Mira que yo no soy de las que se quejan por vicio. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como intentar meter un piano de cola en un brik de leche mientras un taxista te pita porque estás bloqueando un carril bus en la calle Pez—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué las criptomonedas son el futuro mientras se le cae el langostino en el regazo y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónoma en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ya la quisieran los espartanos. Pero lo mío no es un curro de oficina con máquina de café de cápsulas y chismes de pasillo. Lo mío es otra cosa.
A eso de las once, cuando Madrid empieza a oler a una mezcla de asfalto mojado, fritanga de bar de esquina y esa libertad desesperada de los que no quieren volver a casa, yo empiezo mi ritual. Vivo en un piso en Malasaña que es tan pequeño que si estiro los brazos puedo tocar la nevera y la lavadora a la vez, pero en mi rincón de trabajo, bajo las luces de neón rosa y azul, parezco la reina de un imperio digital. Mi habitación es un decorado de cartón piedra. Si movieras la cámara diez centímetros a la izquierda, verías la pila de platos sin lavar y la caja de una pizza del Telepizza que lleva ahí desde el martes, pero frente al objetivo, todo es perfecto.
Soy Lola. O bueno, “Lola_Neon99” para los tres mil desconocidos que se conectan cada noche para verme respirar, jugar a videojuegos que ni siquiera me gustan o simplemente contarles qué tal me ha ido el día. El ritual empieza con el maquillaje. No es maquillaje, es una capa de chapa y pintura digna de un taller de Legazpi. Me tapo las ojeras —esas que son como dos surcos en un campo de Castilla—, me perfilo los labios como si fuera a dar un discurso en la ONU y me coloco los auriculares de gatito con luces LED. Esos auriculares son mi corona. En cuanto se encienden, dejo de ser la Lola que se pelea con el casero por una humedad en el baño y paso a ser el objeto de deseo, la confidente, la “mejor amiga” de una marea de avatares con nombres como *GamerPro_69* o *Manolo_Madrid74*.
—Vaya tela, Lola, otra vez aquí —me digo al espejo antes de darle al botón de “Go Live”—. A ver cuánto nos soltamos hoy.
Porque esa es la clave. Madrid es una ciudad que te devora si no tienes garras, y las mías son digitales. Cada “donación”, cada “sub”, cada “bit” que cae en mi cuenta es un ladrillo más para construir el muro que me separa del desahucio. Mi madre, que vive en un pueblo de Cáceres y piensa que internet es algo que inventaron para que no se pierdan las vacas, me pregunta de qué vivo. “De las redes, mamá, de la publicidad”, le digo yo. No le explico que mi publicidad consiste en ser la fantasía de miles de tíos que se sienten tan solos en sus casas como yo en la mía.
Doy el primer clic. La pantalla se ilumina. El chat empieza a correr como si fuera la M-30 en hora punta. “Hola, reina”, “Lola, qué guapa estás hoy”, “¿Nos echamos una partida?”. Y yo, que hace cinco minutos estaba a punto de llorar porque se me ha acabado el papel higiénico, cambio el chip. La máscara se ajusta sola. Es una metamorfosis instantánea. La voz se me vuelve un poco más aguda, los ojos se me achinan y el cuerpo adopta esa postura de “estoy aquí solo para ti” que he perfeccionado a base de horas de ensayo.
—¡Hola, mis amores! ¿Cómo va esa noche? ¿Me habéis echado de menos? —suelto con una sonrisa que me llega a las orejas pero que no me toca el alma.
El chat explota. Los corazones inundan la pantalla. Empieza la función. Es un teatro de sombras donde yo soy la única actriz y ellos son un público hambriento de atención, de una mirada, de que pronuncie sus nombres. “Gracias, *RayitoDeSol*, por esos diez euros, ¡eres un cielo!”. “Hola, *Paquito*, claro que me acuerdo de ti, ¿cómo va ese examen?”. Es un intercambio comercial de afecto fingido. Yo les doy la ilusión de que me importan y ellos me dan el dinero para que el mes que viene no tenga que volver a comer arroz con tomate todos los días.
