Mira que yo no es que sea un cotilla de manual. No soy de esos que se pegan a la mirilla en cuanto oyen el ascensor ni de los que bajan a por el pan justo cuando la vecina del quinto sale a pasear al perro para ver qué ropa lleva. Yo soy un tío normal, un autónomo que se pasa el día peleándose con el Excel y que considera que su casa es su castillo, o al menos su búnker de sesenta metros cuadrados en el centro de Madrid. Pero lo de mi vecino del 4ºB no es normal. Y cuando algo no es normal en una comunidad de vecinos de este país, o hay un muerto o hay una trama de espionaje internacional, y mi dinero estaba en lo primero.
Llevo tres meses viviendo en este bloque. Un edificio de esos que tienen solera, o lo que es lo mismo, que tienen las paredes tan finas que puedes oír cómo el de arriba decide si le pone azúcar o sacarina al café. Me mudé aquí en febrero, buscando paz para entregar un proyecto de diseño gráfico que me tiene la vida sorbida, y desde el primer día me fijé en esa puerta. La puerta del 4ºB. Es una puerta de madera oscura, de las de antes, con una mirilla de latón que siempre parece estar observándote con mala leche.
Lo curioso no es que el vecino sea silencioso. Ojalá todos lo fueran. Lo curioso es que, en noventa días de calendario, nunca, y cuando digo nunca es nunca, he visto salir a nadie de ahí. Ni para tirar la basura, ni para ir al Mercadona, ni para quejarse de que el cartero se ha vuelto a confundir de buzón. Nada. Un vacío absoluto que solo se rompe por un detalle que me tiene la cabeza loca: la luz.
Debajo de su puerta siempre, día y noche, llueva o truene, se filtra una rendija de luz amarillenta. Es una luz constante, sin parpadeos, como si dentro tuvieran un sol artificial o una plantación de algo ilegal que necesita fotosíntesis las veinticuatro horas. Al principio pensé: “Bueno, Javi, será un despistado que se ha dejado la luz del pasillo encendida”. Pero pasaron tres días, una semana, un mes… y la luz seguía ahí. Esa rendija dorada burlándose de mi factura de Iberdrola y de mi cordura.
—Tío, que te estás obsesionando —me dijo Dani el otro día por WhatsApp mientras yo le mandaba una foto del rellano a las tres de la mañana—. Igual es un viejo que tiene miedo a la oscuridad o un tío que curra de noche y vive de día.
—¡Que no, Dani! Que no hay ruidos. Ni tele, ni radio, ni el sonido de una cisterna. Es un silencio sepulcral, pero con la luz encendida. Es como si el piso estuviera habitado por un fantasma con miedo a la factura de la luz —le respondí, mientras me comía un sándwich mixto que sabía a cartón.
Intenté investigar por las buenas. Le pregunté a la señora Engracia, la presidenta de la comunidad, una mujer que tiene más años que el edificio y que maneja la información del bloque mejor que el CNI. La pillé regando los geranios del patio interior, una zona común que huele a una mezcla de lejía y guiso de lentejas.
—¿El del 4ºB? —me dijo, entornando los ojos tras unas gafas que parecían dos lupas de Sherlock Holmes—. Uy, hijo, ese no da guerra ninguna. Un bendito. Paga la comunidad por transferencia el día uno de cada mes, más puntual que un reloj suizo.
—Pero, ¿lo ha visto salir alguna vez? —insistí, intentando sonar casual.
—Pues ahora que lo dices… hace tiempo que no coincidimos en el rellano. Pero ya sabes cómo es la gente ahora, que van todos con prisa y no saludan ni a su madre. Ese muchacho debe de ser muy estudioso, siempre con la luz puesta.
“Ese muchacho”. Según Engracia, el vecino era un muchacho. Pero Engracia considera “muchacho” a cualquiera que no use bastón, así que la pista era más bien floja.
