EL MENSAJE EQUIVOCADO
El zumbido del fluorescente de la cocina llevaba tres días volviéndome loco.
Era un pitido eléctrico, agudo, como un mosquito con problemas de ansiedad.
Pero esa noche, a las dos y cuarto de la madrugada de un martes, el zumbido era el menor de mis problemas.
Estaba sentado en un taburete desvencijado de Ikea.
Frente a mí, los restos de una pizza barbacoa que sabía a cartón humedecido.
A mi lado, mi compañero de piso, Hugo, roncaba suavemente sobre la mesa del salón.
Hugo tenía la asombrosa capacidad de dormirse en cualquier postura, desafiando las leyes de la quiropráctica.
Yo no podía dormir.
Llevaba tres horas mirando el techo de mi habitación, contando manchas de humedad con forma de penínsulas europeas.
El motivo de mi insomnio tenía nombre, apellidos y una sonrisa que me paralizaba el sistema nervioso central.
Valeria.
Valeria, con su pelo rizado indomable.
Valeria, que siempre pedía el café con leche de avena y extra de espuma en el bar de abajo.
Valeria, que se había ido de mi vida hacía exactamente tres meses y catorce días.
No es que estuviera contando los días, pero los estaba contando.
Habíamos terminado porque, según ella, yo era “emocionalmente inaccesible”.
Una frase muy de psicólogo de Instagram que, en el fondo, significaba que yo era un cobarde.
Un cobarde incapaz de decirle lo que realmente sentía por ella.
Y ahora, a las dos y media de la madrugada, el valor que me había faltado durante dos años de relación decidió hacer acto de presencia.
Impulsado por el cansancio, la soledad y, para qué engañarnos, por dos latas de cerveza caliente.
Saqué el móvil del bolsillo del chándal.
La luz de la pantalla me deslumbró, obligándome a entrecerrar los ojos.
Abrí WhatsApp.
Ahí estaba su nombre.
“Valeria (No escribir)”.
Sí, le había puesto ese nombre al contacto para disuadirme a mí mismo en momentos de debilidad.
Claramente, el sistema de disuasión era una basura.
Me quedé mirando su foto de perfil.
Salía en un parque, riéndose de algo que alguien le decía fuera de cámara.
Sentí un pinchazo en el pecho, justo donde la gente que sabe de anatomía dice que está el corazón.
Mis pulgares levitaron sobre el teclado virtual.
Me temblaban las manos.
No era un temblor sutil, era un temblor digno de alguien intentando desactivar una bomba atómica con pinzas de depilar.
Empecé a teclear.
Borré.
Volví a teclear.
“Hola, ¿qué tal?”.
Demasiado soso.
Parecía que le iba a vender un seguro de vida.
Borré de nuevo.
“No puedo dejar de pensar en ti, vuelve conmigo, soy un idiota”.
Demasiado intenso.
Parecía un psicópata de película de sobremesa de Antena 3.
Borré otra vez.
El sudor me perlaba la frente.
La cocina de nuestro piso en el barrio de Tetuán parecía haber subido diez grados de temperatura.
Respiré hondo, llenando mis pulmones con el olor a orégano rancio de la caja de pizza.
Tenía que ser sincero.
Directo.
Sin florituras.
Solo la puta verdad.
Mis dedos se movieron con una rapidez inusitada, como si tuvieran voluntad propia.
Escribí dos palabras.
Solo dos.
“Te extraño”.
No había punto final.
No había emojis.
No había margen para dobles interpretaciones.
Eran las palabras más honestas que había escrito en mi treintena de años de existencia.
Cerré los ojos con fuerza.
Apreté el botón de enviar.
El característico sonido del mensaje saliendo resonó en la cocina silenciosa.
“Fiuuu”.
Solté el aire que llevaba reteniendo en los pulmones.
Lo había hecho.
El cobarde había saltado al vacío sin paracaídas.
Abrí un ojo, lentamente, esperando ver el doble check gris.
Y lo vi.

Pero algo no cuadraba.
El fondo de pantalla no era el de Valeria.
El fondo de pantalla era una foto de un perro bulldog francés disfrazado de Yoda.
