**PARTE 1**
El amor en el siglo veintiuno es una trampa administrativa.
Cuando te enamoras, no sólo compartes fluidos y secretos de la infancia.
Compartes datos.
Compartes ancho de banda.
Compartes un ecosistema digital que se entrelaza de una forma mucho más íntima que cualquier matrimonio religioso.
Y cuando todo se va al garete, la separación física es la parte fácil.
Repartir los libros es sencillo.
Tú te quedas con la colección de Stephen King, yo me llevo los de Murakami.
Repartir los muebles de IKEA tiene su lógica.
El sofá KIVIK para ti, la estantería BILLY para mí.
Incluso decidir quién se queda con la custodia del gato tiene un proceso legal o emocional claro.
Pero, ¿qué pasa con el ciberespacio?
¿Qué pasa con la nube?
Ahí es donde empieza la verdadera guerra fría de las rupturas modernas.
Yo compartía Netflix con mi ex.
Era un acuerdo tácito, nacido en los meses de vino y rosas de nuestra relación.
Recuerdo perfectamente el día que vinculamos nuestros destinos catódicos.
Estábamos tirados en la cama, un domingo por la tarde, rodeados de migas de cruasán.
Hacía frío fuera y nuestro mayor problema era decidir entre un thriller nórdico o una comedia absurda.
Saqué mi tarjeta de crédito con la arrogancia de quien invita a una ronda en el bar.
“Yo lo pago”, dije, sintiéndome un magnate de la tecnología.
“Tú sólo preocúpate de hacer palomitas”.
Creamos los perfiles.
Uno con mi nombre, adornado con un avatar de un superhéroe genérico.
Otro con su nombre, con un avatar de un pingüino.
Había un tercer perfil, llamado “Invitados”, que nunca nadie usó pero que daba una falsa sensación de tener una vida social activa.
Éramos felices en nuestra burbuja de píxeles y suscripciones mensuales.
Pero el amor, como las buenas series, a veces se cancela tras la tercera temporada.
Nuestra cancelación no fue dramática.
No hubo gritos bajo la lluvia ni platos volando por la cocina.
Fue un desvanecimiento lento, una muerte por mil cortes de monotonía y falta de comunicación.
Un martes cualquiera, sentados a la mesa, nos miramos y supimos que los créditos finales estaban rodando.
Recogió sus cosas en cajas de cartón.
Devolvió sus llaves del piso.
Nos dimos un abrazo incómodo en el rellano, de esos en los que no sabes dónde poner las manos.
Y se fue.
La puerta se cerró.
El silencio inundó el apartamento.
Yo me quedé allí, solo, respirando el aire que de repente parecía más pesado.
Habíamos terminado.
Oficialmente, éramos historia.
Pero extraoficialmente, seguíamos compartiendo la cama virtual de la plataforma de streaming.
Los primeros días tras la ruptura, encender la televisión era un ejercicio de masoquismo.
La interfaz de inicio era un campo minado de recuerdos.
El algoritmo, ese ente sin corazón ni tacto, no sabía que habíamos roto.
Me seguía recomendando “Series románticas para ver en pareja”.
Me escupía a la cara comedias románticas que habíamos planeado ver el fin de semana siguiente.
Pero lo peor no era el algoritmo.
Lo peor era su perfil.
El maldito pingüino seguía ahí.
Intacto.
Sonriéndome desde la pantalla plana de cincuenta pulgadas.
Yo me quedaba mirándolo durante minutos enteros antes de seleccionar mi propio perfil.
Era como tener una fotografía suya pegada con celo en la nevera, pero que además costaba dinero cada mes.
Podía ver cómo su porcentaje de visualización avanzaba en sus series.
Sabía que los martes por la noche veía documentales de asesinos en serie.
Sabía que los domingos por la mañana se ponía episodios antiguos de *Friends* de fondo.
Seguía conociendo sus rutinas de ocio íntimo.
