Mira que yo no soy de las que se quejan por vicio. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como intentar meter un piano de cola en un brik de leche mientras un taxista te pita porque estás bloqueando un carril bus—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el bitcoin es el futuro mientras se le cae el langostino en el regazo y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónoma en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ya la quisieran los espartanos. Pero lo que me tocó hacer el viernes pasado… eso no hay cuerpo humano que lo procese sin que se le desajuste el alma.
Todo empezó con el armario abierto y una desesperación que me subía por la garganta como el reflujo de un kebab de tres euros. Me puse el vestido más bonito que tenía.
No era un vestido cualquiera, no te vayas a creer. Era una pieza de seda roja, de un color tan intenso que parecía que el diseñador hubiera ordeñado una herida. Me lo compré en una de esas tiendas de la calle Fuencarral en un momento de delirio de grandeza, cuando pensaba que la vida me iba a sonreír y que los contratos de diseño gráfico iban a lloverme como el confeti en las fiestas de San Isidro. El vestido me quedaba como una segunda piel, de esas que te cortan la respiración pero te hacen sentir que eres la dueña de la Gran Vía. Un escote en uve que decía “mírame pero no me toques” y una caída que me llegaba justo por encima de las rodillas, lo suficiente para que mis piernas parecieran más largas que la lista de espera de la Seguridad Social.
—Elena, nena, vas a causar un infarto de miocardio masivo en cuanto pises la calle —me soltó Mari Jose, mi compañera de piso, desde el umbral de la puerta mientras masticaba una barrita de cereales que olía a cartón mojado.
—Esa es la idea, Mari Jo. Necesito que el mundo se detenga cuando me vea. O al menos, que se detenga el que tenga la cartera más gorda —le contesté, peleándome con el cierre de la espalda que se negaba a subir, como si el propio vestido tuviera conciencia y supiera a dónde me dirigía.
—¿Seguro que no quieres que hable con mi primo el de Móstoles? Dicen que necesita a alguien para la gestoría. Es un curro de mierda, sí, pero no tienes que ponerte el uniforme de “femme fatale” de película de serie B.
—Mari Jo, el primo de Móstoles me ofrece un sueldo que no me da ni para pagar la comunidad de vecinos. Porque necesitaba dinero urgente… y cuando digo urgente, es para antes de que el reloj dé las doce y el casero, que tiene la cara de un gremlin estreñido, me ponga las maletas en la acera.
La situación era la que era. Tres facturas de luz que daban miedo, el alquiler de un piso en Malasaña que cuesta lo mismo que un riñón en el mercado negro y una deuda con el banco que me perseguía como un ex tóxico que no entiende lo que significa “bloquear”. Necesitaba dinero, y lo necesitaba esa misma noche. No me servía un “mañana te hago el ingreso” o un “estamos procesando su solicitud”. Necesitaba billetes, de los que crujen, de los que te sacan de un agujero negro con el que Madrid te amenaza cada vez que pestañeas.
Me miré al espejo. Mis ojos, maquillados con una sombra oscura que intentaba ocultar las ojeras de llevar tres noches sin dormir, me devolvieron una mirada que me dio escalofríos. Estaba seductora, sí. Estaba imponente. Pero por dentro me sentía como si me estuviera preparando para ir a la guerra con un tenedor.
—Vaya tela, Elena… —susurré para mis adentros mientras me pintaba los labios de un rojo a juego con la tela.
El plan era sencillo de decir pero de esos que te revuelven las tripas al ejecutarlos. Había un evento privado en un club de la zona alta, cerca del Bernabéu. Uno de esos sitios donde la entrada cuesta lo que yo gano en un mes y donde el aire huele a perfume de mil euros y a tratos que se firman en servilletas de papel. Me habían dicho que buscaban “chicas de imagen”, una forma elegante y madrileña de decir que quieren que seas el jarrón más bonito de la habitación para que los tíos con traje se sientan más importantes. No era mi estilo, ni de coña. Yo soy de vaqueros, cañas en Lavapiés y discutir sobre tipografías, pero el hambre tiene un sentido del humor muy negro y el orgullo se te pasa en cuanto ves el aviso de desahucio.
