahí, el tiempo no pasa. Se estanca. Se vuelve una piscina de alquitrán en la que tu cerebro empieza a nadar, dando vueltas sobre cosas absurdas, desde si cerraste bien la puerta con llave hasta por qué le dijiste “igualmente” al camarero del cine que te dijo “que disfrutes de la película” en el año 2014.
Y en medio de esa dimensión espaciotemporal, existe un fenómeno aún más peligroso y oscuro: la mentira de la “siestita de veinte minutos” o “power nap”, como le llaman ahora los modernos que se creen ejecutivos de Wall Street pero trabajan en una gestoría en Móstoles.
Ayer era martes. Un martes cualquiera, gris, aburrido y agotador. Marcos, mi novio desde hace cuatro años, el hombre con el que comparto hipoteca, un perro llamado Pipo que tiene más ansiedad social que nosotros dos juntos, y una freidora de aire que usamos para absolutamente todo, llegó a casa a las siete y media de la tarde. Entró por la puerta arrastrando los pies, soltó las llaves en el cuenco de la entrada con un suspiro que sonó a alma abandonando el cuerpo, me dio un beso en la frente y pronunció las palabras malditas. Las palabras que, de haber sabido lo que desencadenarían, habrían hecho sonar todas las alarmas de Defensa Civil.
—Gordi —me dijo, frotándose los ojos con los nudillos como si fuera un niño pequeño—, estoy destrozado. Me voy a echar veinte minutillos. Literal, una siestita rápida. Cierro los ojos, reseteo el cerebro y me levanto como nuevo para que hagamos unas fajitas, ¿vale? Solo veinte minutos. Si a las ocho no estoy en pie, me tiras un vaso de agua.
La ingenuidad del ser humano es fascinante. La mía por creerle, y la suya por creerse a sí mismo. El autoengaño es una herramienta de supervivencia maravillosa, supongo. El caso es que Marcos se metió en la habitación. Yo me quedé en el salón, tranquila, pensando que veinte minutos no hacen daño a nadie. A las ocho en punto, me asomé por la puerta. Estaba boca abajo, con la cara aplastada contra la almohada, babeando ligeramente y respirando con la cadencia pesada de un oso pardo en pleno mes de enero. Me dio pena. Pensé: “Pobrecito, ha tenido un día duro en el curro, voy a dejarle diez minutitos más”. Ese fue mi error. El error garrafal que desencadenaría la noche más larga de mi vida.
Porque la siesta española no entiende de veinte minutos. Eso es un invento de los americanos para no perder productividad. En España, cuando te metes en la cama con la persiana bajada, tu cuerpo asume que ha terminado la jornada. No hay término medio. Entras en una fase REM tan profunda que, si te despiertan, no sabes si tienes que ir al colegio, si es Navidad o si sigues siendo la misma persona.
Fueron pasando las horas. A las nueve me comí un yogur porque me dio pereza hacer las fajitas yo sola. A las diez me puse a ver un documental sobre asesinos en serie, algo ligerito para relajarme antes de dormir. A las once, asumí que Marcos estaba en coma inducido, así que me fui al baño a comenzar mi ritual nocturno. Esa es otra historia. El ritual de antes de dormir de una mujer de treinta años es una ceremonia más compleja que el cambio de guardia en el Palacio de Buckingham. Primero, el agua micelar. Luego, el limpiador jabonoso, porque la doble limpieza es sagrada según la gurú de TikTok que sigo religiosamente. Después, el tónico. Esperar a que se seque. El sérum de ácido hialurónico, que te lo tienes que dar con la cara un poco húmeda para que retenga el agua —o eso dicen, yo sinceramente creo que me estoy echando agua a precio de tinta de impresora—. Luego el retinol, pero solo un poco porque si no te pelas como un lagarto. Y finalmente, la crema hidratante espesa. Media hora frente al espejo aplicándome productos que prometen que me levantaré como una modelo de Victoria’s Secret, mientras miro de reojo a Marcos en la cama, que se lava la cara con el mismo gel de ducha 3 en 1 con el que se lava el pelo, el cuerpo y, si me apuras, el coche, y tiene la piel perfecta, sin un solo poro dilatado. La genética es profundamente injusta.
