Eran casi las dos de la mañana.
Esa hora maldita.
La hora en la que el mundo se encoge.
La hora en la que cualquier decisión parece una locura absoluta.
Estaba tirado en el sofá, como una ameba.
Mi cuerpo pesaba lo mismo que un piano de cola.
Había intentado engañarme a mí mismo.
Me dije: “Solo voy a cerrar los ojos cinco minutos”.
La mentira más grande que uno se cuenta a sí mismo.
La famosa “siesta de poder”.
O la “cabezadita estratégica”.
Llámalo como quieras, al final es solo procrastinación pura y dura.
El ritual es sencillo.
Te sientas.
Pones una serie de fondo.
Algo que ya hayas visto mil veces.
Algo que no requiera ni una sola neurona.
En mi caso, una reposición de una comedia de los noventa.
Esas risas enlatadas que suenan a cartón piedra.
Te acomodas en el cojín, ese que ya ha tomado la forma de tu espalda.
Bajas el brillo del móvil.
Te prometes que no vas a mirar las redes sociales.
Pero lo haces.
Siempre lo haces.
Y de repente, el tiempo se deforma.
Pasan diez minutos.
Veinte minutos.
Una hora.
Y de repente, el “power nap” se convierte en una pesadilla de insomnio inducido por el scroll infinito.
El silencio de mi piso era absoluto.
Solo se oía el zumbido de la nevera.
Ese ronroneo eléctrico que te recuerda que estás solo.
Y el sonido de los coches pasando por la avenida.
A esa hora, cada coche suena como un disparo en la noche.
Estaba ahí, mirando la pantalla, con los ojos rojos.
Casi vidriosos.
La luz azul del teléfono me golpeaba la cara como un foco de interrogatorio.
Estaba a punto de dejarlo.
De verdad.
Iba a soltar el móvil.
Iba a cerrar los ojos de verdad.
Iba a buscar el sueño de los justos.
Y entonces, ocurrió.
Mi teléfono vibró.
Un zumbido seco.
Corto.
Inesperado.

Como una abeja chocando contra el cristal.
Ese sonido me dio un vuelco al corazón.
¿Quién demonios escribe a las dos de la mañana?
Nadie con buenas intenciones.
Nadie que busque una conversación agradable.
A esa hora, el móvil solo trae malas noticias.
O errores.
O borracheras de gente que no sabe gestionar su soledad.
Miré la pantalla con reticencia.
El brillo me cegó por un segundo.
Mis ojos, acostumbrados a la penumbra, protestaron.
Entorné los párpados.
Y ahí estaba.
Un número desconocido.
Sin nombre.
Sin foto de perfil.
Solo una cadena de números grises sobre fondo negro.
Me quedé helado.
No era el típico mensaje de publicidad.
No era una estafa de esas que te dicen que has ganado un crucero.
Era algo distinto.
Algo que se sentía pesado en el ambiente.
Como si el aire de la sala hubiera cambiado de densidad.
Mi pulso se aceleró.
Sentí ese hormigueo extraño en la nuca.
El instinto de supervivencia, supongo.
Aunque, siendo sincero, a esa hora lo que más me preocupaba era que fuera mi jefe preguntándome por un informe.
Pero no, esto era peor.
Mucho peor.
Puse el dedo sobre la pantalla.
El corazón me martilleaba en el pecho.
¿Qué me esperaba?
¿Qué querían?
La duda me paralizó.
Y en ese instante, el mensaje se iluminó.
Fue como ver un relámpago en una habitación cerrada.
Sentí que el tiempo se detenía.
Como si el universo entero contuviera la respiración conmigo.
El miedo no es algo que llega de golpe.
Es algo que se infiltra.
Como el agua en una grieta.
Y en ese momento, el agua estaba empezando a inundarlo todo.
La pantalla del teléfono era el único faro en mi salón a oscuras.
Me incorporé un poco.
El sofá crujió bajo mi peso.
Un sonido que pareció un estruendo en el silencio sepulcral de la casa.
Miré de nuevo el mensaje.
Mis ojos se fijaron en las palabras.
Fui consciente de cada letra.