Lo peor es el tema de los pedidos. He visto, al menos tres veces por semana, a repartidores de comida a domicilio dejar bolsas en su puerta. Llegan, llaman al timbre, esperan diez segundos, dejan la bolsa de plástico en el suelo y se van. Y aquí viene lo bueno: yo me quedo pegado a mi mirilla, con el corazón a mil, esperando a ver quién abre la puerta. Pasan los minutos. Nada. Me distraigo cinco segundos para ir a beber agua, vuelvo a mirar y… ¡zas!, la bolsa ha desaparecido. Sin un ruido de bisagras, sin un susurro, sin nada. Como si el suelo se hubiera tragado los rollitos de primavera.
Esa paranoia empezó a crecer dentro de mí como una mala hierba. Mis entregas de trabajo empezaron a retrasarse porque me pasaba las tardes pegado a la puerta, con la oreja pegada a la pared que comparto con el 4ºB. A veces juraría que oigo algo. Un roce, un deslizamiento suave, como si alguien estuviera moviendo muebles de terciopelo. Pero luego me digo que es la calefacción o el viento.
Hoy, sin embargo, la cosa ha pasado de castaño oscuro. Eran las ocho de la tarde. El sol ya se estaba escondiendo tras los tejados de Madrid y el pasillo del edificio estaba sumido en esa penumbra triste que tienen los bloques antiguos antes de que salte la luz automática. Me quedé mirando mi puerta y luego la suya. Esa luz de debajo de su puerta me estaba gritando. Parecía un desafío.
“Venga, Javi. Toca. Sal de dudas. ¿Y si le ha pasado algo? ¿Y si es un acumulador compulsivo que ha quedado atrapado bajo una montaña de periódicos del Marca?”, pensaba mi parte racional, aunque mi parte irracional ya estaba montando una película digna de Amenábar.
Sin pensarlo mucho más, porque si lo pienso me quedo sentado viendo una serie, salí al rellano. Mis zapatillas hacían un ruido escandaloso sobre las baldosas de terrazo. Me planté frente al 4ºB. De cerca, la puerta parecía más grande, más imponente. Había un olor extraño que salía de las rendijas, algo que no era comida, ni perfume, ni suciedad. Era un olor… neutro. Como de hospital, pero sin el desinfectante.
Levanté la mano. Me temblaba el pulso como si estuviera a punto de desactivar una bomba.
—¿Hola? —pregunté, con una voz que sonó más aguda de lo que me gustaría admitir.
Silencio.
Cerré el puño y toqué la madera. Tres golpes secos. Toc, toc, toc. El sonido retumbó en todo el pasillo vacío.
—¿Vecino? Perdone, soy el del 4ºA. Es que… es por un tema de una humedad. Creo que tenemos una filtración —mentí. La mentira de la humedad es el “comodín” de cualquier vecino español. Sirve para todo: para entrar en una casa, para romper el hielo o para iniciar una guerra civil en la junta de propietarios.
Nadie respondió. Pero entonces, ocurrió algo que me heló la sangre.
Escuché pasos.
Pero no eran unos pasos normales. No era alguien caminando desde el salón hacia la entrada. Era el sonido de alguien que estaba justo al otro lado de la madera. Y lo más aterrador: el ritmo de los pasos. En cuanto yo di un paso atrás por el susto, sonó un paso dentro, exactamente con la misma cadencia. Me detuve. El ruido dentro se detuvo.
Me entró un sudor frío. Era como si me estuvieran imitando. Si yo me movía a la izquierda, oía un roce a la izquierda al otro lado. Si carraspeaba, oía una vibración sutil en la madera, como si alguien estuviera intentando copiar el sonido de mi garganta.
—¿Hay alguien ahí? —insistí, ya con el corazón en la boca.
Nada. Solo el zumbido de la luz eléctrica, que ahora me parecía más fuerte, casi como un enjambre de abejas atrapadas tras la pared.
La curiosidad, esa maldita que mató al gato y que me iba a matar a mí, me obligó a hacer lo que nunca se debe hacer si quieres conservar la salud mental. Me arrodillé. Me puse a cuatro patas en el terrazo frío del pasillo, ignorando si algún otro vecino salía y me encontraba en esa postura tan poco digna.
Me acerqué a la rendija inferior de la puerta. Por donde salía esa luz amarillenta y eterna.
Cerré un ojo y pegué el otro al suelo, intentando ver qué había dentro. Esperaba ver unos pies, unos muebles, una alfombra… algo que me devolviera a la realidad de un piso de Madrid.