Me metí en la cama alrededor de la medianoche. Intenté dormir. Lo juro por Dios que lo intenté. Me puse tapones para no escuchar los ronquidos de mi querido novio, que a estas alturas sonaban como un tractor subiendo una cuesta en segunda. Pero el sueño no llegaba. Empecé a mirar el móvil. El peor error que puedes cometer cuando sufres de insomnio. Entré en TikTok y caí por el agujero de conejo. Pasé de ver vídeos de perritos rescatados a tutoriales de cómo hacer una tarta de queso en el microondas, y de ahí, sin saber muy bien cómo, acabé viendo a una señora rusa restaurando una silla de la época zarista a las dos de la madrugada. El paso del tiempo en el móvil es igual que el de la franja nocturna: traicionero.
Apagué el móvil. Lo dejé en la mesilla. Me di la vuelta, dándole la espalda a Marcos. Cerré los ojos. “Venga, Clara, duérmete. Si te duermes ahora mismo, te quedan cinco horas clavadas de sueño. Cinco horas es aceptable. No te vas a morir por dormir cinco horas. Vamos, cerebro, apágate”, me decía a mí misma, en ese inútil ejercicio de autoengaño que todos hacemos cuando vemos que el despertador es inminente. El silencio en la habitación, más allá de la sinfonía nasal de Marcos, era absoluto. La oscuridad era densa. Y entonces, pasó.
De repente, la mole humana que dormía a mi lado se agitó. Un movimiento brusco que me sobresaltó, haciendo que el corazón me diera un vuelco. Marcos, en un estado de semiconsciencia absoluta, o quizás directamente sonámbulo, estiró el brazo. Su mano tanteó la mesilla de noche con la torpeza de un borracho buscando las llaves de casa. Encontró su teléfono móvil. Lo desenchufó del cargador y se lo llevó a la cara. La pantalla se encendió, iluminando su rostro aplastado y lleno de marcas de las sábanas con una luz blanca y espectral.
Yo me quedé petrificada. No me moví. Solo abrí un ojo, observándolo desde mi lado de la cama. Lo vi entrecerrar los ojos, cegado por el brillo al cien por cien de la pantalla de su iPhone. Con el pulgar de la mano derecha, tecleó algo muy rápido. Tardó, literalmente, tres segundos. Luego, soltó un bufido, como si hubiera hecho el esfuerzo físico de su vida, y dejó caer el brazo, con el móvil todavía encendido resbalando por el nórdico hasta quedarse a escasos centímetros de mi codo. Un segundo después, Marcos volvía a roncar con la misma intensidad de antes, habiendo regresado a su estado de hibernación.
El móvil se quedó ahí. En la penumbra de nuestra habitación de Ikea, la pantalla encendida brillaba como un faro en mitad de la noche. Y, sin querer, mi mirada se desvió hacia ella. No soy una persona celosa. De verdad que no lo soy. Nunca le he mirado el móvil a Marcos, me parece una invasión de la privacidad espantosa y una falta de respeto. Pero joder, es que la pantalla estaba encendida, brillando en mi cara, apuntando hacia mí como si me estuviera provocando. Era un cartel de neón en Las Vegas.
Me incorporé un poco, apoyándome en el codo, acercando la cara con cuidado de no hacer ruido. Solo quería apagarle la pantalla para que la luz no me molestara. Esa era la excusa oficial que mi cerebro formuló en milisegundos. Pero cuando bajé la vista y enfoqué los ojos en la pantalla luminosa, todo mi cuerpo se paralizó. El oxígeno abandonó mis pulmones de golpe. La sangre se me congeló en las venas.
Son las dos de la mañana. Mi novio lleva durmiendo desde las siete y media de la tarde. Ha agarrado el móvil en sueños. Ha tecleado un mensaje. Y en esa pantalla de WhatsApp, que no se ha llegado a bloquear, veo un chat abierto. Y veo lo que acaba de escribir y enviar.
La respiración se me corta, nerviosa, temblorosa, casi asmática. El corazón me empieza a martillear contra el esternón con tanta fuerza que temo que me rompa una costilla. Trago saliva, un bulto seco y duro que me raspa la garganta.
