Posted in

El traje de los domingos y el nudo de la corbata

Untitled design - 1

Parte 1: El traje de los domingos y el nudo de la corbata

Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. He sobrevivido a exámenes finales de termodinámica con un café de máquina y dos horas de sueño, he aguantado mudanzas en Madrid en pleno agosto sin ascensor y, lo que es más importante, he conseguido que mi coche de segunda mano pase la ITV tres años seguidos. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte. Pero lo de esta mañana era distinto. Esta mañana no era un “marrón” más; era el día en que, oficialmente, dejaba de ser un “estudiante eterno” para convertirme en ingeniero de automoción.

Eran las ocho de la mañana de un jueves de junio. En Madrid, eso significa que el calor ya está empezando a darte collejas antes de que salgas del portal. Estaba yo frente al espejo del pasillo de casa de mi madre, intentando pelearme con una corbata azul marino que parecía tener voluntad propia y un deseo irrefrenable de asfixiarme.

—Javi, hijo, deja que te ayude, que pareces un pollo intentando ponerse un collar —dijo mi madre desde el fondo del pasillo.

Mi madre, Carmen, es de esas mujeres que si ven una arruga en una camisa, la tratan como si fuera un pecado mortal. Se acercó con esa agilidad que solo tienen las madres españolas y, en dos movimientos de muñeca que ni un mago de Las Vegas, me dejó el nudo perfecto. Me miró de arriba abajo, se ajustó las gafas de cerca y se le humedecieron los ojos.

—Vaya facha de ingeniero que me llevas —susurró, dándome un toquecito en el pecho—. Tu padre se va a quedar de piedra cuando te vea.

Yo sonreí, pero fue una sonrisa de esas que se quedan a medio camino.

—Sí, mamá. Si es que llega a tiempo. Ya sabes cómo se pone el tráfico en la Castellana a estas horas.

—Llegará, Javi. Te dio su palabra. Y ya sabes que Antonio, para lo bueno y para lo malo, es un hombre de palabra —respondió ella, aunque noté que evitaba mirarme directamente a los ojos mientras recogía los restos del desayuno.

Antonio. Mi padre. El hombre que me enseñó a cambiar una bujía antes que a montar en bici. El tipo que se ha pasado treinta años debajo de chasis de camiones, manchado de grasa hasta las cejas, para que yo pudiera estudiar en la Politécnica. Siempre me decía: “Javi, tú estudia, que para apretar tuercas ya estoy yo. Tú diseña las máquinas, que yo las arreglo”.

Me puse la chaqueta del traje. Era un traje barato, de esos de rebajas que te hacen parecer un extra de una serie de abogados de los noventa, pero me sentía como si llevara una armadura. Salimos hacia la universidad. En el coche, el silencio era denso. Mi madre no paraba de retocar su peinado en el parasol y yo me dedicaba a observar el paisaje urbano de Madrid: los taxis blancos con la franja roja, los operarios de limpieza con sus mangueras y la gente que iba a currar con esa cara de “por qué no me habrá tocado el Euromillones”.

Llegamos al campus. El ambiente era una mezcla de festival de verano y entierro de lujo. Cientos de chavales con togas polvorientas y birretes que no le quedaban bien a nadie. Había familias enteras: abuelos con el pañuelo en la mano, hermanos pequeños aburridos y padres orgullosos que sacaban pecho como si ellos mismos hubieran aprobado Cálculo III.

—¡Javi! ¡Tío! —gritó Dani, mi mejor amigo, acercándose con su birrete ladeado. Dani es el tipo de persona que aprueba los exámenes por pura inercia y que siempre tiene un chiste malo en la recámara—. ¿Preparado para el desahucio académico? Oye, vas hecho un pincel, ¿quién te ha hecho el nudo? ¿Un profesional o tu vieja?

—Mi madre, Dani. Ya sabes que yo para la moda soy un cero a la izquierda.

—Bueno, pues disfruta, que hoy somos los reyes del mambo —dijo, dándome un abrazo que casi me desmonta la hombrera—. Mi viejo ha traído una cámara que parece un telescopio. Dice que quiere grabar hasta mis poros cuando me den el diploma.

Miré a mi alrededor. El padre de Dani estaba allí, cargado con trípodes y fundas, dándole instrucciones a la madre para que se pusiera en el mejor ángulo. Vi a la familia de Lucía, que habían venido incluso con los primos del pueblo. Todos traían a alguien. Todos tenían a ese “pilar” al lado, esa figura que te mira desde la grada y te hace sentir que el esfuerzo ha valido la pena.

Entramos al auditorio. Era una sala enorme, con ese olor a madera vieja y barniz que tienen los lugares solemnes. Mi madre se sentó en la zona de familiares, pero yo tenía una misión. Habíamos reservado tres asientos: uno para mi madre, uno para mi hermana (que llegaría más tarde del trabajo) y uno en la primera fila, justo al borde del pasillo.

Ese era el asiento de mi padre.

Le había puesto un trozo de papel con su nombre: “ANTONIO LÓPEZ”. Era un gesto un poco cursi, lo sé, pero necesitaba verlo ahí. Mi padre me había prometido venir. “No me lo pierdo ni aunque se hunda la M-30, Javi”, me dijo hace una semana por teléfono con esa voz ronca que se le ha quedado de tanto fumar tabaco de liar.

Read More