Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. No es que sea un valiente de película de acción, de esos que se tiran de un puente sin mirar si hay agua debajo, pero tengo mis nervios bien templados. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el aceite de oliva está a precio de sangre de unicornio y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Por eso, cuando hace dos semanas mi teléfono decidió convertirse en una herramienta de tortura psicológica, lo último que esperaba era que mi propia tecnología decidiera sabotear mi salud mental de una forma tan… personal.
Todo empezó un martes. O un miércoles, ya ni sé, porque cuando no duermes, los días se mezclan como un gazpacho mal hecho. Estaba yo en mi dormitorio, ese cuarto que es básicamente una cama de Ikea y una montaña de ropa en una silla que ya tiene conciencia propia. Madrid estaba en ese silencio engañoso de la madrugada, ese donde solo oyes el zumbido de la nevera y, de vez en cuando, el camión de la basura que parece que está triturando meteoritos en lugar de cartón.
Eran las tres y media pasadas. Lo sé porque me había despertado por culpa de una sed de esas que te dejan la garganta como el desierto de Almería. Me levanté, bebí un chorro de agua del grifo —que en Madrid sabe a gloria, las cosas como son— y me volví a meter bajo el edredón, rezando a todos los santos para que el sueño volviera antes de que empezara a darle vueltas a la factura del gas.
Y entonces, el móvil vibró sobre la mesilla.
A esa hora, una llamada es siempre una mala noticia. O alguien ha muerto, o alguien se ha emborrachado mucho y se ha equivocado de número, o te están intentando vender fibra óptica desde un universo paralelo. Estiré el brazo con la desgana de un perezoso con resaca y agarré el aparato.
—Ni de coña —mascullé, con la voz pastosa—. A estas horas no te cojo ni aunque seas el repartidor de Amazon con un paquete de hace tres meses.
Colgué. Bloqueé la pantalla. Me giré hacia el otro lado. Intenté contar ovejas, pero las ovejas estaban de huelga. Miré el reloj digital: 3:33 AM. Un número feo. Un número de esos que en las películas de miedo significa que el demonio está a punto de salir por el cuarto de baño para pedirte el wifi. Pero yo soy un tipo racional. “Es un error del sistema”, me dije. “Algún bot de telemarketing que se ha vuelto loco”.
Pero la noche siguiente ocurrió lo mismo. Y la siguiente. Y la siguiente.
A las 3:33 exactas, mi Xiaomi empezaba a bailar sobre la madera de la mesilla con esa insistencia obscena. Siempre “Número desconocido”. Al tercer día, la curiosidad —esa maldita que mató al gato y que a los españoles nos pierde— empezó a ganarle la partida al miedo. Me pasaba el día como un zombi en la oficina, o mejor dicho, frente al ordenador en mi rincón de teletrabajo, revisando foros de internet.
—”Llamadas fantasma a las 3:33″ —tecleaba yo, mientras me tomaba el cuarto café de la mañana, uno de esos que te hacen vibrar hasta las cejas.
Los resultados eran los de siempre: gente en Reddit diciendo que son extraterrestres, señoras en Facebook convencidas de que es su tía abuela que quiere la receta de las croquetas, y algún que otro iluminado hablando de la “hora muerta”. Yo, que soy más de creer en la Ley de Murphy que en lo paranormal, pensaba que era un gracioso. Pero un gracioso muy constante. Un gracioso con mucho tiempo libre y muy mala leche.
Anoche fue el colmo. El cansancio ya no era cansancio, era una entidad física que me pesaba en los hombros. Me fui a la cama a las once, convencido de que si me dormía profundamente, el teléfono no sonaría. Error. A las 3:32 me desperté solo. Mi cuerpo ya tenía el despertador interno programado para el terror. Me quedé mirando el móvil en la oscuridad, con los ojos como platos, esperando el verdugo digital.
La pantalla se iluminó. El resplandor azulado hirió mis pupilas, proyectando sombras alargadas y tétricas en las paredes de mi cuarto. Allí estaba. Número desconocido. El teléfono vibraba con una fuerza que me pareció inhumana, como si quisiera decirme algo.