—No puede ser… —susurro en la más absoluta soledad de la noche, con los ojos abiertos de par en par—. Son las dos de la mañana… ¿y mi novio le está escribiendo a otra?

El silencio de la habitación de repente me resultó ensordecedor. El zumbido de la nevera a lo lejos, en la cocina, parecía la banda sonora de una película de terror de serie B. El brillo del móvil de Marcos, tirado sobre el edredón a mi lado, me estaba quemando las retinas, pero era incapaz de apartar la vista. Hice lo que cualquier persona racional, madura y equilibrada habría hecho en mi situación a las dos y cuarto de la madrugada: me arrastré sigilosamente por las sábanas, como un francotirador en plena trinchera, e hice zoom con mis propios ojos sobre el maldito chat. No toqué el aparato. Dios me libre de dejar mis huellas dactilares en el arma del delito. Solo acerqué la cara hasta que mi nariz casi rozó el cristal protector templado.
Ahí estaba. El globo de texto verde lima, resplandeciente, acusador, flotando en la pantalla blanca. Acababa de enviarse hacía menos de un minuto. Solo había un tic gris, lo que significaba que la destinataria de aquel puñal por la espalda, la robamaridos, la destroza-hogares de las dos de la mañana, estaba durmiendo. O peor, estaba despierta en su guarida de la maldad, esperando a que el mensaje se entregara.
El texto era breve. Demoledor. Conciso.
“Te extraño…”
Me quedé mirando esas dos palabras y los tres puntos suspensivos como si estuvieran escritos en arameo antiguo. Parpadeé tres veces, pensando que quizás, por culpa del retinol y del cansancio, estaba sufriendo una alucinación visual. Pero no. La frase seguía ahí, inmutable.
En ese milisegundo, mi cerebro, que hasta hace cinco minutos no era capaz de sumar dos más dos para calcular las horas de sueño, se convirtió en una supercomputadora de la NASA. Una máquina capaz de procesar millones de datos, recuerdos y detalles ínfimos de los últimos cuatro años de relación. La mente de una mujer al borde de un ataque de cuernos a altas horas de la madrugada es el arma de destrucción masiva más perfecta jamás creada. Las piezas del puzle empezaron a encajar en mi cabeza a una velocidad de vértigo, formando una imagen grotesca y aterradora.
Para empezar, ¿quién coño dice “Te extraño” en este país? Marcos es de Móstoles, nacido y criado. Su máxima expresión de cariño hacia mí, en nuestros momentos de mayor romanticismo y vulnerabilidad emocional, suele ser un “qué guapa vas hoy, joder, pareces de la tele”, o en su defecto, un “se me hace raro cuando no estás en casa dando la turra”. ¿”Te extraño”? ¿Con puntos suspensivos? ¿Desde cuándo mi novio, un señor que se deja los calcetines hechos una bola al lado del cesto de la ropa sucia con la esperanza de que ganen conciencia propia y salten dentro, se comunica como el galán atormentado de una telenovela turca de las de Antena 3 por la tarde?
Ahí había gato encerrado. Alguien había hackeado a mi novio, o peor aún, mi novio tenía una doble vida tan compleja que hasta cambiaba de dialecto para hablar con su amante.
El sudor frío me empezó a resbalar por la nuca. Me senté en la cama de golpe, cruzando las piernas sobre el edredón, pareciendo la niña de El Exorcista pero en pijama de Oysho de la temporada pasada. Miré a Marcos. Seguía durmiendo plácidamente, boca arriba ahora, con la boca ligeramente abierta, emitiendo un silbido suave y constante. Su rostro irradiaba la paz del que no tiene nada que ocultar. O la psicopatía del que es capaz de engañarte en tus narices y dormir como un bebé de seis meses.
Empecé a analizar los últimos meses. Las famosas “red flags”, esas banderas rojas de las que tanto hablan mis amigas, especialmente mi amiga Laura, que es soltera por vocación y cree que el 99% de los hombres esconden cadáveres en el maletero. ¿Había estado Marcos raro últimamente? Bueno, el martes pasado se compró tres pares de calzoncillos nuevos en el Primark sin que yo se lo pidiera. ¡Calzoncillos nuevos! Un hombre con novia estable desde hace años no renueva su ropa interior de forma espontánea a menos que alguien más vaya a verla. Esa es una regla universal no escrita. Y además, se había apuntado a un torneo de pádel los fines de semana. ¡Pádel! El deporte por excelencia de las crisis de los treinta. ¿Acaso jugaba al pádel o era una tapadera para irse a un hotel por horas en las afueras con la destinataria de ese “Te extraño…”?
