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El mes de enero en Madrid tiene una mala leche que no se puede explicar con palabras.

PARTE 1

El mes de enero en Madrid tiene una mala leche que no se puede explicar con palabras.

No es que haga frío.

Es que el aire parece tener cuchillas de afeitar escondidas.

Esa mañana, el termómetro de la farmacia de la esquina marcaba dos grados bajo cero.

Pero ya sabemos todos que esos termómetros mienten más que un político en campaña.

La sensación térmica debía de ser la misma que la de un pingüino castigado en el congelador de un Mercadona.

Yo salí del portal de mi edificio encogido sobre mí mismo.

Parecía un caracol intentando meterse en su concha.

En la calle hacía mucho frío.

Un frío que te calaba hasta los huesos de las espinillas.

De esos que te hacen plantearte seriamente si necesitas ir a trabajar o si es mejor vivir debajo de un puente, pero con una buena hoguera.

Y mi abrigo… bueno.

Llamarlo abrigo era un insulto a la industria textil.

Era viejo.

Muy viejo.

Y delgado.

Demasiado delgado.

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