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El día que leí el diario de mi madre… entendí todo lo que había callado

Parte 1

El olor a sofrito de ajo y pimentón dulce es mi primer recuerdo de la infancia.

Ese aroma denso y cálido que se colaba por debajo de la puerta de mi habitación.

Vivíamos en un piso enano en el barrio de San Blas, en Madrid.

Un cuarto sin ascensor que en agosto era un horno y en enero una nevera.

Las paredes eran de papel de fumar.

Podíamos escuchar las discusiones del vecino del quinto, el televisor de la señora del tercero y el motor del camión de la basura a las dos de la mañana.

Pero dentro de nuestra casa, siempre había una sensación de refugio.

De trinchera segura.

Y eso era gracias a ella.

A mi madre.

Carmen.

Nunca conocí el hambre en mi infancia.

Es una afirmación que hoy, a mis cuarenta años, me pesa en el pecho como una lápida.

Yo era una niña delgada, con las rodillas siempre llenas de tiritas y el pelo alborotado.

Pero nunca, jamás, me fui a la cama con el estómago vacío.

Nuestra cocina era un pasillo estrecho con baldosas que imitaban el mármol, amarillentas por los bordes.

Había una mesa plegable de fórmica blanca anclada a la pared.

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