—Toma, lleva esto por si las moscas —dijo Mari Jose, tendiéndome un bote de spray de pimienta—. Que en esos sitios hay mucho lobo con piel de cordero y mucho baboso con tarjeta de platino.
—No te preocupes, tía. Voy, sonrío, cobro el extra que me han prometido por “presencia VIP” y me vuelvo a casa antes de que se me convierta el vestido en harapos —le dije, intentando sonar convencida, aunque por dentro me sentía más frágil que una copa de cristal en un concierto de rock.
Salí del piso y el aire frío de Madrid de finales de octubre me pegó en la cara. Bajé las escaleras con cuidado, que en estos edificios antiguos los peldaños son una trampa mortal si llevas unos tacones de doce centímetros que parecen estiletes. Mientras esperaba el taxi en la esquina de Pez, me sentí observada. El vestido rojo bajo las farolas amarillentas era como una señal de neón.
Unos chavales que pasaban por allí soltaron un silbido.
—¡Vaya monumento! ¡Eso es un vestido y lo demás son trapos! —gritó uno, riendo con sus colegas.
Hace un mes, les habría soltado un corte que los habría dejado mudos hasta el próximo siglo. Pero esa noche, apreté los dientes y seguí mirando al horizonte. Tenía una misión. Tenía un dolor en el pecho que no se quitaba con el maquillaje y una necesidad que me obligaba a caminar derecha, con los hombros hacia atrás y la cabeza alta, aunque por dentro solo quisiera ovillarme bajo la manta y desaparecer.
El taxi llegó. Era de esos que tienen la radio puesta a todo volumen con una tertulia política donde todo el mundo gritaba. El conductor me miró por el retrovisor con una mezcla de curiosidad y respeto.
—¿Al club “El Círculo”, señorita? —preguntó, y supe por su tono que sabía perfectamente a qué iba yo allí.
—Sí, al Círculo. Y si puede ser, evite los baches. Este vestido es prestado por mi dignidad y no quiero que se rompa antes de llegar —bromeé, aunque al taxista no le hizo ni puta gracia.
Mientras cruzábamos la ciudad, viendo cómo las luces de la Gran Vía se emborronaban por la velocidad, cerré los ojos. Pensé en el único hombre que me importaba. El hombre por el que, en parte, me encontraba en esta situación. Porque la deuda no era solo mía, era el resto de una apuesta que él perdió y que yo, por estúpida y por enamorada, decidí avalar con mi firma. Él me había prometido que estaría allí. Me había dicho que esa noche cerraría un trato, que me devolvería el dinero y que no me haría falta entrar en ese antro de lujo para sonreírle a desconocidos.
“Estaré allí, Elena. Te lo juro por mi vida. A las diez, en la puerta. No tendrás que subir esas escaleras”, me había dicho por teléfono hacía apenas dos horas.
Y yo, que soy idiota de nacimiento cuando se trata de él, le creí. O quería creerle. Por eso me puse el vestido rojo. Por eso me pinté los labios. Por eso me subí a esos tacones que me torturaban los pies. Para que, cuando él llegara y me viera, recordara por qué valía la pena luchar por nosotros. Pero en el fondo de mi mente, un pequeño presentimiento, frío como el hielo, me decía que el rojo de mi vestido iba a ser lo único vibrante de la noche.
Llegamos a la puerta de “El Círculo”. Dos porteros que parecían armarios empotrados vestidos por Armani me miraron de arriba abajo. Uno de ellos consultó una tablet.
—Elena, ¿verdad? La chica de imagen para la zona VIP. Pasa, te están esperando en el guardarropa.
Miré hacia la calle. Eran las diez y cinco. No había rastro de su coche. No había rastro de él.