De cada punto.
De cada espacio.
Estaba ahí, esperando a que yo lo procesara.
Mi mente intentaba buscar una explicación lógica.
¿Un amigo haciendo una broma pesada?
¿Un error de numeración?
¿Un ex resentido?
Había tantas opciones banales.
Pero mi instinto, ese que nunca se equivoca en las películas de terror, me gritaba que no.
Esto era diferente.
Esto no era un chiste.
La atmósfera se volvió densa.
Casi eléctrica.
Volví a mirar el número.
Nada.
Solo números.
Sin código de país.
Sin nada que me diera una pista.
Solo un vacío digital.
Estaba a punto de pulsar sobre la notificación.
Quería abrirlo.
Necesitaba abrirlo.
La curiosidad es un veneno lento, pero adictivo.
Y yo me estaba bebiendo el vaso entero.
Apoyé el pulgar sobre la pantalla.
El cristal estaba frío.
Demasiado frío.
Noté cómo el sudor me bajaba por la sien.
¿Por qué estaba tan nervioso?
Es solo un mensaje, me decía a mí mismo.
Es solo código binario.
Son solo electrones moviéndose por un chip.
Nada puede hacerte daño a través de una pantalla.
Pero sabía que eso era una mentira.
Las palabras tienen poder.
Las palabras pueden cambiarte la vida en un segundo.
Pulsé.
La pantalla parpadeó.
Se produjo una pequeña pausa.
Un desfase de milisegundos que pareció una eternidad.
El teléfono se quedó bloqueado por un instante.
Pensé que se había colgado.
A veces, estos trastos viejos se vuelven locos a horas intempestivas.
Pero entonces, algo cambió.
La interfaz se cerró sola.
No llegué a abrir el mensaje.
Simplemente, la notificación se desvaneció.
Como si nunca hubiera existido.
Me quedé mirando la pantalla de bloqueo.
La hora seguía ahí.
02:04.
El fondo de pantalla era el de siempre.
Un paisaje de montaña que ni siquiera recuerdo haber puesto.
Pero el mensaje ya no estaba.
Desapareció.
Como si se hubiera evaporado en la red.
Me froté los ojos con fuerza.
¿Estaba alucinando?
¿Había sido el cansancio?
Esa famosa siesta de poder que se estaba convirtiendo en una alucinación colectiva.
Mi cerebro estaba jugando conmigo.
Me levanté del sofá.
Caminé hacia la cocina con pasos pesados.
Necesitaba agua.
Necesitaba algo que me devolviera a la realidad.
El suelo estaba frío bajo mis pies descalzos.
Me serví un vaso de agua directamente del grifo.
El chorro sonaba excesivamente fuerte en mitad de la noche.
Bebí a tragos largos.
El agua estaba tibia.
Me sentí un poco más humano, aunque el miedo seguía ahí, agazapado en el estómago.
Volví al salón.
El teléfono seguía ahí, sobre el sofá.
Parecía un objeto extraño.
Un artefacto de otra dimensión.
Me acerqué a él lentamente.
¿Debía tocarlo?
¿Debía dejarlo ahí y olvidarme?
La tentación de ignorarlo era grande.
Casi tan grande como la necesidad de saber.
Miré el teléfono como si fuera una bomba de relojería.
Quizás lo era.
Me senté de nuevo.
La misma postura.
El mismo silencio.
Pero ahora, el silencio tenía otro matiz.
Ya no era el silencio del descanso.
Era el silencio de la espera.
Era el silencio de algo que está a punto de romperse.
Miré la pantalla.
Estaba negra.
Como si me estuviera desafiando.
¿Qué había pasado?
¿Por qué se había borrado?
¿Acaso había sido un error del sistema?
Me obligué a calmarme.
Respiración profunda.
Inhala.
Exhala.
A ver, Javi.
Es tecnología.
La tecnología falla.
Los servidores se caen.
Los mensajes se pierden en el limbo de los datos.
Tiene que haber una explicación técnica.

Pero, ¿y si no la había?
¿Y si alguien quería que yo pensara que era un error?
¿Y si esto era parte de un juego?