Estábamos separados por kilómetros de distancia en la ciudad de Madrid.
Pero en el servidor de California, nuestros avatares seguían durmiendo puerta con puerta.
Era una situación enfermiza.
Un cordón umbilical de fibra óptica que me negaba a cortar.
O que, simplemente, no sabía cómo cortar sin parecer un psicópata rencoroso.
Porque en el manual de las buenas rupturas modernas, ser mezquino con las contraseñas está muy mal visto.
Se supone que tienes que ser maduro.
Se supone que tienes que desearle lo mejor.
Y aparentemente, desearle lo mejor incluye financiarle el visionado de la sexta temporada de *Black Mirror*.

**PARTE 2**
Nunca cambié la contraseña.
Lo pensé, claro que lo pensé.
Cientos de veces.
Cada mes, cuando llegaba la notificación del banco.
“Cargo de Netflix: 15,99 euros”.
Ese mensaje de texto era como una pequeña puñalada en mi orgullo financiero.
Dieciséis euros no te sacan de pobre, es verdad.
Pero dieciséis euros dan para un menú del día decente.
Dan para tres cervezas bien tiradas en una terraza de La Latina.
Y yo los estaba invirtiendo en el bienestar audiovisual de la persona que me había dejado de querer.
Pero la cobardía es un sentimiento muy poderoso.
Más poderoso que el ahorro.
Me imaginaba el escenario si decidía cambiar la clave.
Yo entrando en los ajustes de la cuenta.
Borrando la contraseña antigua, que por cierto era una combinación ridícula del nombre de su perro y mi año de nacimiento.
Tecleando una contraseña nueva, algo hostil y hermético.
Dándole a “Cerrar sesión en todos los dispositivos”.
Ese es el botón nuclear.
El botón que expulsa a todos los intrusos a las tinieblas exteriores de la televisión en abierto.
Imaginaba el momento exacto en el que eso ocurriría.
Tal vez ella estaría en su sofá, a punto de descubrir quién era el asesino en su serie de misterio favorita.
De repente, la pantalla se congelaría.
Un círculo rojo de carga daría vueltas.
Y aparecería el temido mensaje: “La contraseña ha sido modificada”.
¿Y luego qué?
Luego vendría el mensaje de WhatsApp.
Ese mensaje que me aterrorizaba más que enfrentarme a un león en un ascensor.
Me llegaría una notificación.
“Hola. Oye, ¿has cambiado la clave de Netflix?”.
¿Qué se contesta a eso?
Si dices que sí, quedas como un miserable pesetero.
Quedas como el ex despechado que no puede superar la ruptura y usa el control del streaming como venganza.
“Sí, la he cambiado, porque ya no estamos juntos y deberías pagarte tus propios vicios”.
Suena horrible.
Suena a villano de telenovela barata.
Si te inventas una excusa, quedas como un mentiroso patético.
“Ay, perdona, es que me hackearon desde Rusia y tuve que cambiarla por seguridad”.
Nadie se cree eso.
Ella sabría que era mentira.
Yo sabría que era mentira.
El mismísimo Mark Zuckerberg sabría que era mentira.
Por lo tanto, la inacción me pareció la estrategia más elegante.
La pasividad como forma de superioridad moral.
No quería discutir.
No quería tener una conversación sobre límites territoriales digitales.
Quería que mi vida fuera tranquila, aséptica y sin sobresaltos.
Me convencí de que mantener la cuenta compartida era un acto de generosidad suprema.
Un testimonio de lo increíblemente evolucionado que estaba.
“Miradme”, me decía a mí mismo en el espejo del baño, “soy tan buen tío que sigo pagándole las series a mi ex”.
“Soy el Ghandi de los servicios de suscripción”.
Pero en el fondo, sabía que era mentira.
No era generosidad, era evitación de conflictos en estado puro.
Mi terapeuta se habría hecho un chalé en la sierra sólo analizando mi incapacidad para pulsar el botón de “Cambiar contraseña”.
