El martes empezó con esa clase de lluvia que los gallegos llaman ‘orballo’ y los madrileños llamamos ‘una puta mierda’.
Fina.
Constante.
Taimada.
De esa que parece que no moja, pero cuando te quieres dar cuenta tienes la ropa interior pegada al cuerpo como si acabaras de salir de una clase de aquagym.
El cielo sobre la plaza de Tirso de Molina era de un color gris plomo que te quitaba las ganas de vivir.
O de madrugar, que viene a ser lo mismo.
Eran las ocho y diez de la mañana.
La hora punta de los currantes, los estudiantes con cara de sueño y los jubilados que van a comprar el pan con una misión militar.
Yo pertenecía al primer grupo.
Un currante con un contrato temporal, un sueldo que daba risa y una cuenta bancaria que pedía auxilio a gritos.
Iba caminando con los hombros encogidos.
Las manos metidas hasta el fondo de los bolsillos de mi chaqueta vaquera.
Una chaqueta que, por cierto, no era impermeable.
Un error de cálculo garrafal por mi parte al mirar por la ventana esa mañana.
«Bah, son cuatro gotas», me había dicho a mí mismo.
Qué iluso.
El agua repiqueteaba contra los toldos de los bazares que empezaban a abrir sus persianas metálicas.
Ras, ras, ras.
El sonido del comercio de barrio despertando bajo el diluvio.
Esquivé a una señora con un paraguas de esos transparentes en forma de cúpula.
Casi me saca un ojo con una de las varillas.
«¡Cuidado, joven!», me gritó, como si la culpa de que ella ocupara toda la acera fuera mía.
«Perdone, señora», murmuré entre dientes, acordándome de toda su familia.
Seguí avanzando, saltando sobre las baldosas sueltas.
En Madrid, las baldosas sueltas los días de lluvia son como minas antipersona.
Pisas una y, ¡zas!, un chorro de agua sucia y barro te mancha el pantalón hasta la rodilla.
El Ayuntamiento lo llama “desgaste urbano”.
Yo lo llamo “ruleta rusa de tobillos”.
Metí la mano derecha un poco más profundo en el bolsillo.
Mis dedos rozaron algo frío y metálico.
Una moneda.
Mi última moneda.
Era una moneda de dos euros.

Gorda.
Pesada.
Con el relieve del Rey en una cara y el mapa de Europa en la otra.
Dos euros.
Para Amancio Ortega eso es lo que cuesta respirar un milisegundo.
Para mí, un martes a día veintiocho de mes, era un tesoro nacional.
Era mi café de media mañana en el bar de abajo de la oficina.
Ese café con leche en vaso de cristal y un pincho de tortilla que me daba la vida para aguantar hasta la hora de comer.
Si perdía esa moneda, mi mañana se convertía en un desierto de bostezos y agua del grifo.
La acaricié con el pulgar, como si fuera el Anillo Único.
«Mi tesoro», pensé, sonriendo como un imbécil.
Levanté la vista del suelo para no comerme una farola.
Y entonces, lo vi.
En la esquina vi a un mendigo contando monedas bajo la lluvia.
Estaba sentado en el suelo, apoyado contra la fachada de ladrillo de una farmacia.
No tenía paraguas.
Ni toldo.
Ni siquiera un trozo de cartón decente sobre la cabeza.
Llevaba un gorro de lana calado hasta las cejas que, más que protegerle del agua, parecía una esponja empapada.
Una barba grisácea y rala le cubría la mitad de la cara.
Vestía varias capas de ropa vieja.
Un jersey sobre una camisa, una chaqueta deportiva sobre el jersey, y un chaquetón de pana que había conocido tiempos mejores en los años ochenta.
A su lado, un perro mestizo del tamaño de un microondas dormía acurrucado sobre una manta vieja.
El perro parecía más espabilado que muchos de mis compañeros de oficina.
Pero lo que me llamó la atención no fue el frío que debía estar pasando.
Ni el perro.
Fueron sus manos.
Unas manos agrietadas, negras por la suciedad de la calle y el hollín de los tubos de escape.
Sostenía un vaso de plástico de esos de los festivales de música.
El plástico estaba rajado por un lado.
El hombre tenía el vaso volcado sobre sus rodillas.
Y estaba contando.

Moneda a moneda.
Con una concentración que ya la quisieran para sí los contables del Ibex 35.
