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La magia del mantel de hule y el hombre del silencio

Parte 1: La magia del mantel de hule y el hombre del silencio

Mira que yo no soy de los que se ponen sentimentales con facilidad. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el aceite de oliva está a precio de sangre de unicornio y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Pero si hay algo que me desarma, que me deja la guardia baja y me hace sentirme como un niño de cinco años otra vez, es el olor a sofrito de cebolla y pimiento al entrar por el portal.

Durante casi treinta años de mi vida, yo viví en una especie de Matrix gastronómica. No es que fuera un consentido —bueno, un poco sí, no nos vamos a engañar—, pero tenía integrada una rutina que me parecía tan natural como que el Metro de la línea 6 siempre va lleno de gente con cara de sueño. Yo llegaba a casa, soltaba la mochila en el pasillo, saludaba a Curro (nuestro galgo, que es más vago que el sastre de Tarzán) y ahí estaba.

En la mesa del comedor, sobre ese mantel de hule con dibujos de limones que mi madre se negaba a tirar porque decía que “le daba alegría a la cocina”, siempre encontraba mi sitio puesto. Un vaso, una servilleta de papel, un trozo de pan de la tahona de la esquina y un plato humeante. Siempre. Daba igual que fuera martes y hubiera llovido a mares, o que fuera viernes y el mundo se estuviera acabando por una crisis de gobierno. Mi plato de comida estaba allí, esperándome como un soldado fiel.

—¡Javi, hijo, lávate las manos que se enfría! —gritaba mi madre desde el salón, donde solía estar peleándose con el mando de la tele o haciendo crucigramas.

Yo, con la arrogancia propia de la juventud, me sentaba, devoraba los garbanzos o la tortilla de patatas y no le daba más vueltas. Pensaba que la comida aparecía en la mesa por una especie de generación espontánea. Era como una ley física: la gravedad atrae las cosas al suelo y el amor de una madre atrae las croquetas a mi plato. Nunca me pregunté quién había ido al mercado, quién había pelado las patatas a las ocho de la mañana o quién se había pasado la tarde vigilando que el guiso no se pegara al fondo de la olla.

Mi padre, Manuel, era el gran ausente de esas comidas. O eso pensaba yo. Mi padre es de esa generación de hombres españoles que consideran que las palabras son un bien escaso que hay que ahorrar por si viene otra guerra. Un hombre seco, de manos grandes y callosas, que se pasaba el día fuera. Trabajaba en logística, moviendo palés de aquí para allá en una nave de Coslada, y llegaba siempre cuando yo ya estaba viendo alguna serie o haciendo los deberes.

—Hola, nene —me decía, dándome un beso que olía a tabaco rubio y a aire libre—. ¿Ha estado bueno el arroz?

—Sí, papá. Un poco pasado, pero bien —le respondía yo con la crueldad inconsciente de los hijos.

Él sonreía, se quitaba la chaqueta de pana y se iba a la cocina a cenar lo que hubiera sobrado, normalmente frío y directamente de la olla. Yo le veía allí, bajo la luz fluorescente de la cocina, masticando en silencio mientras miraba por la ventana hacia el patio de luces. Nunca se quejaba. Nunca decía “estoy muerto”. Se limitaba a existir en la periferia de mi comodidad.

Para mí, mi padre era el que arreglaba los enchufes, el que me llevaba al fútbol los domingos y el que se dormía viendo el telediario. Mi madre era la intendencia, la alegría y la cocina. No fue hasta mucho después, cuando la vida adulta me pegó el primer bofetón de realidad, cuando empecé a ver las grietas en mi teoría de la “generación espontánea de los guisos”.

Recuerdo un día concreto, hace unos diez años. Yo estaba en plena época de exámenes en la universidad, de esos que te hacen desear no haber nacido. Estaba de un humor de perros, encerrado en mi cuarto con tres cafés en el cuerpo y el cerebro frito por la termodinámica. Salí a comer con la intención de quejarme de lo difícil que era todo.

Al llegar al salón, vi a mi padre. No estaba en el trabajo. Estaba en la cocina, con un delantal que le quedaba ridículamente pequeño y un trapo al hombro. Estaba cortando cebolla con una precisión de cirujano, aunque sus ojos lloraban por culpa del ácido del vegetal.

—¿Qué haces aquí, papá? —pregunté, sorprendido—. ¿No tenías turno de mañana?

—He pedido un par de horas —dijo, sin dejar de picar—. Tu madre tiene que ir al médico a lo de la espalda y no quería que cuando salieras de estudiar te encontraras la nevera vacía. Estás flaco, Javi. Si no comes, no te va a entrar el conocimiento en la cabeza.

—Bueno, pues gracias. Pero no hace falta que te compliques, me hago un sándwich y ya está.

Él me miró con una seriedad que me hizo callar.
—Un sándwich no es comida para un ingeniero. Toma, siéntate. En diez minutos tienes unas lentejas con chorizo que te van a resucitar.

Me senté. Le observé moverse por la cocina con una torpeza entrañable, peleándose con el abrelatas y buscando el pimentón como si fuera un tesoro escondido. En aquel momento, lo vi como una anécdota graciosa. “Mira el viejo, intentando ser Arguiñano”, pensé. Comí, le di las gracias a medias y volví a mi cuarto a encerrarme con mis libros, convencido de que aquel esfuerzo de mi padre era una excepción, un capricho de un día libre.

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