Es un curro intenso, no te vayas a creer. Tienes que estar al cien por cien. No puedes bostezar, no puedes poner cara de asco si uno te dice una burrada —que te las dicen, y gordas— y tienes que manejar el ritmo como si fueras un DJ en una discoteca de Ibiza. Es un baile sobre el filo de una navaja. Si te pasas de borde, se van. Si te pasas de simpática, se creen que tienen derecho sobre ti. Hay que ser un poco “femme fatale” de barrio y un poco vecina de al lado que te deja el azúcar.
Mientras tanto, por la ventana entreabierta, me llega el ruido de un camión de la basura y el grito de un borracho que jura amor eterno a una farola en la calle San Andrés. El contraste es brutal. El Madrid real, sucio y ruidoso, contra mi paraíso de luces LED y filtros de belleza. A veces me miro en el monitor y no me reconozco. ¿Quién es esa tía que ríe de forma tan cristalina? ¿Quién es esa Lola que parece que no tiene un problema en el mundo?
Pero la noche es larga, nene, y el directo no ha hecho más que empezar. El contador de espectadores sube: 500, 1.200, 2.500… Cada número es una moneda que cae en la hucha de mi supervivencia. Y yo sigo ahí, bajo el foco, devorada por la luz pero invisible tras la pantalla, sabiendo que en cuanto se apague el neón, el silencio de Malasaña va a ser más pesado que una mudanza sin ascensor.
Si algo he aprendido en este circo de los directos es que la gente no paga por lo que haces, sino por cómo les haces sentir. No es que yo sea una experta en el *League of Legends* —de hecho, juego como una patata con artrosis— ni que mis dotes de cocina en *streaming* sean dignas de una estrella Michelin. Pero sé moverme. Sé dónde poner la mano, cómo inclinar la cabeza y en qué momento exacto guiñar un ojo a la cámara para que el chat se vuelva loco.
Es una coreografía que ya me sale sin pensar, como al que tira cañas en un bar de toda la vida y sabe exactamente cuánta espuma dejar en el vaso para que el cliente no proteste. Madrid es una ciudad de pícaros, y yo he heredado esa picaresca, solo que en lugar de vender parcelas en la luna, vendo minutos de mi atención.
—¡Ay, *Santi_77*! ¡Qué generoso! ¡Cien bits! Eso se merece un bailecito, ¿no creéis, chat? —suelto, mientras me levanto un poco, dejando que la cámara capte solo lo necesario para mantener el interés pero sin cruzar ninguna línea roja que me banee la cuenta.
Muevo las caderas al ritmo de un trap que suena de fondo. Es un baile mecánico, casi robótico. Por dentro estoy repasando la lista de la compra: leche, huevos, detergente, y a ver si me da para comprarme esas botas que vi en la calle Fuencarral. Pero por fuera soy pura energía, puro fuego digital. El chat es un incendio de emoticonos de llamas y berenjenas. Yo me río, me tapo la boca con la mano como si me diera vergüenza —aunque la vergüenza la empeñé hace tres años para pagar la fianza del piso— y sigo con el juego.
El coqueteo es la moneda de cambio. Es un flirteo constante, gaseoso, que nunca llega a nada pero que lo promete todo. Es el “quizás”, el “algún día”, el “eres especial para mí”.
—Claro que me gustaría conocerte, *Toni*, pero ya sabes que Madrid es muy grande y yo soy muy pequeña… —le digo a un tipo que acaba de donarme cincuenta euros.
Miento más que un político en campaña, pero es una mentira aceptada. Él sabe que no vamos a quedar nunca para tomar unas cañas por la Latina, y yo sé que él lo sabe, pero ambos disfrutamos de la ficción. Es un contrato no escrito. Él compra una fantasía y yo compro tiempo. Tiempo de tranquilidad, tiempo de no tener que aguantar a un jefe baboso en una oficina de Leganés, tiempo de ser “alguien” aunque ese alguien sea un holograma rosa en una pantalla de veinte pulgadas.