El bulldog francés de mi vecina del quinto, Bea.
Mi cerebro tardó unos tres segundos en procesar la información visual.
El nombre en la parte superior del chat no era “Valeria (No escribir)”.
Era “Bea Vecina (Reunión Comunidad)”.
El pánico me golpeó con la fuerza de un tren de mercancías descarrilado.
Le escribí: “Te extraño”… pero el mensaje llegó a otra persona.
Me quedé paralizado, con la boca medio abierta.
Un hilillo de sudor frío recorrió mi espina dorsal.
“No, no, no, no, no”, empecé a murmurar en voz baja.
Intenté pulsar el mensaje para borrarlo.
“Eliminar para todos”.
Esa era mi única salvación.
La tecnología podía ser mi ángel de la guarda.
Puse el dedo sobre la burbuja verde.
Pero en ese exacto milisegundo, los dos checks grises se volvieron azules.
Azules y brillantes.
El color de la fatalidad.
Lo había leído.
Bea, la vecina del quinto, despierta a las dos y media de la madrugada, había leído mi declaración de amor desesperada.
[PARTE 2]
El móvil se me resbaló de las manos sudadas.
Cayó sobre la mesa de la cocina con un golpe seco.
Hugo, mi compañero de piso, soltó un bufido en sueños y se rascó la nariz, pero no se despertó.
Yo, en cambio, estaba más despierto que nunca.
La adrenalina me bombeaba por las venas como si me hubiera bebido seis cafés expresos dobles.
Agarré el teléfono de nuevo.
Ángulo: pantalla de teléfono, manos sudadas, luz tenue.
La pantalla iluminaba mi cara descompuesta.
Allí estaba, en la esquina superior de la pantalla.

“Escribiendo…”
Bea estaba escribiendo.
Mi corazón latía a un ritmo que rozaba la taquicardia.
¿Qué me iba a decir?
¿”Te has equivocado, chaval”?
¿”Estás borracho, Javi”?
¿O tal vez un simple interrogante?
Las letras de “escribiendo…” desaparecieron.
Esperé.
Volvieron a aparecer.
“Escribiendo…”
Estaba dudando.
El suplicio duró un minuto entero, que a mí me parecieron tres eras geológicas.
Finalmente, el mensaje de Bea entró en el chat.
No era un texto.
Era un archivo adjunto.
Una foto.
Mis manos temblaban tanto que me costó atinar a pulsar la miniatura para descargarla.
La imagen se abrió en pantalla completa.
Era un selfie de Bea.
Estaba tumbada en su cama, con la luz de una lámpara de lectura iluminando su rostro.
Llevaba un pijama de franela con estampados de pingüinos.
Pero lo que me dejó sin respiración no fue el pijama.
Fue su expresión.
Estaba sonriendo.
No era una sonrisa educada.
Era una sonrisa amplia, radiante, con los ojos brillando de una manera que me aterrorizó por completo.
Vi cómo lo leía y sonreía… pero no era para mí.
Debajo de la foto, un mensaje de texto.
“Yo también, Javi. Pensaba que nunca te ibas a atrever a dar el paso.”
Sentí que el suelo de sintasol de la cocina desaparecía bajo mis pies.
Me estaba cayendo por un pozo sin fondo.
Bea, la vecina.
La chica que siempre me traía tuppers de croquetas cuando hacía de más.
La que siempre se quedaba hablando conmigo veinte minutos en el descansillo de la escalera.
La que me había pedido que le arreglara el router tres veces este mes, aunque yo sé que ella sabe perfectamente cómo reiniciarlo.
Llevaba colada por mí todo este tiempo.
Y yo, en mi inmensa estupidez nocturna, acababa de encender la mecha de sus ilusiones con un cóctel molotov de dos palabras.
“Te extraño”.
Solté el móvil sobre la mesa como si estuviera al rojo vivo.
Me llevé las dos manos a la cabeza, tirándome del pelo.
—Joder, joder, joder —susurré, caminando en círculos por el minúsculo espacio entre la nevera y la lavadora.
Tenía que arreglarlo.
Tenía que decirle que era un error garrafal.