Así que pasaron los meses.
El otoño dio paso al invierno.
Las hojas cayeron de los árboles y las facturas siguieron llegando religiosamente.
Nuestra convivencia digital se había convertido en una danza silenciosa y fantasmagórica.
A veces, yo entraba en la cuenta y veía que ella estaba viendo algo.
A veces, el sistema me decía que había demasiados dispositivos conectados.
Esos días me tocaba esperar.
Me sentaba en mi propio sofá, pagando mi propia suscripción, y tenía que esperar a que mi ex terminara su capítulo para poder ver el mío.
Era humillante.
Era la definición de diccionario de ser un pringado.
Pero yo respiraba hondo, abría un libro y me decía que esto era lo que hacían los adultos.
Los adultos no pelean por contraseñas.
Los adultos fluyen.
Hasta que un día, el río dejó de fluir y se desbordó.
Fue a mediados de noviembre.
Uno de esos días en Madrid en los que el cielo es de un gris plomo aplastante.
Había llovido de forma intermitente, esa lluvia fina que te cala los huesos y te arruina los zapatos de ante.
Había tenido un día de perros en la oficina.
Mi jefe me había echado la bronca por un informe mal cuadrado.
El metro se había averiado en la línea seis, dejándome atrapado en un vagón con olor a humedad y frustración colectiva durante media hora.
Llegué a casa con los pies mojados y la moral por los suelos.
No tenía ganas de cocinar.
No tenía ganas de hablar con ningún ser humano.
Sólo tenía un objetivo en la vida.
Duchas de agua hirviendo.
Pijama de franela que ya ha perdido la dignidad.
Pedir comida tailandesa a domicilio, picante hasta hacer llorar.
Y sumergirme en un maratón de una serie sobre crímenes reales que me hiciera sentir que mi vida no era tan mala.
Todo estaba preparado.
El Pad Thai quemaba en su envase de cartón.
La manta estaba estratégicamente colocada sobre mis piernas.
Apagué la luz del salón para crear la atmósfera perfecta.
Era mi momento sagrado de evasión.
Agarré el mando a distancia con reverencia.
Apreté el botón rojo.

**PARTE 3**
La pantalla de mi televisión iluminó el salón a oscuras.
Ese brillo blanco y cegador de los primeros segundos.
Luego, la gran “N” roja se desplegó en el centro, como una alfombra de bienvenida al olvido.
El sonido característico resonó por los altavoces.
Ese “TUDUM” profundo que te avisa de que el mundo real se queda fuera.
Sonreí, sintiendo cómo la tensión de mis hombros empezaba a aflojarse.
Iba a ver al menos tres episodios seguidos.
Iba a olvidar el informe de mi jefe.
Iba a olvidar el frío de la calle.
La pantalla de carga desapareció y dio paso a la interfaz principal.
A la aduana de entrada.
La pantalla de “¿Quién eres?”.
O, como la plataforma lo formula: “¿Quién está viendo ahora?”.
Mi pulgar ya estaba posicionado sobre la flecha del mando a distancia.
Estaba listo para darle al “OK” sobre mi cara de superhéroe genérico.
Un movimiento mecánico, ensayado miles de veces.
Memoria muscular pura y dura.
Pero mi pulgar se detuvo en el aire.
Se quedó levitando a dos milímetros del botón de plástico.
Mi cerebro, que ya estaba en modo reposo, tardó unos segundos en procesar la información visual que mis ojos le estaban enviando.
Algo no encajaba en la geometría de la pantalla.
El equilibrio visual del menú principal se había roto.
Donde antes había tres cuadrados alineados en perfecta simetría…
Mi superhéroe a la izquierda.
Su maldito pingüino en el centro.
El inútil perfil de “Invitados” a la derecha.
Ahora había una asimetría perturbadora.
La pantalla estaba más llena.
Los iconos se habían hecho ligeramente más pequeños para acomodar a un nuevo integrante.