—Vale, ya está —dije en voz alta, para darme valor—. Hoy se acaba la tontería. Como sea el de Orange intentando venderme el fútbol, le suelto cuatro frescas que se queda tieso.
Con el dedo temblando como si estuviera a punto de desactivar una bomba, deslicé el icono verde.
Me llevé el terminal a la oreja. No dije nada. No quería dar el primer paso. En las películas, el que habla primero es el que muere, y yo tengo muchas series pendientes de ver como para irme ahora al otro barrio. El silencio al otro lado era absoluto. No se oía estática, ni ruido de fondo, ni el tráfico lejano de una calle concurrida. Era un vacío total.
Esperé cinco segundos. Diez. Mi corazón martilleaba contra mis costillas como un batería de heavy metal en pleno éxtasis.
—¿Hola? —pregunté finalmente, con un hilo de voz que no habría asustado ni a un caniche.
Nadie respondió. Pero entonces, el silencio se rompió.
Al principio fue un sonido muy sutil. Un roce suave, casi imperceptible. Y luego, lo escuché. Una respiración. Una respiración lenta, rítmica, profunda.
Sentí un escalofrío que me recorrió la columna vertebral de arriba abajo, como si alguien me hubiera pasado un cubito de hielo por la nuca. Porque esa respiración… yo la conocía. Era mi forma de inhalar, ese pequeño silbido apenas perceptible que tengo cuando estoy un poco congestionado por la alergia de primavera. Era mi ritmo. Mi pausa. Mi eco.
Me quedé petrificado, con la mano blanca de tanto apretar el teléfono. Era como estar escuchándome a mí mismo a través de un túnel de tiempo. Era mi propia respiración llegándome desde el otro lado de la línea, con una nitidez que me hizo dudar de si yo estaba en la cama o si el que estaba en la cama era el que llamaba.
—¿Quién eres? —pregunté de nuevo, esta vez con una rabia nacida del pánico más puro.
La respiración al otro lado se detuvo bruscamente. Hubo dos segundos de una tensión tan espesa que se podía cortar con un cuchillo de sierra. Y entonces, una voz habló. No fue una voz gutural de ultratumba, ni una grabación distorsionada. Fue un susurro. Un susurro cargado de una urgencia que me hizo querer saltar por la ventana.
—Javi… —dijo la voz.
Mi nombre. Había dicho mi nombre. Y lo peor no era que lo supiera. Lo peor era que la voz que lo pronunció… era la mía. Era exactamente mi tono de voz, mi acento madrileño, mi forma de pronunciar la “j”. Era yo mismo llamándome a las tres de la mañana para decirme que algo iba terriblemente mal.
—¿Javi? —insistió el susurro, esta vez con una nota de desesperación—. No abras la puerta del salón.
La llamada se cortó de golpe.
Me quedé allí, sentado en la cama, en la oscuridad total, con el móvil aún pegado a la oreja y el pitido de fin de llamada taladrándome el tímpano. El silencio volvió al dormitorio, pero ahora era un silencio diferente. Ya no era tranquilo. Era un silencio que acechaba.
Miré hacia la puerta del dormitorio, que estaba entreabierta. Más allá, en el pasillo, reinaba la negrura absoluta. Y desde el fondo de la casa, desde el salón, escuché un ruido. Un ruido físico. Real. Analógico.
Clac.
El sonido de un cerrojo girando. Alguien, o algo, acababa de entrar en mi casa. O peor aún, estaba intentando salir.

Parte 2: El dilema del pasillo y el soporte técnico del más allá
Me quedé paralizado en la cama, con el móvil aún en la mano y la pantalla marcando las 3:35 AM. El resplandor del teléfono me devolvía una imagen distorsionada de mi propia cara de espanto. Había oído el cerrojo. No era una alucinación de la falta de sueño, ni un ruido de las tuberías viejas de este edificio que tiene más años que el hilo negro. Era el sonido metálico, seco e inconfundible de la puerta del salón abriéndose.
—No abras la puerta del salón —me había dicho mi propia voz por el móvil.