Que el mensaje era para mi exnovia.
Me acerqué al móvil de nuevo.
Tecleé: “Bea, perdona, ha sido una equivocación monumental. El mensaje era para Valeria”.
Me detuve antes de darle a enviar.
Valeria.
Si le decía a Bea que el mensaje era para Valeria, la bomba nuclear estallaría.
Bea era íntima amiga de la hermana de Valeria.
En el ecosistema del barrio, la información viajaba más rápido que la fibra óptica.
Si le decía la verdad a Bea, ella se sentiría humillada.
Una mujer humillada a las dos y media de la mañana es un peligro público.
Se lo contaría a la hermana de Valeria.
La hermana se lo contaría a Valeria.

Y Valeria, que actualmente estaba saliendo con un arquitecto gilipollas llamado Marcos, se reiría de mí.
Valeria pensaría: “Mira el pringado de Javi, borracho a las tres de la mañana, llorando por las esquinas y encima mandando mensajes al chat equivocado”.
Mi mundo se derrumbó… no podía explicarlo sin parecer celoso.
Sin parecer patético.
Sin parecer un fracasado que no había superado una ruptura de hace más de tres meses.
El móvil volvió a vibrar en la mesa.
“¿Estás despierto? ¿Quieres subir a tomar un té?”
Un té.
A las tres menos cuarto de la madrugada.
En código de vecinos solteros, eso no era una infusión de manzanilla.
Eso era una invitación a cruzar el Rubicón.
Miré a Hugo, que seguía roncando, ajeno a mi drama existencial.
—¡Despierta, inútil! —le susurré, dándole un empujón en el hombro.
Hugo abrió un ojo, lagañoso y confundido.
—¿Qué pasa? ¿Hay fuego? —balbuceó, limpiándose un rastro de baba de la comisura de los labios.
—Peor. He iniciado una relación sentimental por accidente.
Hugo se frotó la cara con ambas manos, intentando procesar el idioma español.
—¿Qué dices, tío? Déjame dormir, que mañana tengo turno de mañana en el Alcampo.
—¡He mandado un “Te extraño” a Bea la del quinto!
Hugo abrió los dos ojos de golpe.
Una sonrisa maliciosa empezó a dibujarse en su cara somnolienta.
—¿A Bea? ¿La de las croquetas?
—¡Sí, joder! ¡Pero iba para Valeria!
Hugo soltó una carcajada que resonó en toda la cocina.
—¡Eres un desgraciado, Javi! ¡La has cagado a nivel de campeonato mundial!
—¡No te rías, cabrón, ayúdame! ¿Qué le digo? Me acaba de invitar a subir a tomar “un té”.
—Pues sube, macho. Las croquetas de esa chica son de otro planeta. Imagínate los tés.
—¡Hugo, estoy sufriendo un ataque de pánico y tú piensas en rebozados!
—A ver, cálmate —dijo Hugo, sentándose recto en la silla y adoptando un tono de falso gurú zen—. Tienes dos opciones.
—Dime que la primera es fingir mi propia muerte.
—Opción uno: Le dices la verdad, le rompes el corazón, quedas como un idiota, y te arriesgas a que Valeria se entere de que sigues arrastrándote por ella.
Tragué saliva.
Esa opción era inasumible para mi ego masculino, ya de por sí bastante magullado.
—¿Y la opción dos? —pregunté, con un hilo de voz.
—Opción dos: Subes al quinto.
—¿Estás loco?
—Subes al quinto, te tomas el té, le dices que te has tomado un somnífero muy fuerte y que el mensaje fue producto de una alucinación hipnagógica.
—Eso no se lo cree ni un niño de tres años, Hugo.
—Pues no sé, tío. Ponte el abrigo y huye del país.
Miré la pantalla del móvil de nuevo.
“¿Javi? ¿Estás ahí?”
No podía quedarme en el piso.
Si no contestaba, era capaz de bajar en pijama y aporrear mi puerta.
Bea tenía carácter.
Tomé una decisión drástica.
La decisión de los cobardes por excelencia.
La huida hacia adelante.