Pero lo que vi me hizo soltar un grito mudo.
Había una sombra. Una sombra oscura que cortaba el haz de luz. Pero no eran unos pies. Estaba demasiado cerca. Era como si alguien estuviera exactamente en la misma posición que yo, al otro lado, con el ojo pegado al suelo, mirándome.
Podía sentir la presión de su mirada a través de la rendija. No era un ojo humano lo que imaginaba, sino una presencia densa que ocupaba todo el espacio. Y entonces, la sombra se movió. No para alejarse, sino para acercarse más, tapando casi por completo la luz, dejándome a oscuras en el rellano mientras un susurro sordo, como de papel de lija, empezó a filtrarse por la madera.

Parte 2: El juego del espejo y el eco del pasillo
Me aparté de la puerta como si me hubiera dado una descarga eléctrica. Me levanté del suelo de un salto, tropezando con mis propias piernas y chocando contra la pared opuesta. El corazón me iba a tal velocidad que juraría que el vecino de abajo, el que siempre se queja de los ruidos, iba a subir con la escoba en cualquier momento.
Me quedé allí, jadeando, mirando esa puerta del 4ºB que ahora me parecía el portal al mismísimo infierno. El susurro había parado. La sombra, imagino, seguía allí, pegada al suelo, acechando mis movimientos. Lo más lógico habría sido entrar en mi casa, echar los tres cerrojos, meterme en la cama y fingir que aquello no había pasado, pero el ser humano es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra y yo soy de los que, además, le pegan una patada a la piedra para ver si suena.
—No puede ser. Ha sido un reflejo. Javi, tío, que te has sugestionado con la luz de los huevos —me dije a mí mismo en un susurro, intentando recuperar la dignidad mientras me sacudía el polvo del pantalón.
Entré en mi casa, pero no encendí la luz del salón. Me quedé en la entrada, a oscuras, escuchando a través de la pared. No se oía nada. Bueno, miento. Se oía el zumbido del frigorífico y, a lo lejos, una sirena de ambulancia cruzando la Castellana. Lo normal. Lo cotidiano. Madrid seguía ahí fuera, caótica y ruidosa, ajena a que yo acababa de tener un duelo de miradas bajo una puerta con… ¿con qué?
Me senté en el sofá, pero no podía estar quieto. La pared que comparto con el 4ºB parecía estar emitiendo calor. Acerqué la oreja al tabique. Nada. Golpeé suavemente con los nudillos, casi sin querer.
Toc.
Un segundo después, al otro lado de la pared, exactamente en el mismo punto, algo respondió.
Toc.
Sentí un escalofrío que me recorrió desde los dedos de los pies hasta el último pelo de la nuca. No era una tubería. No era un ruido estructural del edificio. Era una respuesta. Una imitación perfecta.
—Vale, muy bien. El vecino es un gracioso —mascullé. La paranoia empezaba a dejar paso a una indignación teñida de terror—. Un “troller” de los que se aburren y se dedican a asustar al nuevo. Mañana mismo hablo con el administrador.
Intenté convencerme de que era una broma pesada, pero la imagen de la sombra bajo la puerta no se me iba de la cabeza. No era la sombra de un pie con una zapatilla de andar por casa. Era una masa uniforme, oscura, demasiado cerca del suelo.
Pasaron las horas. No pude pegar ojo. Me puse a currar en el diseño de los logos para la empresa de embutidos, pero todos los bocetos me salían raros, con formas que recordaban a puertas cerradas. A las tres de la mañana, el hambre de ansiedad me llevó a la cocina. Y entonces lo oí.
Un chirrido.
Venía del rellano. Era el sonido de algo rozando el suelo. Me acerqué a mi puerta, esta vez con el sigilo de un ninja de barrio. Miré por la mirilla.
La luz automática de la escalera estaba apagada, pero la rendija del 4ºB seguía allí, proyectando su luz amarillenta. Vi algo moviéndose. Era una bolsa de plástico. Una bolsa de un restaurante chino que el repartidor había dejado horas antes. La bolsa se estaba desplazando por el suelo, lenta, muy lentamente, hacia la puerta del 4ºB. Pero no había manos. No había nadie tirando de ella. Era como si la bolsa tuviera vida propia o como si un imán invisible la estuviera succionando hacia dentro del piso.
