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El espejismo de la calle Serrano y la dictadura de la apariencia

Parte 1: El espejismo de la calle Serrano y la dictadura de la apariencia

Mira que yo no soy de las que se quejan por vicio. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que eso es como intentar meter el Museo del Prado en un brik de leche mientras un taxista te pita porque estás bloqueando un carril bus en la calle Alcalá—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el grafeno va a salvar el mundo mientras se le cae el langostino en el regazo y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónoma en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ya la quisieran los espartanos. Pero lo que no te enseña nadie, ni en la facultad de Diseño ni en los tutoriales de YouTube, es a gestionar esa mirada ajena que te etiqueta antes de que hayas tenido tiempo de decir “hola”.

Todos creen que me gusta el lujo.

Es la etiqueta que me han colgado, como quien le pone un precio a un jarrón chino en una subasta de la calle Velázquez. Si me ves un jueves por la noche en una terraza de esas que tienen más plantas artificiales que el Amazonas, con una copa de ginebra de esa que te cobran a precio de sangre de unicornio, lo normal es que pienses: “Ahí va otra. Una de esas que solo desayunan tostadas de aguacate y solo hablan con gente que tenga el apellido compuesto”. Me ven llegar con mi paso firme, el pelo perfectamente colocado —que me ha costado media hora de pelea con el secador y dos botes de laca— y esa seguridad que emano, y ya me han hecho la biografía completa.

—Elena, nena, es que vas hecha un pincel. Si te descuidas, te confunden con la dueña del edificio —me soltó mi amiga Bea el otro día, mientras esperábamos mesa en un sitio de esos de Jorge Juan donde si no tienes reserva parece que no existes para la sociedad civil.

—Bea, si yo fuera la dueña del edificio, no estaría aquí peleándome por un pincho de tortilla de catorce euros, estaría en Bali con un coco en la mano y sin cobertura en el móvil —le contesté, mientras me ajustaba el reloj.

Bea me miró de arriba abajo con esa sonrisilla de “tú dirás lo que quieras, pero aquí todos sabemos de qué pie cojeas”. Y es que el espejismo funciona. Funcionó esa noche en la fiesta de la agencia de publicidad donde todos iban de modernos de Malasaña pero olían a colonia de la zona alta. Funcionó cuando entré en aquel reservado y los hombres dejaron de hablar de sus fondos de inversión por un segundo solo para ver quién era la “leona” que acababa de entrar.

Madrid es una ciudad muy teatral, ¿sabes? Aquí, si no te pones la máscara adecuada, te comen viva. Yo soy creativa, edito vídeos, monto historias, diseño mundos… y he aprendido que mi mejor diseño es mi propia fachada. Me muevo por los eventos del Barrio de Salamanca con una soltura que asusta, como si hubiera nacido con un cubierto de plata en la mano. Sonrío con esa mezcla de misterio y suficiencia que hace que la gente proyecte en mí sus fantasías de riqueza. Se creen que mi casa es un loft de revista con techos altos y suelos de mármol, cuando la realidad es que vivo en un cuarto sin ascensor en Chamberí donde la caldera hace un ruido que parece que va a despegar un cohete de la NASA cada vez que quiero ducharme con agua caliente.

—Vaya tela, Elena —me decía a mí misma frente al espejo del baño, antes de salir—. Si supieran que este vestido es de un outlet de las Rozas y que el maquillaje me lo he comprado con una oferta de tres por dos porque no me llegaba para el alquiler…

Pero a la gente no le importa la verdad. La verdad es aburrida. La verdad es una factura de la luz que sube cada mes y una suscripción de Adobe que te chupa la sangre. La gente prefiere el brillo. Prefieren creer que soy una adicta al lujo, una mujer seducida por el terciopelo y las marcas de importación. Me miran y ven una vida que no tengo, y yo, por pura supervivencia profesional, les dejo que sigan mirando. Seducir con la apariencia es una forma de poder en este Madrid de apariencias. Si creen que eres cara, te tratan como si fueras valiosa. Es triste, sí, pero es la ley de la jungla de asfalto.