[PARTE 3]
Me puse las zapatillas deportivas sin atarme los cordones.
Agarré la chaqueta vaquera que colgaba del respaldo de la silla.
—¿A dónde vas? —preguntó Hugo, viéndome maniobrar con torpeza.
—Voy a salir. Necesito aire.
—Javi, son las tres de la mañana de un martes. No hay aire, solo borrachos y camiones de la basura.
—Si llama a la puerta, dile que he tenido una urgencia médica. Dile que me ha dado un cólico nefrítico.
—Yo no voy a mentir por ti, cobarde.
Cerré la puerta del piso detrás de mí con el mayor sigilo posible.
El descansillo estaba en penumbra.
Miré hacia la escalera que subía al quinto piso.
Me pareció escuchar el sonido de una puerta abriéndose arriba.
No esperé al ascensor.
Me lancé por las escaleras hacia abajo, saltando los escalones de dos en dos.
Salí al portal y empujé la pesada puerta de hierro y cristal para salir a la calle.
El aire frío de la madrugada madrileña me golpeó en la cara.
La calle Bravo Murillo estaba desierta.
Ángulo: cámara en calle solitaria, sombras alargadas.
Las farolas proyectaban una luz naranja, enfermiza, sobre el asfalto.
El silencio de la ciudad a esas horas siempre me había parecido sobrecogedor, pero hoy era sencillamente asfixiante.
Empecé a caminar sin rumbo fijo.
El móvil en mi bolsillo vibró de nuevo.
No quise mirarlo.
Sabía que era ella.
O peor aún, podía ser Valeria, en un giro del destino cósmico, despertándose a las tres de la mañana y decidiendo que me echaba de menos.
No, eso solo pasaba en las comedias románticas.
En mi vida, lo que pasaba era que le mandabas el mensaje a la vecina de las croquetas.
Metí las manos en los bolsillos de la chaqueta, encogiendo los hombros contra el frío.
Cada paso que daba resonaba en el asfalto.
Tac. Tac. Tac.
Mi mente era un hervidero de arrepentimiento.
¿Por qué no podía simplemente olvidar a Valeria?
¿Por qué tenía que ser tan estúpido de intentar contactar con ella a altas horas de la madrugada?
Crucé la calle, esquivando un charco que reflejaba la luz de un semáforo en ámbar intermitente.
Mis pies, de forma traicionera y casi inconsciente, me estaban llevando hacia el sur.
Hacia el barrio de Chamberí.
Hacia el piso de Valeria.
No era un plan consciente.
Era pura inercia emocional.
Pero el cerebro es una máquina cruel.
Mientras mis piernas me acercaban físicamente al código postal de mi exnovia, mi mente me recordaba lo inútil de la situación.
Cada paso que daba hacia ella… parecía que todo se alejaba más.
Me imaginé llegando a su portal.
Llamando al timbre del tercero izquierda.
Despertándola a ella y, muy probablemente, a Marcos el arquitecto gilipollas.
“Hola, Valeria, perdona la hora. He venido a decirte que te extraño, pero en realidad el mensaje se lo mandé a mi vecina, así que vengo a decírtelo en persona para compensar el error logístico”.
Patético.
Lamentable.
Digno de una orden de alejamiento.
Me detuve en seco frente al escaparate de una farmacia de guardia.
La cruz verde parpadeaba rítmicamente, iluminando mi reflejo en el cristal.
Me vi pálido, ojeroso, con el pelo alborotado y cara de loco.
Ese no era el Javi del que Valeria se había enamorado dos años atrás.
Ese era el fantasma de las Navidades Pasadas, versión Malasaña.
Suspiré, empañando ligeramente el cristal del escaparate.
Tenía que volver a casa.
Tenía que afrontar las consecuencias de mis actos.
Mañana por la mañana, tocaría el timbre del quinto piso.
Me tragaría el orgullo.
Le diría a Bea, mirándola a los ojos, que soy un imbécil integral.
Le pediría perdón por haber jugado con sus sentimientos, aunque hubiera sido un accidente provocado por el alcohol y la torpeza digital.
Me giré para deshacer el camino andado.