Mi respiración se volvió errática. Empecé a hiperventilar, intentando hacer el menor ruido posible. Una furia gélida, metódica y profundamente analítica se apoderó de mí. Estaba experimentando las cinco fases del duelo a velocidad hiperespacial. Ya había pasado la negación, estaba cabalgando sobre la ira y acercándome peligrosamente a la fase de negociación, que en mi caso consistía en negociar cómo iba a dividir nuestros bienes en el juicio.

La logística de la ruptura se desplegó ante mis ojos en la oscuridad de la habitación con la claridad de un PowerPoint corporativo. Primero, el piso. El piso era de alquiler, así que perfecto, que se quedara él pagando los mil doscientos pavos de alquiler que nos cobran por este zulo con “encanto y vistas a un patio interior”. Yo me volvía con mis padres o me iba a compartir piso con Laura. Segundo, la cuenta de Netflix, HBO Max, Disney+ y Amazon Prime. ¡Ni de coña iba a seguir pagando yo la suscripción premium para que él viera documentales de la Segunda Guerra Mundial con su nueva novia sudamericana o de donde quiera que fuera que decía “Te extraño”! Mañana mismo cambiaba todas las contraseñas. Y Pipo. Ay, Dios mío, el perro. Pipo es legalmente mío, está a mi nombre en el chip, pero el chucho traidor prefiere a Marcos. Cuando Marcos llega a casa, Pipo llora de la emoción, le hace la fiesta, hace pis de la alegría. Cuando llego yo, me mira desde su cama, mueve el rabo una vez por pura cortesía y sigue durmiendo. Si le quito el perro a Marcos, Pipo entrará en depresión clínica. ¿Estaría dispuesta a traumatizar a un animal inocente por culpa de los cuernos de su padre humano? Sí. Total y absolutamente sí.
Volví a mirar la pantalla. El móvil seguía ahí, con el brillo intacto, negándose a bloquearse porque Marcos tenía configurado el auto-bloqueo en cinco minutos, otra “red flag” brutal. ¿Por qué necesitas cinco minutos de pantalla encendida si no es para leer mensajes largos de tu amante mientras te duchas?
Me pasé las manos por la cara, estirándome la piel, sintiendo que me iba a dar un parraque, un síncope, una angina de pecho. O sea, estaba a punto de organizar una mudanza a las dos y media de la mañana. Quería chillar, quería llorar, pero sobre todo, quería saber el nombre del contacto. ¿Quién era ella? ¿Marta, la de Recursos Humanos, que siempre le daba a “Me gusta” a sus publicaciones de LinkedIn? Qué asco de tía, siempre con sus tuppers de quinoa y su risita aguda que se escuchaba en los audios de grupo del trabajo. O peor, ¿su ex? ¿La de Alicante? La que hacía crossfit y subía fotos levantando ruedas de tractor como si fueran donuts. Sí, seguro que era la de Alicante. Por eso lo del “Te extraño”. Esa tía siempre iba de intensa.
“Me va a dar algo, me va a dar un ictus”, pensé, sintiendo que un sudor frío me bajaba por la columna vertebral. Estaba al borde del colapso nervioso. Las manos me temblaban de tal manera que, si me hubieran dado unas maracas, habría parecido que estaba tocando rumba catalana.
Miré a Marcos. Seguía inmutable. El muy sinvergüenza estaba sonriendo en sueños. ¡Sonriendo! Probablemente estaba soñando con la de Alicante, los dos paseando por la playa, comiéndose una paella mientras se decían “te extraño” al oído. La bilis me subió por el esófago. Ya no era solo tristeza, era una indignación profunda y violenta. Habíamos comido pizza la noche anterior y él me había cedido el último trozo de pepperoni. ¡El último trozo! ¿Qué clase de sociópata psicópata maquiavélico te cede el último trozo de pizza un lunes por la noche para enmascarar su doble vida y teclearle a su amante el martes por la madrugada? ¡Maldito monstruo de sangre fría!