A veces me da por reír sola cuando estoy en mitad de una conversación sobre yates o sobre qué tal está la nieve en Baqueira. Yo asiento, pongo mi mejor cara de “por supuesto, el invierno pasado fue glorioso”, y por dentro estoy pensando en si me quedará suficiente detergente para poner una lavadora mañana o si tendré que volver a usar el truco de darle la vuelta a los vaqueros. Es una doble vida digna de un espía del KGB, pero con mucho más rímel.

Esa noche, en el hotel Palace, la tensión se podía cortar con un cuchillo de mantequilla. El aire estaba cargado de esa mezcla de ambición y aburrimiento que solo tienen los que ya lo han comprado todo. Me acerqué a la barra y pedí un dry martini, así, con autoridad, como si llevara bebiéndolos desde la cuna. Un tipo a mi izquierda, uno de esos que llevan el jersey por encima de los hombros y huelen a club de golf, me miró con una mezcla de deseo y curiosidad.

—Usted no es de las que se conforman con cualquier cosa, ¿verdad? —me soltó, con esa voz de barítono impostada que usan los que creen que el mundo es su jardín particular.

—Me conformo con lo mejor, caballero. Lo demás me parece una pérdida de tiempo —le contesté, lanzándole una mirada de reojo que le dejó mudo durante tres minutos.

Seductora. Implacable. Cara. Así es como me ven. Así es como quieren que sea. Y yo sigo el juego, muevo los hilos, edito mi propia realidad como si fuera uno de esos vídeos de Instagram que tanto éxito tienen. Pero mientras los flashes de las cámaras de los eventos me iluminan la cara, yo solo puedo pensar en el peso que llevo encima. Porque el lujo no es gratis. No hablo del dinero, hablo del esfuerzo que cuesta mantener la mentira. Mantener las uñas perfectas, el vestido sin una arruga, la sonrisa en su sitio… y ese olor que lo envuelve todo.

Madrid es una ciudad que huele a muchas cosas: a fritanga de bar de esquina, a asfalto caliente, a metro en hora punta. Pero en mi mundo, Madrid huele a algo muy concreto. Un aroma que me precede, que abre puertas, que hace que los camareros se inclinen un poco más y que las mujeres me miren con una mezcla de respeto y sospecha. Un olor que refuerza la idea de que soy una mujer que solo entiende de exclusividad.

—Es un perfume increíble —me susurró Bea esa misma noche, acercándose a mi cuello—. Es… denso, ¿no? Huele a dinero, Elena. A dinero del de verdad, del que no se cuenta, del que se tiene y punto.

Yo me limité a sonreír. Una sonrisa triste que ella confundió con sofisticación. Me ajusté el bolso y salí a la terraza, dejando que el aire de la noche madrileña se mezclara con mi fragancia. Todos me miraban. Todos me deseaban o me envidiaban. Todos creían conocerme. Pero nadie, absolutamente nadie en ese hotel de cinco estrellas, tenía la más remota idea de la carga que arrastro cada vez que me pongo una gota de ese líquido en las muñecas. Porque el lujo es un espejismo, pero el dolor… el dolor es lo único que es de verdad.


Parte 2: El armadura de seda y el ritual de la perfección

Si hay algo que he aprendido en mis años de autónoma creativa en Madrid es que la imagen no es un accesorio, es una inversión de capital. Es como el mantenimiento de un coche de alta gama: si no le pasas la revisión, se te gripa el motor social. Y yo no puedo permitirme que se me gripe nada. Por eso, mi vida es un ritual de perfección milimétrica que me agota más que rodar un anuncio de doce horas seguidas en mitad de la Gran Vía con cuarenta grados a la sombra.

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