Claro, muy fácil decirlo. Pero, ¿qué haces cuando ya has oído que se está abriendo? ¿Te escondes debajo de las sábanas y esperas a que el fantasma o el ladrón con crisis de identidad decida que tu colección de cómics no vale la pena? No, yo soy Javi. Y en mi casa, el único que abre puertas a las tres de la mañana soy yo cuando tengo un ataque de hambre y voy a por unas galletas María.
Me levanté de la cama con la agilidad de un cervatillo recién nacido sobre una pista de hielo. Mis pies descalzos tocaron el suelo frío y sentí que el vello de los brazos se me erizaba de nuevo. Agarré el soporte del iPad —que es de metal y pesa lo suyo— como si fuera una maza de combate. “Muy bien, Javi”, pensé. “Si es un ente dimensional, se va a quedar impresionadísimo con tu accesorio de escritorio”.
Caminé hacia el pasillo. El pasillo de mi piso es de esos estrechos que en las inmobiliarias llaman “distribuidor con encanto” pero que en realidad es un túnel de sombras donde siempre te das con el dedo pequeño en el paragüero. La luz de la luna se filtraba por la ventana de la cocina, dibujando rectángulos plateados en el suelo.
Me detuve frente a la puerta del salón. Estaba cerrada. Pero yo había oído el clac. Pegué la oreja a la madera.
Nada. Silencio absoluto.
—Venga, Javi, que eres autónomo. Has sobrevivido a inspecciones de Hacienda, esto no es nada —me susurré para darme valor.
Puse la mano en el pomo. Estaba frío. Demasiado frío. Respiré hondo, conté hasta tres en mi cabeza y abrí de golpe, encendiendo la luz al mismo tiempo.
El salón estaba… exactamente igual que siempre. Mi sofá con la mancha de café que nunca sale, la televisión apagada reflejando mi cara de loco y las migas de las patatas fritas de la tarde sobre la mesa. No había nadie. No había portales dimensionales. Ni siquiera una ráfaga de aire.
—Me estoy volviendo loco —dije, bajando el soporte del iPad—. Es el estrés. Es que necesito vacaciones. Me voy a Benidorm una semana y se me quitan todas las tonterías.
Me di la vuelta para volver al dormitorio, pero entonces me fijé en un detalle. Mi móvil, que había dejado sobre la mesa del comedor hace un momento sin darme cuenta, se iluminó de nuevo.
Ping.
Un mensaje de WhatsApp de un número desconocido.
“Mira el registro de llamadas, Javi. Mira quién te ha llamado ayer a esta misma hora.”
Sentí una náusea repentina. Desbloqueé el teléfono con los dedos entumecidos. Fui al registro de llamadas. Ayer, 3:33 AM. Número desconocido. Duración: 0 segundos. Pero cuando pulsé sobre el número para ver más detalles, el sistema se quedó pillado un segundo y luego mostró la información.
No era un número oculto. Era mi propio número. Pero no mi número actual. Era el número que tenía hace diez años, cuando vivía en el piso de estudiantes en Moncloa y mi mayor preocupación era si quedaba cerveza en la nevera. Un número que yo mismo cancelé cuando cambié de compañía.
—Esto es imposible —murmuré—. Ese número ya no existe.
En ese momento, el teléfono volvió a sonar. Pero esta vez no era una llamada normal. Era una videollamada.
Acepté por inercia, por puro instinto de supervivencia digital. La pantalla se llenó de ruido blanco durante un segundo y luego la imagen se estabilizó. Vi una habitación. Era mi salón. Mi salón, pero visto desde un ángulo que yo no estaba ocupando. La cámara estaba situada en el techo, justo encima de la lámpara.
En la imagen, me vi a mí mismo. Estaba de pie en mitad del salón, con el soporte del iPad en la mano y cara de querer llorar. Era una retransmisión en directo. Me vi girarme hacia la cámara, pero en la realidad, no había ninguna cámara allí. Solo el techo liso y el plafón de Ikea.
—¿Qué… qué es esto? —pregunté a la pantalla.
En la videollamada, una figura apareció detrás de mí. No era un monstruo. Era yo. Pero un “yo” diferente. Tenía la cara más cansada, el pelo más canoso y llevaba una camiseta que no recordaba tener. Se acercó a mi espalda en la pantalla, pero cuando yo me giré físicamente en mi salón, no había nadie.