La paranoia empezaba a instalarse.
No podía evitarlo.
Era mi naturaleza.
Siempre buscando un sentido oculto a las cosas.
Siempre intentando encontrar el patrón en el caos.
Miré el móvil de nuevo.
Lo desbloqueé con el pulgar.
Mi pulso seguía acelerado.
Entré en la aplicación de mensajes.
Nada.
La bandeja de entrada estaba vacía.
No había rastro del mensaje.
No había rastro del número.
Como si hubiera borrado toda la conversación.
Pero yo no había borrado nada.
Esto empezaba a oler muy mal.
Me sentí como un idiota.
Me sentí vulnerable.
Cualquiera que tuviera acceso a mi teléfono podía estar observándome.
Me miré en el reflejo de la pantalla apagada.
Me veía desastroso.
Ojeras profundas.
Pelo revuelto.
Un tipo cualquiera a las dos de la mañana, siendo acosado por fantasmas digitales.
Me reí para mis adentros.
Una risa seca, sin gracia.
Si esto fuera una película, ahora vendría la parte en la que el protagonista decide investigar.
Pero, ¿qué iba a investigar?
No tenía nada.
Ni pistas, ni nombres, ni rastros.
Solo el recuerdo de una notificación.
Solo el recuerdo de una vibración en el bolsillo.
Me recosté en el sofá de nuevo.
Intenté cerrar los ojos.
Esta vez de verdad.
Pero era imposible.
Cada ruido de la casa me ponía en alerta.
Una tabla del suelo crujiendo.
El viento golpeando la ventana.
Cualquier cosa me hacía saltar.
Esto no era un “power nap”.
Esto era una condena.
Y lo peor de todo es que, muy dentro de mí, sabía que esto no había terminado.
Sabía que esa vibración iba a volver.
Lo sentía en los huesos.
Como una tormenta que se acerca en el horizonte.
Y yo, simplemente, me quedé ahí.
Esperando.
Con el móvil en la mano.
En la oscuridad.
Buscando una explicación que no iba a llegar.
Al menos, no esta noche.
O eso quería creer.
Me pregunté qué dirían mis amigos si les contaba esto.
“Javi, te estás volviendo loco”.
“Deja el móvil, hombre”.
“Necesitas dormir más”.
Y tendrían razón.
Probablemente tendrían toda la razón.
Pero el miedo no se cura con lógica.
El miedo se siente.
Y yo sentía un vacío en el pecho que ninguna razón podía llenar.
Miré el reloj una vez más.
02:15.
Habían pasado diez minutos desde el mensaje.
Diez minutos que se sintieron como horas.
Diez minutos en los que mi percepción del mundo había cambiado por completo.
De repente, la pantalla se iluminó de nuevo.
Un zumbido.
Más largo esta vez.
Un zumbido que duró una fracción de segundo más de lo normal.
No me atreví a mirarlo.
Me quedé paralizado.
Con el corazón en la garganta.
¿Sería otra vez el mismo?
¿O sería algo distinto?
El teléfono estaba ahí.
La luz azul iluminaba el sofá.
Una luz espectral en medio de la oscuridad.
No quería tocarlo.
Pero sabía que no podía ignorarlo.
Si era algo importante, si era alguien real…
O si era algo peligroso.
Necesitaba saber.
Estiré la mano lentamente.
Como si estuviera acercándome a una llama abierta.
El miedo me recorría los dedos.
Toqué la pantalla.
La encendí.
Y ahí estaba.
El mismo número.
El mismo mensaje, ahora visible.
El mensaje decía: “Ya saben lo que hiciste”.
Me quedé sin respiración.
El corazón me dio un vuelco violento.
“Ya saben lo que hiciste”.
¿Qué significa eso?
¿Quién es “ellos”?
¿Qué es lo que hice?
Mi mente empezó a correr a mil por hora.
Revisé mis recuerdos.
Mis acciones de los últimos días.
¿Había hecho algo malo?
¿Había ofendido a alguien?
¿Había cometido algún error en el trabajo?
¿Algo que pudiera atraer este tipo de atención?
No encontraba nada.
Nada que justificara un mensaje tan críptico.
