PARTE 1
Ir al supermercado a las nueve y media de la noche es un deporte de riesgo.
O una terapia, dependiendo de cómo lo mires.
Para mí, era lo segundo.
A esa hora, el mundo normal ya está cenando.
A esa hora, los padres responsables ya tienen a los niños bañados y en pijama.
A esa hora, sólo quedamos los náufragos de la sociedad moderna.
Los oficinistas solteros con ojeras hasta el suelo.
Los estudiantes universitarios buscando fideos instantáneos de oferta.
Y yo.
Yo estaba allí por una necesidad primaria y urgente.
Había abierto la nevera diez minutos antes y me había encontrado con un páramo desolador.
Medio limón reseco.
Un bote de kétchup que caducó en la época de la prepandemia.
Y una botella de agua a medias.
Mi estómago había emitido un rugido digno de un león del Serengueti.
Así que bajé a la calle, me puse la chaqueta de chándal sobre la camiseta vieja y caminé hasta el supermercado de la esquina.
Es uno de esos supermercados modernos, inmensos, con luces fluorescentes que te operan las retinas sin anestesia.
Un templo del consumismo de barrio.
Al cruzar las puertas automáticas, sentí esa ráfaga de aire acondicionado polar que siempre te da la bienvenida.
El guardia de seguridad me miró de arriba abajo con desgana.
Yo le devolví la mirada con la misma apatía.
Éramos dos guerreros cansados en la batalla del martes por la noche.
Agarré un carrito de la fila.
Por supuesto, me tocó el carrito maldito.
Ese que tiene una rueda que gira sobre su propio eje como si estuviera poseída.
Clac, clac, clac.
Ese era mi banda sonora mientras avanzaba por el pasillo de la entrada.
Estaba haciendo compras tranquilo.
Disfrutando de la acústica de un lugar diseñado para mil personas, pero que ahora albergaba a menos de diez.
Me encanta el supermercado vacío.
Es un espacio liminal.
Un lugar fuera del tiempo.
Puedes quedarte cinco minutos mirando fijamente las diferentes variedades de pan de molde sin que nadie te juzgue.
Puedes leer los ingredientes de las galletas de chocolate y engañarte pensando que, como tienen avena, son sanas.
Esa era mi misión de hoy.
Comida basura camuflada de supervivencia básica.
Avancé hacia la sección de lácteos empujando mi carro cojo.
El zumbido de las neveras industriales era hipnótico.
Un ruido blanco que apagaba los pensamientos estresantes de mi jornada laboral.
Metí un cartón de leche entera en el carro.
Metí un paquete de queso en lonchas.
Estaba a punto de alcanzar un yogur de fresa cuando sentí ese picor.
Esa sensación primitiva en la base de la nuca.
Ese instinto animal que te avisa de que el entorno ha cambiado.
Que has pasado de ser cazador a ser presa.
O, en términos de ciudad, que alguien te está clavando la mirada.
Me giré lentamente, con el yogur a medio camino entre la estantería y mi carrito.
Y allí estaba.
Al final del pasillo.
Justo donde terminaban las neveras de los yogures y empezaban los postres lácteos hipercalóricos.
Un niño.
Un chaval de unos seis o siete años, como mucho.
Llevaba unos vaqueros desgastados y una sudadera gris con el dibujo de un dinosaurio verde en el pecho.
El dinosaurio parecía estar sonriendo.
El niño, definitivamente, no.
Estaba de pie, en medio del pasillo de linóleo brillante.
Con los brazos colgando a los lados del cuerpo, como plomadas.
Y me estaba mirando.
Hasta que un niño empezó a mirarme, mi noche era perfectamente normal.
Pero esa mirada lo cambió todo.
No era la mirada curiosa de un crío que se distrae con un adulto.
No era la mirada perdida de un niño aburrido esperando a su madre.
Era una mirada enfocada.
Precisa.
Casi quirúrgica.
Sus ojos oscuros estaban fijos en mi cara.
Yo, aplicando el protocolo social estándar, hice lo que cualquier adulto decente haría.
Le sonreí.
Una de esas sonrisas de medio lado, un poco tontas, que hacemos los adultos para parecer inofensivos.
Una sonrisa que dice: “Hola, amiguito, ¿dónde están tus papás?”.
Esperaba que él me devolviera la sonrisa.
O que se girara asustado y saliera corriendo a buscar la falda de su madre.