Parpadeé dos veces, pensando que quizás era una actualización del sistema.
A veces estas plataformas cambian la interfaz sin avisar y te vuelven loco.
Quizás habían metido un perfil patrocinado de alguna película nueva.
Me incliné hacia adelante en el sofá.
El envase de fideos tailandeses resbaló un poco sobre mis rodillas, amenazando con derramar salsa de soja sobre mi pijama.
Pero no me importó.
Toda mi atención estaba fijada en la pantalla LED.
Una noche entré a ver una serie.
Sólo quería ver asesinos en serie resolviendo acertijos macabros.
Y en su lugar, me encontré con un misterio mucho más aterrador en mi propio salón.
Había un perfil nuevo.
Un cuarto cuadrado.
Un intruso en mi santuario digital.
Mi corazón empezó a latir con una fuerza desproporcionada.
Es ridículo cómo un pequeño cuadrado de colores en una pantalla puede desatar una respuesta de “lucha o huida” en el sistema nervioso humano.
Mi respiración se aceleró.
Acerqué la cara a la pantalla como si fuera miope.
No, no era una actualización del sistema.
No era publicidad.
Era un perfil real, creado por un ser humano, con sus propios ajustes y su propio historial de visualización a punto de estrenarse.
El icono elegido para este nuevo invasor era una de esas caras sonrientes del catálogo clásico.
Una cara redonda, de color amarillo chillón, con una sonrisa que me pareció tremendamente cínica.
Me estaba burlando.
Ese muñeco amarillo con ojos de punto me estaba mirando fijamente y se estaba riendo de mi ingenuidad.
Mi mente empezó a trabajar a mil por hora.
¿Me habían hackeado?
Esa fue mi primera esperanza.
Ojalá fuera un pirata informático de un país remoto que vendía cuentas robadas en la dark web.
Prefería mil veces estar subsidiando el ocio de un cibercriminal anónimo en Europa del Este que la alternativa real.
Pero los hackers no suelen ser tan educados como para crearse su propio perfil.
Los hackers te cambian la contraseña y te echan, o usan tu perfil de forma sigilosa.
No añaden un miembro a la familia virtual con toda la tranquilidad del mundo.
Esto era un trabajo interno.
Alguien que tenía acceso legítimo a la cuenta había decidido invitar a un tercero a la fiesta.
Y el único ser vivo con acceso a esa cuenta, aparte de mí, era mi ex.
El pingüino.
Sentí una mezcla de indignación y de curiosidad enfermiza.
La curiosidad mató al gato, dicen.
En la era digital, la curiosidad no te mata, pero te destruye la autoestima a base de pantallazos.
Cogí el mando a distancia y usé las flechas de dirección.
Hice clic a la derecha.
Pasé por encima de mi superhéroe.
Hice clic otra vez.
Pasé por encima de su pingüino.
Hice clic una vez más.
El cursor blanco iluminó el cuadrado amarillo del intruso.
La cara sonriente se hizo un poco más grande al ser seleccionada.
El momento de la verdad había llegado.
Debajo de cada icono de perfil, la plataforma te permite escribir un nombre.
Normalmente, pones tu nombre de pila, un apodo cariñoso, o algo gracioso si tienes quince años.
Yo esperaba ver un nombre normal.
Un “Pablo”, un “Carlos”, un “Javier”.
Algo que confirmara mis sospechas de que mi ex había rehecho su vida y había decidido que su nueva pareja también merecía ver series de alta calidad a mi costa.
Habría dolido, sí.
Habría sido una bofetada de realidad.
Pero habría sido asimilable.
Habría sido una progresión lógica en el ciclo de la vida de un adulto moderno.
Me preparé mentalmente para leer un nombre masculino.
Me preparé para juzgar a ese hipotético “Carlos”.
Iba a imaginarme que “Carlos” era un tipo aburrido, que veía documentales sobre la Segunda Guerra Mundial y que no sabía hacer palomitas en el microondas sin quemarlas.