Nada que justificara este miedo.
“Ya saben lo que hiciste”.
La frase se repetía en mi cabeza como un mantra.
Una acusación sin contexto.
Un juicio sin tribunal.
Intenté abrirlo de nuevo.
Quería saber más.
Quería ver el historial.
Quería ver si había más mensajes anteriores.
Pero en cuanto intenté pulsar sobre el mensaje para desplegarlo, ocurrió otra vez.

El teléfono vibró una última vez, de forma errática.
Y el mensaje desapareció.
Como si se hubiera desintegrado ante mis ojos.
Me quedé con la pantalla en blanco.
La bandeja de entrada, otra vez vacía.
Esta vez no tuve dudas.
Esto no era un fallo técnico.
Esto era un mensaje borrado deliberadamente.
Alguien estaba jugando conmigo.
Alguien estaba controlando mi teléfono.
Sentí una oleada de ira.
Me levanté del sofá de un salto.
¿Quién cojones es?
Grité al aire.
Obviamente, nadie respondió.
Solo el eco de mi propia voz en el salón vacío.
Me sentí ridículo.
Un hombre adulto gritándole a la oscuridad a las dos de la mañana.
Me pasé la mano por el pelo, frustrado.
Tenía que hacer algo.
No podía quedarme aquí esperando a que me llegara otro mensaje.
No podía permitir que alguien jugara con mi cabeza de esta manera.
¿Qué hacer?
¿Llamar a la policía?
¿Qué les iba a decir?
“Hola, agente, alguien me ha enviado un mensaje de texto amenazante pero se ha borrado solo”.
Me colgarían al instante.
¿Llamar a mis amigos?
Quizás alguien sabía algo.
Quizás esto era una broma de muy mal gusto.
Una broma pesada de esas que hacen los amigos aburridos.
Sí, tenía que ser eso.
Tiene que ser una broma.
No hay otra explicación lógica.
Es una broma.
Tiene que serlo.
Me obligué a creerlo.
Era la única manera de mantener la cordura.
Aunque en el fondo, una voz pequeña me decía que no, que no era una broma.
Que esto era real.
Y que estaba en peligro.
Pero decidí ignorar esa voz.
La hice callar con la lógica.
Broma.
Tiene que ser una broma.
Agarré el teléfono.
Mis manos temblaban un poco.
Decidí escribirle a alguien.
Alguien que pudiera decirme si esto tenía sentido.
Abrí el chat de mi grupo de amigos.
Esos amigos que siempre están haciendo tonterías.
“¿Alguno de vosotros está haciendo alguna broma?”, escribí.
Lo releí antes de enviarlo.
Parecía un poco desesperado, pero, ¿qué más daba?
Le di a enviar.
El mensaje salió.
Quedó marcado con un tick azul.
Entregado.
Ahora solo quedaba esperar.
Esperar a que alguien me sacara de esta pesadilla.
Esperar a que alguien me confirmara que todo era un juego.
Pero, mientras esperaba, no pude evitar mirar por la ventana.
La calle estaba desierta.
Las farolas proyectaban largas sombras sobre el asfalto.
Todo parecía normal.
Demasiado normal.
Como si el mundo estuviera esperando a que yo hiciera algo.
Como si yo fuera el centro de una historia que no sabía que estaba protagonizando.
Volví a mirar el teléfono.
Nadie escribía.
Nadie estaba en línea.
El silencio se hizo más pesado.
Más denso.
El tiempo seguía pasando.
02:25.
Llevaba media hora atrapado en esto.
Una media hora que me había cambiado.
Ya no era el mismo que se había sentado en el sofá para echarse una cabezadita.
Ahora era un hombre vigilante.
Un hombre que miraba cada rincón de su salón con sospecha.
Un hombre que sabía que alguien, en algún lugar, lo estaba observando.
Y lo peor de todo es que no sabía quién.
Ni por qué.
Solo sabía una cosa.
Esto acababa de empezar.
Y lo que venía después, iba a ser mucho peor.
Me dejé caer de nuevo en el sofá.
Pero ya no era una ameba.
Ahora era un resorte tenso.