Me quedé parado a un par de metros de él.
La gente pasaba por mi lado y me empujaba.
«¡Espabila, chaval!», me soltó un tío con maletín y cascos inalámbricos.
Ni le contesté.
Estaba hipnotizado por la escena.
El mendigo cogía una moneda de cinco céntimos, la miraba con los ojos entrecerrados y la metía de vuelta en el vaso.
Plink.
Luego una de diez céntimos.
Plink.
Luego un céntimo suelto, de esos que nadie quiere y que solo sirven para que el monedero pese más.
Plink.
Su capital entero no debía llegar ni a un euro con cincuenta.
Una miseria.
Un chiste de mal gusto en forma de cobre.
Y encima, estaba lloviendo.
La lluvia le caía directamente sobre las manos.
Sobre el dinero.
Sobre su vida entera expuesta en esa baldosa.
Tragué saliva.
Mi pulgar seguía acariciando mi moneda de dos euros en el bolsillo.
Ese café con leche.
Ese pincho de tortilla jugoso, con la cebolla en su punto exacto.
Mi estómago gruñó de forma audible.
«No me jodas», me dije a mí mismo.
«Tú estás a un paso de la indigencia también».
«No eres la Madre Teresa de Calcuta».
«Además, seguro que se lo gasta en vino en el primer chino que vea abierto».
Los clásicos prejuicios madrileños saltando al rescate de mi egoísmo.
Pero mi conciencia es una tocanaices de primera categoría.
«Míralo», me susurró mi conciencia.
«Tú tienes una casa con calefacción, un nórdica de Ikea y una ducha caliente esperándote».
«Él tiene un perro y un vaso roto».
«Y se está mojando la cabeza».
Di un paso hacia él.
Solo uno.
Como si el suelo estuviera hecho de cristal fino.

El hombre ni se inmutó.
Seguía a lo suyo.
Separando las monedas de cobre de las doradas.
Como si estuviera separando diamantes de trozos de cristal.
Ángulo: primer plano, gotas de lluvia, monedas resbalando.
Me fijé en el agua.
Una gota resbaló por la visera de su gorro y cayó directamente sobre una moneda de veinte céntimos.
El impacto hizo que la moneda brillara por un microsegundo bajo la luz triste de la calle.
Luego, el agua sucia de sus dedos la volvió a opacar.
Otra gota cayó sobre el morro del perro.
El chucho ni se movió.
Debía estar acostumbrado a ser mobiliario urbano pasado por agua.
Me acerqué un poco más.
Mi bota pisó un charco justo a su lado.
Splash.
El hombre levantó la cabeza de golpe.
Me miró.
Sus ojos eran de un color marrón acuoso.
Estaban enrojecidos, cansados, surcados por venitas rotas.
Me miró con una mezcla de miedo y resignación.
Como si esperara que le fuera a pegar una patada a su vaso o a insultarle por existir en mi misma acera.
«Buenos días», le dije.
Mi voz sonó ridícula.
¿Buenos días? ¿Qué tenían de buenos?
El hombre no contestó.
Apretó el vaso contra su pecho, en un gesto instintivo de protección.
«Disculpe», volví a intentarlo, sintiéndome el tío más torpe de la península ibérica.
Saqué la mano del bolsillo.
Mi puño estaba cerrado.
Dentro, mi moneda de dos euros.
Mi desayuno.
Mi pequeña alegría matutina.
La miré un instante antes de abrir la mano.
Brillaba.
Relucía con arrogancia frente a la miseria de cobre que él tenía en las rodillas.
Le ofrecí mi última moneda… aunque también me quedaba poco para mí.
Extendí el brazo hacia él.
«Tome», dije, con un hilo de voz.
«Para un café caliente. O para el perro. Para lo que quiera».
El tiempo pareció detenerse.
O al menos, se ralentizó lo suficiente como para que el ruido del tráfico se volviera un murmullo lejano.
PARTE 2
El hombre miró la moneda.
Luego me miró a mí.
Luego volvió a mirar la moneda.
Como si estuviera viendo un billete de quinientos euros o un unicornio pastando en Atocha.
«Es… ¿es de dos euros?», balbuceó.
Su voz era una lija oxidada.
Tosió un poco, llevándose una mano al pecho.
«Sí», respondí, agachándome un poco para no obligarle a estirar tanto el cuello.
