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La sonrisa industrial y el inventario de las soledades

Parte 1: La sonrisa industrial y el inventario de las soledades

Mira que yo no soy de las que se quejan por vicio. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como intentar meter un piano de cola en un brik de leche mientras un taxista te pita en triple fila porque estás bloqueando un carril bus en la calle Pez—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el grafeno va a salvar el mundo mientras se le cae el langostino en el regazo y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónoma en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ya la quisieran los espartanos. Pero lo que no te enseña nadie, ni en la facultad de Diseño, ni en los tutoriales de YouTube, ni en las charlas de café de la Plaza del Dos de Mayo, es a gestionar la erosión del alma que produce el tener que fabricar felicidad en serie durante ocho horas seguidas.

Todos dicen que siempre me veo feliz.

Es la frase que más escucho, junto con “ponme otra caña, nena” y “¿me pasas el datáfono, que me quiero ir antes de que me arrepienta?”. Me lo dice la vecina del cuarto cuando me cruzo con ella en el ascensor a mediodía, con mis ojeras de mapache y mi cara de no haber dormido ni en esta vida ni en la anterior. Me lo dicen los clientes fijos del “Gota Ámbar”, esos que creen que porque me saben el nombre de pila y yo les pongo la marca de ginebra que les gusta sin que me la pidan, ya tienen un pase VIP a mi intimidad. “Es que tú siempre estás de buen humor, Elena”, dicen con esa ligereza de quien no tiene que lidiar con un tacón de doce centímetros clavado en el metatarso y una faja que le impide procesar el oxígeno con normalidad.

Y es verdad. Sonrío todo el tiempo. Pero no es una de esas sonrisas que te salen del corazón cuando ves a un perro salchicha con un jersey de lana o cuando encuentras un billete de diez euros en el bolsillo de una chaqueta que no usabas desde el invierno pasado. No. Mi sonrisa es un producto industrial, fabricado en Madrid con estándares de calidad altísimos y un control de calidad férreo. Es una sonrisa de resistencia, una armadura de esmalte y labial rojo “sangre de toro” que me pongo a las ocho de la tarde y que no me quito hasta que el último rezagado ha salido por la puerta de cristal y yo echo el cierre de la persiana metálica.

Trabajo en el “Gota Ámbar”, un local de esos que intentan ser sofisticados en una bocacalle de Chamberí, donde el aire huele a perfume de mil euros mezclado con ese aroma a fritanga rancia que se escapa de la tasca de al lado. Es un sitio de luces bajas, terciopelo azul que ha visto tiempos mejores y música jazz de esa que suena a “estoy muy triste pero mi cuenta bancaria es un espectáculo”. Mi función, según mi contrato —si es que se le puede llamar así a ese papel que firmé con más fe que esperanza—, es la de hostess. Pero la realidad es que soy la guardiana de las apariencias, la encargada de que el decorado no se caiga mientras los clientes se beben sus frustraciones a treinta pavos el combinado.

—Vaya tela, Elena, hoy pareces un ángel caído del cielo —me soltó el otro día Don Ramiro, un habitual que huele a puro y a inmobiliaria antigua—. Con esa sonrisa tuya, hasta el lunes parece un viernes de puente.

—Don Ramiro, es que si no sonriera, Madrid se quedaría a oscuras —le contesté, disparando la sonrisa reglamentaria número cuatro: la que es brillante pero no invita a la conversación larga.

Porque ser bonita en esta ciudad es un arma de doble filo, nene. Ser bonita me consiguió dinero. Me consiguió este curre donde las propinas a veces son más altas que el salario base solo porque sé cómo inclinar la cabeza cuando un ejecutivo de la Castellana me cuenta sus penas por la caída del IBEX. Me consiguió que el portero de la discoteca de moda me deje pasar sin hacer cola y que el del taller me arregle la moto antes que a nadie por “pura cortesía”. Pero también me consiguió que nadie me tome en serio. Para el mundo que frecuenta el “Gota Ámbar”, soy un adorno con pestañas postizas. Soy la chica que siempre está bien, la que nunca tiene un mal día, la que es capaz de aguantar el tipo mientras Madrid se desmorona a su alrededor.

Sin embargo, el teatro tiene un precio de entrada carísimo. Y el precio se paga cuando cruzo el umbral de mi piso de treinta metros cuadrados en Malasaña. En ese momento, cuando la llave gira en la cerradura y el silencio me golpea la cara como una bofetada de aire frío, la máscara se desintegra en un segundo. Me quito los tacones con un quejido que resuena en todo el hueco de la escalera, tiro el bolso en el sofá de segunda mano y me miro en el espejo del pasillo, el que tiene una mancha de humedad en la esquina superior derecha que parece el mapa de las Azores.

Pero nadie escucha cómo lloro al llegar a casa.

No es un llanto dramático de esos de película de sobremesa, con música de violines y una lágrima perfecta rodando por la mejilla. Qué va. Es un llanto seco, de puro agotamiento nervioso. Es el sonido de los músculos de mi cara relajándose después de haber estado en tensión durante ocho horas, como un elástico que ha estado a punto de romperse. Es la soledad inmensa de darte cuenta de que has estado rodeada de gente toda la noche y que nadie, absolutamente nadie, ha visto a la Elena real. Todos han visto a “la chica del bar”, a la “cara bonita de Chamberí”, a la sonrisa que no hace preguntas incómodas.

Me quito el maquillaje con saña, como si quisiera arrancar la piel de la impostora. Debajo del rímel y la base de alta cobertura, aparece la Elena de verdad: la que se preocupa por si el casero le va a subir el alquiler otros cien euros, la que tiene miedo de que el éxito en Madrid sea solo una burbuja de jabón, la que se siente más sola que la una en mitad de una ciudad de tres millones de personas.

Ser bonita me dio el dinero… pero nunca me consiguió amor real.

Porque en la noche madrileña, el amor es algo gaseoso que se evapora con la primera luz del alba sobre la Puerta de Alcalá. Los hombres no se enamoran de mí; se enamoran de la forma en que les miro cuando fingen que son importantes. Se enamoran de la ficción que les vendo para que la noche sea más llevadera. Se enamoran de la sonrisa industrial, pero huyen de la Elena que tiene dudas, que tiene días de pijama y que no sabe qué hacer con su vida.

Aquel martes de noviembre, Madrid estaba especialmente insoportable. Había llovido de esa forma traicionera que deja el suelo como una pista de patinaje y los taxis se habían extinguido como si hubiera caído un meteorito en la estación de Atocha. El bar había estado lleno de gente ruidosa, de esa que cree que por gritar más va a tener más razón en sus argumentos de barra de bar. Estaba agotada. Tenía la mandíbula tan rígida que sentía que se me iba a quedar la cara de porcelana para siempre.

Ya iba a cerrar el bar.

Eran las tres y cuarto de la mañana y ya había echado el cierre de la persiana metálica hasta la mitad, dejando fuera el frío de la calle. Borja, el barman, ya se había ido a su casa en Alcorcón, dándome un beso rápido y dejándome con la tarea de recoger los cristales rotos de la noche y hacer la caja. El silencio del local era denso, roto solo por el zumbido de la cámara frigorífica y el goteo de un grifo que no terminaba de cerrar bien. El neón azul del logo parpadeaba, proyectando sombras extrañas sobre el suelo de madera que yo acababa de fregar.

Estaba en ese momento de paz absoluta, ese limbo entre el curre y la libertad de mi sofá, frotando la barra de mármol con un trapo blanco con una saña casi terapéutica.

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