O que se metiera el dedo en la nariz, algo propio de su edad.
Pero no hizo nada de eso.
El protocolo social se estrelló contra un muro de hormigón.

PARTE 2
No sonreía.
No hablaba.
Sólo miraba.
Su expresión era una máscara de absoluta neutralidad.
Una quietud antinatural para alguien que debería estar lleno de energía y azúcar procesado.
Mantuve mi sonrisa forzada durante unos tres segundos más.
Fueron tres segundos larguísimos.
Los músculos de mis mejillas empezaron a temblar por el esfuerzo.
Sentí que mi sonrisa pasaba de ser amable a parecer la mueca de un desequilibrado.
Así que la borré de mi cara.
Desvié la mirada hacia mi yogur de fresa.
“No le hagas caso”, me dije a mí mismo.
“Es sólo un crío raro”.
Todos los niños son un poco raros a veces.
Están en proceso de formación, sus cerebros aún no entienden las reglas básicas de la convivencia.
Seguramente me había confundido con su tío Paco, o con el fontanero que fue a su casa la semana pasada.
O simplemente le fascinaba mi chaqueta de chándal noventera.
Tiré el yogur dentro del carrito.
El golpe sonó demasiado fuerte en el silencio del pasillo.
Volví a mirar de reojo hacia el final de la sección de lácteos.
Seguía allí.
Seguía mirándome.
El dinosaurio de su sudadera seguía sonriendo con esa alegría estúpida y fosforescente.
Mi nivel de incomodidad subió un escalón.
Agarré el manillar del carrito con fuerza y lo empujé hacia adelante.
La rueda maldita protestó con su clac-clac-clac habitual.
Pasé por su lado manteniendo una distancia de seguridad razonable.
Miré al frente, fijando mi vista en el cartel de la sección de congelados.
Fingí que era invisible.
Fingí que no sentía sus ojos clavándose en mi perfil derecho mientras lo rebasaba.
Al llegar a las pizzas congeladas, solté el aire que no me había dado cuenta de que estaba conteniendo.
Me relajé.
Ya está.
Prueba superada.
He sobrevivido a la interacción incómoda con el hijo de otra persona.
Empecé a debatir internamente si quería la pizza de cuatro quesos o la de barbacoa.
Un dilema existencial de primer nivel.
La de barbacoa siempre repite, pero la de quesos a veces resulta muy sosa.
Estaba sopesando los pros y los contras con la concentración de un maestro ajedrecista.
Abrí la puerta de cristal del arcón congelador.
El aire gélido me golpeó el rostro.
Me incliné para coger la caja de cartón de la pizza barbacoa.
Y entonces, por el reflejo del cristal de la puerta de al lado.
Lo vi.
Estaba al principio del pasillo de los congelados.
Exactamente a la misma distancia a la que estaba antes.
De pie.
Inmóvil.
Con los brazos colgando.
Observándome.
El corazón me dio un vuelco ridículo.
Solté la caja de pizza, que volvió a caer dentro del congelador con un ruido sordo.
Cerré la puerta de cristal de golpe.
Me giré.
Ahí estaba.
El niño del supermercado.
No había escuchado sus pasos acercarse.
No había escuchado ningún ruido, a pesar de que el suelo de linóleo hace que todo resuene.
Y no había ni rastro de sus padres.
Miré a izquierda y derecha, buscando desesperadamente a una mujer agobiada con un carro lleno.
Buscando a un hombre consultando una lista de la compra en su móvil.
Nada.
El pasillo de los congelados, flanqueado por muros blancos de escarcha y plástico, estaba desierto.
Sólo estábamos él, yo, y cientos de kilos de guisantes ultracongelados.
Mi mente racional volvió a entrar en acción.
A ver, cálmate, tío.
Es un supermercado público.
El niño puede estar donde le dé la gana.
No hay una orden de alejamiento que le impida mirar las pizzas.
Quizás su madre está en el pasillo de al lado, cogiendo papel higiénico.
Quizás es un juego.
A los niños les encantan los juegos de sigilo.
Se creen ninjas.
Sí, eso es.
Me ha elegido como su objetivo ninja de la noche.
Intenté tomármelo con humor.
Pero el humor es difícil de mantener cuando el niño en cuestión tiene la expresión facial de un asesino a sueldo soviético.
Decidí que lo mejor era cortar el juego de raíz.