Pero el destino es un guionista mucho más cruel y retorcido que mi propia imaginación.
Mis ojos bajaron lentamente desde la cara amarilla hasta el texto blanco situado justo debajo.
Leí las letras.
Las volví a leer.
Las leí una tercera vez para asegurarme de que no estaba sufriendo un ictus.
La caja de fideos tailandeses cayó definitivamente al suelo.
La salsa oscura manchó la alfombra de Ikea.
Pero yo estaba paralizado, incapaz de apartar la mirada de la televisión.
El nombre del perfil no era Carlos, ni Pablo, ni Javier.
No era un nombre propio.
Era una declaración de guerra.

**PARTE 4**
El nombre del perfil era:
‘La nueva.’
La. Nueva.
Siete letras.
Un artículo determinado y un adjetivo calificativo.
Un sustantivo tácito que flotaba en el aire de mi salón como gas tóxico.
Me quedé mirando esas letras hasta que empezaron a perder su significado.
Lanueva.
La nueva.
¿La nueva qué?
¿La nueva novia?
¿La nueva amiga con derecho a roce?
¿La nueva compañera de piso que no quiere pagar su propia suscripción?
¿La nueva dueña de mis dieciséis euros mensuales?
Era de una audacia tan espectacular, tan absolutamente desvergonzada, que por un momento casi sentí admiración.
Casi.
Pero la admiración fue rápidamente aplastada por una ola de furia incandescente.
¡La nueva!
¿Quién tiene los ovarios, o los cojones, de bautizar un perfil en una cuenta robada como ‘La nueva’?
Es como entrar a robar a un banco, llevarte los lingotes de oro, y dejar una nota en la caja fuerte que diga: “Fui yo, y los lingotes quedan fenomenal en mi estantería”.
Es un insulto con premeditación y alevosía.
Empecé a caminar en círculos por el salón.
Pisoteé un fideo tailandés sin darme cuenta.
Me pasé las manos por el pelo, tirando de él, intentando procesar el nivel de falta de respeto al que me estaba enfrentando.
Vamos a analizar la situación psicológicamente.
Opción A: Mi ex creó el perfil.
Mi ex, la persona con la que compartí sábanas, confidencias y un plan de pensiones a medias que nunca abrimos.
Mi ex, sabiendo que yo pago religiosamente esta cuenta.
Decide que su nueva pareja necesita un espacio propio para ver sus series.
Y en un alarde de humor negro o de pasivo-agresividad patológica, la bautiza como ‘La nueva’.
Para que yo lo vea.
Para que yo, en mi patética soledad de martes por la noche, me entere no sólo de que ha pasado página, sino de que su nueva página tiene su propio avatar amarillo.
Opción B: Ella creó el perfil.
La nueva pareja.
La intrusa.
Mi ex le da las claves de mi cuenta.
“Toma cariño, métete aquí, que tengo Netflix gratis, paga mi ex”.
Y ella, en un acto de dominación territorial propio de un documental de National Geographic, entra en los ajustes.
Le da a “Añadir perfil”.
Y teclea con sus deditos usurpadores ‘La nueva’.
Para marcar territorio.
Para orinar virtualmente en mi esquina del ciberespacio.
No sé cuál de las dos opciones me hervía más la sangre.
Ambas implicaban que yo era el hazmerreír de una pareja feliz.
Yo era el ex tonto, el mecenas involuntario de su nidito de amor.
El cajero automático de sus noches de manta y peli.
La humillación era tan profunda que me faltaba el aire.
Me tiré al sofá de nuevo, ignorando la mancha del suelo.
Tenía que investigar.
El enfado se transformó en un trabajo de detective digno del FBI.
Si iba a ser humillado, al menos iba a recolectar pruebas.
Iba a saber quién era mi enemiga.
Apreté el botón “OK” del mando.
Entré en el perfil de ‘La nueva’.
