Posted in

La tortilla de la discordia y el iPhone de última generación

Untitled design - 1

Parte 1: La tortilla de la discordia y el iPhone de última generación

Mira que yo no soy de las que van por ahí buscando tres pies al gato. Bastante tengo ya con intentar entender mi propia vida como para ponerme a investigar la de los demás. Soy Elena, arquitecta técnica por fuera y un manojo de inseguridades con patas por dentro. Vivo en un piso de Chamberí que es básicamente un pasillo largo con ventanas al patio de luces donde la vecina del tercero cocina coliflor tres veces por semana. Y allí estaba yo, un martes cualquiera, disfrutando de lo que yo pensaba que era la estabilidad sentimental absoluta con Damián.

Damián es… bueno, Damián es perfecto. Es ese tipo de hombre que no solo sabe lo que es el “pesto rosso”, sino que además lo hace a mano con un mortero que trajo de un viaje a Sicilia. Es ordenado, me escucha cuando me quejo del jefe de obra y, lo más importante en este país: siempre echa la cantidad justa de cebolla a la tortilla de patatas. Llevamos dos años juntos y, hasta anoche, mi mayor preocupación era si él algún día se cansaría de que yo me dejara siempre los calcetines hechos una pelota al lado del sofá.

Estábamos terminando de cenar. La noche anterior habíamos celebrado nuestro “no-aniversario” (una excusa para abrir una botella de vino caro que nos regalaron en Navidad) y Damián se había lucido con una cena de esas que merecen ser publicadas en Instagram con cincuenta hashtags de comida sana.

—Nena, pásame el móvil, que el mío se ha quedado sin batería y quería enseñarle a mi madre la foto de la tarta que hicimos anoche —me dijo él, mientras recogía los platos con esa eficiencia germánica que a veces me pone nerviosa.

—Claro, toma, está en la encimera —respondí yo, sin darle importancia.

Pero claro, mi móvil, un modelo de hace cuatro años que tiene la pantalla más estallada que una vidriera de la catedral de León, decidió en ese momento apagarse. Murió. Kaputt. Así que, movida por esa curiosidad técnica de “quiero ver esa foto en buena resolución”, agarré el suyo. El suyo es un iPhone 15 Pro Max que brilla tanto que parece que emite su propia luz divina.

Damián no tiene contraseña. O mejor dicho, usa el reconocimiento facial, pero como estábamos uno al lado del otro, se desbloqueó solo. Entré en la galería. Fotos de nosotros, fotos de su perro “Curro”, fotos de planos de ingeniería… y ahí estaba la foto de la tarta. Estaba a punto de enviármela a mí misma cuando, por un error del destino (o del dedo gordo, que también cuenta), deslicé la pantalla hacia arriba y salí de la galería.

Apareció el menú principal. Y ahí, con ese iconito verde que es la perdición de la humanidad moderna, estaba el WhatsApp. Tenía un “1” en rojo.

Yo no soy una cotilla. De verdad. Siempre he dicho que mirar el móvil de tu pareja es como abrir la caja de Pandora pero sin los efectos especiales chulos. Pero lo que vi no fue un mensaje nuevo, sino que, al entrar para cerrarlo, mis ojos se clavaron en la parte superior de la lista de chats.

“Archivados (1)”.

Damián es un tipo que borra hasta los mensajes del grupo de “Vecinos del Garaje”. No archiva nada. Él es de “o sirve o se borra”. Así que, por puro instinto de supervivencia urbana, pulsé en la carpeta.

Se me cayó el alma a los pies. Y el estómago. Y probablemente un par de neuronas.

Allí había un solo chat. El nombre del contacto no era una persona. Era un emoji: un corazón rojo ❤️ y nada más. Ni nombre, ni apellidos, ni “Paco Reformas”. Solo el corazón.

Me quedé helada. En Madrid, cuando algo te da un vuelco, decimos que “se te ha quedado la cara de acelga”. Pues yo era una plantación entera de acelgas en ese momento. Sentí un sudor frío bajándome por la nuca, ese que solo sientes cuando te llega una carta certificada de Hacienda o cuando te das cuenta de que te has dejado el horno encendido y estás a cien kilómetros de casa.

—¿Elena? ¿Has encontrado la foto? —gritó Damián desde la cocina, mientras se oía el chorro del agua del grifo.

—Sí… sí, espera, que el wifi va lento —mentí. Mi voz sonó como si hubiera tragado un puñado de arena.

Con el pulso como si me hubiera tomado seis cafés de máquina seguidos, abrí el chat archivado. No quería, pero mis dedos tenían vida propia. Y lo primero que leí, la frase que encabezaba la conversación, escrita a las 9:14 de la mañana de hoy, fue:

“Anoche fue perfecto… como siempre ❤️”.

Read More