A veces me preguntan: “¿Lola, no te sientes mal vendiendo eso?”. Y yo les digo: “¿Mal? Mal se siente el que se levanta a las seis de la mañana para limpiar portales por cuatro perras”. Al menos aquí yo pongo las reglas. Si uno se pasa de la raya, clic, baneado. Si otro se pone pesado, lo ignoro. Soy la dueña de mi propio escaparate.
El dinero entra. El sonido de las alertas de donación es la música más bonita de Madrid. Es un “cling-cling” que me dice que hoy la luz no se corta, que mañana puedo ir al mercado y comprarme un filete de los buenos, no de esos que sueltan más agua que una piscina olímpica cuando los echas a la sartén.
—¡Venga, chat! Si llegamos a los cinco mil espectadores, ¡hago el especial de preguntas picantes! —lanzo el cebo, y los peces pican. Siempre pican.
El directo es una droga. La adrenalina de ver los números subir te mantiene despierta, te hace olvidar que te duele la espalda de estar sentada en esta silla de “gamer” que me costó un ojo de la cara y que es más dura que el asfalto de la M-30. Coqueteo con la cámara como si fuera el amor de mi vida, le mando besos al aire que aterrizan en dormitorios de Vallecas, de Sevilla, de México o de Tokio. Soy internacional, nene. Soy la chica de Malasaña que conquista el mundo sin salir de su cuarto de ocho metros cuadrados.
Pero mientras río y hago bromas sobre lo mucho que me gusta el chocolate o lo mal que se me da cocinar, una parte de mí se queda fuera del plano. Es como si me desdoblara. Está la Lola que brilla, la que seduce, la que factura; y luego está la otra, la que nota el sudor frío bajo el maquillaje, la que siente el peso del vacío cada vez que hay un segundo de silencio.
—*Lola, cuéntanos un secreto* —escribe alguien en el chat.
Yo me acerco al micro, bajo la voz hasta que es un susurro íntimo, de esos que te ponen los pelos de punta si los oyes con cascos.
—¿Un secreto? —sonrío de lado, mordiéndome el labio—. Mi secreto es que… si no fuera por vosotros, Madrid sería una ciudad demasiado oscura para una chica como yo.
Y “pum”, otra lluvia de donaciones. El sentimentalismo barato también vende, sobre todo si lo envuelves en papel de regalo de neón. El directo sigue, la intensidad sube, las bromas se vuelven más rápidas. Soy una máquina de generar contenido, un algoritmo con patas y pestañas postizas. Gano dinero, sí. Mucho más del que mi padre ganó nunca doblando el lomo en la construcción. Y sin embargo, cada vez que miro el contador de tiempo de la transmisión, siento que estoy contando los minutos para que se acabe la tortura de tener que ser feliz por obligación.

## Parte 3: El fundido a negro y el fantasma del salón vacío
Son las tres de la mañana. El chat ha empezado a calmarse, la gente se va a dormir o se pasa a otros canales. Yo también estoy agotada. Mis ojos pican por la luz azul, me duele la mandíbula de tanto forzar la sonrisa y el cuello lo tengo más rígido que la estatua de Cibeles.
—Bueno, mis amores, es hora de que Lola descanse. Mañana más y mejor, ya sabéis. Os quiero un mogollón, ¡gracias por estar ahí! ¡Besitos! —lanzo el último beso, hago un corazón con las manos y le doy al botón de “End Stream”.
Clic.
El silencio que inunda la habitación en ese segundo es tan violento que casi duele. Es como si me hubieran pegado un guantazo de realidad. Las luces de neón siguen encendidas un momento, proyectando sombras extrañas de color rosa sobre las paredes desconchadas. Me quito los auriculares de gatito y siento el peso del mundo volver a mis hombros.
**Pero nadie sabe… que después de apagar la cámara…**
Lo primero que hago es quitarme la máscara. No, no hablo del maquillaje, hablo de la expresión. Mi cara se desinfla. Se desploma. Paso de ser la diosa del neón a ser una tía de veintitantos que parece que tiene ochenta. Me levanto de la silla y el cuerpo me cruje por todos lados. Camino hacia el espejo del baño, el que tiene una mancha de humedad que parece el mapa de España, y me miro de verdad.