La pantalla de carga dio vueltas un segundo y me sumergió en su mundo algorítmico.
Quería ver qué clase de bazofia audiovisual consumía esta usurpadora de identidades.
Quería juzgarla duramente por sus gustos televisivos.
Era mi única forma de venganza inmediata.
Su lista de “Seguir viendo” estaba vacía.
Claro, acababa de llegar.
Pero el algoritmo ya había empezado a hacerle recomendaciones basadas en vete a saber qué clics previos.
La primera recomendación era *Emily in Paris*.
Solté una carcajada amarga y solitaria que resonó en el salón.
Por supuesto.
Era una chica *Emily in Paris*.
Probablemente soñaba con pasear por Montmartre con una boina ridícula mientras alguien más le pagaba el cruasán.
Igual que alguien más le pagaba la cuenta del streaming.
Yo.
Seguí bajando por su panel.
Le recomendaban realities de gente buscando el amor en islas paradisíacas.
Le recomendaban películas románticas donde la protagonista se enamora de un príncipe que se hace pasar por panadero.
Todo era azúcar, colores pastel y finales felices.
Me dio asco.
Un asco profundo y existencial.
Mi ex, que solía ver documentales sobre psicópatas chechenos conmigo, ahora estaba con alguien que consumía televisión equivalente a algodón de azúcar.
El contraste era brutal.
Y la traición era aún mayor.
No sólo me había cambiado por otra.
Me había cambiado por otra con un gusto pésimo.
Y para colmo, yo estaba patrocinando esa regresión cultural.
Salí de su perfil apresuradamente, sintiendo que me había ensuciado las manos sólo por navegar por su interfaz.
Volví a la pantalla de selección.
Ahí estaban los cuatro jinetes del apocalipsis de mi dignidad.
Yo. El ex cobarde.
Él. El traidor ahorrador.
Invitados. El fantasma de la vida social.
Y La nueva. La emperatriz de la desfachatez.
Me quedé mirando el cuadro un buen rato.
El reloj de pared marcaba las diez y media de la noche.
Mi comida tailandesa estaba fría y esparcida por el suelo.
Mi noche de relax se había convertido en un thriller de terror psicológico.
Sentí una punzada de tristeza en medio de la rabia.
Este era el punto final real de nuestra relación.
No fue el día que se llevó las cajas.
No fue el día que devolvió las llaves.
Fue hoy.
Hoy, cuando el espacio virtual que una vez fue nuestro refugio privado fue invadido por una fuerza extranjera sonriente.
Se había roto el pacto tácito.
Se había cruzado la línea roja del respeto post-ruptura.
Habían abusado de mi pacifismo diplomático.
Confundieron mi aversión al conflicto con estupidez.
Y eso era algo que no podía permitir.
No iba a tolerar ser el cornudo apaleado de la era digital.
**PARTE 5**
Y seguía usando mi cuenta.
Porque mientras yo sufría mi pequeña crisis existencial y recogía fideos del suelo con papel de cocina, algo ocurrió en la pantalla.
Bajo el despreciable avatar amarillo de ‘La nueva’, apareció un pequeño texto gris.
Un texto sutil, pero letal.
“Viendo ahora”.
Estaban dentro.
En ese preciso momento, en algún lugar de la ciudad, en un sofá que no era el mío.
Estaban acurrucados.
Quizás compartiendo una manta de tacto suave.
Quizás bebiendo una copa de vino.
Estaban usando mi ancho de banda, mis datos, mi dinero, para iniciar su ritual de apareamiento frente al televisor.
La sangre me latía en las sienes con tanta fuerza que casi podía escucharla.
La insolencia era astronómica.
Me imaginé la escena.
Él abriendo la aplicación.
Ella señalando la pantalla.
“Ay, mira, he creado mi propio perfil, qué mono, ¿verdad?”.
Él riéndose, quitándole importancia.
“Qué graciosa eres, cielo, pon lo que quieras”.
