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El insomnio, el smartphone y la respiración del tercero

Parte 1: El insomnio, el smartphone y la respiración del tercero

Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. No es que sea un valiente de película de acción, de esos que se tiran de un puente sin mirar si hay agua debajo, pero tengo mis nervios bien templados. He sobrevivido a tres mudanzas en Madrid en pleno agosto, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome cómo funciona el mercado de las criptomonedas y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte. Por eso, cuando aquella mañana de miércoles me desperté y vi lo que había en mi teléfono, lo último que esperaba era que mi propia tecnología decidiera sabotear mi salud mental.

Eran las ocho y media pasadas. Había dormido de esa forma un poco atropellada que tenemos los que vivimos en el centro de Madrid: entre el camión de la basura que parece que está triturando meteoritos y el vecino del tercero que ha decidido que las seis de la mañana es una hora excelente para practicar zapateado. Estiré el brazo con la desgana de un perezoso con resaca y agarré el móvil de la mesilla.

Al principio, solo buscaba el correo para ver si algún cliente me había mandado un “marrón” urgente o si me había tocado el Euromillones (spoiler: nunca toca). Pero al desbloquear la pantalla, vi una notificación extraña. Una de esas que no deberían estar ahí.

—¿Pero qué narices…? —mascullé, con la voz todavía pastosa.

Era un archivo de la grabadora de voz. Un audio de tres minutos y doce segundos. Lo que me dejó de piedra no fue el archivo en sí —a veces grabo notas mentales cuando tengo una idea brillante para un diseño, aunque luego suelen ser una porquería—, sino la hora de grabación.

Hoy, 03:42 AM.

A las tres y cuarenta y dos de la mañana, yo estaba en el séptimo sueño, soñando probablemente que me iba de vacaciones a una isla donde no hay WiFi ni facturas de Hacienda. No recordaba haberme despertado. No recordaba haber buscado el icono de la grabadora. No recordaba haberle dado al botón rojo.

—Será una actualización del sistema —me dije a mí mismo, intentando recuperar mi dignidad racional—. Un “bug”. Alguna movida del Android que se ha vuelto loco y ha decidido grabar el silencio del dormitorio por amor al arte.

Pero la curiosidad, que en España es un deporte nacional casi al nivel del fútbol, pudo conmigo. Me senté en el borde de la cama, me puse los auriculares —porque si iba a escuchar algo raro, quería que fuera en alta fidelidad— y le di al play.

La pantalla mostraba la onda de audio. Una línea casi plana al principio, con pequeñas oscilaciones que indicaban que había sonido de fondo. Los primeros segundos fueron solo ruido blanco. Ese siseo de una habitación en silencio donde solo se oye el zumbido de la nevera a lo lejos y el tic-tac de un reloj que debería haber tirado hace meses.

Entonces, empezó.

Un sonido rítmico. Lento. Pesado. Una respiración.

Inhala… exhala…

Sentí un escalofrío que me recorrió la columna vertebral de arriba abajo, como si alguien me hubiera pasado un cubito de hielo por la nuca. Era una respiración profunda, de esas que tienes cuando estás en la fase más profunda del sueño. Al principio pensé: “Vale, Javi, eres tú. Estás grabando tus propios ronquidos. Qué patético”. Pero a medida que pasaban los segundos, me di cuenta de algo que me hizo soltar el aire de golpe.

Esa no era mi respiración.

Yo tengo un poco de tabique desviado —un regalo de un balonazo en el colegio que nunca me operé— y siempre hago un ruidito un poco sibilante al soltar el aire. La respiración del audio era limpia. Casi perfecta. Y era demasiado lenta. Mucho más lenta que la mía incluso en reposo.

Pasó un minuto. Sesenta segundos de esa cadencia monótona y aterradora. La onda de audio en la pantalla vibraba ligeramente, indicando que el micrófono estaba captando algo muy cercano. Muy, muy cercano. Casi como si el teléfono hubiera estado apoyado en el pecho de alguien. O en la almohada, justo al lado de mi oreja.

—Venga ya, hombre. Esto es una broma —dije en voz alta, aunque sabía que no había nadie para oírme.

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