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La nueva usaba mi Netflix… y todavía la pagaba yo

**PARTE 1**

El amor en el siglo veintiuno es una trampa administrativa.

Cuando te enamoras, no sólo compartes fluidos y secretos de la infancia.

Compartes datos.

Compartes ancho de banda.

Compartes un ecosistema digital que se entrelaza de una forma mucho más íntima que cualquier matrimonio religioso.

Y cuando todo se va al garete, la separación física es la parte fácil.

Repartir los libros es sencillo.

Tú te quedas con la colección de Stephen King, yo me llevo los de Murakami.

Repartir los muebles de IKEA tiene su lógica.

El sofá KIVIK para ti, la estantería BILLY para mí.

Incluso decidir quién se queda con la custodia del gato tiene un proceso legal o emocional claro.

Pero, ¿qué pasa con el ciberespacio?

¿Qué pasa con la nube?

Ahí es donde empieza la verdadera guerra fría de las rupturas modernas.

Yo compartía Netflix con mi ex.

Era un acuerdo tácito, nacido en los meses de vino y rosas de nuestra relación.

Recuerdo perfectamente el día que vinculamos nuestros destinos catódicos.

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