Empecé a caminar de vuelta hacia Tetuán.
El viento soplaba ahora con más fuerza, arrastrando papeles sucios y hojas secas por la acera.
Estaba a un par de manzanas de mi portal.
Mi respiración se había estabilizado un poco.
El pánico inicial había dejado paso a una resignación profunda y melancólica.
Doblé la última esquina, entrando en mi calle.
Estaba oscura.
Un camión de la limpieza municipal acababa de pasar, dejando un rastro de agua y olor a desinfectante industrial.
Levanté la vista hacia mi edificio.
Las ventanas de mi piso, en el tercero, estaban apagadas.
Hugo seguramente se había vuelto a dormir profundamente.
Pero la ventana del quinto piso estaba iluminada.
Una luz cálida y amarillenta se filtraba a través de las persianas a medio bajar.
Bea seguía despierta.
Esperando.
Sentí una punzada de culpa tremenda.
Yo era un desastre andante, pero ella no se merecía ese trato.
Aceleré el paso, decidido a terminar con la farsa cuanto antes.
Llegué a la puerta del portal.
Saqué las llaves del bolsillo del chándal.
El manojo de llaves metálicas tintineó en el silencio de la calle.
Metí la llave en la cerradura.
Giró con un chasquido mecánico.
[PARTE 4]
Empujé la pesada puerta de cristal y hierro forjado.
El vestíbulo del edificio olía a cera de suelo y a humedad antigua, un olor característico de los bloques de pisos de Madrid de los años sesenta.
La luz del pasillo, que funcionaba con un temporizador ridículamente corto, estaba apagada.
Tanteé la pared con la mano buscando el interruptor.
Mis dedos rozaron el plástico frío del botón.
Presioné.
El clic resonó en la quietud, pero la luz no se encendió.
La bombilla debía haberse fundido.
Fantástico.
El universo seguía enviándome señales para que me rindiera.
Solté un bufido de frustración y dejé que la puerta del portal se cerrara lentamente a mi espalda.
El sonido del cierre fue un golpe sordo y definitivo.
Me quedé a oscuras, solo iluminado vagamente por la luz de las farolas que se filtraba a través del cristal biselado de la puerta de entrada.
Di un paso hacia las escaleras, preparándome para subir los tres pisos a tientas.
Y entonces… escuché un suspiro a mi espalda. No era lo que esperaba.
Me quedé congelado.
Con un pie suspendido en el aire, a punto de pisar el primer escalón de mármol.
No era un suspiro cualquiera.
No era el sonido del aire escapando por la rendija de una ventana, ni el ruido de una cañería vieja.
Era un suspiro humano.
Y venía del rincón oscuro donde estaban los buzones, a apenas dos metros detrás de mí.
El corazón, que parecía haberse calmado durante mi caminata nocturna, volvió a arrancar de cero a cien en un segundo.
Giré la cabeza lentamente, como el protagonista de una película de terror que sabe que el monstruo está justo detrás.
Las sombras en la zona de los buzones eran densas.
—¿Quién hay ahí? —pregunté.
Mi voz sonó extrañamente aguda y temblorosa en la acústica del portal.
No hubo respuesta inmediata.
Solo el sonido de una tela rozando contra la pared de gotelé.
Di un paso atrás, alejándome instintivamente hacia la puerta de salida, por si tenía que salir corriendo hacia la calle.
—Joder, Javi, qué susto me has dado —dijo una voz desde la oscuridad.
No era la voz de un ladrón.
Tampoco era la voz de Bea.
Era una voz suave, ligeramente ronca.
Una voz que habría reconocido entre un millón de voces en medio de un estadio de fútbol lleno.
Una voz que hizo que el tiempo y el espacio colapsaran dentro de mi cabeza.
Se encendió la linterna de un teléfono móvil.
El haz de luz blanca cortó la oscuridad del portal, iluminando mi cara sorprendida, y luego giró hacia arriba para iluminar el rostro de la persona que lo sostenía.
El pelo rizado indomable.
Los ojos oscuros, ligeramente cansados.
El abrigo largo de lana que siempre se ponía cuando hacía frío.
Valeria.