—Javi, escúchame bien —dijo mi otro “yo” a través de la videollamada—. No soy un fantasma. Soy tú. Pero dentro de tres años. Y necesito que dejes de buscar quién llama. El problema no es la llamada. El problema es lo que vas a encontrar si sigues este rastro.
—¿De qué estás hablando? ¿Cómo puedes ser yo del futuro? ¡Esto es una estafa de esas de internet muy currada! —grité, fuera de mí.
—¿Estafa? —el otro Javi sonrió con una amargura que me dolió—. ¿Te acuerdas de la cicatriz que tienes en el tobillo izquierdo? La que te hiciste con diez años intentando saltar la valla del polideportivo para recuperar un balón. Nadie más lo sabe. Ni siquiera tu madre, porque le dijiste que te habías caído en el parque.
Me quedé mudo. Sentí que el suelo se movía bajo mis pies.
—Escúchame —siguió el Javi del futuro—. En diez segundos, vas a recibir otra llamada. No la cojas. Si la coges, el ciclo se cerrará y yo… yo dejaré de existir. Y tú pasarás los próximos tres años llamándote a ti mismo para intentar evitar lo que va a pasar mañana en la oficina.
—¿Mañana? ¿Qué pasa mañana?
—El contrato, Javi. No firmes el contrato de la empresa alemana. Parece la salvación de tu carrera, pero es una trampa. Es lo que nos destruye.
En ese momento, la videollamada se cortó. La pantalla volvió al negro. El salón volvió a quedar en penumbra, solo iluminado por la luz del pasillo.
Y entonces, el móvil vibró de nuevo en mi mano.
Rrrr. Rrrr.
Llamada entrante: Yo (Antiguo).
El dedo me picaba por contestar. Necesitaba saber más. Necesitaba saber qué pasaba con ese contrato, quiénes eran esos alemanes y por qué mi vida dependía de una llamada a las tres de la mañana. Pero las palabras de mi “yo” del futuro resonaban en mi cabeza: “No la cojas”.
Estaba allí, en mitad de mi salón, con el pijama de cuadros y un soporte de iPad en la mano, decidiendo el destino de mi propia existencia. Mi dedo sobre el icono verde. El sudor bajándome por la frente.
Rrrr. Rrrr.
El timbre de la puerta de la calle sonó. Un timbrazo largo, insistente, que rompió el silencio de la noche como un hachazo.
Me quedé paralizado. ¿Quién llama al timbre de un piso a las 3:45 de la mañana después de que tu “yo” del futuro te advierta de un contrato alemán? Miré el móvil. La llamada seguía activa. Miré la puerta. El timbre volvió a sonar.
—¡Javi! ¡Abre! ¡Sabemos que estás ahí! —gritó una voz desde el rellano.
No era mi voz. Era una voz de hombre, con un acento extranjero muy marcado. Alemán, quizá.
Sentí que el pánico me ganaba la partida. Contesté la llamada del móvil.
—¿Hola? —dije, desesperado.
Silencio. Y luego, una respiración. Pero esta vez no era la mía. Era una respiración sibilante, mecánica. Como si alguien estuviera usando una máscara de oxígeno.
—Ya es tarde, Javi —dijo la voz—. Ya has contestado. Nos vemos en la oficina a las nueve.
La puerta de mi casa empezó a temblar bajo los golpes de alguien que no venía a traerme el pan.

Parte 3: El asedio de la puerta y la lógica del pánico
Si alguna vez os habéis preguntado qué se siente cuando la realidad se desmorona y tu mayor defensa es un soporte de iPad de diecinueve euros, os lo digo yo: te entran unas ganas locas de que todo sea una broma de cámara oculta y que de repente salga un presentador famoso a decirte que te han tomado el pelo. Pero allí estaba yo, en mitad de mi salón en Chamberí, con los nudillos blancos de tanto apretar el metal y una voz alemana al otro lado de la puerta que no parecía estar precisamente para invitarme a una cerveza.
¡BAM! ¡BAM! ¡BAM!
