Posted in

LA NIÑA, LA VELA Y EL PAN DE LA AUSENCIA

PARTE 1: EL ALTAR DE LA PENUMBRA Y EL RITUAL DEL HAMBRE ETERNA

La oscuridad en la vieja casona de piedra no era un simple vacío.

Era una presencia física, una marea negra que se filtraba por las juntas del suelo.

Se pegaba a las paredes como si fuera hollín invisible.

Elena, con sus diez años recién cumplidos en el calendario del olvido, caminaba hacia la cocina.

Sus pies descalzos conocían cada crujido de la madera, cada irregularidad del parqué levantado.

No necesitaba luz para saber dónde terminaba la alfombra raída y empezaba el frío de la baldosa.

Llegó a la mesa de roble, una mole de madera que antes albergaba cenas familiares y risas.

Ahora, la mesa era un desierto de polvo y astillas.

En el centro exacto, reposaba un objeto envuelto en un paño de lino amarillento.

Elena retiró la tela con la delicadeza de quien descubre un tesoro arqueológico.

Era un pedazo de pan.

Un trozo de hogaza castellana, dura como la piedra, seca por el paso de inviernos que nadie contaba.

No era comida; era un símbolo, un ancla para que la realidad no terminara de flotar hacia la nada.

Elena sacó de su bolsillo una caja de cerillas de las de antes, de las que olían a azufre y hogar.

Solo le quedaban siete.

Una para cada noche de la semana, aunque ella ya no sabía si era martes o domingo.

Para ella, el tiempo se medía en milímetros de cera consumida.

Read More