—Vaya tela… —susurré de nuevo.
Entré. El aire dentro era pesado, cargado de un olor a tabaco de importación, whisky caro y una desesperación que se intentaba ocultar con risas demasiado altas. Empezaba la función.

Parte 2: El teatro de las miradas y la ausencia de seda
Cruzar el umbral de “El Círculo” fue como entrar en un universo paralelo donde el tiempo se mide en lingotes de oro y el respeto se compra por botellas. El interior era un despliegue de terciopelo azul, luces indirectas y música de esa que llaman “chill-out” pero que a mí me ponía los nervios de punta, como el zumbido de un mosquito que no te deja dormir.
Me llevaron al guardarropa, donde una mujer con cara de haberlo visto todo y no haberse sorprendido con nada me dio un par de instrucciones rápidas.
—Escucha bien, nena. Tu trabajo es fácil. Te mueves por la sala, sonríes, aceptas las copas que te ofrezcan pero no te las bebes, que luego acabáis todas hechas un cromo en el baño. Haces que los clientes se sientan los reyes del mambo y, si alguno se pone demasiado cariñoso, le das una palmadita en la mano y buscas a los de seguridad. ¿Entendido? Ah, y ni se te ocurra mirar el móvil. Aquí estamos para que ellos se olviden del mundo, no para que tú mires el Instagram.
Asentí con la cabeza, sintiendo que el vestido rojo me apretaba un poco más. La “presencia VIP” resultaba ser un eufemismo para ser un accesorio de lujo, como el reloj de oro de la muñeca del que paga o los asientos de cuero del coche de importación.
Salí a la sala principal. El contraste con el frío de la calle era brutal; aquí el ambiente era cálido, casi sofocante. Y ocurrió lo que tenía que ocurrir. Todos me miraban esa noche.
No es por echarme flores, pero cuando una mujer se planta un vestido rojo de seda que le queda como si lo hubieran cosido sobre su cuerpo, y camina con la determinación de quien tiene que pagar un alquiler antes del alba, la gente se fija. Las miradas eran como manos invisibles que recorrían la tela de mi vestido. Había miradas de envidia por parte de otras mujeres que llevaban joyas que valían más que mi vida entera, y miradas de los hombres que eran como escáneres de aeropuerto, evaluando cada curva, cada gesto, cada centímetro de piel que asomaba por el escote.
—Vaya pieza… —escuché murmurar a un tipo con el pelo engominado y un traje que brillaba demasiado mientras pasaba por su lado.
Forcé mi primera sonrisa. Una de esas sonrisas que aprendes a poner cuando trabajas de cara al público en Madrid: brillante, impecable y absolutamente vacía. Una sonrisa de metacrilato.
—¿Te apetece una copa, preciosa? —me preguntó un hombre de unos cincuenta años, con una barriga que amenazaba con hacer saltar el botón de su chaleco y una mirada que decía que estaba acostumbrado a conseguir todo lo que se proponía.
—Solo si es de las caras, caballero. Mi vestido no acepta imitaciones —le solté, usando el tono seductor que se esperaba de mí. Mi propia voz me sonó extraña, como si fuera la de una actriz de doblaje.
El hombre rió, una risa ronca que olía a puro, y me tendió una copa de champán. La agarré por el tallo fino, haciendo que mis dedos lucieran delicados, mientras por dentro mi cerebro gritaba: “Elena, ¿qué haces aquí? Sal de este sitio ahora mismo”. Pero entonces recordé la carta de desahucio sobre la mesa del comedor y la firma en el aval bancario. El dolor de mis pies, aprisionados en los tacones, era un recordatorio constante de por qué estaba allí.
Caminé por la sala, sintiendo el roce de la seda roja contra mis muslos. Era una sensación contradictoria: por fuera, me sentía poderosa, la reina de la noche, el centro de gravedad de aquel club exclusivo. Por dentro, sentía que cada mirada me iba quitando una capa de piel. Era seductor, sí. Era excitante verse como el objeto de deseo de hombres poderosos. Pero el dolor, ese dolor sordo y constante en el pecho, no me abandonaba.