Los golpes en la puerta de la calle eran rítmicos, violentos. Mi puerta es blindada, o eso me dijo el casero cuando me subió el alquiler el año pasado, pero ahora mismo parecía de papel de fumar. Cada golpe hacía vibrar los cuadros del pasillo y a mí me hacía saltar el corazón por la boca.
—¡Herr Javi! ¡Abra la puerta! ¡Es un asunto de máxima urgencia para la empresa! —gritaba el tipo desde el rellano. Tenía una voz de esas que se usan para dar órdenes en los barcos de guerra, seca y cortante.
Miré el móvil. La llamada con mi “yo” antiguo seguía activa, pero solo se oía esa respiración mecánica, como de Darth Vader con asma. Mi mente iba a mil por hora. ¿El contrato alemán? ¿Mañana a las nueve? ¡Pero si yo soy un diseñador de logotipos que vive a base de café y esperanza! ¿Qué quieren estos señores de mí?
—¿Quiénes sois? —grité hacia la puerta, intentando sonar como alguien que tiene una escopeta y no un soporte de tableta—. ¡Como no os vayáis ahora mismo llamo a la policía!
—Nosotros somos la policía de su futuro, Herr Javi —respondió la voz con una calma que me dio más miedo que los golpes—. El contrato ya ha sido firmado. En una realidad paralela, usted ya es nuestro. Solo venimos a… sincronizar los relojes.
“Sincronizar los relojes”. En mi barrio, eso suele significar que te van a dar una paliza o que te van a robar hasta el router.
De repente, la llamada del móvil se volvió nítida. La respiración paró y escuché la voz de mi “yo” de tres años en el futuro. Pero esta vez sonaba cansado, casi derrotado.
—Javi, escúchame bien. No te queda mucho tiempo. Tienes que ir a la cocina. Debajo del fregadero, detrás de los botes de lejía, hay una caja metálica que dejé allí cuando me mudé… bueno, cuando nos mudamos.
—¿Una caja? —pregunté al teléfono mientras los alemanes del rellano empezaban a usar algo que sonaba a taladro eléctrico—. ¡Allí solo hay bayetas viejas y un bote de desatascador que nunca he usado!
—¡Busca la caja, joder! —me gritó mi otro yo—. Es lo único que puede detener la sincronización. ¡Y pase lo que pase, no mires por la mirilla de la puerta!
Me fui a la cocina derrapando por el pasillo. Me tiré al suelo, abrí la puerta del mueble del fregadero y empecé a sacar trastos como un loco. Apareció un estropajo con moho, tres botellas vacías de amoníaco y una esponja que parecía haber sobrevivido a la Segunda Guerra Mundial. Al fondo, pegada a la pared de ladrillo, noté algo frío.
Era una caja de metal, pequeña, del tamaño de una caja de puros. Estaba oxidada y llena de grasa de cocina. La saqué y me temblaron las manos. ¿Cómo podía estar esto aquí? Llevo tres años viviendo en este piso y juro por mis suscripciones de streaming que he limpiado ese armario al menos… bueno, un par de veces.
¡CRAAAAAACK!
El sonido de la madera astillándose llegó desde el salón. Los de fuera estaban usando una maza o algo parecido. El marco de la puerta estaba cediendo.
—¡Javi! ¡La caja! —gritó el móvil—. ¡Ábrela ya!
Abrí la caja. No había dinero, ni joyas, ni una pistola láser. Dentro había un viejo teléfono Nokia, de esos que llamábamos “ladrillos”, de los que tenían el juego de la serpiente y una batería que duraba tres siglos. Al lado del teléfono había una nota escrita con mi propia letra, pero una letra más temblorosa, más urgente:
“Marca el número guardado como ‘INICIO’. No preguntes. Solo hazlo.”
Encendí el Nokia. La pantalla de cristal líquido se iluminó con ese tono verde chillón que me trajo recuerdos de cuando tenía quince años y me preocupaba por los exámenes de bachillerato. Solo tenía una raya de batería. Fui a la agenda. Solo había un contacto: INICIO.
Le di a llamar.