Esa fue la gota que colmó el vaso. Se acabó la Clara pasiva. Se acabó la chica comprensiva que deja a su novio dormir siestas de siete horas. Mi sangre gallega por parte de madre, que había estado dormitando en mis venas, hirvió de golpe. La indignación barrió cualquier rastro de miedo o tristeza. Iba a montar un pollo de proporciones épicas. Iba a liarla tan parda que los vecinos del cuarto, esos que siempre se quejan cuando ponemos la lavadora a las diez de la noche, iban a tener que llamar a la Guardia Civil por el escándalo.
Acerqué la mano temblorosa hacia el teléfono de Marcos. Iba a hacerlo. Iba a cruzar la línea que nunca se debe cruzar.
PARTE 3: El clímax de la locura, el dedo justiciero y el despertar del monstruo
Mis dedos rozaron la carcasa de silicona fría del teléfono de Marcos. En ese instante, mi cerebro proyectó un holograma a tamaño real de mi mejor amiga, Laura, sentada a los pies de la cama con una copa de vino barato en la mano, asintiendo con la cabeza y diciéndome: “Hazlo, tía. Quémalo todo. Arrasa con su vida. Mándale un audio a esa guarra y dile que le vas a arrancar las extensiones”. Laura siempre es un faro de luz y cordura en mis momentos de crisis.
Levanté el móvil con un cuidado extremo, como si estuviera desactivando una bomba nuclear C4 en una película de Tom Cruise. Cualquier movimiento brusco podía desconectar mis auriculares imaginarios y hacer estallar la habitación. Dejé de respirar. El silencio era tan denso que casi se podía cortar con un cuchillo jamonero. El único sonido era el silbido constante y cadencioso de los pulmones de Marcos, el muy traidor, ajeno por completo al Armagedón inminente que se cernía sobre su cabeza.
La luz de la pantalla me iluminó la cara desde abajo, acentuando las ojeras y el pánico en mis ojos. En un acto de valentía impulsiva que rozaba la locura, moví el dedo índice sobre la pantalla, a punto de tocar el pequeño icono del teléfono, en la esquina superior derecha del chat.
“Lo voy a llamar ahora mismo”, me dije a mí misma, apretando los dientes, con un hilillo de voz rabiosa que resonó en el silencio de la madrugada. “Voy a darle al botoncito de la llamada de WhatsApp y voy a poner el altavoz. Y la voy a despertar, y le voy a decir: ‘Mira, guapa, perdona que te interrumpa el sueño de belleza, pero el señorito ‘Te extraño’ está ahora mismo a mi lado, babeando sobre mi almohada viscoelástica y oliendo a Doritos porque no se ha lavado los dientes antes de su coma etílico-soporífero. Así que te lo puedes quedar enterito. Te lo mando mañana por Seur con cobro a destino, y te incluyo la freidora de aire de regalo'”.
Ese era mi plan. Brillante, devastador, cinematográfico. Sentí una ola de poder corriendo por mis venas. Tenía el control. Yo era la protagonista de mi propia serie de venganza. Iba a destapar la mentira y a salir por la puerta grande, digna, empoderada, con mi pijama de ositos pero con la cabeza muy alta.
Pero el dedo se quedó paralizado a un milímetro del icono de llamada. El pánico escénico me asaltó de repente. ¿Y si ella contestaba enseguida? ¿Y si no era la del crossfit de Alicante? ¿Y si era una compañera de trabajo súper guapa, de esas que van siempre en tacones y con el pelo de peluquería, y yo iba a sonar por el altavoz como una desquiciada despeinada a las tres de la mañana, con la cara embadurnada en retinol, soltando sapos y culebras? ¿Y si él se despertaba con el sonido de los tonos de llamada y me pillaba in fraganti, con su móvil en la mano, violando su intimidad y montando un circo romano en nuestra habitación?