Levanté la mano, como si fuera un guardia de tráfico.
—Oye, chaval —dije, en voz alta.
Mi voz sonó extrañamente aguda y resonó por todo el techo de chapa metálica.
—¿Te has perdido?
Esperaba una respuesta infantil.
Un encogimiento de hombros.
Un “no” bajito.
Pero el niño no movió ni un solo músculo de su cara.
No parpadeó.
Ni siquiera pareció registrar que yo había emitido un sonido.
Sólo me miró.
Con esa intensidad que te hace sentir que tienes un trozo de lechuga entre los dientes.
O que te has olvidado de ponerte los pantalones.
Era una mirada que desnudaba.
Me froté la nuca, repentinamente sudorosa a pesar del frío de los arcones.
Esto estaba pasando de ser “anécdota graciosa para contar mañana en el café” a “situación profundamente desagradable”.

PARTE 3
Intenté ignorarlo.
Me repetí a mí mismo que yo era el adulto y él era sólo un niño de seis años.
No iba a dejar que un mocoso con un dinosaurio en la sudadera me intimidara en mi propio barrio.
Volví a abrir la puerta del congelador.
Cogí la pizza barbacoa, esta vez con determinación.
La tiré al carro.
Cogí también una bolsa de patatas fritas congeladas, por pura rebeldía.
Y empujé mi carro de vuelta a la ruta principal.
No miré hacia él cuando me acerqué.
Mantuve la vista fija al frente, como los caballos de los carruajes.
Pasé por su lado escuchando únicamente el traqueteo de mi rueda estropeada.
Giró la esquina hacia el pasillo de droguería y limpieza.
El olor a lejía, detergente con aroma a Marsella y suavizante floral me envolvió.
Era un olor fuerte, químico, que normalmente me da un poco de dolor de cabeza.
Pero en ese momento me pareció el paraíso.
Me sentí seguro entre los botes de plástico de colores brillantes.
Fingí que necesitaba fregar los suelos.
Empecé a leer las etiquetas de los friegasuelos como si fueran novelas de premio Nobel.
“Brillo intenso, aroma duradero, repele el polvo”.
Fascinante.
Me quedé allí unos dos minutos, dándole la espalda a la entrada del pasillo.
Convencido de que el ninja en miniatura ya se habría aburrido de mí.
Seguro que había encontrado a otro desgraciado al que mirar fijamente en la sección de charcutería.
Me giré para dejar el bote de friegasuelos azul en su sitio.
Y casi tiro toda la estantería del susto.
Estaba ahí.
Al principio del pasillo de limpieza.
Pero esta vez, algo había cambiado.
Ya no estaba lejos.
Se había acercado.
Antes mantenía una distancia de unos diez metros.
Ahora estaba a menos de cinco.
Pero me seguía por cada pasillo.
Y seguía sin hacer ruido.
Y seguía sin cambiar de expresión.
Mi pulso se aceleró.
Esto ya no era un juego infantil.
O si lo era, era un juego en el que yo no quería participar.
La tensión en el ambiente se podía cortar con un cuchillo de untar mantequilla.
El zumbido de las luces fluorescentes parecía haberse vuelto más intenso.
Un ruido eléctrico, constante, como un enjambre de abejas cibernéticas sobre mi cabeza.
La estética del lugar empezó a jugar en mi contra.
Las sombras que proyectaban los palets de papel de cocina.
La luz blanca rebotando en el suelo abrillantado.
Todo parecía el decorado de una película de la que yo quería salir.
Volví a mirar a mi alrededor con urgencia.
¿Dónde diablos estaban los empleados?
Siempre hay algún reponedor aburrido colocando latas de conservas con una máquina etiquetadora.
Siempre hay alguien con un polo corporativo arrastrando un transpalé.
Pero esta noche, el supermercado parecía una nave espacial abandonada.
El pánico social empezó a apoderarse de mí.
¿Qué haces en una situación así?
Si me acerco y le cojo del brazo para llevarlo a información, seré el tipo raro que toca a los niños ajenos.
Si le grito para que me deje en paz, seré el loco histérico que le grita a un crío indefenso.
La sociedad no te prepara para enfrentarte a niños acosadores en silencio.
Los manuales de urbanidad no cubren el apartado de “Niños siniestros en la zona de detergentes”.
Decidí usar la táctica de la evasión evasiva.
Voy a dar esquinazo a este renacuajo.