Porque cada vez que la puerta del club se abría, mi corazón daba un salto que me cortaba la respiración. Miraba por encima del hombro de los clientes, buscando desesperadamente una cara conocida, una mirada que no fuera de hambre, sino de rescate.
Pero pasaron las diez y media. Pasaron las once. La sala se llenó de un humo denso y de carcajadas que cada vez me resultaban más insoportables. Los hombres se volvían más ruidosos, las mujeres más distantes y yo sentía que me estaba convirtiendo en un dibujo animado de mí misma.
—Oye, nena, ¿tienes fuego? —me preguntó un chico joven, probablemente el hijo de algún pez gordo, que me miraba con una desfachatez que me daba ganas de darle un bofetón que le quitara la herencia.
—Lo siento, cariño. El fuego lo llevo yo encima, pero no es para compartirlo —le contesté, manteniendo la pose de diosa inalcanzable.
Me alejé hacia una de las columnas de mármol, buscando un momento de respiro. Me ardían los pies y el vestido, de repente, me pesaba como si fuera de plomo. Miré el reloj de pared, uno de esos clásicos de madera que no pegaba nada con la decoración moderna del sitio. Eran casi las doce.
Pero el único hombre que yo quería… ni siquiera apareció.
Ni una llamada. Ni un mensaje que el “maître” me hubiera pasado discretamente. Nada. Carlos me había vuelto a dejar tirada. Y no era una vez cualquiera; era la noche en la que me había prometido que todo acabaría. Había confiado en él, otra vez. Había pensado que, al verme así, vestida de rojo, esperándole en el umbral de este infierno de lujo, se daría cuenta de todo el daño que me estaba haciendo. Pero la calle seguía vacía de su presencia.
El dolor fue más agudo que el de los tacones. Fue una puñalada de realidad. Mientras yo me ofrecía como cebo para tipos con carteras abultadas, mientras aguantaba miradas que me desnudaban y frases que me humillaban, él probablemente estaría en algún bar de mala muerte de Valdebebas, intentando recuperar lo perdido en otra apuesta imposible, o escondiéndose de los mismos acreedores que me estaban asfixiando a mí.
Sentí que las lágrimas empezaban a quemarme detrás de los párpados. “No llores, Elena. El rímel es caro y el champán todavía más”, me repetí como un mantra. No podía permitirme el lujo de desmoronarme. No con ese vestido. No en ese lugar.
—¿Te pasa algo, guapa? Pareces un ángel triste —me dijo un hombre que se había acercado sin que yo me diera cuenta. Tenía una voz suave, diferente a la de los demás, pero sus ojos eran igual de depredadores.
Me giré, clavando mis ojos en los suyos con toda la intensidad que pude reunir.
—No soy un ángel, señor. Solo soy una mujer que tiene los pies muy cansados de caminar por el lado equivocado de la vida. ¿Me va a invitar a otra copa o va a seguir analizando mi estado de ánimo?
El hombre sonrió, una sonrisa lenta y peligrosa, y me ofreció su brazo.
—Te voy a invitar a algo mucho mejor que una copa. Te voy a invitar a que me cuentes por qué una mujer como tú tiene una tristeza tan profunda vestida de un rojo tan seductor.
Le miré. Podía irme al baño, encerrarme y llorar hasta que me echaran a la calle. O podía seguir adelante. Podía usar ese vestido rojo como una armadura. Podía ser la mujer que ellos querían ver, aunque por dentro estuviera hecha pedazos.
—Acepto la copa —dije, apoyando mi mano sobre su brazo, sintiendo el calor de su traje caro—. Pero la tristeza no está a la venta. Esa me la guardo para cuando me quite los tacones.