“Clara, piensa”, me susurró mi conciencia, intentando apaciguar a la bestia. “Si la llamas ahora, le das la ventaja a ella. Quedas como la histérica. No, no. Lo mejor que puedes hacer es despertar a Marcos. Despiértalo. Sacúdelo por los hombros hasta que se le salgan los dientes postizos que no tiene, y plántale el móvil en la cara. Que te lo explique él. Que se trague su propia mentira, medio dormido y desorientado. Sí, esa es la estrategia.”
Giré la cabeza lentamente hacia la derecha, bajando el teléfono pero sin bloquear la pantalla, para mirar el rostro plácido de mi novio. Estaba a punto de desencadenar la Tercera Guerra Mundial en ochenta metros cuadrados. Mi mano izquierda, libre de tecnología, se alzó en el aire, tensa, curvándose en forma de garra, lista para agarrar el hombro de Marcos y zarandearlo con la fuerza de un huracán de categoría cinco.
—Marcos —susurré, con voz grave, cargada de un veneno que derretiría el asfalto.
Él no se inmutó. Su respiración ni siquiera cambió de ritmo. Hizo un ruidito con la boca, una especie de “smack, smack” característico de cuando sueña que está comiendo algo rico, y se rascó distraídamente la barriga por debajo de la camiseta.
La imagen era tan patética y tierna a la vez que, por un microsegundo, la duda me asaltó. “¿Cómo puede este señor, que se pierde yendo en coche al Carrefour de nuestro propio barrio, tener la capacidad organizativa y la astucia mental para mantener una aventura amorosa?”, me pregunté. Marcos es el tipo de hombre que pone a lavar la ropa blanca junto con un calcetín rojo y acaba llorando porque todas sus camisas de la oficina son rosa fucsia. Es un chico que necesita que le envíe un mensaje a las doce de la mañana para recordarle que saque la carne del congelador o de lo contrario cenaremos hielo picado. ¿En qué momento de su caótica y despistada existencia iba a encajar una amante? ¿Entre el partido de pádel y sus partidas al FIFA con los amigos online? ¡Si ni siquiera sabe mentir cuando me dice que no se ha comido mis galletas de chocolate porque le delatan las migas en la comisura de los labios!
Pero luego, la realidad implacable de la pantalla luminosa volvió a golpear mi ego. “Te extraño…”. Las palabras estaban ahí. La evidencia empírica no entiende de despistes ni de calcetines rojos en la colada. Los criminales más tontos son los que más fácil caen, ¿no? Pues yo lo acababa de pillar in fraganti. El asesino, con el arma humeante en la mano (o más bien, el iPhone brillante en la cama).
—Marcos, despierta. Joder, despierta, que la tenemos montada —volví a susurrar, esta vez más alto, acercando mi mano a su hombro.
Justo cuando mis dedos estaban a punto de clavarse en su carne a través de la camiseta del pijama para arrancarlo de su siesta comatosa y obligarle a enfrentarse al Tribunal Supremo de Clara, ocurrió el giro argumental que hizo que toda mi película mental de suspense, venganza y división de bienes gananciales se desmoronara como un castillo de naipes en medio de un ventilador.
Marcos, en la cima de su fase REM, hizo otro de esos movimientos bruscos e involuntarios típicos de cuando sueñas que te caes por un precipicio. Su pierna derecha dio una coz brutal contra el nórdico, su brazo izquierdo se agitó en el aire buscando un punto de apoyo y, en ese espasmo espasmódico y ridículo, su mano grande, pesada y torpe como un martillo de demolición, golpeó mi brazo derecho. El brazo que sostenía el teléfono móvil.
El impacto no fue fuerte, pero sí lo suficientemente certero como para desestabilizar mi agarre de cirujano. El iPhone se me resbaló de los dedos, dio un giro de 180 grados en el aire, rozó mi nariz y aterrizó de espaldas sobre mi muslo. Solté un gritito sordo, ahogado, aterrorizada de que el golpe contra mis piernas lo hubiera despertado.
Pero Marcos, tras el espasmo, volvió a quedarse totalmente inmóvil, sumiéndose en un letargo aún más profundo si cabe. Respiré aliviada. Vale, no lo había despertado. El factor sorpresa seguía intacto.