Sin el filtro de la cámara, sin la iluminación estratégica, doy un poco de miedo, nene. La luz del fluorescente del baño no perdona. Tengo los poros obstruidos por el maquillaje, los ojos inyectados en sangre y una expresión de vacío que no se la desearía ni a mi peor enemigo. Me empiezo a quitar el maquillaje con un disco de algodón y agua micelar. Con cada pasada, se va un trozo de la Lola de internet. Se va el brillo, se va la seducción, se va la alegría de cartón.
Debajo aparece la Lola de verdad. La que se siente sola en un piso de Malasaña donde las paredes son tan finas que oigo al vecino de al lado roncar y a la vecina de arriba discutir con su novio por quién se ha acabado la leche.
Nadie sabe que, en cuanto se apaga el directo, me quedo sentada en el suelo de la cocina, apoyada contra la nevera que hace un ruido de tractor viejo, simplemente respirando el silencio. Es un silencio espeso, madrileño, de esos que te hacen pensar más de la cuenta. Me acuerdo de cuando llegué a Madrid con una maleta llena de sueños y muy poca ropa. Quería ser actriz, quería comerme el mundo, quería que mi nombre saliera en los carteles de la Gran Vía. Y ahora mi nombre sale en una pantalla de Twitch, y mi público son tíos en pijama que me donan bits para que les diga que son especiales.
A veces me da por pensar: si mañana desaparezco, ¿quién se daría cuenta? *RayitoDeSol* se pasaría al canal de otra chica. *Manolo_Madrid74* buscaría a otra a la que contarle sus penas. Soy una pieza de repuesto en la maquinaria del entretenimiento digital. Un producto con fecha de caducidad.
Me hago un sándwich de jamón york que sabe a nada. Me lo como de pie, mirando por la ventana hacia el patio de luces. Madrid a estas horas es una ciudad de fantasmas. Veo las luces encendidas de otros pisos y me pregunto si habrá alguien como yo al otro lado. Alguien que acaba de apagar su propia máscara y se está enfrentando a la realidad de una casa vacía y una vida que se le escurre entre los dedos mientras cuenta las monedas del éxito.
El contraste es lo que me mata. Pasar de tener tres mil personas gritando mi nombre —o el nombre de mi personaje— a estar aquí, con el único sonido de mi propia respiración y el goteo de un grifo que no termina de cerrar bien. Es como sufrir un síndrome de descompresión. El cerebro no procesa bien el cambio de presión de la adoración masiva a la soledad absoluta.
Me siento en el sofá, ese que compré de segunda mano y que tiene una mancha sospechosa que prefiero ignorar. Miro el móvil. Cero notificaciones personales. Muchos mensajes en Discord, muchos “DMs” de fans pidiendo cosas, pero nada real. Nada de “Hola, Lola, ¿cómo estás?”, nada de “¿Te apetece tomar un café mañana?”.
La habitación de los directos sigue ahí, con sus luces rosas brillando por debajo de la puerta cerrada. Es como una zona radiactiva. Mi refugio y mi cárcel. Me da asco entrar, pero fuera de ella no sé quién soy. Me he convertido en un reflejo de lo que los demás quieren ver. Soy un avatar de carne y hueso.
Me tumbo en el sofá y cierro los ojos, pero no me duermo. El silencio de Madrid me grita en la cara. Me grita que el dinero no compra compañía, que el neón no calienta y que los besos al aire no quitan el frío. Y es ahí, en ese limbo entre la noche y el amanecer, cuando la verdad empieza a filtrarse por las grietas de mi armadura.

## Parte 4: El naufragio del amanecer y la sal de las lágrimas
Madrid tiene un color especial a las cinco de la mañana. No es el Madrid de las postales ni el de las cañas al sol. Es un Madrid azulado, frío, que te mira con indiferencia mientras esperas que el mundo vuelva a arrancar. Yo sigo en el sofá, envuelta en una manta que huele a humedad y a falta de planes. El subidón de la transmisión se ha ido del todo, dejando un rastro amargo, como una resaca de garrafón en un bar de mala muerte de Lavapiés.