Caminamos hacia una de las mesas reservadas al fondo de la sala. Mientras avanzaba, sentí que todas las miradas volvían a converger en mí. Era la estrella del espectáculo. Una estrella que se estaba apagando, pero que bajo las luces de neón de “El Círculo” todavía brillaba lo suficiente como para engañar a cualquiera.

Parte 3: El baile de los buitres y el peso de la seda roja
Estar sentada en un reservado VIP de “El Círculo” es como estar en el centro de un tornado: hay un ruido ensordecedor a tu alrededor, una agitación constante de camareros con bandejas de plata y gente gritando para hacerse oír sobre la música, pero dentro de ese pequeño círculo de cuero y terciopelo, el aire parece estancado, cargado de una tensión que podrías cortar con una tarjeta de crédito.
El hombre que me había invitado a la mesa se llamaba Julián. O eso decía él. En estos sitios, los nombres son tan reales como los pechos de la mayoría de las clientas. Julián representaba todo lo que yo odiaba y, al mismo tiempo, todo lo que necesitaba desesperadamente esa noche. Era el poder, el dinero fácil y la creencia de que el mundo es un tablero de ajedrez donde él siempre juega con blancas.
—Te queda bien ese rojo, Elena —dijo, pronunciando mi nombre como si lo estuviera saboreando junto con su whisky de veinte años—. Es un color que exige respeto y, al mismo tiempo, invita al pecado. Una combinación peligrosa.

—El respeto lo exijo yo, Julián. El vestido solo me ayuda a que no me lo pidan por favor —le contesté, manteniendo la barbilla alta y la mirada fija en los cubitos de hielo que bailaban en su vaso.
La situación era delirante. Yo, que hace tres días estaba diseñando un catálogo de muebles de oficina en pijama, estaba ahora jugando a ser una mujer fatal frente a un tipo que probablemente decidía el destino de miles de personas con un mensaje de móvil. Pero el dolor de mis pies ya era un murmullo lejano comparado con la angustia que sentía al mirar hacia la entrada del club.
Ya eran más de la una de la mañana. La esperanza de que Carlos apareciera se había disuelto como el azúcar en el café. No vendría. No me salvaría. No habría un final de película donde él entraría por esas puertas de cristal, pagaría mis deudas y me llevaría lejos de este teatro de vanidades. Estaba sola. Sola con un vestido rojo y una deuda que no paraba de crecer.
—¿En qué piensas, preciosa? Estás aquí, pero tus ojos están a kilómetros de distancia —insistió Julián, acercando su mano a la mía sobre la mesa. Su tacto era cálido, demasiado familiar para ser un extraño.
—Pienso en lo caro que está el alquiler en Madrid y en lo poco que vale la palabra de algunos hombres —solté, sin poder evitar que un poco de mi amargura real se filtrara por la grieta de mi personaje.
Julián rió. Una risa que no me gustó nada. Era la risa del que sabe que tiene el control.
—Madrid es una ciudad que devora a los débiles, Elena. Y la palabra de un hombre vale lo que vale su capacidad para cumplirla. Si alguien te ha fallado hoy, es porque no merecía estar en el mismo código postal que tú, y mucho menos cerca de ese vestido.
Me sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Tenía razón. Carlos no merecía nada. Pero el amor no es una ciencia exacta como el diseño gráfico. No puedes alinear los sentimientos con una cuadrícula y esperar que todo cuadre. El dolor de su ausencia era una presencia física en la mesa, sentada entre Julián y yo.
—¿Sabes qué pasa, Julián? Que a veces nos ponemos el vestido más bonito no para que nos miren los extraños, sino para que nos reconozca la única persona que debería saber quiénes somos de verdad —dije, sintiendo que la máscara de seductora empezaba a agrietarse.
—Eso es un error estratégico, querida. La belleza es una moneda de cambio. Si la gastas en alguien que no sabe apreciarla, te quedas en la quiebra emocional. Aquí, esta noche, hay cien hombres dispuestos a darte lo que pidas solo por una hora de tu tiempo. ¿Por qué perderlo con un fantasma?