Mi cerebro sufrió un cortocircuito monumental.
Me quedé mirando su cara iluminada desde abajo por la luz del móvil, como si estuviera viendo una aparición mariana.
—¿Valeria? —conseguí articular, sintiendo que la lengua se me pegaba al paladar.
—La misma —respondió ella, apagando la linterna para no deslumbrarme y dando un paso adelante, saliendo de las sombras de los buzones.
El escaso resplandor de la calle me permitía ver su silueta.
Llevaba las manos metidas en los bolsillos del abrigo y parecía estar tiritando un poco.
—Pero… ¿qué haces tú aquí? —pregunté, totalmente desorientado—. Son las tres y pico de la mañana.
Ella soltó una pequeña risa nerviosa.
—Ya lo sé. Llevo casi una hora sentada en las escaleras del portal esperándote.
—¿Esperándome? ¿A mí?
—No, al repartidor de Amazon, no te fastidia. Pues claro que a ti, Javi.
El suelo parecía oscilar ligeramente bajo mis pies.
Mi mente intentaba conectar puntos de información inconexos a una velocidad vertiginosa.
El mensaje.
El error.
Bea.
La caminata.
Y ahora, Valeria en mi portal.
—Pero… ¿cómo has entrado? —fue lo único que se me ocurrió preguntar, aferrándome a la lógica más mundana para no perder la cordura.
—Un vecino que salía a pasear al perro me abrió la puerta hace un rato. Me quedé aquí abajo porque no quería subir a tu piso y despertar a Hugo. Ya sabes cómo se pone cuando le interrumpen el sueño.
Asentí mecánicamente.
Hugo era capaz de matar si lo despertaban dos veces en una misma noche.
—Vale. Has entrado. Pero… ¿por qué? —pregunté finalmente, acercándome un paso cauteloso.
Valeria suspiró de nuevo, bajando la mirada hacia sus botas.
—Esta noche… no podía dormir —empezó a explicar, con un tono de voz mucho más bajo y vulnerable—. He estado dando vueltas en la cama durante horas.
“Yo también”, pensé, pero me mordí la lengua para no interrumpirla.
—Estaba pensando en todo. En nosotros. En la ruptura. En… en Marcos —dijo ese nombre con un tono de desgana que, no voy a mentir, me supo a gloria bendita.
—¿El arquitecto gilip… quiero decir, Marcos el arquitecto? —me corregí a tiempo.
Valeria sonrió débilmente en la penumbra.
—Sí. Ese. Lo he dejado con él esta tarde.
La noticia fue como un rayo de sol atravesando un cielo encapotado de tormenta.
—¿Lo has dejado? ¿Por qué? —pregunté, intentando no sonar demasiado entusiasmado.
—Porque no eres tú, Javi. Así de simple y así de complicado.
Me quedé sin aire.
Total y absolutamente sin aire en los pulmones.
Las palabras flotaron en el aire frío del portal durante unos segundos que parecieron eternos.
—Valeria… yo… —intenté decir, pero ella levantó una mano para pedirme que le dejara terminar.
—Déjame hablar, por favor, que me está costando horrores soltar esto sin echar a llorar —dijo ella, dando otro paso hacia mí—. Me di cuenta de que te echaba de menos. Mucho. Más de lo que estaba dispuesta a admitir. Y… a las dos y media de la madrugada, tuve un momento de debilidad.
Me quedé rígido.
La mención de la hora fue como un cubo de agua helada.
—¿A las dos y media? —repetí, sintiendo un sudor frío recorrer mi nuca.
—Sí. Agarré el móvil. Abrí nuestro chat. Y escribí un mensaje.
La respiración se me cortó.
El universo tiene un sentido del humor retorcido, sádico y profundamente literario.
—¿Escribiste un mensaje? —pregunté, con la voz temblando por motivos muy diferentes a los de hacía un minuto.
—Sí —asintió Valeria—. Escribí: “Te extraño”.
Sentí un vértigo atroz.
Las dos y media de la mañana.
La misma maldita hora.