**Siempre termino llorando sola.**
No es un llanto de esos de película, con música de violines y una lágrima perfecta rodando por la mejilla. Qué va, nene. Es un llanto feo. De esos de moquear, de que se te hinchen los ojos y de que el pecho te dé espasmos como si tuvieras un motor gripado ahí dentro. Lloro por la Lola que ya no está, por la que quería ser algo más que una cara bonita con filtros en una pantalla. Lloro de cansancio, de asco, de una soledad que se te mete en los huesos y que no se quita ni con toda la calefacción del mundo.
Me siento una estafadora. Me paso la noche vendiendo alegría, vendiendo cercanía, vendiendo “amor” por bits, y luego me quedo yo aquí, con el depósito vacío. He vaciado mi alma para llenar mi cuenta bancaria. He troceado mi intimidad y la he servido en bandeja de plata para que un puñado de desconocidos se sientan menos solos, mientras yo me hundo cada vez más en este charco de tristeza madrileña.
A veces me dan ganas de gritar por la ventana, de despertar a todo Malasaña y decirles: “¡Miradme! ¡No soy feliz! ¡La tía del neón rosa es una mentira!”. Pero no lo hago. Porque Madrid no perdona la debilidad, y porque mañana tengo que volver a pagar el alquiler. Así que me trago el grito y lo convierto en sollozos silenciosos, para no molestar a los vecinos, para no molestar al silencio.
Me levanto para ir a la cama, arrastrando la manta como si fuera una capa de reina destronada. Paso por delante del ordenador. La pantalla está en negro, pero todavía parece emitir un calor residual. Es un altar frío dedicado a una diosa de mentira. Miro la silla, miro el micrófono, miro el aro de luz… y me dan ganas de romperlo todo. Pero no puedo. Es mi herramienta de trabajo. Es el remo con el que intento que mi barca no se hunda en este mar de cemento.
Me meto en la cama. Las sábanas están frías. Me hago una bola, intentando conservar el poco calor que me queda. Y entonces, como hago cada noche, hago lo más estúpido que se puede hacer: cojo el móvil y busco su perfil.
No es un fan. No es un espectador. No es nadie que me mande bits ni que me diga que soy su reina. Es alguien real. Alguien que conoció a la Lola de antes, a la que no tenía luces de neón ni auriculares de gatito. Alguien que sabe cómo tomo el café, qué me hace reír de verdad y qué me da miedo cuando truena en Madrid.
Busco su nombre en la lista de espectadores de mi directo de hoy. Sé que no va a estar, pero lo busco igual. Recorro la lista de avatares, de nombres extraños, de gente de todas partes del mundo… y su nombre nunca aparece. Paso al historial, busco entre los “replays”, miro las estadísticas de quién ha compartido mi contenido. Nada. Cero.
La paradoja es tan intensa que me quema por dentro. Tengo a miles de personas pendientes de cada una de mis palabras, analizando cómo me muevo, celebrando cada vez que sonrío. Soy famosa para tres mil extraños, pero invisible para el único que me importa.
Me duele más que el cansancio, más que la soledad, más que el asco de mi propio curro. Me duele saber que mientras yo me exponía ante el mundo entero, mientras hacía bromas picantes y coqueteaba con desconocidos para poder sobrevivir, él estaba en otra parte, viviendo una vida de la que yo ya no formo parte. Una vida real, sin cámaras, sin directos, sin filtros.
Me quedo mirando el techo de la habitación, donde se filtran las primeras luces del alba que entran por la persiana mal bajada. Madrid se está despertando. Oigo el primer metro pasar por debajo de la calle, una vibración sorda que me recuerda que el tiempo no se detiene para nadie. Mañana —bueno, hoy— tendré que levantarme, ponerme otra vez la chapa y pintura, encender las luces rosas y volver a ser la Lola que todos quieren. Tendré que sonreír, coquetear y ganar dinero. Tendré que fingir que soy la mujer más feliz de la red.
Pero aquí, en la penumbra de mi cuarto, rodeada de cables y de sueños rotos, la verdad es insoportable. Me seco las últimas lágrimas con la manga de la sudadera y cierro los ojos, deseando que el sueño me borre la memoria por unas horas.