Miré a mi alrededor. Era cierto. Todos me miraban esa noche. A pesar de estar en el reservado de Julián, las miradas no habían cesado. Eran miradas de cálculo. “¿Cuánto costará esa chica?”, parecían preguntarse. “¿Qué habrá que hacer para que se quite ese vestido rojo?”. Me sentí como un objeto en una subasta de lujo. Era seductor verse así, saber que tienes ese poder sobre los hombres, pero al mismo tiempo era doloroso hasta la médula. Era como ser un diamante en un escaparate: brillante, deseado, pero frío y encerrado tras un cristal.
—¿Y qué pides tú, Julián? Porque nadie invita a una mesa VIP y regala consejos de autoayuda por amor al arte —le pregunté, volviendo al ataque. Necesitaba terminar con esto. Necesitaba el dinero.
Julián se echó hacia atrás en el asiento, evaluándome.
—Pido autenticidad, Elena. En un sitio lleno de plástico y mentiras, tú eres real. Me gusta el fuego de tus ojos y la forma en que tus labios se curvan cuando estás a punto de decirme una bordería. Te ofrezco un trato. Olvida al que no ha venido. Quédate conmigo esta noche. Solo hablamos, bebemos y dejamos que los demás nos envidien. A cambio, me encargaré de que tus problemas de “alquiler” desaparezcan antes de que salga el sol.
El corazón me dio un vuelco. Era la oferta. La salida de emergencia. Podía pagar la deuda, salvar el piso, mandar a Carlos al rincón más oscuro de mi memoria y volver a ser Elena, la diseñadora de Malasaña. Solo tenía que seguir sonriendo. Solo tenía que seguir siendo el objeto de deseo de Julián durante unas horas.
Pero el precio era mi propia piel. El precio era aceptar que me había convertido en lo que más odiaba.
—¿Y qué pasa cuando el sol salga y yo me quite el vestido rojo? —pregunté, con la voz apenas en un susurro.
—Que serás libre, Elena. Libre para empezar de nuevo. O libre para volver a equivocarte con el próximo vestido bonito que te compres.
Me quedé en silencio. La música parecía haber subido de volumen. El dolor de los tacones era ahora una punzada constante, como un latido en mis pies. Miré hacia la entrada una última vez. Vacía. Absolutamente vacía.
Entonces, me giré hacia Julián. Forcé la sonrisa más seductora de mi repertorio. Una sonrisa que me quemó la cara.
—Me parece que el rojo es el color de la suerte esta noche, Julián. ¿Pedimos otra botella o vas a seguir perdiendo el tiempo con palabras?
Él sonrió, victorioso, y llamó al camarero con un gesto imperioso. Yo me recliné en el sofá, sintiendo el roce de la seda roja contra mi espalda. Me sentía poderosa y destruida al mismo tiempo. Era la reina de “El Círculo”. La mujer más deseada de la noche madrileña. Y mientras Julián me servía otra copa, yo me repetía por dentro que esto solo era un curro más. Que cuando llegara a casa, me quitaría el vestido, me lavaría la cara y todo habría sido un mal sueño.
Pero el espejo del baño del club, cuando fui un momento para retocarme el pintalabios, me devolvió una imagen que no reconocí. La mujer del vestido rojo me miraba con un desprecio absoluto. Tenía los ojos secos, la mirada dura y una sonrisa que parecía una cicatriz.
“Lo has conseguido, Elena. Ya tienes el dinero”, me susurré.
Pero el precio no estaba en los billetes que Julián ya estaba preparando. El precio estaba en el hecho de que, por primera vez en mi vida, me daba igual que Carlos no hubiera aparecido. Y ese era el dolor más grande de todos: darte cuenta de que habías dejado de esperar.
