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El ecosistema del rellano y el misterio del 4ºB

Parte 1: El ecosistema del rellano y el misterio del 4ºB

Mira que yo no es que sea un cotilla de manual. No soy de esos que se pegan a la mirilla en cuanto oyen el ascensor ni de los que bajan a por el pan justo cuando la vecina del quinto sale a pasear al perro para ver qué ropa lleva. Yo soy un tío normal, un autónomo que se pasa el día peleándose con el Excel y que considera que su casa es su castillo, o al menos su búnker de sesenta metros cuadrados en el centro de Madrid. Pero lo de mi vecino del 4ºB no es normal. Y cuando algo no es normal en una comunidad de vecinos de este país, o hay un muerto o hay una trama de espionaje internacional, y mi dinero estaba en lo primero.

Llevo tres meses viviendo en este bloque. Un edificio de esos que tienen solera, o lo que es lo mismo, que tienen las paredes tan finas que puedes oír cómo el de arriba decide si le pone azúcar o sacarina al café. Me mudé aquí en febrero, buscando paz para entregar un proyecto de diseño gráfico que me tiene la vida sorbida, y desde el primer día me fijé en esa puerta. La puerta del 4ºB. Es una puerta de madera oscura, de las de antes, con una mirilla de latón que siempre parece estar observándote con mala leche.

Lo curioso no es que el vecino sea silencioso. Ojalá todos lo fueran. Lo curioso es que, en noventa días de calendario, nunca, y cuando digo nunca es nunca, he visto salir a nadie de ahí. Ni para tirar la basura, ni para ir al Mercadona, ni para quejarse de que el cartero se ha vuelto a confundir de buzón. Nada. Un vacío absoluto que solo se rompe por un detalle que me tiene la cabeza loca: la luz.

Debajo de su puerta siempre, día y noche, llueva o truene, se filtra una rendija de luz amarillenta. Es una luz constante, sin parpadeos, como si dentro tuvieran un sol artificial o una plantación de algo ilegal que necesita fotosíntesis las veinticuatro horas. Al principio pensé: “Bueno, Javi, será un despistado que se ha dejado la luz del pasillo encendida”. Pero pasaron tres días, una semana, un mes… y la luz seguía ahí. Esa rendija dorada burlándose de mi factura de Iberdrola y de mi cordura.

—Tío, que te estás obsesionando —me dijo Dani el otro día por WhatsApp mientras yo le mandaba una foto del rellano a las tres de la mañana—. Igual es un viejo que tiene miedo a la oscuridad o un tío que curra de noche y vive de día.

—¡Que no, Dani! Que no hay ruidos. Ni tele, ni radio, ni el sonido de una cisterna. Es un silencio sepulcral, pero con la luz encendida. Es como si el piso estuviera habitado por un fantasma con miedo a la factura de la luz —le respondí, mientras me comía un sándwich mixto que sabía a cartón.

Intenté investigar por las buenas. Le pregunté a la señora Engracia, la presidenta de la comunidad, una mujer que tiene más años que el edificio y que maneja la información del bloque mejor que el CNI. La pillé regando los geranios del patio interior, una zona común que huele a una mezcla de lejía y guiso de lentejas.

—¿El del 4ºB? —me dijo, entornando los ojos tras unas gafas que parecían dos lupas de Sherlock Holmes—. Uy, hijo, ese no da guerra ninguna. Un bendito. Paga la comunidad por transferencia el día uno de cada mes, más puntual que un reloj suizo.

—Pero, ¿lo ha visto salir alguna vez? —insistí, intentando sonar casual.

—Pues ahora que lo dices… hace tiempo que no coincidimos en el rellano. Pero ya sabes cómo es la gente ahora, que van todos con prisa y no saludan ni a su madre. Ese muchacho debe de ser muy estudioso, siempre con la luz puesta.

“Ese muchacho”. Según Engracia, el vecino era un muchacho. Pero Engracia considera “muchacho” a cualquiera que no use bastón, así que la pista era más bien floja.

Lo peor es el tema de los pedidos. He visto, al menos tres veces por semana, a repartidores de comida a domicilio dejar bolsas en su puerta. Llegan, llaman al timbre, esperan diez segundos, dejan la bolsa de plástico en el suelo y se van. Y aquí viene lo bueno: yo me quedo pegado a mi mirilla, con el corazón a mil, esperando a ver quién abre la puerta. Pasan los minutos. Nada. Me distraigo cinco segundos para ir a beber agua, vuelvo a mirar y… ¡zas!, la bolsa ha desaparecido. Sin un ruido de bisagras, sin un susurro, sin nada. Como si el suelo se hubiera tragado los rollitos de primavera.

Esa paranoia empezó a crecer dentro de mí como una mala hierba. Mis entregas de trabajo empezaron a retrasarse porque me pasaba las tardes pegado a la puerta, con la oreja pegada a la pared que comparto con el 4ºB. A veces juraría que oigo algo. Un roce, un deslizamiento suave, como si alguien estuviera moviendo muebles de terciopelo. Pero luego me digo que es la calefacción o el viento.

Hoy, sin embargo, la cosa ha pasado de castaño oscuro. Eran las ocho de la tarde. El sol ya se estaba escondiendo tras los tejados de Madrid y el pasillo del edificio estaba sumido en esa penumbra triste que tienen los bloques antiguos antes de que salte la luz automática. Me quedé mirando mi puerta y luego la suya. Esa luz de debajo de su puerta me estaba gritando. Parecía un desafío.

“Venga, Javi. Toca. Sal de dudas. ¿Y si le ha pasado algo? ¿Y si es un acumulador compulsivo que ha quedado atrapado bajo una montaña de periódicos del Marca?”, pensaba mi parte racional, aunque mi parte irracional ya estaba montando una película digna de Amenábar.

Sin pensarlo mucho más, porque si lo pienso me quedo sentado viendo una serie, salí al rellano. Mis zapatillas hacían un ruido escandaloso sobre las baldosas de terrazo. Me planté frente al 4ºB. De cerca, la puerta parecía más grande, más imponente. Había un olor extraño que salía de las rendijas, algo que no era comida, ni perfume, ni suciedad. Era un olor… neutro. Como de hospital, pero sin el desinfectante.

Levanté la mano. Me temblaba el pulso como si estuviera a punto de desactivar una bomba.

—¿Hola? —pregunté, con una voz que sonó más aguda de lo que me gustaría admitir.

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