Agarré mi carro y aceleré el paso.
Salí del pasillo de limpieza haciendo derrapar la rueda maldita.
Me metí en el pasillo de comida para mascotas.
No tengo perro, no tengo gato, ni siquiera tengo un cactus.
Pero me pareció un buen lugar para esconderme.
Caminé rápido entre sacos de pienso de veinte kilos y latas de paté con sabor a salmón.
Llegué a la mitad del pasillo y me detuve, respirando un poco más rápido de lo normal.
Me asomé por encima de una pila de arena para gatos aglomerante.
Mire hacia la cabecera del pasillo.
Vacío.
Mire hacia el otro extremo.
Vacío.
Solté una carcajada nerviosa y ahogada.
Había funcionado.
Le había ganado la partida a un niño de seis años.
Qué orgullo.
Qué gran triunfo para mi edad adulta.
Me apoyé en el manillar del carro, sintiéndome estúpido pero aliviado.
Iba a ir directo a las cajas registradoras, pagar mis cosas poco saludables y salir de allí cagando leches.
Iba a volver a mi sofá, a mi televisión y a mi mundo normal.
Giré el carro para reemprender la marcha.
Di un paso hacia adelante.
Y me quedé petrificado.
No estaba en los extremos del pasillo.
Se había metido por el hueco que hay entre dos estanterías centrales.
Un atajo.
Un atajo que yo no había visto.
Estaba a un metro de mi carro.
Literalmente a tres pasos de mí.

PARTE 4
Entonces se acercó lentamente.
Ya no había pasillo de separación.
Ya no había distancia de seguridad.
La invasión de mi espacio personal era inminente y total.
Di un paso hacia atrás por puro instinto de supervivencia.
Mi espalda chocó contra las estanterías de las latas de comida para perros.
Varias latas metálicas tintinearon a mi espalda.
El sonido fue ensordecedor en medio de aquel silencio irreal.
Porque sí, el silencio ahora era absoluto.
El hilo musical del supermercado, esa música pop insípida que siempre suena de fondo, se había apagado.
O quizás mi cerebro había dejado de procesarla por el exceso de adrenalina.
Sólo escuchaba el sonido de su respiración.
Una respiración suave.
Rítmica.
Pausada.
Sus zapatillas de velcro dieron un paso más hacia mí.
Luego otro.
El movimiento era lento.
Excesivamente lento.
Como si estuviera caminando bajo el agua.
O como si estuviera midiendo cada milímetro de acercamiento.
Mi cerebro colapsó.
Todas mis defensas racionales se desmoronaron como un castillo de naipes en un huracán.
Quería gritar.
Quería salir corriendo y dejar el carro, la leche y la pizza allí mismo.
Quería pedir ayuda a voces.
Pero la garganta se me había cerrado.
Un nudo duro y frío me impedía emitir cualquier sonido.
La paralización del miedo es real, y yo la estaba experimentando en la sección de mascotas de un supermercado de barrio.
Se detuvo a un palmo de mi carrito de la compra.
Tenía que levantar un poco la cabeza para mirarme directamente a la cara.
A esa distancia, pude ver detalles que antes me habían pasado desapercibidos.
Su piel era de un tono pálido, casi translúcido bajo la luz fluorescente.
No tenía ojeras, pero sus ojos parecían agujeros negros en miniatura.
Pupilas dilatadas al máximo, absorbiendo toda la luz de la estancia.
El dinosaurio de su sudadera, de cerca, ya no parecía estar sonriendo.
Parecía estar mostrando los dientes.
El ambiente se volvió denso.
El aire acondicionado parecía haber bajado la temperatura diez grados de golpe.
Sentí un escalofrío recorrer mi columna vertebral, desde el coxis hasta la nuca.
Mi mente iba a la deriva.
¿Qué quiere?
¿Quiere que le compre algo?
¿Quiere que le baje una bolsa de patatas de la estantería alta?
¿Se ha perdido de verdad y está en estado de shock?
Intenté forzar una palabra.
Un mísero “¿qué pasa?”.
Pero mi boca estaba seca como el papel de lija.
Mis labios se movieron pero no salió ningún sonido.
Él no se movió.
No parpadeó.
Levantó una mano.
Una mano pequeña, con los dedos un poco regordetes, típicos de su edad.
La levantó lentamente, como si estuviera moviendo un peso enorme.