**Porque la persona que amo… nunca mira mis directos.**
Y ese es el mayor *clickbait* de mi vida: el hecho de que todo este éxito digital, todo este dinero y toda esta adoración masiva, no son más que un ruido ensordecedor que intento usar para no escuchar el silencio de su ausencia. Un silencio que es más fuerte que todos los altavoces de Madrid juntos.

Parte 5: El abismo entre el “Like” y el “Te quiero”
Mira que yo no soy de las que se quejan por vicio. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como intentar meter un piano de cola en un brik de leche mientras un taxista te pita porque estás bloqueando un carril bus en la calle Pez—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué las criptomonedas son el futuro mientras se le cae el langostino en el regazo y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónoma en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ya la quisieran los espartanos. Pero lo que no te enseña nadie, ni en la universidad, ni en los tutoriales de YouTube, ni en las charlas de café de la Plaza del Dos de Mayo, es a gestionar el vacío legal que se queda en el pecho cuando eres el centro del universo para tres mil desconocidos y un cero a la izquierda para el hombre que te conoce hasta las cicatrices del alma.
Esa es la gran bofetada de mi vida digital. El gran spoiler que nadie te cuenta cuando empiezas a comprarte focos de luz y fondos de tela.
Porque la persona que amo… nunca mira mis directos.
Se llama Álex. Y Álex no es un nick raro con números al final. Álex es de carne y hueso, huele a tabaco de liar y a café recién hecho, y tiene la manía de morderse el labio cuando está concentrado arreglando cámaras viejas en su taller de la calle Espíritu Santo. Álex es el Madrid que no brilla con neones, el Madrid de los portales antiguos, de las escaleras que crujen y de las verdades que se dicen a la cara, sin filtros de belleza de por medio. Y Álex odia lo que hago. No es que no me apoye, es que me dice que “le da pena”. Imagínate, nene, que la persona que más quieres en el mundo te diga que lo que te da de comer, lo que te permite pagar este alquiler de infarto en Malasaña, le produce “lástima”.
—Lola, es que esa no eres tú —me dijo la última vez que intentamos hablar del tema, mientras nos tomábamos una caña rápida en el bar “El Palentino”—. Esa tía que ríe como una histérica y manda besos a la cámara es un producto, es un envoltorio. Yo quiero a la Lola que se enfada cuando pierde el metro, a la que tiene ojeras y no se las tapa, a la que no necesita que tres mil tíos le digan que es guapa para creerse que existe.
Y claro, yo le solté lo de siempre. Que si las facturas, que si el éxito, que si Madrid es una selva y yo he encontrado mi propia liana. Pero la realidad es mucho más sucia. La realidad es que Álex es el único que me hace sentir real, y precisamente por eso, es el único al que no puedo dejar entrar en mi habitación de neón. Él nunca se conecta. Nunca me da un follow. Nunca escribe en el chat. Sé que para él, cada vez que le doy al botón de “Iniciar transmisión”, es como si yo me fuera a trabajar a otro planeta.
A veces, en mitad de un directo, cuando estoy haciendo una broma picante para que Santi_77 suelte otros diez euros, me da por imaginar que Álex entra de repente en el chat. Que aparece un nombre de usuario que es el suyo, y que pone: “Lola, basta ya, vuelve a casa”. Se me corta la respiración solo de pensarlo. Pero no pasa. Nunca pasa. Álex respeta mi espacio con una frialdad que me mata. Para él, mi éxito es mi soledad. Cuantos más espectadores tengo, más lejos estoy de él. Cuantos más bits gano, más pobre soy de lo que de verdad importa.
Me levanto del sofá. El sol ya ha entrado de lleno en el salón y Madrid está gritando su rutina de lunes. Me acerco a la ventana y veo pasar a la gente. Veo a los que van a la oficina, a los que barren las calles, a los que pasean al perro. Todos parecen tener una vida más sólida que la mía. Mi vida es una señal de WiFi que se puede cortar en cualquier momento. Mi vida es un castillo de naipes construido con el afecto de gente que ni siquiera sabe mi apellido.
