Posted in

 EL MENSAJE EQUIVOCADO

 EL MENSAJE EQUIVOCADO

El zumbido del fluorescente de la cocina llevaba tres días volviéndome loco.

Era un pitido eléctrico, agudo, como un mosquito con problemas de ansiedad.

Pero esa noche, a las dos y cuarto de la madrugada de un martes, el zumbido era el menor de mis problemas.

Estaba sentado en un taburete desvencijado de Ikea.

Frente a mí, los restos de una pizza barbacoa que sabía a cartón humedecido.

A mi lado, mi compañero de piso, Hugo, roncaba suavemente sobre la mesa del salón.

Hugo tenía la asombrosa capacidad de dormirse en cualquier postura, desafiando las leyes de la quiropráctica.

Yo no podía dormir.

Llevaba tres horas mirando el techo de mi habitación, contando manchas de humedad con forma de penínsulas europeas.

El motivo de mi insomnio tenía nombre, apellidos y una sonrisa que me paralizaba el sistema nervioso central.

Valeria.

Valeria, con su pelo rizado indomable.

Valeria, que siempre pedía el café con leche de avena y extra de espuma en el bar de abajo.

Valeria, que se había ido de mi vida hacía exactamente tres meses y catorce días.

No es que estuviera contando los días, pero los estaba contando.

Habíamos terminado porque, según ella, yo era “emocionalmente inaccesible”.

Una frase muy de psicólogo de Instagram que, en el fondo, significaba que yo era un cobarde.

Read More