La bolsa desapareció bajo la puerta.
—Pero, ¿cómo cojones…? —se me escapó en voz alta.
La rendija del 4ºB es estrecha. Apenas cabe un dedo. ¿Cómo había pasado una bolsa llena de tuppers por ahí abajo? La física de ese edificio estaba empezando a ignorar las leyes de Newton, y yo estaba a punto de ignorar las leyes del sentido común.
Al día siguiente, con unas ojeras que me llegaban a la barbilla y más cafeína en sangre que un ciclista en el Tour, decidí que necesitaba aliados. Salí al descansillo y llamé a la puerta del 4ºC. Allí vive Borja, un chaval que estudia oposiciones y que es más majo que las pesetas, aunque siempre parece que no ha dormido en tres años.
—¿El del 4ºB? —me dijo Borja, apoyado en el marco de la puerta con un subrayador amarillo en la mano—. Ni idea, tío. Yo es que vivo en mi propia burbuja de derecho administrativo. Pero sí que es verdad que siempre tiene la luz encendida. Una vez le dejé una nota porque me llegó un paquete suyo por error y la nota desapareció, pero nunca me dio las gracias.
—Borja, ayer vi cómo una bolsa de comida se colaba por debajo de su puerta. Y no por el hueco, sino como si la puerta fuera… no sé, de plastilina.
Borja se rió, una risa nerviosa. —Javi, descansa un poco. Que el café a palo seco te está sentando regular. Igual el tío abrió la puerta tan rápido que no te diste cuenta.
—Que no, Borja. Que lo vi por la mirilla. No se abrió nada.
—Mira, si tanto te raya, vamos a llamar a la policía. O a los bomberos. Diles que huele a gas o algo —sugirió él, aunque se notaba que no quería líos. En España, llamar a la policía por un vecino “raro” es el último recurso, porque luego tienes que verle la cara en las reuniones de vecinos y eso es peor que un interrogatorio de la Gestapo.
—No puedo llamar a la policía sin pruebas. Me van a tomar por loco —dije, suspirando.
Volví a mi casa. Pasé por delante del 4ºB y, por un momento, me pareció que el zumbido de la luz era más fuerte. Como si estuviera… ¿ronroneando?
Esa tarde, la obsesión llegó a su punto álgido. Compré una cámara de esas pequeñitas, una “spy cam” barata por internet que prometía grabar en 4K (luego resultó ser un 480p de los que se ven como un cuadro de Monet, pero para el caso servía). La instalé discretamente en la moldura de mi puerta, apuntando directamente al 4ºB.
—Te pillé —murmuré mientras configuraba la app en el móvil.
Me pasé toda la tarde mirando la pantalla del teléfono. A las 19:42, llegó un repartidor de pizza. Dejó la caja en el suelo, llamó al timbre y se fue. Yo no apartaba la vista de la pantalla. Un minuto. Dos minutos. Cinco minutos.
De repente, la imagen de la cámara empezó a distorsionarse. Aparecieron rayas estáticas, como si hubiera una interferencia electromagnética brutal. Y en medio de la estática, vi la puerta del 4ºB. No se abrió. Pero la madera pareció ondularse. Como si fuera líquida. Una forma oscura, larga y delgada, salió por la rendija de abajo. No era un brazo. Era algo más parecido a una lengua de sombra. Se envolvió alrededor de la caja de pizza y, con un movimiento fluido, la arrastró hacia el interior.
La madera de la puerta volvió a ser sólida. La estática desapareció. La luz de debajo de la puerta brilló con más intensidad, casi un fogonazo.
Me quedé helado. Mi teléfono se resbaló de mis manos y cayó sobre la alfombra.
—Eso no es una persona —susurré. El vello de mis brazos estaba tan erizado que parecía que me había dado una descarga.
Entonces, oí algo. No en la pantalla. No en el móvil. En mi propia casa.
Un roce.
Venía de mi puerta de entrada. Alguien —o algo— estaba rascando la madera desde fuera. Pero no eran golpes. Era el sonido de unas uñas metálicas, muy largas, recorriendo la superficie de arriba abajo.
