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La luz fluorescente de la oficina parpadeaba con esa cadencia hipnótica y desquiciante que te va robando el alma poco a poco.

PARTE 1

La luz fluorescente de la oficina parpadeaba con esa cadencia hipnótica y desquiciante que te va robando el alma poco a poco.

El reloj de mi ordenador marcaba las once y cuarenta y siete de la mañana.

Era martes, el día más inútil de la semana.

El lunes tiene el peso de la tragedia, el miércoles es el ecuador, pero el martes es simplemente un pozo de tiempo muerto.

Y en medio de ese pozo, mi teléfono móvil decidió iniciar su danza macabra sobre la mesa de madera laminada.

Bzzzz.

Bzzzz.

El sonido de la vibración contra la mesa era más fuerte que el teclear frenético de los veinte oficinistas que me rodeaban.

Miré de reojo la pantalla iluminada.

El nombre aparecía en letras mayúsculas, gigantes, amenazantes.

“MAMÁ”.

No era “Madre”.

No era “Mamá móvil”.

Era simplemente “MAMÁ”, con tilde en la a, porque ella misma me cogió el teléfono un día para asegurarse de que estaba bien escrito.

“La ortografía es la tarjeta de visita de una persona decente”, me dijo aquella tarde mientras me configuraba los contactos.

Esta era la séptima vez que la pantalla se iluminaba con ese nombre desde que me levanté de la cama a las siete de la mañana.

La primera llamada fue a las siete y cuarto.

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