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El neón, las ojeras y la liturgia del “Hola, mis amores”

## Parte 1: El neón, las ojeras y la liturgia del “Hola, mis amores”

Mira que yo no soy de las que se quejan por vicio. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como intentar meter un piano de cola en un brik de leche mientras un taxista te pita porque estás bloqueando un carril bus en la calle Pez—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué las criptomonedas son el futuro mientras se le cae el langostino en el regazo y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónoma en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ya la quisieran los espartanos. Pero lo mío no es un curro de oficina con máquina de café de cápsulas y chismes de pasillo. Lo mío es otra cosa.

**Todas las noches hago transmisiones en vivo.**

A eso de las once, cuando Madrid empieza a oler a una mezcla de asfalto mojado, fritanga de bar de esquina y esa libertad desesperada de los que no quieren volver a casa, yo empiezo mi ritual. Vivo en un piso en Malasaña que es tan pequeño que si estiro los brazos puedo tocar la nevera y la lavadora a la vez, pero en mi rincón de trabajo, bajo las luces de neón rosa y azul, parezco la reina de un imperio digital. Mi habitación es un decorado de cartón piedra. Si movieras la cámara diez centímetros a la izquierda, verías la pila de platos sin lavar y la caja de una pizza del Telepizza que lleva ahí desde el martes, pero frente al objetivo, todo es perfecto.

Soy Lola. O bueno, “Lola_Neon99” para los tres mil desconocidos que se conectan cada noche para verme respirar, jugar a videojuegos que ni siquiera me gustan o simplemente contarles qué tal me ha ido el día. El ritual empieza con el maquillaje. No es maquillaje, es una capa de chapa y pintura digna de un taller de Legazpi. Me tapo las ojeras —esas que son como dos surcos en un campo de Castilla—, me perfilo los labios como si fuera a dar un discurso en la ONU y me coloco los auriculares de gatito con luces LED. Esos auriculares son mi corona. En cuanto se encienden, dejo de ser la Lola que se pelea con el casero por una humedad en el baño y paso a ser el objeto de deseo, la confidente, la “mejor amiga” de una marea de avatares con nombres como *GamerPro_69* o *Manolo_Madrid74*.

—Vaya tela, Lola, otra vez aquí —me digo al espejo antes de darle al botón de “Go Live”—. A ver cuánto nos soltamos hoy.

Porque esa es la clave. Madrid es una ciudad que te devora si no tienes garras, y las mías son digitales. Cada “donación”, cada “sub”, cada “bit” que cae en mi cuenta es un ladrillo más para construir el muro que me separa del desahucio. Mi madre, que vive en un pueblo de Cáceres y piensa que internet es algo que inventaron para que no se pierdan las vacas, me pregunta de qué vivo. “De las redes, mamá, de la publicidad”, le digo yo. No le explico que mi publicidad consiste en ser la fantasía de miles de tíos que se sienten tan solos en sus casas como yo en la mía.

Doy el primer clic. La pantalla se ilumina. El chat empieza a correr como si fuera la M-30 en hora punta. “Hola, reina”, “Lola, qué guapa estás hoy”, “¿Nos echamos una partida?”. Y yo, que hace cinco minutos estaba a punto de llorar porque se me ha acabado el papel higiénico, cambio el chip. La máscara se ajusta sola. Es una metamorfosis instantánea. La voz se me vuelve un poco más aguda, los ojos se me achinan y el cuerpo adopta esa postura de “estoy aquí solo para ti” que he perfeccionado a base de horas de ensayo.

—¡Hola, mis amores! ¿Cómo va esa noche? ¿Me habéis echado de menos? —suelto con una sonrisa que me llega a las orejas pero que no me toca el alma.

El chat explota. Los corazones inundan la pantalla. Empieza la función. Es un teatro de sombras donde yo soy la única actriz y ellos son un público hambriento de atención, de una mirada, de que pronuncie sus nombres. “Gracias, *RayitoDeSol*, por esos diez euros, ¡eres un cielo!”. “Hola, *Paquito*, claro que me acuerdo de ti, ¿cómo va ese examen?”. Es un intercambio comercial de afecto fingido. Yo les doy la ilusión de que me importan y ellos me dan el dinero para que el mes que viene no tenga que volver a comer arroz con tomate todos los días.

Es un curro intenso, no te vayas a creer. Tienes que estar al cien por cien. No puedes bostezar, no puedes poner cara de asco si uno te dice una burrada —que te las dicen, y gordas— y tienes que manejar el ritmo como si fueras un DJ en una discoteca de Ibiza. Es un baile sobre el filo de una navaja. Si te pasas de borde, se van. Si te pasas de simpática, se creen que tienen derecho sobre ti. Hay que ser un poco “femme fatale” de barrio y un poco vecina de al lado que te deja el azúcar.

Mientras tanto, por la ventana entreabierta, me llega el ruido de un camión de la basura y el grito de un borracho que jura amor eterno a una farola en la calle San Andrés. El contraste es brutal. El Madrid real, sucio y ruidoso, contra mi paraíso de luces LED y filtros de belleza. A veces me miro en el monitor y no me reconozco. ¿Quién es esa tía que ríe de forma tan cristalina? ¿Quién es esa Lola que parece que no tiene un problema en el mundo?

Pero la noche es larga, nene, y el directo no ha hecho más que empezar. El contador de espectadores sube: 500, 1.200, 2.500… Cada número es una moneda que cae en la hucha de mi supervivencia. Y yo sigo ahí, bajo el foco, devorada por la luz pero invisible tras la pantalla, sabiendo que en cuanto se apague el neón, el silencio de Malasaña va a ser más pesado que una mudanza sin ascensor.

## Parte 2: La coreografía de la seducción y el tintineo del euro digital

Si algo he aprendido en este circo de los directos es que la gente no paga por lo que haces, sino por cómo les haces sentir. No es que yo sea una experta en el *League of Legends* —de hecho, juego como una patata con artrosis— ni que mis dotes de cocina en *streaming* sean dignas de una estrella Michelin. Pero sé moverme. Sé dónde poner la mano, cómo inclinar la cabeza y en qué momento exacto guiñar un ojo a la cámara para que el chat se vuelva loco.

**Sonrío… coqueteo… y gano dinero.**

Es una coreografía que ya me sale sin pensar, como al que tira cañas en un bar de toda la vida y sabe exactamente cuánta espuma dejar en el vaso para que el cliente no proteste. Madrid es una ciudad de pícaros, y yo he heredado esa picaresca, solo que en lugar de vender parcelas en la luna, vendo minutos de mi atención.

—¡Ay, *Santi_77*! ¡Qué generoso! ¡Cien bits! Eso se merece un bailecito, ¿no creéis, chat? —suelto, mientras me levanto un poco, dejando que la cámara capte solo lo necesario para mantener el interés pero sin cruzar ninguna línea roja que me banee la cuenta.

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