—Javi… —dijo una voz.
Me detuve. La voz no venía del pasillo. Venía de la propia madera de mi puerta. Era mi propia voz. Exactamente mi tono, mi acento madrileño, mi forma de carraspear.
—Javi, abre la puerta. Creo que tenemos una filtración.
Era la misma frase que yo había usado el día anterior. La misma mentira.
Retrocedí hacia el salón, buscando algo, lo que fuera, para defenderme. Agarré el soporte del iPad, que es de metal y pesa un poco. Mis manos temblaban tanto que casi se me cae. El rascado en la puerta continuó, más rápido ahora, más frenético.
—Ábreme, Javi. Solo quiero mirar por debajo.
La luz del pasillo se filtró por mi mirilla, pero de repente se bloqueó. Alguien estaba mirando hacia dentro. Y entonces, vi cómo algo oscuro empezaba a filtrarse por el marco de mi propia puerta. Una sombra líquida, negra como el chapapote, que empezaba a gotear desde la parte superior del marco.
El vecino del 4ºB no es que no saliera nunca. Es que estaba saliendo ahora. Y venía a por el vecino del 4ºA.

Parte 3: La filtración de la sombra y el búnker de pladur
Me quedé paralizado en medio del salón, con el soporte del iPad en la mano como si fuera la espada Excalibur, viendo cómo esa sustancia negra goteaba desde el marco de la puerta. No era pintura. No era aceite. Era algo que parecía tener voluntad propia, una especie de alquitrán inteligente que se retorcía sobre el suelo de parqué.
—¡Vete a la mierda! —grité, aunque mi voz sonó más como un chillido de hámster asustado que como el grito de guerra de un héroe de acción—. ¡Borja! ¡Engracia! ¡Ayuda!
Grité con todas mis fuerzas, pero en este bendito edificio el silencio se vuelve selectivo cuando alguien grita por miedo. Oí al vecino de arriba subir el volumen de la tele. Probablemente pensara que estaba viendo un partido del Madrid y me había emocionado demasiado.
La sombra en el suelo empezó a expandirse. Ya no era un charco; empezaba a cobrar volumen, elevándose como una columna de humo sólido. Y lo peor era el sonido. Ese ronroneo eléctrico que había oído en el pasillo ahora estaba dentro de mi casa, vibrando en mis propios muebles.
—Javi… no grites. Es de mala educación —dijo la voz. Mi propia voz, pero distorsionada, como si la estuvieran reproduciendo a través de una radio vieja con las pilas gastadas.
Corrí hacia el dormitorio. Cerré la puerta de un portazo y eché la llave. Sé que es absurdo cerrar una puerta de madera de pino contra una entidad que se filtra por las rendijas, pero el instinto humano de poner barreras es más fuerte que la lógica.
Me senté en la cama, pegado al cabecero, con los ojos clavados en el hueco que quedaba entre la puerta y el suelo. Sabía lo que venía. Lo había visto en el 4ºB.
—Piensa, Javi, piensa —me dije, dándome pequeños golpes en la frente—. Si esa cosa es sombra o luz… necesita un medio. O algo.
Agarré el móvil. Tenía un 15% de batería. La “spy cam” seguía emitiendo. Miré la pantalla. El pasillo estaba ahora sumido en una oscuridad total, rota solo por la luz que salía del 4ºB. Pero la puerta del 4ºB estaba abierta de par en par. Por primera vez en tres meses, pude ver el interior.
No había muebles. No había estanterías. No había cuadros de “La última cena” ni fotos de comunión. Todo el piso era una esfera de luz blanca, cegadora, pura. Era como si el apartamento fuera una bombilla gigante y la puerta fuera el filamento. No había paredes dentro, solo un vacío luminoso que parecía infinito.
Y en medio de esa luz, vi la silueta.
Era una figura humana, o casi humana. Delgada, extremadamente larga, con extremidades que parecían tener demasiadas articulaciones. Estaba de pie en el umbral, mirando hacia mi puerta. Pero no tenía rostro. Su cara era una superficie lisa de espejo que reflejaba la luz del interior.
