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El martes que se creía muy importante

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Parte 1: El martes que se creía muy importante

Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome cómo funciona el mercado de las criptomonedas y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Pero si hay algo que he aprendido en mis treinta y pico años de existencia es que el destino tiene un sentido del humor muy perra, y que suele avisarte de las grandes catástrofes con el sonido más cotidiano del mundo: el tono de llamada de un iPhone.

Aquel martes amaneció como cualquier otro martes de mierda. Madrid estaba envuelto en esa neblina de contaminación y cafeína que nos hace creer que somos productivos. Yo estaba en mi estudio, un rincón de mi piso en Chamberí que es básicamente una silla ergonómica que me costó un riñón y una mesa llena de tazas de café vacías. Tenía una entrega urgente para un cliente de esos que quieren “un diseño disruptivo pero tradicional”, una contradicción que solo se resuelve con muchas horas de Photoshop y mucha paciencia de santo.

A las 10:15 de la mañana, el móvil vibró sobre la mesa.

Bzzz. Bzzz. Papá.

—Manda narices —mascullé para mis adentros, sin despegar la vista del monitor—. Ahora no, Paco, ahora no.

Mi padre, Francisco para el registro civil, Paco para el bar de la esquina, era un hombre de costumbres fijas. Una de esas costumbres era llamarme para preguntarme cosas que Google resolvería en dos segundos. “¿Javi, cómo se ponía el canal ese de los documentales?”, “¿Javi, tú sabes si mañana va a llover en la sierra?”, “¿Javi, te ha llegado el recibo del seguro del coche?”. Yo le quería, claro, pero sus llamadas siempre llegaban en el momento en que estaba yo con el flujo creativo por las nubes o con el estrés por los suelos.

Ignoré la llamada. “Ya le llamaré luego, cuando termine este logo”, me dije. Porque el logo de la empresa de embutidos era, en ese momento, lo más importante del universo. La supervivencia del sector porcino dependía de que yo encontrara la tipografía perfecta. Menudo idiota estaba hecho.

La segunda llamada entró a las 14:30. Yo estaba en la cola de la panadería, peleándome mentalmente con la señora de delante que estaba comprando tres barras de pan y preguntándole al dependiente por la vida de toda su familia. El móvil volvió a bailar en mi bolsillo.

Bzzz. Bzzz. Papá.

—¡Joder, papá! —suspiré, mirando al techo como pidiendo perdón a los dioses de la telefonía—. Que estoy en la calle, hombre. Que no puedo hablar ahora entre el ruido de los autobuses y la gente.

Pensé en cogérselo, de verdad que lo pensé. Estuve a un milímetro de deslizar el dedo por la pantalla verde. Pero entonces la señora de los panes decidió que también quería una docena de magdalenas y yo perdí la paciencia. Bloqueé el teléfono con un movimiento seco, como quien cierra una puerta con un portazo silencioso. “Le devuelvo la llamada en cuanto me coma el sándwich en casa, tranquilo”, fue mi justificación interna.

Volví al piso, devoré un sándwich mixto que sabía a cartón y me volví a sentar frente a la pantalla. El cliente me había mandado tres correos con cambios. “Javi, pon el cerdo más alegre”, “Javi, ese rosa no es lo suficientemente orgánico”. Me pasé la tarde sumergido en un mar de cerdos felices y colores pasteles, olvidándome por completo de que mi padre seguía existiendo al otro lado de una línea de cobre y fibra óptica.

La tercera llamada llegó a las 18:00. Justo en el momento en que el programa se me había colgado y yo estaba jurando en arameo contra el espíritu de Bill Gates.

Bzzz. Bzzz. Papá.

Esta vez ni siquiera me sentí culpable. Sentí irritación. “¿Pero qué pesadez es esta?”, pensé. “Tres llamadas en un día. Seguro que es otra vez lo del mando de la tele o que quiere contarme que el vecino ha vuelto a aparcar el coche pisando la raya de su garaje”.

En España tenemos un don para postergar lo afectivo bajo la excusa de lo laboral. Nos creemos que el mundo se para si no contestamos un correo, pero que la familia es una constante, algo que siempre va a estar ahí, como la Puerta de Alcalá o las obras en la M-30. Pensamos que los padres son eternos porque siempre lo han sido en nuestra memoria.

—Luego, Paco, luego —dije en voz alta al salón vacío—. En cuanto termine el partido del Madrid, te llamo y me cuentas lo del vecino, lo del tiempo y lo que haga falta.

Me puse a ver el fútbol. Estaba en el sofá, con una cerveza en la mano, celebrando un gol que ahora mismo no recuerdo ni de quién fue. Estaba relajado, por fin. El logo estaba enviado, el cliente estaba (supuestamente) satisfecho y yo me sentía el rey del mambo. Mi única preocupación era si el árbitro iba a pitar fuera de juego.

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