Con el corazón todavía latiendo a trescientas pulsaciones por minuto, bajé la mirada hacia mis piernas. El teléfono estaba boca arriba. La pantalla seguía encendida. Sin embargo, en el caos del pequeño accidente doméstico, mi propio pulgar había chocado contra la pantalla al intentar atrapar el aparato al vuelo. Y ese toque accidental había producido un milagro tecnológico o una maldición, según se mire. Mi dedo había rozado la pantalla de abajo hacia arriba, haciendo scroll en el historial del chat.
Es decir, el mensaje de “Te extraño…” no era el último mensaje del chat. Era solo la primera parte de una frase que Marcos había escrito, y mi cerebro traumatizado, al ver solo lo que quedaba enmarcado por el límite inferior de la pantalla y el teclado todavía desplegado, no se había dado cuenta de que había más texto debajo. El golpe había ocultado el teclado y deslizado la conversación para revelar el mensaje completo que acababa de enviar.
Mis ojos, muy abiertos e inyectados en sangre, enfocaron las palabras que aparecían justo debajo, en el mismo globo de texto verde, formando una única oración enviada a las 02:04 AM.
Te extraño…
…mamá 😭
Y justo debajo de ese, otro mensaje, enviado un segundo después, que decía:
hazme un tupper de croquetas el domingo porfa que la vida de adulto es un asco y el brócoli de clara sabe a tristeza. te quiero.
PARTE 4: La descompresión, el tupper de la salvación y la gran reflexión sobre la siesta
Me quedé mirando el teléfono durante lo que me parecieron tres años bisiestos. Leí y releí el mensaje cinco veces. Seis. Siete. “Te extraño… mamá 😭. hazme un tupper de croquetas el domingo porfa que la vida de adulto es un asco y el brócoli de clara sabe a tristeza. te quiero.”
La tensión de mi cuerpo, que estaba tensa como la cuerda de un arco a punto de disparar una flecha incendiaria, desapareció de un plumazo. Literalmente, sentí cómo toda la energía bélica, el instinto asesino, la indignación justiciera y la furia de los mil demonios se evaporaban en el aire acondicionado de la habitación. Fue como si alguien hubiera cogido un globo gigante a punto de reventar y le hubiera quitado el nudo despacito, dejando salir el aire con un silbido ridículo y prolongado: fiiiiiiiiiiiiiiiiush.
Me dejé caer de espaldas contra mi almohada, con los brazos en cruz, soltando el móvil sobre la cama como si quemara. Exhalé el aire que llevaba conteniendo desde hacía al menos diez minutos.
—Madre del amor hermoso —susurré para el techo blanco de la habitación, con una mezcla de alivio monumental, vergüenza ajena incalculable y unas ganas terribles de reírme a carcajadas o de llorar, o ambas cosas a la vez—. Casi termino la relación, cancelo la boda que ni siquiera tenemos, traumatizo al perro y divido los muebles de Ikea… por nada. Literalmente por nada. Porque mi novio, el señor Don Marcos de treinta y dos años con pelos en las piernas, ha tenido un sueño de angustia vital a las dos de la mañana y echaba de menos las croquetas de cocido de su señora madre.
El alivio era tan inmenso que me entraron unos calores repentinos. Me pasé la mano por la frente y estaba perlada de un sudor frío, producto del estrés postraumático autoinducido. Todo el castillo de terror, intriga y traición que mi cerebro había construido con maestría arquitectónica se había venido abajo por culpa de unas simples y maravillosas croquetas maternas.
Giré la cabeza hacia Marcos. Ahí estaba él. Mi supuesto Hannibal Lecter de las infidelidades emocionales. Mi Don Juan de extrarradio que iba partiendo corazones a las tres de la madrugada. El pobre desgraciado, medio sonámbulo, agobiado por las responsabilidades de la vida adulta, las facturas, el trabajo y mi insistencia en que cenáramos verduras hervidas de lunes a jueves para “cuidarnos”, se había despertado en un limbo de semiconsciencia, había agarrado el móvil, y en lugar de buscar consuelo en los brazos de una joven y lozana amante del pádel, había acudido a la única mujer que nunca le falla: su madre, la Mari Carmen.