De repente, la figura desapareció de la pantalla.
Un segundo después, oí un golpe seco en la puerta de mi dormitorio.
BAM.
La madera crujió. La puerta del dormitorio no es blindada como la de la calle; es una puerta barata que mi casero puso para ahorrar costes.
—Javi, ¿sabes por qué nunca salgo? —preguntó la voz desde el otro lado. Esta vez no imitaba mi voz. Era una voz múltiple, miles de susurros solapados que me hacían doler los oídos—. Porque fuera hace demasiado frío. Todo está tan… apagado. Necesito calor. Necesito luz.
—¡Vete al 4ºC! —grité por pura desesperación—. ¡Borja tiene mucha luz, estudia con flexos! ¡Déjame en paz!
—Borja ya no estudia —respondieron los susurros—. Borja ya es parte de la luz.
Sentí un vacío en el estómago. Borja. Mi vecino el opositor. ¿Había caído él también? Recordé que no había oído sus pasos habituales de “voy a la cocina a por otro Red Bull” en las últimas dos horas.
La sombra empezó a filtrarse por debajo de la puerta del dormitorio. Era lenta, como la lava negra. No intentaba entrar de golpe; disfrutaba del proceso. Se movía con una elegancia macabra, rodeando mis zapatos, subiendo por las patas de la silla del escritorio.
—Tengo que salir de aquí —murmuré.
Miré hacia la ventana. Vivo en un cuarto piso. No hay escalera de incendios, solo un patio interior que da a la cocina de la señora Engracia. Saltar sería suicidarse, pero quedarme aquí era… algo peor. Era convertirme en combustible para esa cosa.
Agarré la linterna que tengo para cuando se va la luz (un clásico de este edificio) y la encendí. Apunté directamente a la sombra negra.
La sombra retrocedió. Siseó como una serpiente al entrar en contacto con el haz de luz.
—¡Eso es! —exclamé. ¡Luz contra oscuridad! ¡El ABC del cine de terror!
Empecé a mover la linterna como si fuera un sable láser. La sombra se replegaba, buscando las zonas oscuras debajo de la cama y detrás del armario. Pero yo sabía que las pilas no durarían siempre. Y el “vecino”, el de la cara de espejo, seguía en el salón.
Salí del dormitorio armado con mi linterna y el soporte del iPad. El salón estaba a oscuras, pero el ambiente estaba cargado de electricidad estática. Los pelos de mis brazos se movían solos.
—¿Dónde estás, bicho de luz? —grité, moviendo el haz de la linterna por todas partes.
La figura estaba allí. En la esquina del salón, junto a mi estantería de cómics. Era más alta de lo que parecía en la cámara. Su cara de espejo reflejó la luz de mi linterna y, por un segundo, me quedé ciego por el rebote.
—Gracias, Javi —dijo la entidad—. Hacía tiempo que nadie me traía una fuente de luz tan directa.
Sentí un tirón. No físico, sino en mi propia mente. Era como si la linterna estuviera absorbiendo mis pensamientos, mi energía. La bombilla de la linterna empezó a brillar con una intensidad imposible, volviéndose blanca, luego azulada, luego violeta.
—¡Suéltala! —me ordenó mi propio instinto.
Solté la linterna. Cayó al suelo, pero no se apagó. Siguió brillando hasta que estalló en un mar de cristales. Pero la luz no se fue. Se quedó flotando en el aire, como una pequeña estrella, y la figura de espejo se la tragó. Literalmente, la luz se introdujo en su pecho.
La entidad creció unos centímetros. Su piel de espejo brillaba ahora con más fuerza.
—Todavía tengo hambre, Javi. Tienes mucha luz dentro. Tienes recuerdos, tienes miedo… El miedo es la luz más brillante de todas.
La figura dio un paso hacia mí. Su sombra, esa masa negra que se había filtrado por la puerta, se unió a sus pies, convirtiéndose en una capa de oscuridad que envolvía todo el salón. Estaba atrapado. Entre la luz que me cegaba y la sombra que me rodeaba.
—¡Engracia! —grité una última vez, esperando un milagro.
Y el milagro ocurrió. O algo parecido.