Listo para saltar.
Listo para enfrentarme a lo que fuera.
Porque la incertidumbre es lo que más quema.
La incertidumbre es el verdadero infierno.
Y yo, en ese momento, estaba viviendo en él.
Solo quedaba una cosa por hacer.

Eran casi las dos y media de la mañana, y yo, por alguna extraña razón, sentía que no volvería a dormir en mucho tiempo.
Había algo en el aire, una estática que me recorría la piel.
Como si el propio edificio estuviera conteniendo la respiración, esperando a que yo cometiera el siguiente error.
Porque, sin duda, todo esto se sentía como una trampa.
Una partida de ajedrez donde yo era el peón y ni siquiera sabía quién era mi oponente.
O si el tablero era real.
Revisé el móvil una vez más.
Ninguna respuesta de mis amigos.
El grupo estaba en silencio absoluto.
Lo cual era raro.
Normalmente, a esa hora, alguien siempre está despierto, subiendo un meme estúpido o comentando alguna tontería.
Pero esta vez, nada.
El silencio en el chat era casi tan perturbador como el mensaje borrado.
¿Estarían todos durmiendo de verdad?
¿O estaban ignorándome?
¿O tal vez, el mensaje de alguna manera había afectado a algo más?
No, eso es ridículo.
Deja de pensar así, Javi.
Es solo un mensaje.
Es solo una coincidencia.
Pero, ¿crees en las coincidencias?
La vida te enseña a golpes que las coincidencias no existen.
Todo tiene un porqué.
Todo tiene una causa.
Y si el efecto es miedo, la causa tiene que ser algo terrorífico.
Me levanté y caminé hacia la ventana.
Corrí un poco la cortina.
Madrid seguía ahí fuera, indiferente.
Los edificios de enfrente estaban oscuros, como gigantes dormidos.
Alguna luz parpadeaba en un piso lejano.
¿Alguien más estaba despierto?
¿Alguien más estaría recibiendo mensajes?
Me pregunté si estaba solo en esto.
Si había alguien más ahí fuera, en la noche, siendo acosado por fantasmas digitales.
La idea me reconfortó un poco.
Si estaba solo, era una víctima.
Si estábamos todos juntos, era un fenómeno.
Pero no, no quería ser un fenómeno.
Solo quería que esto terminara.
Quería que mi vida volviera a ser aburrida.
Quería que mis problemas fueran cosas mundanas como la factura de la luz o el alquiler.
No cosas como mensajes borrados y amenazas crípticas.
Dejé la cortina como estaba y volví al sofá.
Me senté con las piernas cruzadas.
Me obligué a respirar.
Inhala.
Exhala.
Tenía que ser racional.
Tenía que ser el Javi analítico, el que siempre encuentra una solución.
“Ya saben lo que hiciste”.
¿Qué hice?
Hice una lista mental.
He sido buena persona.
He pagado mis deudas.
He sido amable con mis vecinos.
He reciclado.
¿Es eso lo que saben?
¿Saben que a veces tiro el plástico en el contenedor equivocado?
No, eso sería absurdo.
“Ya saben lo que hiciste”.
La frase sonaba a algo más profundo.
Algo personal.
Algo que quería mantener oculto.
¿Tengo secretos?
Todo el mundo tiene secretos.
Esa es la naturaleza humana.
Tenemos cajas negras dentro de nosotros que nunca abrimos.
Y quizás, alguien había encontrado la llave de mi caja.
Esa idea me paralizó.
¿Quién podría saber algo así?
¿Quién podría haberme estado siguiendo?
Miré a mi alrededor.
¿Habría alguien escondido en el piso?
La idea me pareció estúpida, pero aun así me levanté y fui a mirar detrás de las cortinas.
Nada.
Miré debajo del sofá.
Nada.
Miré en el baño.
Nada.
Solo yo y mi propia sombra, proyectada por la luz de la calle que se colaba por la ventana.
Me sentí como un niño pequeño asustado por los monstruos del armario.
Me reí otra vez.
Esa risa nerviosa que te sale cuando sabes que estás al borde del ataque de nervios.
Volví al salón.