Y levantó su dedo índice.
Ese dedo me apuntó directamente al pecho.
O más bien, hacia arriba.
Hacia mi cabeza.
Hacia mi rostro.
El tiempo se congeló.
Juro que el segundero de mi reloj de pulsera dejó de hacer tictac.
El mundo entero se redujo a ese pasillo, a ese niño y a su dedo apuntándome.
Sus labios, finos y descoloridos, empezaron a separarse.
Vi cómo tomaba aire.
Fue una inspiración lenta.
Y me preguntó:
No fue con voz de niño asustado.
No fue con un susurro inaudible.
Fue con una voz clara.
Plana.
Carente de cualquier tipo de emoción humana.
Una voz que no encajaba en absoluto con su pequeño cuerpo de seis años.
Una voz que resonó en el pasillo vacío como una campana de iglesia en la madrugada.
Las palabras flotaron en el aire frío antes de clavarse en mi cerebro.

PARTE 5
“¿Por qué estás usando la cara de él?”
Esa fue la pregunta.
Nueve palabras.
Diez sílabas que destrozaron la poca cordura que me quedaba.
No dijo “¿Quién eres?”.
No dijo “¿Te conozco?”.
No dijo “¿Por qué tienes esa cara?”.
Dijo exactamente: “¿Por qué estás usando la cara de él?”.
El verbo “usar”.
Como si mi rostro fuera una prenda de vestir.
Como si fuera una máscara de goma que me había puesto antes de salir de casa.
Y la mención a “él”.
¿De quién estaba hablando?
El terror que sentí no fue un miedo físico de que el niño fuera a atacarme.
Fue un terror existencial.
Un horror cósmico concentrado en el pasillo de los piensos para gatos.
Mi mano derecha voló instintivamente hacia mi propio rostro.
Mis dedos tocaron mi mejilla.
La barba de tres días.
La piel ligeramente grasa de mi frente.
El puente de mi nariz, que me rompí jugando al fútbol a los quince años.
Todo estaba ahí.
Todo era mío.
¿Verdad?
Por un microsegundo, dudé.
El tono de absoluta certeza del niño me hizo dudar de mi propia identidad.
Sentí un vértigo atroz, como si el suelo de linóleo estuviera a punto de abrirse bajo mis pies.
Mis dedos arañaron mi propia piel, buscando inconscientemente alguna costura.
Buscando el borde de la máscara.
Buscando la cremallera en la nuca.
No había nada.
Sólo carne y hueso.
Mi carne.
Mi hueso.
Mi respiración se volvió errática.
Un jadeo corto y asmático.
Bajé la mano del rostro y lo miré fijamente.
La expresión del niño no había cambiado ni un milímetro tras soltar semejante bomba nuclear psicológica.
Seguía apuntándome con el dedo.
Seguía mirándome a los ojos.
O, mejor dicho, seguía mirando a los ojos de la cara que yo llevaba puesta.
Encontré mi voz por fin.
Salió rota, aguda y patética.
—¿De… de qué hablas? —conseguí balbucear.
El niño bajó el brazo lentamente.
No contestó a mi pregunta.
Simplemente ladeó la cabeza, unos pocos centímetros hacia la derecha.
Como un pájaro estudiando a un insecto antes de comérselo.
Como si estuviera analizando el encaje de mi cuello.
Como si estuviera viendo a través de mí, hacia el verdadero yo que se escondía debajo.
—Esa no es tuya —añadió el niño, con la misma voz plana y espectral.
El terror dejó paso a un pánico instintivo y animal.
Di un paso lateral, separándome del carrito de la compra.
Estaba dispuesto a abandonar mis provisiones.
Estaba dispuesto a salir corriendo por la puerta de emergencia, haciendo saltar la alarma de incendios si fuera necesario.
No iba a pasar ni un segundo más cerca de esta criatura.
Pero justo cuando iba a iniciar mi huida vergonzosa hacia la libertad.
Escuché un sonido al final del pasillo.
El sonido de un carrito de la compra arrastrándose.
Y una voz de mujer, cansada y aguda.
—¡Hugo! ¡Pero bueno, Hugo! ¡Te he dicho que no te separes!
El sonido de la normalidad.
La caballería había llegado.
Una mujer de unos treinta y tantos años, con el pelo recogido en un moño desordenado y cara de estar harta de la vida, dobló la esquina.