«Es de dos euros. Póngala a buen recaudo antes de que se la lleve el agua».
Él soltó el vaso de plástico, dejándolo en el suelo con cuidado infinito.
Acercó su mano temblorosa a la mía.
Sus dedos, fríos como témpanos de hielo, rozaron mi palma.
Cogió la moneda.
La sostuvo entre el pulgar y el índice, elevándola ligeramente hacia la luz de la farmacia.
Como comprobando que no fuera de chocolate.
Y entonces, ocurrió.
Un cambio físico, real y palpable en su expresión.
Las arrugas de su frente parecieron suavizarse.
La tensión de sus hombros bajó dos centímetros.
Sus ojos se iluminaron y me dijo: ‘Gracias, joven.’
No fue un gracias mecánico.
No fue el gracias de alguien que te sujeta la puerta del ascensor por cortesía.
Fue un gracias profundo.
Gutural.
Un gracias que me golpeó directamente en la boca del estómago.
«De nada, jefe», contesté, intentando sonar desenfadado para quitarle hierro al asunto.
«Cómprese algo que le quite el frío. Que hace una mañana de perros».
Miré al chucho al decir esto.
«Con perdón del presente», añadí, señalando al animal.
El mendigo soltó una carcajada ronca.
Fue una risa corta, que se convirtió en un ataque de tos, pero era una risa al fin y al cabo.
«Almirante le perdona», dijo, acariciando la cabeza del perro con la mano libre.
«Se llama Almirante. Tiene más galones que yo en esta calle».
Sonreí.
Una sonrisa de verdad, de las que tiran de las comisuras de los labios hacia arriba.
Me incorporé, sintiendo un leve crujido en la rodilla.
Los treinta años ya no perdonan ni en los gestos nobles.
«Bueno, me voy que llego tarde al curro», dije, ajustándome el cuello de la chaqueta.
«Que tenga un buen día, dentro de lo que cabe».
«Que Dios se lo pague, muchacho», respondió él.
«O el jefe de su empresa, que es más seguro».
Tenía sentido del humor.
Debajo de toda esa costra de miseria, el tío tenía chispa.
Eso me gustó.
Me di la vuelta y retomé mi camino hacia la boca de metro.
Pero mi paso era diferente.
Ya no iba encogido.
Ya no sentía que la lluvia fuera una ofensa personal del universo contra mi existencia.
El agua me resbalaba por la frente, sí.
Mis zapatillas seguían empapadas, por supuesto.
Y mi estómago seguía pidiendo a gritos un pincho de tortilla que ya no iba a existir.
Pero me daba igual.
Había algo distinto.
Una especie de calor interno.
Como si me hubiera tragado un radiador pequeñito.
Caminé unos diez metros.
El semáforo estaba en rojo, así que me detuve junto a una marquesina de autobús.
No pude resistir la tentación.
La curiosidad humana es más fuerte que la educación.
Giré la cabeza ligeramente para mirar hacia atrás.
Ángulo: cámara detrás del mendigo, caminando con una sonrisa.
Bueno, él no estaba caminando, seguía sentado.
Pero yo lo veía desde atrás, casi de perfil.
Había guardado mi moneda de dos euros en un bolsillo interior de su chaquetón, asegurándola con una palmada en el pecho.
Ahora estaba recogiendo sus moneditas de cobre.
Pero sus movimientos ya no eran lentos y resignados.
Tenían un ritmo distinto.
Estaba canturreando.
Juro por mi vida que le vi mover la cabeza al ritmo de una canción inaudible.
Y Almirante, el perro, había levantado las orejas y le miraba moviendo el rabo.
Ese gesto pequeño cambió mi día más que cualquier otra cosa.
Una puta moneda de dos euros.
Doscientos céntimos de metal.
Algo que yo me iba a gastar en colesterol y cafeína sin pensarlo dos veces.
Le había cambiado la mañana a un hombre.
Y, de rebote, me la había cambiado a mí.
La oficina ya no me parecía una prisión de máxima seguridad.
Los correos urgentes de mi jefe ya no me parecían amenazas de muerte.
Todo se había relativizado.
Me sentí ligero.
Incluso me sentí un poco superior moralmente, para qué mentir.
Es ese egoísmo altruista del que hablan los psicólogos.
Ayudas para sentirte tú bien.
Y joder, qué bien me sentía.