El teléfono estaba brillando de nuevo.
Otra vez la vibración.
Esta vez no fue un zumbido.
Fue un sonido seco.
Como un golpe en la mesa.
Me quedé helado.
No me atrevía a mirar.
¿Qué sería ahora?
¿Otra amenaza?
¿Una foto?
¿Una orden?
Me senté, con el corazón en la boca.
Toqué la pantalla.
El mensaje apareció instantáneamente.
Esta vez, no se borró.
Esta vez, se quedó ahí, mirándome.
“Pensé que alguien estaba bromeando”.
Eso decía el mensaje.
Mis ojos se abrieron como platos.
Estaban leyendo mi mente.
O peor aún, alguien me estaba viendo.
Alguien estaba viendo lo que yo hacía en este mismo momento.
Miré alrededor de la habitación, desesperado.
¿Dónde está la cámara?
¿Dónde están escondidos?
Empecé a buscar en los rincones.
En las esquinas del techo.
En los cuadros.
En el televisor.
No encontré nada.
Pero la sensación de estar observado era insoportable.
Era como tener mil ojos clavados en la nuca.
¿Cómo podían saber lo que yo pensaba?
¿Cómo podían saber que pensaba que era una broma?
La única explicación posible es que alguien estuviera aquí dentro.
O que alguien tuviera acceso a mi cámara.
Me tapé la cámara frontal del teléfono con un trozo de celo que tenía en el cajón.
Un acto desesperado, lo sé.
Pero me hizo sentir un poco mejor.
Me senté de nuevo.
El teléfono seguía vibrando.
Otro mensaje.
“Así que escribí a mis amigos”.
Eso decía.
Sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda.
Estaban viendo lo que escribía en el grupo.
Estaban vigilando mis comunicaciones en tiempo real.
Esto ya no era un juego.
Esto era una invasión total de mi privacidad.
Pero, ¿por qué yo?
¿Qué tengo yo de especial?
Soy un tipo normal.
Vivo una vida normal.
No tengo nada que esconder que valga la pena ser vigilado de esta manera.
A menos que…
A menos que todo esto sea un malentendido monumental.
Quizás se han equivocado de persona.
Quizás el mensaje no era para mí.
Quizás, y solo quizás, alguien ha hackeado mi cuenta y me está tomando el pelo.
Sí, esa tiene que ser la respuesta.
Alguien ha hackeado mi cuenta.
Es un hacker.
Un hacker aburrido que se dedica a asustar a gente al azar.
Me sentí un poco mejor con esa teoría.
Es más reconfortante pensar que eres una víctima de un hacker anónimo que pensar que alguien te conoce y te odia lo suficiente como para hacer esto.
Pero, aun así, el miedo persistía.
Porque, sea un hacker o un conocido, el peligro era el mismo.
Estaban dentro de mi vida.
Estaban leyendo mis palabras.
Estaban viendo mis reacciones.
Y lo peor de todo es que yo no podía hacer nada para detenerlo.
Excepto seguir el juego.
Si es un juego, hay que jugarlo.
Si es un reto, hay que aceptarlo.
O al menos, eso es lo que dicen las películas.
Pero yo no estoy en una película.
Yo estoy en mi salón.
A las dos y media de la mañana.
Y mi batería se está agotando.
Y yo estoy cada vez más cansado.
Pero el sueño había desaparecido por completo.
La adrenalina había tomado el control de mi cuerpo.
Estaba despierto.
Totalmente despierto.
Y listo para lo que viniera después.
Porque sabía que, inevitablemente, iba a haber algo después.
Me puse en pie y empecé a caminar por el salón.
Necesitaba movimiento.
Necesitaba quemar la energía que me recorría.
La habitación me parecía distinta.
Todo estaba en su sitio, pero parecía cambiado.
La estantería de libros, el cuadro que compré en aquel viaje, el jarrón que me regaló mi madre.
Todo me miraba con ojos extraños.
Como si fueran cómplices de algo que yo no entendía.
Me detuve frente al espejo del pasillo.
Me miré.
Javi, te estás volviendo loco, me dije.
Pero el reflejo no me devolvió una mirada de locura.