Empujaba un carro lleno de papel de cocina y packs de yogures.
Al ver al niño, soltó un suspiro monumental de alivio teñido de enfado.
—¡Madre mía, me vas a matar de un disgusto un día de estos! —exclamó la mujer, acercándose rápidamente.
Llegó hasta donde estábamos.
Agarró al niño del brazo, no con fuerza, pero sí con firmeza.
El niño no se resistió.
Su cuerpo pareció perder esa rigidez antinatural.
Volvió a ser un niño normal, con los hombros caídos.
La madre me miró.
La vergüenza pintó sus mejillas de rojo.
—Ay, perdone usted —me dijo la mujer, con una sonrisa apurada—. Es que se me despista en un segundo. ¿Le ha molestado?
Yo estaba temblando.
Mis rodillas parecían hechas de gelatina de fresa.
Tragué saliva a duras penas.
La miré a ella.
Una madre normal.
Cansada.
Apurada por llegar a casa y terminar el día.
Luego miré al niño.
Hugo.
Hugo estaba mirando al suelo.
Ya no parecía una entidad demoníaca.
Parecía un crío aburrido al que acaban de reñir por enésima vez.
—No… no pasa nada —conseguí articular, forzando una sonrisa que debió parecer la de un psicópata recién fugado—. Estábamos… estábamos aquí, sin más.
La mujer asintió, dando por buena mi patética explicación.
—Venga, Hugo, tira para la caja que papá nos está esperando en el coche —dijo la madre, tirando suavemente de él.
El niño empezó a caminar junto a ella.
Pasaron por mi lado.
La normalidad había vuelto al supermercado.
La luz fluorescente ya no parecía siniestra.
El silencio ya no era amenazador, sólo era el silencio de un martes por la noche.
Suspiré, sintiendo que un peso de mil kilos se levantaba de mi pecho.
Había sido mi imaginación.
El cansancio.
El estrés.
Los niños dicen cosas raras a veces.
Tienen amigos imaginarios, confunden a las personas.
Seguro que vio una película de ciencia ficción y estaba repitiendo una frase sin entenderla.
Claro, eso era.
Una película de ciencia ficción.
Me giré para volver a coger mi carrito de la compra.
Iba a pagar mi pizza e iba a olvidar este incidente absurdo antes de llegar a casa.
Pero justo cuando me estaba girando.
El niño, Hugo, que ya estaba a unos diez metros de distancia caminando con su madre.
Se giró sobre sí mismo.
Sólo de cintura para arriba.
Mientras su madre seguía empujando el carro hacia adelante, ajena a todo.
El niño me miró por encima del hombro.
La distancia era mayor ahora, pero pude verlo claramente.
Sus ojos volvían a ser esos agujeros negros.
Y en su rostro apareció una sonrisa.
Pero no era una sonrisa infantil.
Era la sonrisa de alguien que comparte un secreto terrible.
Levantó una mano y se llevó el dedo índice a los labios.
Un gesto universal.
Shhh.
Guarda el secreto.
Luego, se dio la vuelta y desapareció tras la cabecera del pasillo con su madre.
Me quedé solo.
Otra vez el silencio.
Pero esta vez, el silencio era ensordecedor.
El frío de la sección de congelados se había instalado permanentemente en mis huesos.
Pagué la compra en piloto automático.
La cajera me dio las buenas noches.
Yo no contesté.
No recuerdo haber cruzado el parking.
No recuerdo haber metido la llave en la cerradura del coche.
Sólo recuerdo el momento en el que me senté en el asiento del conductor.
Cerré la puerta.
El coche estaba a oscuras.
No encendí el motor inmediatamente.
Me quedé allí, respirando el olor a ambientador de pino barato.
Con las manos agarrando el volante de cuero gastado con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
Levanté la vista lentamente.
Ajusté el espejo retrovisor interior.
La luz de una farola cercana se colaba por el parabrisas, iluminando la mitad de mi rostro.
Me miré.
Me miré fijamente en el espejo.
Estudié la forma de mis cejas.
La asimetría de mis labios.
Ese pequeño lunar cerca de la oreja izquierda.
Toqué el cristal del espejo con la yema del dedo.
Y por primera vez en mis treinta y cuatro años de vida.
Me pregunté quién era el hombre que me devolvía la mirada.
Y lo que es mucho peor.
Me pregunté a quién le pertenecía esta cara antes de que yo me la pusiera.