Sonreí abiertamente, enseñando los dientes a la calle mojada.
«Qué gran tío soy», pensé, hinchando el pecho.
El semáforo para peatones se puso en verde con su clásico pitido intermitente.
Pi, pi, pi, pi.
Di un paso al frente para cruzar la calle.
Preparado para comerme el mundo, o al menos para sobrevivir al martes.
Pero entonces, algo me frenó.
Una sensación extraña en la nuca.
Esa punzada que te avisa de que alguien te está mirando fijamente.
No era el mendigo, él estaba a lo suyo.
No era la gente cruzando el paso de cebra, iban corriendo como pollos sin cabeza.
Me detuve en el bordillo.
La lluvia caía más fuerte ahora, golpeando rítmicamente contra el asfalto.
Cuando me giré…
Lentamente, como en una película de suspense donde el protagonista sabe que el asesino está detrás.
Solo que aquí no había asesino.
Al otro lado de la marquesina del autobús, a unos cinco metros de mí.
Parada bajo un paraguas azul oscuro.
Alguien más estaba observando y sonrió.
PARTE 3
Era una mujer.
De mi edad, más o menos.
Llevaba un abrigo color mostaza que destacaba como un faro en medio de la neblina gris de Madrid.
Y sostenía ese paraguas azul oscuro con firmeza, luchando contra las rachas de viento.
Pero lo que me dejó clavado en la acera no fue el abrigo.
Ni el paraguas.
Fue su sonrisa.
No era una sonrisa de cortesía, de esas que le lanzas al panadero cuando te da el cambio.
Era una sonrisa cómplice.
Cálida.
De alguien que acaba de pillar in fraganti a otra persona haciendo algo bueno cuando creía que nadie miraba.
Me quedé mirándola como un pasmarote.
El semáforo peatonal empezó a parpadear, avisando de que el tiempo se acababa.
Pi, pi, pi, pi, pi.
Pero yo no crucé.
Me quedé allí, con el agua escurriéndome por la nariz, mirándola fijamente.
Ella dio un paso hacia mí.
Luego otro.
Hasta que se paró a un metro de distancia.
Inclinó ligeramente el paraguas azul hacia adelante, ofreciéndome refugio bajo la cúpula de tela.
«Es un detalle muy bonito el que has tenido», me dijo.
Su voz era clara, sin el tono rasposo de los madrugones madrileños.
«Ah… bueno», balbuceé, sintiendo que me ruborizaba.
Maldita sea mi piel pálida que delata cualquier alteración cardíaca.
«Era solo calderilla», mentí como un bellaco.
«Calderilla que te iba a quitar el frío a ti, supongo», respondió ella, levantando una ceja.
Me miró de arriba abajo.
Mi chaqueta vaquera empapada.
Mis pantalones pegados a las pantorrillas.
Mis zapatillas de lona que en ese momento parecían dos esponjas de baño.
«Tienes pinta de necesitar un café urgente», sentenció.
«Y viendo que acabas de donar tu fondo de inversión… te invito yo».
Abrí los ojos como platos.
El orgullo masculino ibérico intentó asomar la cabeza.
«No, no, qué va. Si estoy estupendamente. Además, llego tarde al curro y…».
Un trueno sordo interrumpió mi excusa barata.
Y justo después, mi estómago decidió que era el momento perfecto para rugir.
Un rugido profundo, hueco y humillante.
Como el de un león con depresión.
Ella soltó una carcajada.
Una risa limpia, sin complejos.
«Tu estómago no opina lo mismo que tu orgullo», me dijo, señalando mi barriga.
«Venga, métete debajo del paraguas antes de que cojas una pulmonía y tu acto de caridad acabe en tragedia».
No tuve más remedio que obedecer.
Di un paso hacia ella y me metí bajo el paraguas azul.
Olía a perfume caro.
A vainilla y a algo que no supe identificar, pero que le daba mil vueltas al olor a humedad que desprendía yo.
«Soy Marta, por cierto», dijo, empezando a caminar hacia la esquina contraria.
«Javi», respondí, intentando acompasar mi paso al suyo para no pisarle los talones.
«Encantada, Javi el Samaritano».
«Por favor, no me llames así. Me hace sentir como si llevara túnica».
Marta volvió a reírse.
Caminamos juntos por la acera.
La proximidad bajo el paraguas me ponía nervioso.