Me devolvió la mirada de un hombre que intenta desesperadamente mantener la calma en medio de un huracán.
Y esa mirada, me gustó.
Eso significaba que todavía podía luchar.
Eso significaba que todavía era dueño de mis facultades mentales.
Así que, respiré hondo y me preparé.
Porque el siguiente mensaje estaba a punto de llegar.
Lo sentía en la atmósfera.
Y esta vez, no iba a huir.
Esta vez, iba a contestar.
Lo que sea que supieran, ya no me importaba.
Si querían jugar, jugaríamos.
Me senté otra vez en el sofá.
Esperando.
Con el teléfono en la mano.
En silencio.
En la oscuridad.
Preparado para la siguiente parte de esta pesadilla.
Porque, aunque me aterraba, también tenía una parte de mí, esa parte oculta, que quería ver hasta dónde llegaba esto.
Y esa parte, era la que ahora tomaba las riendas.
Ya no había vuelta atrás.
Ya estaba dentro.
Ya formaba parte del juego.
Y el juego, solo estaba empezando.
Miré el móvil.
La pantalla parpadeó.
Era el momento.
La última parte de la noche estaba por escribirse.
¿Estaba preparado?
Probablemente no.
¿Estaba listo?
Eso esperaba.

Me preparé para recibir la siguiente pieza de información.
La pieza que quizás, solo quizás, me daría la respuesta que estaba buscando.
O que quizás, abriría un agujero aún más grande en mi realidad.
No importaba.
Ya estaba aquí.
Ya estaba listo para el siguiente capítulo.
El silencio volvió a hacerse dueño del salón.
Un silencio expectante.
Como el teatro antes de que se levante el telón.
Y yo, el único espectador de esta extraña función.
Miré el teléfono.
La pantalla se encendió.
Un mensaje nuevo.
“Nadie sabía nada.”
“O eso decían.”
Esas fueron las palabras.
Nadie sabía nada.
O eso decían.
Lo que significaba que alguien sí sabía algo.
Alguien me estaba ocultando la verdad.
¿Mis amigos?
¿Mi familia?
¿El mundo entero?
La paranoia se disparó de nuevo.
¿En quién podía confiar?
¿Quién era mi aliado en todo esto?
Nadie.
Estaba solo.
Absolutamente solo.
Y eso, irónicamente, me hizo sentir una extraña calma.
Si estaba solo, no tenía que preocuparme por traiciones.
No tenía que preocuparme por decepciones.
Solo tenía que preocuparme por mí.
Y eso, era un alivio.
Me puse en pie con una nueva determinación.
Tenía que descubrir la verdad.
Tenía que encontrar a ese alguien que sabía lo que hice.
Porque aunque yo no lo recordaba, ellos sí lo sabían.
Y eso significaba que la respuesta estaba ahí fuera.
En mis fotos, en mis mensajes antiguos, en mis recuerdos borrosos.
Tenía que buscar.
Tenía que excavar en mi propio pasado.
Y lo haría.
Esta misma noche.
Aunque fuera la última cosa que hiciera.
Porque ahora, esto ya no era solo una supervivencia.
Era una búsqueda.
Una búsqueda de mi propia verdad.
Y esa verdad, fuera lo que fuera, valía la pena el riesgo.
Me senté frente al portátil.
La luz de la pantalla iluminó la habitación con un tono blanquecino, casi quirúrgico.
Abrí mis carpetas antiguas.
Miles de fotos.
Miles de momentos.
Viajes, fiestas, días aburridos, cenas familiares.
Todo el archivo de mi vida comprimido en discos duros externos.
Empecé a revisar.
Año por año.
Mes por mes.
Buscando algo que no encajara.
Buscando una pista.
Un patrón.
Algo que justificara el mensaje.
Pero no encontraba nada.
Todo parecía normal.
Todo parecía una vida corriente.
Hasta que llegué a una carpeta de hace tres años.
Un viaje que hice solo.
Un viaje del que casi no tenía recuerdos claros.
Era como si mi mente hubiera bloqueado ese tiempo.
Había muchas fotos.