Se oyó un estruendo en el pasillo. Alguien estaba aporreando la puerta del 4ºB con una maza.
—¡A este vecino le voy a decir yo cuatro cosas sobre la factura de la comunidad! —era la voz de la señora Engracia, armada con su indignación de presidenta y, por lo visto, con un mazo de obra de su sobrino el de las reformas.
La entidad de espejo se detuvo. Giró su cabeza lisa hacia la puerta. La interrupción de una señora de ochenta años con mala leche parecía ser algo que su algoritmo transdimensional no había previsto.
—¡Abre esta puerta, muchacho maleducado! ¡Que tienes el descansillo hecho un asco de grasa negra!
La figura de espejo siseó. Su brillo vaciló. Parecía que la realidad mundana de Engracia estaba interfiriendo con su existencia. Aproveché el momento. Corrí hacia la cocina, hacia la pequeña ventana que da al patio interior.
—¡Javi, no te vayas! —gritó la entidad, pero su voz ya no era la mía. Era un chirrido metálico.
Me encaramé al alféizar. Miré hacia abajo. La cocina de Engracia estaba dos pisos más abajo. Si caía bien sobre el toldo del primero, igual sobrevivía.
—¡Allá voy! —grité, cerrando los ojos.
Pero antes de saltar, sentí una mano fría, de cristal, agarrándome del tobillo.

Parte 4: El toldo del destino y el apagón final
Sentir el frío de esa mano de espejo en mi tobillo fue como si me hubieran inyectado nitrógeno líquido directamente en el hueso. Era una sensación de vacío, de succión. La entidad no quería solo agarrarme; quería arrastrarme de vuelta a esa esfera de luz blanca que era su apartamento, para devorar mis recuerdos, mis miedos y, probablemente, mi suscripción a Netflix.
—¡Suéltame, bicho de los huevos! —grité, pegándole una patada con el otro pie.
El golpe sonó como si hubiera pateado un escaparate. La entidad retrocedió un milímetro, pero no me soltó. Sus dedos de espejo se cerraron con más fuerza, y empecé a sentir cómo la luz del salón empezaba a parpadear al ritmo de mi propio corazón.
—¡Javier! ¡¿Qué haces ahí colgado como un chorizo?! —el grito de la señora Engracia llegó desde algún lugar del pasillo.
No sé qué pasó en ese momento en el descansillo. Me imagino a Engracia, con su bata de guatiné y su mazo de obra, entrando en el 4ºB como si fuera un agente de los SWAT en busca de un cargamento de droga. Lo que sí sé es que, de repente, la entidad de espejo soltó un alarido. No fue un grito humano, fue el sonido de mil cristales rompiéndose al mismo tiempo.
Su agarre en mi tobillo desapareció. La luz en mi salón se extinguió de golpe, dejando paso a una oscuridad absoluta y fría. La figura empezó a vibrar, desmoronándose en miles de fragmentos de sombra líquida que volvieron a filtrarse por debajo de la puerta de entrada, huyendo hacia el 4ºB como si les fuera la vida en ello.
No me lo pensé dos veces. El instinto de supervivencia es una cosa muy curiosa; te hace hacer cosas que en frío te parecerían de locos. Me solté.
Caí al vacío del patio interior. Fueron apenas dos segundos de caída, pero os juro que me dio tiempo a pensar en que no había pagado el último recibo de autónomos y que mi madre se iba a enfadar mucho por el estado de mis calcetines.
¡FLOP!
Aterricé de pleno sobre el toldo de lona del vecino del primero, el señor Benito. El toldo, que debía de tener treinta años y estar más seco que una mojama, crujió pero aguantó el impacto. Reboté y rodé por la lona hasta quedar enganchado en el soporte metálico, balanceándome sobre el patio de luces.
—¡Ay, mi madre! —gemí, sintiendo que cada hueso de mi cuerpo se había mudado de sitio.
Miré hacia arriba. Por la ventana de mi cocina, en el cuarto piso, salía un resplandor blanco tan fuerte que iluminó todo el patio interior como si fuera mediodía. Se oyeron gritos, golpes y el sonido de algo muy pesado cayendo al suelo.