—Pero… —continuó ella, bajando la cabeza—… fui una cobarde. Lo borré antes de enviarlo. Me dio miedo pensar que tú ya habrías pasado página, o que te estarías riendo de mí. Así que me vestí, cogí un taxi y me planté aquí en tu portal, como una acosadora adolescente, porque necesitaba decírtelo a la cara y comprobar si yo significaba algo para ti todavía.
La miré, de pie frente a mí, vulnerable, valiente, y absolutamente preciosa en la penumbra del portal.
Había cruzado Madrid de madrugada por mí.
Había estado a punto de enviar exactamente el mismo mensaje que yo había enviado por error.
Era el momento.
El momento perfecto para ser sincero.
Para dejar de ser el Javi cobarde.
Para decirle: “Valeria, yo también te extraño. Tanto, que a las dos y media de la mañana intenté mandarte el mismo mensaje, pero por mi inmensa torpeza se lo envié a Bea, la vecina del quinto, que casualmente ahora cree que estamos comprometidos y me está esperando arriba con un té”.
Sí.
Esa era la verdad.
Abrí la boca para confesar mi desastrosa equivocación.
Para reírnos juntos de la ironía cósmica.
Para empezar de cero con honestidad brutal.
La miré a los ojos.
Ella me miraba con una mezcla de esperanza y terror, esperando mi respuesta.
—Valeria —dije, dando un paso al frente y acortando la distancia que nos separaba—. Yo también te extraño. Muchísimo.
Ella soltó el aire de golpe y una sonrisa inmensa iluminó su cara en la oscuridad.
Se lanzó hacia mis brazos, rodeando mi cuello con los suyos.
La abracé con fuerza, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la chaqueta vaquera, hundiendo la nariz en su pelo rizado.
Olía a su champú de avena.
Olía a casa.
—He sido una idiota, Javi —murmuró ella contra mi pecho.
—No, yo he sido el idiota —respondí, acariciándole la espalda.
Nos separamos un poco, justo lo suficiente para poder mirarnos a los ojos.
Mis manos descansaban en su cintura.
Era perfecto.
Era una escena de película.
Hasta que, en ese preciso, mágico y catártico instante, el ascensor del edificio emitió un fuerte zumbido mecánico.
Ambos giramos la cabeza hacia la cabina del ascensor, situada al fondo del portal.
El indicador luminoso encima de las puertas dobles de hierro mostraba un número rojo brillante en la oscuridad.
El número 5.
El número empezó a cambiar.
4…
3…
2…
El ascensor estaba bajando.
Hacia la planta baja.
Valeria me miró, extrañada.
—¿Quién baja a estas horas? —preguntó ella en un susurro.
El sudor frío, que había desaparecido mágicamente con el abrazo de Valeria, volvió con la fuerza de un tsunami.
Bea.
Bea y su pijama de pingüinos.
Bea y su ilusión correspondida a las dos y media de la madrugada.
Bea, bajando a buscarme porque no había subido a tomar el té.
El número rojo del indicador cambió por última vez.
1…
0…
El ascensor se detuvo con un golpe seco.
El mecanismo de apertura hizo un ruido sordo.
La pesada puerta interior de madera empezó a abrirse lentamente.
Miré a Valeria.
Miré la puerta del ascensor.
Pensé en las croquetas, en el arquitecto gilipollas, en los mensajes de WhatsApp y en la insoportable levedad del ser en el barrio de Tetuán.
A veces, el destino te da una segunda oportunidad.
Y otras veces, el destino baja en ascensor en pijama para arruinarte la vida de la forma más cómica y dolorosa posible.
La puerta exterior de hierro se abrió con un chirrido agudo.
La luz del interior de la cabina inundó el oscuro portal, proyectando mi sombra y la de Valeria contra la pared.
Y allí, de pie en el ascensor, con dos tazas de cerámica humeantes en las manos, estaba Bea.
Nos miró a los dos.
La sonrisa radiante que traía en la cara se congeló al instante.
El silencio que siguió a esa escena fue, sin duda alguna, el silencio más ruidoso y devastador de toda la historia de la humanidad.
Y en ese silencio absoluto, lo único que pude pensar fue que, definitivamente, mañana tendría que mudarme de barrio. O de país.