Nuestros brazos se rozaban con el balanceo natural de andar.
Mi manga vaquera mojada contra la tela suave de su abrigo mostaza.
Yo intentaba encogerme para no empaparla.
«No te encojas, que pareces Quasimodo», me soltó, como si me leyera la mente.
«Es que te voy a poner perdida de agua», me excusé.
«Tranquilo, la ropa se seca. Lo importante es llegar al bar antes de que quiten los pinchos de tortilla buenos».
Esa frase fue música para mis oídos.
Esta mujer entendía las prioridades de la vida.
Llegamos a un bar de la calle Atocha.
Uno de esos de toda la vida.
Nada de cafeterías hípsters con sillas de mimbre y tostadas de aguacate a precio de oro.
Un bar con letras doradas en la cristalera, servilleteros de aluminio en la barra y una máquina tragaperras parpadeando al fondo.
El paraíso.
Marta cerró el paraguas y entramos.
El cambio de temperatura fue como un bofetón de calor y olor a café recién molido.
Mis gafas, que llevaba guardadas en el bolsillo de la camisa, se habrían empañado de llevarlas puestas.
«¡Paco!», saludó Marta al camarero.
Un señor con bigote grueso, chaleco negro y una agilidad mental asombrosa.
«¡Hombre, Martita! ¿Lo de siempre?», gritó Paco por encima del ruido de la máquina de café y las conversaciones matutinas.
«Sí, Paco. Y para el chico… ¿qué vas a querer, Javi?».
Me apoyé en la barra de zinc.
Miré la vitrina de tapas.
Allí estaba.
La tortilla de patatas.
Gordita, amarilla, con ese borde ligeramente tostado.
Casi pude escuchar a un coro celestial cantando “Aleluya”.
«Un café con leche doble, muy caliente. Y un pincho de esa maravilla de ahí», dije, señalando la vitrina como un niño pequeño.
«¡Oído cocina!», exclamó Paco, poniendo a calentar la leche al vaporizador.
Fsssshhhhhhh.
El ruido llenó el bar durante unos segundos.
Marta se giró hacia mí, apoyando los codos en la barra.
«Así que… ¿sueles ir regalando monedas de dos euros a primera hora de la mañana o hoy es un día especial?».
Me rasqué la nuca, un poco avergonzado.
«No te creas. Soy bastante rata por lo general».
«Pero… no sé. Le vi ahí sentado. Con el perro. Contando céntimos bajo el chaparrón».
«Y pensé que mi café me lo podía tomar más tarde. O mañana».
«Aunque luego me di cuenta de que era literalmente la única moneda que llevaba encima».
Marta sonrió, apoyando la barbilla en su mano.
«Esa es la mejor parte».
«¿Que sea pobre?», bromeé.
«No, tonto. Que diste lo poco que tenías. Eso tiene más mérito que dar lo que te sobra».
Me encogí de hombros, intentando quitarle importancia.
«Tampoco nos pongamos poéticos. Ahora te debo a ti un desayuno».
«Aceptaré el pago en cuotas», respondió ella, guiñándome un ojo.
Paco apareció con los dos cafés y los platos con los pinchos.
«Aquí tienen. Que aproveche la juventud».
Agarré la taza de cristal ardiendo.
Me quemé un poco las yemas de los dedos, pero me dio igual.
Dejé que el calor me subiera por los brazos y me descongelara el pecho.
Le di un bocado al pincho de tortilla.
Estaba espectacular.
La patata se deshacía en la boca, y la cebolla le daba ese toque dulzón que te reconcilia con el mundo.
Cerré los ojos un segundo para disfrutarlo.
«Te está dando un orgasmo gastronómico, ¿verdad?», comentó Marta, dándole un sorbo a su manzanilla.
Casi me atraganto con el café.
Tosí un par de veces, golpeándome el pecho.
«Joder, avisa antes de soltar esas cosas», dije con los ojos llorosos por la tos.
«Es que tienes una cara de felicidad que da envidia».
«Es que es el mejor pincho de tortilla que me he comido en meses».
«Y eso que lo estoy comiendo de prestado».
Hablamos durante unos quince minutos.
Me enteré de que trabajaba en un bufete de abogados cerca de la plaza de Santa Ana.
Me contó que odiaba los martes lluviosos porque siempre se le encrespaba el pelo.