—¡A mí me vas a asustar tú, muchacho de espejo! —la voz de Engracia resonó en el edificio—. ¡Que yo he sobrevivido a la posguerra y a tres maridos! ¡Fuera de mi bloque!
De repente, un fogonazo de luz violeta surgió del 4ºB. Fue una explosión silenciosa. Las ventanas del edificio vibraron, pero no se rompieron. Y luego… el silencio. Un silencio absoluto, de esos que duelen.
Me quedé allí colgado, respirando el aire frío de la noche madrileña, esperando a ver si el mundo seguía existiendo. Unos minutos después, el señor Benito asomó la cabeza por su ventana del primero.
—¿Javi? ¿Eres tú el que está en mi toldo? —preguntó, rascándose la cabeza.
—Sí, Benito. Es que… es por una humedad. Muy fuerte —logré decir.
Me ayudó a entrar en su casa. Benito, que es un santo, no me hizo demasiadas preguntas. Me dio un vaso de agua y me dejó sentarme en su sofá, que olía a tabaco de pipa y a alcanfor. Al poco rato, oímos pasos en la escalera. Pasos pesados, de botas de goma.
Llegaron los bomberos, la policía y, finalmente, un equipo de gente vestida con monos blancos que no parecían de la ambulancia. Engracia bajó las escaleras escoltada por un policía joven que parecía que iba a desmayarse en cualquier momento.
—Señora, le digo que eso no puede ser —decía el policía—. No hay nadie en el 4ºB.

—¡Que le digo que sí, agente! ¡Un muchacho muy largo y muy brillante! ¡Le he dado con el mazo y se ha roto como un plato de los chinos! —insistía Engracia, ajustándose el pelo.
Subí con ellos al cuarto piso, cojeando y con el cuerpo lleno de moratones. La puerta del 4ºB estaba abierta. La policía entró con las linternas en alto. Me asomé por detrás de un bombero.
El piso estaba vacío. Pero vacío de verdad. No había suelo, ni paredes intermedias, ni techo. Era solo un cascarón de ladrillo pelado. Pero no estaba quemado, ni destruido. Estaba… limpio. Como si nunca hubiera estado habitado. En el centro del salón, lo único que quedaba era un pequeño charco de esa sustancia negra, ya seca, y un trozo de cristal que brillaba con una luz muy tenue.
—Aquí no vive nadie desde hace diez años, chaval —me dijo un inspector de policía, mirándome con cara de “otro loco del centro”—. El dueño murió en un accidente de tráfico y el piso está en un lío de herencias.
—Pero… la luz. Las bolsas de comida —insistí.
—Fugas eléctricas. Y lo de la comida… igual tienes ratas muy organizadas —dijo el policía, burlón.
Pero yo sabía la verdad. Miré hacia el suelo del descansillo. La rendija debajo de la puerta del 4ºB seguía allí. Pero ya no salía luz. Estaba oscura, como todas las demás.
Pasaron las semanas. Me mudé a un piso en Alcorcón, donde las paredes son de hormigón armado y los vecinos son tan normales que me resulta aburrido. Engracia sigue en el bloque del centro, y dice que ahora la comunidad está mucho más tranquila, aunque a veces, por las noches, jura oír un ronroneo eléctrico que viene del 4ºB.
Ayer me llegó un paquete por error. No era para mí, era para un tal “J. Ruiz” en un edificio de la calle de al lado. Fui a devolverlo. Cuando llegué al portal, me fijé en la lista de vecinos. El 4ºB estaba vacío. Pero mientras me alejaba, miré hacia arriba, hacia la ventana del cuarto piso.
Había una luz encendida. Una luz amarillenta, constante, que no parpadeaba.
Y en el cristal, me pareció ver un reflejo. No el reflejo de la calle, sino el reflejo de una cara lisa, sin rasgos, que me miraba desde la distancia.
Apreté el paso y no volví a mirar atrás. Porque ahora sé que hay vecinos que nunca salen, no porque no puedan, sino porque están esperando a que tú entres. Y yo, por si acaso, he instalado tres flexos en mi salón y duermo con la luz del pasillo encendida.
Porque el miedo, amigos, es la luz más brillante de todas, y hay sombras que tienen mucha, mucha hambre.