Paisajes, comida, calles solitarias.
Y de repente, una foto me llamó la atención.
Una foto tomada desde lejos.
Una toma panorámica de una plaza.
Hice zoom.
Y ahí estaba.
Yo.
Caminando por la plaza.
Parecía tranquilo.
Distraído.
Pero entonces, moví el foco.
Y detrás de mí…
Había alguien.
Alguien mirando directamente a la cámara.
Alguien que no debería estar ahí.
Alguien cuya presencia en esa foto no tenía sentido.
El corazón se me paró.
La misma sensación de hace un momento.
Esa opresión en el pecho.
¿Quién era?
Era una figura borrosa, difícil de identificar.
Pero sus ojos…
Sus ojos parecían brillar con una intensidad sobrenatural.
Eran como dos puntos de luz en la oscuridad de la imagen.
¿Cómo no había visto esto antes?
¿Cómo se me pudo pasar por alto una foto así?
Miré los datos de la imagen.
Fecha y hora.
Exactamente el mismo día en el que, según mi memoria, yo había estado solo.
Pero claramente, no estaba solo.
Había alguien ahí.
Alguien que me estaba siguiendo.
Alguien que, tres años después, me estaba escribiendo.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo, más intenso que nunca.
Esto no era un hacker.
Esto no era una broma de amigos.
Esto era algo personal.
Algo que venía de lejos.
Algo que había estado gestándose en las sombras de mi vida durante años.
Y ahora, finalmente, había decidido salir a la luz.
Sentí una mezcla de miedo y una extraña forma de alivio.
Miedo por lo que significaba.
Alivio por tener por fin algo concreto.
Algo real a lo que enfrentarme.
Miré la foto de nuevo.
La figura seguía ahí.
Mirándome.
Desafiándome.
Y entonces, el teléfono volvió a vibrar.
No fue un zumbido.
Fue una llamada entrante.
Un número desconocido.
Sin pensarlo, descolgué.
Mi voz sonó trémula cuando dije:
—¿Quién eres?
Del otro lado, solo silencio.
Un silencio cargado de intención.
Y después, una respiración.
Lenta, constante, casi mecánica.
No era una voz humana.
O al menos, no sonaba como tal.
—¿Quién eres? —repetí, más firme esta vez.
Y entonces, la voz habló.
Una voz distorsionada, como si viniera de una radio mal sintonizada.
—Ahora ya lo recordaste —dijo.
Y la llamada se cortó.
Me quedé allí, con el teléfono pegado a la oreja.
El pitido de la línea cortada sonaba en la habitación como un lamento.
Ahora ya lo recordaste.
¿Recordar qué?
Cerré los ojos con fuerza.
Intenté forzar mi memoria.
Intenté viajar a ese momento.
A ese viaje.
A esa plaza.
Y de repente, como si se abriera una compuerta, las imágenes empezaron a inundar mi mente.
No imágenes de un viaje feliz.
Imágenes de otra cosa.
De algo oscuro.
De algo que yo había hecho.
Y de pronto, lo entendí.
Entendí por qué había bloqueado esos recuerdos.
Entendí por qué no quería recordar.
Porque lo que hice…
Lo que hice era imperdonable.
Y ahora, el pasado había vuelto para reclamar su deuda.
Me senté en el suelo, derrotado.
El peso de la culpa, una culpa que ni siquiera sabía que tenía, me aplastó.
Ahora lo recordaba todo.
Todo.
Y deseaba con toda mi alma no haberlo hecho nunca.
Porque la verdad, a veces, es mucho más aterradora que la ignorancia.
Y la mía, acababa de despertar.
La luz de la pantalla del ordenador seguía iluminando el salón.
La imagen de la foto, con esa figura misteriosa, parecía haberse vuelto más nítida.
O quizás era mi mente la que ahora la veía con claridad.
Ya no era un extraño.
Ahora sabía quién era.
Y eso lo cambiaba todo.
Ya no era una víctima de un juego.
Era un cómplice de algo que no podía cambiar.
Y mi vida, tal como la conocía, se acababa de terminar.
Eran las tres de la mañana.
Y la noche, solo estaba empezando.