Y no solo le confesaba su amor filial con emojis de llanto dramático, sino que de paso me metía una puñalada trapera criticando mi brócoli al vapor. “El brócoli de Clara sabe a tristeza”. ¡Qué cabrón! Quise enfadarme por eso. De verdad lo intenté. Pensé: “Será desagradecido el tío, con lo que me esmero yo en echarle pimienta negra y un chorrito de aceite de oliva virgen extra para que esa verdura del demonio pase por la garganta”. Pero no pude. No podía enfadarme. Después de haberme mentalizado para lidiar con unos cuernos de campeonato, que mi novio dijera que mi brócoli estaba soso era un regalo divino. Era un piropo a nuestra relación.
“Ay, qué imbécil soy”, me dije, riéndome por lo bajo, un sonido ronco y ahogado que me salió desde las entrañas, tapándome la boca con las dos manos para no despertar a la fiera. Si es que las mujeres tenemos una capacidad innata para montarnos unas películas dignas de ganar ocho premios Goya. Spielberg a nuestro lado es un aprendiz, un aficionado. Yo sola, en quince minutos, había creado un thriller psicológico con introducción, nudo, clímax a punto de llamar por teléfono, y resolución. Y todo por sacar de contexto un mensaje a medias.
Con mucho cuidado, para no tentar más a la suerte, volví a coger el móvil de Marcos. Salí de la conversación con la Mari Carmen, bloqueé la pantalla pulsando el botón lateral y devolví el aparato a la mesilla de noche de su lado de la cama. Lo enchufé al cargador, asegurándome de que el icono verde de la batería parpadeara. Le di un golpecito cariñoso en el hombro a Marcos y le arropé un poco con el nórdico, tapándole ese trocito de espalda que siempre se le queda al aire y por el que luego se resfría quejándose como si tuviera peste bubónica.
Me acomodé en mi lado de la cama, enterrando la cara en mi almohada. El silencio de la habitación, que antes me parecía opresivo y lleno de secretos inconfesables, volvió a resultarme acogedor. El ronquido de Marcos, que hace veinte minutos sonaba como la marcha imperial de Darth Vader, ahora me parecía la nana más dulce y tranquilizadora del mundo. Estaba aquí, conmigo. Era despistado, un poco quejica con la verdura, adicto a los tuppers de su madre, pero era mío. No había ninguna chica de crossfit, ni ninguna compañera de Recursos Humanos robándome a mi chico en la madrugada. Solo había un exceso de drama en mi cabeza, mucho tiempo libre insomne y el peligroso brillo de las pantallas en la oscuridad.
Mientras cerraba los ojos, sintiendo por fin que el sueño empezaba a pesar en mis párpados, una última reflexión cruzó por mi mente, agotada tras la montaña rusa emocional. Volví al principio de toda esta desgracia. Al punto de inflexión que había originado el apocalipsis: la maldita frase de las siete y media de la tarde.
“Solo veinte minutillos, que estoy reventado del curro. Una siestita rápida, cierro los ojos y me levanto como nuevo”.
Sonreí en la oscuridad. Es una mentira universal. El mayor engaño colectivo de la humanidad, junto con el “mañana empiezo el gimnasio en serio” y el “solo me tomo una caña y me voy a casa”. No existen las siestas de veinte minutos. Son un mito, un holograma, una leyenda urbana. O no duermes nada, o te metes en un bucle temporal que te arrastra a través de las horas hasta hacerte despertar a las tres de la mañana mendigando croquetas a tu madre por WhatsApp mientras tu novia casi prepara las maletas y redacta un convenio regulador para la custodia del perro.
Mañana, cuando suene el despertador a las siete de la mañana y Marcos abra los ojos desorientado, con la marca de la almohada surcándole la mejilla, le preguntaré qué tal le ha sentado su “power nap”. Y sobre todo, le diré que el domingo vamos a comer a casa de su madre, a ver si así supera su trauma infantil con el brócoli y nos ahorramos más sustos nocturnos.
Decidme la verdad, entre nosotras, que estamos en confianza. ¿Tú también te montas estas películas a las tres de la mañana y reaccionas así de intensa cuando te falta el sueño, o me lo tengo que mirar en un especialista? Porque yo creo que a partir de ahora, antes de pedir la custodia de la freidora de aire, voy a hacer scroll en el chat hasta el final. Por si acaso.