Salí del baño, caminé con paso firme por la sala, ignorando los silbidos y los comentarios, y volví a la mesa de Julián. El vestido rojo brillaba bajo las luces, seduciendo a cada hombre que se cruzaba en mi camino. Yo seguía sonriendo. Como una profesional. Como una superviviente. Como alguien que ya no tiene nada que perder porque ya lo ha perdido todo en el altar de la necesidad.

Parte 4: La sonrisa de ceniza y el amanecer en la acera
La noche en “El Círculo” se estiró como un chicle usado, perdiendo su sabor pero manteniendo esa pegajosidad insoportable que te hace desear que todo termine de una vez. Eran las cinco de la mañana. El club empezaba a oler a lo que realmente era: sudor, alcohol rancio y sueños que se habían estrellado contra el suelo junto con las copas rotas.
Julián se había portado como el caballero de negocios que decía ser. Me había entregado un sobre grueso, de esos que te hacen sentir el peso de tu propia dignidad. Allí estaba la solución a mis problemas. El alquiler, el banco, la deuda de Carlos. Todo estaba allí, reducido a unos cuantos billetes de quinientos euros que olían a la misma mezcla de impunidad y colonia cara que él.
—Ha sido un placer, Elena. Eres una mujer fascinante, incluso cuando intentas ser una estatua de hielo —me dijo al oído mientras me ayudaba a ponerme el abrigo a la salida del club.
—El placer ha sido de tu cuenta bancaria, Julián. La mía te da las gracias —le contesté, manteniendo el tono seductor hasta el último segundo. No podía permitirme bajar la guardia ahora.
Salí a la calle. Madrid a las cinco de la mañana es una ciudad que parece estar en el limbo. No hay rastro de la elegancia de la noche ni de la prisa del día. Solo hay barrenderos con sus mangueras intentando lavar la vergüenza de las aceras y taxis que circulan como tiburones lentos en busca de la última presa.
Hacía un frío que me calaba hasta los huesos. El abrigo no era suficiente para proteger la seda roja, que a esas horas se sentía fría y extraña contra mi piel. Caminé unos metros hacia la parada de taxis, sintiendo que cada paso era una tortura. Mis pies ya no dolían; estaban anestesiados por el cansancio.
Me detuve frente a un escaparate oscuro. Me vi reflejada en el cristal. El vestido rojo seguía ahí, pero yo ya no estaba dentro de él. Lo que veía era un envoltorio brillante para una mujer vacía. El maquillaje se había cuarteado, los labios habían perdido su brillo y mis ojos parecían dos agujeros negros en mitad de la cara.
Pero el único hombre que yo quería… ni siquiera apareció.
Esa frase se repetía en mi cabeza como un disco rayado. Miré el móvil por última vez. Nada. Carlos no había llamado. No había venido a buscarme. No había cumplido su palabra. Mientras yo había estado vendiendo mi sonrisa por minutos para pagar su deuda, él probablemente estaría durmiendo o perdiendo lo poco que le quedaba en algún garito de la periferia.
El dolor fue repentino y brutal. Se me doblaron las rodillas y tuve que apoyarme en una farola para no caer al suelo. Sentí una náusea física, un asco profundo hacia mí misma, hacia él, hacia Julián y hacia este Madrid que te obliga a ponerte un vestido rojo para no morir de hambre.
—Vaya tela, Elena… qué bajo has caído —susurré al aire gélido.
Saqué el sobre del bolso. Lo apreté contra mi pecho. Ese dinero era libertad, pero también era una cadena. Me recordaba lo que había tenido que hacer. Me recordaba que esa noche, todos me habían mirado, pero nadie me había visto. Habían visto el vestido, habían visto el escote, habían visto la “presencia VIP”, pero Elena, la chica que quería ser diseñadora, la chica que amaba a un idiota que no la merecía, se había quedado en la puerta del club.
Un grupo de borrachos pasó por la acera de enfrente.
—¡Mira esa, todavía va de fiesta! ¡Qué vestidazo, nena! —gritó uno, tambaleándose.