Con mi tarjeta de crédito sudando sangre en el servidor central.
Ya no había espacio para la tristeza.
Ya no había melancolía por lo que fue y ya no será.
Sólo quedaba un sentido primitivo de justicia territorial.
Me levanté del sofá de un salto.
Tiré el papel de cocina manchado a la papelera.
Fui directo al ordenador portátil que descansaba sobre la mesa del comedor.
Lo abrí con un golpe seco.
La pantalla me deslumbró.
Tecleé la dirección de Netflix en el navegador con la furia de un pianista trastornado.
Entré en la cuenta.
Fui directamente a la sección de “Cuenta y Configuración”.
Mi pulso era firme.
Mi mente estaba más clara de lo que había estado en meses.
Había llegado el momento de ser el villano.
O el héroe de mi propia historia, dependiendo de cómo lo mirases.
Desplegué el menú de opciones.
Primero, me detuve sobre “Gestionar perfiles”.
Por un momento, un pensamiento perverso y mezquino cruzó mi mente.
Podía entrar en el perfil de ‘La nueva’.
Podía cambiarle el idioma a coreano.
Podía activar los subtítulos para sordos permanentemente.
Podía entrar en su historial y darle pulgar hacia abajo a todas las comedias románticas, y pulgar hacia arriba a documentales sobre enfermedades venéreas para destrozarle el algoritmo.
Podía convertir su experiencia de usuario en un infierno sutil y constante.
Sonreí ante la idea.
Fue una sonrisa oscura y satisfactoria.
Pero rápidamente deseché el plan.
Eso requeriría mantenimiento.
Requeriría seguir vinculado a ellos, espiándolos, dedicando mi energía vital a ser una molestia.
Y yo ya estaba muy cansado.
Estaba cansado de ser el anfitrión silencioso de una fiesta a la que no estaba invitado.
Volví al menú principal de configuración.
Fui directamente a la sección de “Seguridad”.
Hice clic en “Cambiar contraseña”.
El sistema me pidió la contraseña actual.
La combinación de su perro muerto y mi año de nacimiento.
La tecleé por última vez, sintiendo cómo me desprendía de una piel vieja y escamosa.
Luego, el campo de la nueva contraseña.
No iba a poner nada relacionado con mi vida.
No iba a poner “VeteALaMierda123”.
Demasiado infantil.
Quería algo frío, alfanumérico, un muro de hormigón impenetrable.
Generé una clave aleatoria de dieciséis caracteres con el ordenador.
Una mezcla incomprensible de mayúsculas, minúsculas, números y símbolos raros que ni yo mismo sería capaz de recordar sin apuntarla.
La pegué en el cuadro de texto.
La confirmé.
Justo debajo, había una pequeña casilla de verificación.
La casilla más hermosa que había visto en mi vida de adulto.
“Exigir a todos los dispositivos que vuelvan a iniciar sesión con la nueva contraseña”.
La marqué.
El pequeño check azul apareció en el cuadrado blanco.
Era como el seguro de un arma que se desactiva antes de disparar.
Me quedé mirando la pantalla del portátil, y luego miré hacia la televisión.
La televisión seguía mostrando la interfaz de selección de perfiles, pero con el letal “Viendo ahora” bajo el icono amarillo.
Estaban en medio de una escena.
Quizás el momento cumbre del primer episodio.
Quizás estaban a punto de besarse.
Tomé aire, inflando mis pulmones hasta el límite.
Y con el dedo índice, ejecuté la sentencia de muerte digital.
Apreté el botón de “Guardar”.
La página del navegador se refrescó.
Un mensaje verde apareció en la parte superior: “La contraseña ha sido actualizada”.
Inmediatamente, giré la cabeza hacia la televisión del salón.
Tardó unos tres segundos en reaccionar.

Fueron los tres segundos más gloriosos de mi existencia reciente.
La pantalla de la tele parpadeó.
El menú desapareció.
La imagen se fue a negro.