Aunque yo no veía ningún encrespamiento, la veía perfecta.
Yo le conté que trabajaba en una gestoría haciendo nóminas y aguantando a clientes que no saben distinguir un IVA de un IRPF.
«Qué vida tan apasionante llevamos», ironicé, apurando mi café.
«Somos la élite de Madrid», se rió ella.
Miré el reloj del bar, que colgaba encima de la puerta de la cocina.
Las ocho y cuarenta.
«Mierda. Voy a llegar tardísimo», solté, limpiándome la boca con una servilleta de papel que resbalaba más que limpiaba.
«Tranquilo, la lluvia es la excusa universal en esta ciudad. Nadie te va a decir nada».
Marta sacó un billete de cinco euros del bolsillo y lo dejó encima de la barra.
«Quédate el cambio, Paco», le dijo al camarero.
«Yo me voy corriendo, y nunca mejor dicho».
Me levanté del taburete, ajustándome la chaqueta mojada que se había vuelto pesada como el plomo.
«Marta, en serio, muchísimas gracias. El próximo día invito yo. Te lo juro por Snoopy».
«Me lo apunto en la agenda, Javi el Samaritano».
Salimos a la calle.
Seguía lloviendo, pero parecía que con menos mala leche.
Marta abrió su paraguas azul.
Me miró antes de darse la vuelta para irse hacia su despacho.
«Oye, Javi».
«¿Sí?».
«¿Por dónde sueles pasar a desayunar los días que sí tienes monedas?».
El corazón me dio un salto.
Ese saltito absurdo que da cuando sabes que alguien te está tirando la caña, pero no quieres hacerte ilusiones por si acaso.
«Suelo venir por esta calle. Casi todos los días».
«Guay», dijo ella, con una sonrisa ladeada.
«Pues a lo mejor mañana coincidimos y me puedes devolver el pincho de tortilla».
«Hecho. Mañana rompo la hucha del cerdito y te invito a lo más caro del bar».
«Con que sea de patata y cebolla me conformo».
Se dio la vuelta y empezó a caminar, sorteando los charcos con una elegancia que yo jamás tendría.
Me quedé mirándola alejarse.
Su abrigo mostaza se fue difuminando entre la gente y la lluvia.
Suspiré.
Metí las manos en los bolsillos de mi chaqueta.
Estaban vacíos.
No tenía un duro.
Estaba empapado, mis zapatos estaban arruinados, iba a llegar tarde al trabajo y mi jefe seguramente me iba a echar la bronca.
Pero, joder.
No recuerdo haber sido tan inmensamente feliz un martes por la mañana.
PARTE 4
Llegué a la gestoría a las nueve y cuarto.
Veinticinco minutos tarde.
Entré por la puerta de cristal intentando hacer el menor ruido posible.
Como un ladrón de guante blanco, pero en versión contable.
Fui directo hacia mi mesa, agachando la cabeza detrás del biombo del archivador.
«¡Javier!».
La voz resonó por toda la oficina.
Era don Eduardo, el jefe.
Un señor que parecía vivir permanentemente cabreado con el sistema tributario español y lo pagaba con nosotros.
Me detuve en seco.
Me giré lentamente, con la mejor de mis sonrisas de disculpa.
«Buenos días, Eduardo», dije, intentando ignorar el charco de agua que se estaba formando bajo mis pies.
«¿Se puede saber qué horas son estas de llegar? Los clientes de la campaña de la renta llevan llamando desde las nueve en punto».
«Lo siento muchísimo, Eduardo. De verdad».
«Hubo un problema en Tirso de Molina, un tapón en el metro y luego… bueno, el tiempo no acompaña».
Eduardo me miró de arriba abajo por encima de sus gafas de lectura.
Puso cara de asco.
«¿Te has caído al río Manzanares o qué te ha pasado? Estás hecho un asco, muchacho».
«Un problema logístico con el paraguas, jefe».
«Pues sécate y ponte a picar facturas. La carpeta azul de Construcciones Pérez te está esperando».
«Voy para allá».
Fui a mi mesa, me quité la chaqueta y la colgué en el respaldo de la silla.
La silla era de tela, así que probablemente iba a absorber toda la humedad y oler a perro mojado durante un mes.
Pero me daba igual.
Encendí el ordenador.
Mientras Windows se tomaba su tiempo para arrancar, me quedé mirando la pantalla en negro.