Me giré instintivamente. Los tacones me gritaron de dolor. Forcé los músculos de mi cara. El rojo de mis labios se tensó.
Y aun así… seguí sonriendo para los clientes.
Porque me di cuenta de que el espectáculo no termina cuando sales del club. El mundo es un club gigante donde siempre eres una chica de imagen. Sonreí a los borrachos. Sonreí al barrendero que me miraba con lástima. Sonreí al taxista que se detuvo a mi lado con la luz verde encendida.
—¿A dónde vamos, preciosa? —preguntó el conductor, un hombre mayor con cara de cansancio crónico.
—A Malasaña. Al lugar donde la seda roja se convierte en trapo y las sonrisas en lágrimas de autónoma —le dije, subiendo al coche con una elegancia que me costó las últimas fuerzas que me quedaban.
Me desplomé en el asiento trasero. El sobre del dinero quemaba en mi regazo. Cerré los ojos y apoyé la cabeza en el cristal frío. Mientras el taxi cruzaba la ciudad en silencio, sentí que algo se había roto definitivamente dentro de mí. Había salvado el piso, sí. Había pagado la deuda. Pero el vestido rojo, que ahora se arrugaba bajo mi abrigo, ya nunca volvería a ser el vestido más bonito que tenía. Ahora solo era el uniforme de una noche que preferiría olvidar, pero que mi cuenta bancaria me recordaría cada mes.
Llegué a mi portal. El sol empezaba a asomar por detrás de los edificios de la calle San Bernardo, una luz pálida y cruda que no perdonaba nada. Subí las escaleras lentamente, apoyándome en la barandilla. Cada peldaño era un triunfo de la voluntad sobre el agotamiento.
Entré en el piso. Mari Jose dormía roncando suavemente en la habitación de al lado. Fui directa al baño. Me miré al espejo. Agarré el sobre del dinero y lo dejé sobre el lavabo. Luego, con manos temblorosas, me bajé la cremallera del vestido.
La seda roja resbaló por mi cuerpo y cayó al suelo, formando un charco de color sangre sobre las baldosas blancas del baño. Me quedé allí desnuda, tiritando de frío y de asco. Abrí el grifo del agua caliente y esperé a que el vapor llenara la habitación.
Me metí en la ducha. Froté mi piel con el gel hasta que se puso roja, como el vestido. Quería quitarme el olor de “El Círculo”. Quería quitarme las miradas de los hombres. Quería quitarme el recuerdo de Julián y la ausencia de Carlos. Lloré por fin. Lloré sin ruido, dejando que el agua se llevara el rímel y la pena.
Cuando salí, me puse una camiseta vieja y unos calcetines gordos. Fui a la cocina, me serví un vaso de leche fría y me senté en la mesa. Allí estaba el sobre. El precio de mi noche. El precio de mi sonrisa.
Miré por la ventana. Madrid ya estaba despierto. La gente corría hacia el metro, los camiones de reparto hacían ruido y la ciudad volvía a su ritmo frenético e indiferente.
—Mañana será otro día —susurré.
Pero sabía que no era cierto. Mañana sería el mismo día, solo que con el alquiler pagado y una herida en el alma que ningún vestido bonito podría ocultar. Me acosté en la cama, cerré los ojos y, antes de quedarme dormida por puro agotamiento, sentí que todavía me dolían los labios de tanto sonreír.
Sonreí de nuevo, hacia la almohada. Una sonrisa triste, dolorosa, seductora a su manera. La sonrisa de quien ha aprendido que, en Madrid, si no puedes ser la reina, al menos tienes que ser la mejor actriz de la función.
(Pausa larga)
El vestido rojo seguía en el suelo del baño, esperando a que alguien lo recogiera. O a que alguien se lo pusiera la próxima vez que el dinero volviera a escasear. Porque ahora sabía que, pasara lo que pasara, siempre habría un cliente esperando una sonrisa. Y yo, Elena, la diseñadora de Malasaña, ya sabía perfectamente cómo dársela.