Apareció el temido círculo rojo de carga.
Giró y giró, como un buitre sobrevolando un cadáver.
Y entonces, el mensaje de error de red.
“Se ha cerrado la sesión. Por favor, vuelva a introducir sus credenciales”.
Bam.
Fuera.
Expulsados del paraíso de la alta definición.
Desterrados a la dura y fría realidad de la televisión pública, donde echan anuncios de colchones y tertulias a gritos.
Me eché a reír.
Una risa auténtica, gutural, que me salió del estómago.
Me imaginé el pánico en el otro sofá.
Me imaginé a mi ex cogiendo el mando, dándole a los botones frenéticamente.
Me imaginé a ‘La nueva’ preguntando: “¿Qué pasa, cari? ¿Se ha caído el internet?”.
Y me imaginé el sudor frío de mi ex al darse cuenta de lo que acababa de pasar.
El cajero automático se había cerrado.
La beca de ocio se había cancelado.
Esperé con el móvil en la mano.
Esperé el mensaje de WhatsApp.
Tardó exactamente cinco minutos.
La pantalla de mi teléfono se iluminó sobre la mesa de centro.
Mensaje de Mi Ex.
“Oye… estábamos viendo una peli y de repente se ha cerrado la sesión. ¿Pasa algo con la cuenta?”.
La audacia, hasta el último minuto, seguía siendo monumental.
No preguntaba si había cambiado la clave.
Preguntaba si “pasaba algo”.
Como si fuera un error del servidor.
Como si el universo le debiera su entretenimiento ininterrumpido.
Cogí el teléfono.
Escribí la respuesta con una calma zen que me sorprendió a mí mismo.
No me disculpé.
No me inventé hackeos rusos.
No mencioné a ‘La nueva’, porque eso habría sido rebajarme a su nivel.
Simplemente escribí:
“Sí. He cambiado la contraseña por seguridad. He hecho limpieza de dispositivos porque me estaban cobrando extra por pantallas simultáneas. Un abrazo y espero que estéis bien.”
Cortés.
Firme.
Maduro, pero con un filo cortante.
Le di a enviar.
Los dos ticks grises aparecieron al instante.
Segundos después, se volvieron azules.
Lo había leído.
El estado cambió a “Escribiendo…”.
Estuvo escribiendo durante casi un minuto.
Luego, se detuvo.
El “Escribiendo…” desapareció.
Y no hubo más respuesta.
El silencio digital más hermoso de mi vida se instaló entre nosotros.
Había entendido el mensaje.
Había captado la barrera infranqueable que acababa de levantar.
Dejé el móvil sobre la mesa.
Agarré el mando de la televisión.
Introduje mi nueva y kilométrica contraseña, sudando un poco para no equivocarme con las mayúsculas.
Entré a mi cuenta.
El menú principal cargó de nuevo.
Rápido. Limpio.
Fui a “Gestionar perfiles” desde la tele.
Seleccioné el perfil del pingüino.
“Eliminar perfil”.
¿Estás seguro?
Sí.
El pingüino desapareció en el éter digital, llevándose consigo años de algoritmos compartidos.
Seleccioné el perfil de la cara amarilla sonriente.
‘La nueva’.
“Eliminar perfil”.
¿Estás seguro?
Nunca he estado más seguro de nada en mi vida.
La cara amarilla se desvaneció, borrando su rastro y su mal gusto para siempre de mis servidores.
La pantalla volvió a la normalidad.
Sólo quedaba mi superhéroe genérico.
Solo, centrado y reinando absoluto sobre sus dieciséis euros mensuales.
Respiré el aire de mi salón.
Ya no olía a gas tóxico.
Olía a salsa de soja reseca, sí, pero era mi salsa de soja.
Esa noche no vi asesinos en serie.
No vi nada.
Apagué la tele, me metí en la cama, y dormí como no había dormido en meses.
La cuenta compartida había muerto.
Larga vida a la suscripción individual.