Mi reflejo me devolvió la mirada.
Tenía el pelo pegado a la frente, ojeras de no dormir y la nariz roja del frío.
Cualquiera diría que mi vida era un desastre absoluto.
Pero yo seguía sonriendo.
No podía borrarme la sonrisa de la cara.
La imagen del mendigo guardándose la moneda contra el pecho.
La mirada agradecida de aquel hombre.
La risa de Marta bajo el paraguas azul.
El sabor de la tortilla de patatas financiada por una desconocida con abrigo mostaza.
Todo se mezclaba en mi cabeza formando un cóctel de buen rollo que ni la carpeta azul de Construcciones Pérez iba a poder estropear.
Mi compañera de mesa, Silvia, asomó la cabeza por encima de la pantalla de su ordenador.
«Tía, qué cara de fumado llevas», me susurró.
«¿Qué te ha pasado? Estás calado hasta los huesos y sonríes como si te hubiera tocado la lotería».
«Silvia», le dije, apoyando los codos en la mesa.
«Hoy he descubierto que el karma es un tío rapidísimo».
«¿De qué hablas?».
«Hablo de que hoy he invertido dos euros en el mercado de la felicidad y me ha devuelto un desayuno gratis y una cita para mañana».
Silvia me miró como si estuviera perdiendo la cabeza.
«Javi, en serio. ¿Te has tomado algo raro con el café?».
«La mejor tortilla de patatas de Madrid, compañera. La mejor».
Me puse los auriculares, busqué una lista de reproducción animada en Spotify y abrí el programa de contabilidad.
Los números empezaron a desfilar por la pantalla.
El IVA soportado, el IVA repercutido, las retenciones.
Todo eso que normalmente me daba ganas de tirarme por la ventana del tercer piso.
Hoy me parecía un juego de niños.
Ese día trabajé como una máquina.
Saqué adelante el doble de trabajo que cualquier otro martes.
Incluso don Eduardo se acercó a mi mesa a las dos de la tarde y me dio una palmada en el hombro, algo que equivalía a un abrazo maternal en su lenguaje.
Cuando salí de trabajar, a las seis de la tarde, había dejado de llover.
El cielo seguía nublado, pero se colaba un rayo de sol anaranjado por entre las antenas de los edificios.
El suelo estaba lleno de charcos que reflejaban los semáforos y los faros de los coches.
Hice el camino inverso hacia el metro de Tirso de Molina.
Al pasar por la calle Atocha, miré la puerta del bar de Paco.
Estaba cerrado por la tarde, pero me imaginé a Marta ahí dentro, pidiendo su manzanilla.
Doblé la esquina donde esa mañana había visto al mendigo.
La esquina de la farmacia.
Ya no estaba.
No quedaba ni rastro de él, ni de sus capas de ropa vieja, ni de su perro Almirante.
El trozo de acera donde había estado sentado estaba más limpio que el resto, como si su presencia hubiera protegido esa zona de la mugre de la calle.
Me paré un segundo frente a ese hueco vacío.
Esperaba que estuviera a cubierto.
Esperaba que, con mis dos euros y lo poco que hubiera recogido, se hubiera comprado un buen caldo caliente o un bocadillo.
«Cuídese, jefe», murmuré al aire, mirando el suelo.
Metí las manos en los bolsillos, recordando que seguía sin tener un duro.
Pero la preocupación había desaparecido.
Mañana volvería a cobrar la nómina, o al menos me ingresarían un adelanto.
Y mañana volvería a pasar por aquí.
A lo mejor le vería otra vez y le daría los buenos días de verdad.
Y luego iría a la calle Atocha.
A pagar mi deuda.
A buscar un abrigo mostaza y un paraguas azul oscuro.
Caminé hacia la boca del metro con paso ligero.
La vida, a veces, es una cuestión de perspectivas.
Puedes fijarte en que no tienes un duro, en que el trabajo te asfixia y en que la ciudad es fría y hostil.
O puedes fijarte en que una pequeña acción, un gesto insignificante, puede desencadenar una serie de eventos que te cambien el día por completo.
Ayer era solo un currante amargado quejándose de la lluvia.
Hoy, gracias a la caridad de una moneda y la amabilidad de una desconocida, sentía que podía con todo.
Bajé las escaleras del metro silbando.
Y supe que, pasara lo que pasara, mañana iba a ser un gran día.