Posted in

El martes empezó con esa clase de lluvia que los gallegos llaman ‘orballo’ y los madrileños llamamos ‘una puta mierda’.

El martes empezó con esa clase de lluvia que los gallegos llaman ‘orballo’ y los madrileños llamamos ‘una puta mierda’.

Fina.

Constante.

Taimada.

De esa que parece que no moja, pero cuando te quieres dar cuenta tienes la ropa interior pegada al cuerpo como si acabaras de salir de una clase de aquagym.

El cielo sobre la plaza de Tirso de Molina era de un color gris plomo que te quitaba las ganas de vivir.

O de madrugar, que viene a ser lo mismo.

Eran las ocho y diez de la mañana.

La hora punta de los currantes, los estudiantes con cara de sueño y los jubilados que van a comprar el pan con una misión militar.

Yo pertenecía al primer grupo.

Un currante con un contrato temporal, un sueldo que daba risa y una cuenta bancaria que pedía auxilio a gritos.

Iba caminando con los hombros encogidos.

Las manos metidas hasta el fondo de los bolsillos de mi chaqueta vaquera.

Una chaqueta que, por cierto, no era impermeable.

Un error de cálculo garrafal por mi parte al mirar por la ventana esa mañana.

«Bah, son cuatro gotas», me había dicho a mí mismo.

Qué iluso.

El agua repiqueteaba contra los toldos de los bazares que empezaban a abrir sus persianas metálicas.

Read More