Decido hacer algo que no hago nunca: salir a la calle sin maquillar. Con mi sudadera vieja, mis vaqueros anchos y mi cara de haber estado llorando toda la noche. Camino por Malasaña y me siento como una infiltrada. Nadie me reconoce. Sin el neón rosa, sin los auriculares de gatito y sin la sonrisa de plástico, soy invisible. Y te juro que es un alivio que te mueres. Paso por delante del taller de Álex. La persiana metálica está subida. Le veo ahí dentro, de espaldas, trabajando bajo un flexo. El taller huele a metal, a polvo y a tiempo detenido.
Tengo el impulso de entrar, de abrazarle por la espalda y decirle: “Álex, apaga la luz, vámonos de aquí, no quiero volver a hacer un directo en mi vida”. Pero sé que es mentira. Sé que mañana, cuando el miedo a la pobreza me vuelva a apretar el gaznate, volveré a sentarme en esa silla de gamer. Sé que volveré a maquillarme, a encender los focos y a ser la Lola que todos quieren, menos él.
Vuelvo a mi piso. El pasillo huele a humedad, como siempre. Entro en mi cuarto de transmisiones. Ahora, a la luz del día, parece un decorado barato de una serie de televisión cancelada. Los cables por el suelo parecen serpientes muertas. El aro de luz me mira como un ojo de cíclope apagado. Me siento en la silla y miro la pantalla negra del monitor.
¿De qué sirve que el mundo entero me mire si la única mirada que me importa me ignora a propósito? Es la ironía suprema de la era digital. Soy una estrella que brilla para todos menos para su propio sistema solar. Gano dinero, sí. Tengo éxito, sí. Pero anoche, mientras lloraba sola en el sofá, me di cuenta de que cambiaría todos mis seguidores, todas mis donaciones y todos mis auriculares de gatito por un solo comentario de Álex diciendo: “He visto tu directo hoy, Lola, y me ha gustado”.
Pero él no lo va a hacer. Porque Álex me quiere demasiado para participar en el espectáculo. Me quiere tanto que prefiere no verme si para verme tengo que estar disfrazada de mi propia mentira.
Miro el calendario. Esta noche toca directo especial de cinco horas. Tengo que preparar el guion, pensar en las dinámicas, elegir el outfit que sea lo suficientemente sexy pero no demasiado para que no me censuren. Empiezo a trabajar, como una hormiguita de la seducción digital. Mi cerebro de autónoma toma el mando. “Venga, Lola, que ese viaje a Japón no se va a pagar solo”, me digo.
Pero mientras muevo los archivos y configuro las alertas de sonido, siento una lágrima rebelde resbalar por mi mejilla. Me la seco rápido, no sea que se me ensucie el alma antes de tiempo. Esta noche volveré a sonreír. Volveré a coquetear. Volveré a ganar dinero. Madrid volverá a ser mi escenario y el neón volverá a borrarme las ojeras.
Sin embargo, cuando le dé al botón de “Go Live” y diga: “¡Hola, mis amores! ¿Me habéis echado de menos?”, habrá una parte de mí que estará gritando hacia el vacío de la calle Espíritu Santo. Una parte que sabe que, por mucho que grite, por muchos bits que recaude y por muchas transmisiones que haga, la distancia entre mi cámara y su taller es más grande que todo el océano Atlántico.
Soy la reina de internet, nene. Soy la chica de los tres mil amigos. Y soy la mujer más invisible de todo Madrid para el único hombre al que le entregaría el mando de mi vida sin condiciones.
Aprieto los puños, respiro hondo y empiezo a pintarme los labios. El rojo es intenso, casi violento. Es el color de la guerra que libro contra mí misma cada noche. El neón rosa se enciende. El aro de luz brilla.
—Empezamos en 3… 2… 1… —susurro.
La transmisión empieza. La sonrisa se dispara. El vacío se esconde. Y Madrid, una vez más, se prepara para consumir a otra de sus hijas, mientras el hombre que amo cierra su taller, apaga su luz y se va a casa, prefiriendo el silencio de mi ausencia a la mentira de mi presencia en vivo.