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LA CHICA DEL VESTIDO ROJO: EL EVANGELIO DE LA DOBLE VIDA

PARTE 1: EL AMANECER DE LOS HUMILDES Y EL ABRAZO QUE CURA

El amanecer en Madrid no siempre tiene ese color dorado de las postales.

A veces es gris, pegajoso y huele a asfalto mojado.

En una de las esquinas olvidadas del barrio de Tetuán, la persiana metálica del comedor social “La Esperanza” chirría como un animal herido.

Clara es la encargada de despertarlo.

Llega siempre la primera, antes de que el sol se atreva a asomar por los tejados de chapa.

Son apenas las seis y media de la mañana.

El frío de la meseta se le cuela por la chaqueta fina, pero ella no tiembla.

O si tiembla, no deja que se note.

Saca la llave de su bolso, una llave desgastada que ha abierto miles de mañanas de hambre.

Entra en el local y el olor a desinfectante barato y a humedad la recibe como un viejo pariente.

Lo primero es encender la cafetera industrial.

Ese borboteo rítmico es el latido del corazón del barrio.

—Venga, vieja amiga, hoy tenemos mucho trabajo —susurra Clara.

Acomoda las sillas de plástico, una a una, haciendo que las patas arañen el suelo de terrazo.

Cada silla es un sitio para alguien que el sistema ha decidido borrar.

Clara se pone el delantal blanco, impecable, que siempre huele a suavizante de flores.

Es su uniforme de combate.

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