Riiiing… Riiiing…
En ese momento, la puerta de mi casa estalló. Literalmente. Un trozo de madera salió volando y golpeó el espejo del pasillo, que se hizo añicos. Por el hueco entró un hombre alto, vestido con un traje gris impecable y unas gafas de sol que no tenían sentido a las cuatro de la mañana. Detrás de él, dos tipos más, con la misma pinta de agentes de una corporación maligna.
—Guten Morgen, Herr Javi —dijo el de delante, ajustándose la corbata como si estuviera entrando en una oficina y no en un piso de Chamberí que acababa de destrozar—. Es hora de firmar. El tiempo es oro, y su tiempo nos pertenece.
El tipo sacó una carpeta de cuero negro y una pluma estilográfica que brillaba con una luz extraña, azulada. Se acercó a la cocina con una parsimonia aterradora. Yo retrocedí hasta chocar con la nevera. El Nokia seguía dando tono.
—¡No voy a firmar nada! —grité, levantando la caja de metal como si fuera un escudo.
—Oh, lo hará. Siempre lo hace —dijo el alemán, extendiendo la carpeta—. Es la belleza de la burocracia temporal. Usted ya ha firmado en infinitas realidades. Esta es solo la última que falta por… limpiar.
El Nokia dejó de dar tono. Alguien contestó.
—¿Diga? —la voz al otro lado era una voz de mujer. Una voz dulce, joven. Era la voz de mi madre. Pero no de mi madre ahora, que se pelea con el mando de la tele, sino la voz de mi madre cuando yo era un niño.
—¿Mamá? —pregunté, con las lágrimas asomando a los ojos.
—¿Javi? ¿Hijo? ¿Por qué me llamas tan tarde? —preguntó ella—. Acabo de acostarte, estás durmiendo en tu camita de la habitación de arriba. ¿Cómo es que hablas por este aparato tan raro?
El alemán se detuvo en seco. Su cara de póker se desmoronó por un segundo. Miró el Nokia verde con una mezcla de odio y miedo.
—¡Cuelgue ese teléfono ahora mismo! —rugió, perdiendo la compostura—. ¡Esa conexión es ilegal! ¡Está alterando el eje de la cronología!
—¡Mamá! —grité al Nokia—. ¡Escúchame! ¡Mañana, cuando te levantes, no dejes que papá acepte el regalo de los señores alemanes! ¡Dile que es una trampa! ¡Dile que no firmen nada en la notaría de la calle Alcalá!
—¿De qué hablas, cariño? —preguntó mi madre, preocupada—. ¿Qué señores alemanes?
El agente del traje gris se lanzó hacia mí con la mano extendida, intentando quitarme el Nokia. Yo me agaché, pasándole por debajo del brazo y corriendo hacia el salón, esquivando a los otros dos tipos que intentaban agarrarme.
—¡Díselo, mamá! ¡Prométemelo! —seguía gritando al teléfono.
—¡Maldito sea! —gritó el alemán—. ¡Traigan el sincronizador! ¡Hay que borrarlo antes de que el mensaje llegue!

Uno de los tipos sacó un aparato que parecía un escáner láser y apuntó hacia mí. Un haz de luz roja me golpeó en el pecho. Sentí un hormigueo eléctrico que me recorrió todo el cuerpo. El salón empezó a pixelarse, como si la realidad fuera un vídeo de YouTube a baja resolución.
—¡Te lo prometo, Javi! —escuché la voz de mi madre a través del Nokia—. ¡No dejaremos que nadie entre en casa! ¡Te quiero, hijo!
La batería del Nokia murió. La pantalla se apagó.
El agente del traje gris se quedó quieto en mitad de mi salón. Su cuerpo empezó a volverse transparente. Su carpeta de cuero desapareció en el aire. Miró sus manos, que se estaban convirtiendo en humo gris.
—No… —susurró—. No puedes… el contrato…
—Parece que el autónomo ha ganado esta ronda —dije, aunque me temblaban hasta las orejas.
Todo el salón se llenó de un resplandor blanco, cegador. Escuché un zumbido ensordecedor que parecía venir de dentro de mi propia cabeza. Y entonces, el silencio. Un silencio absoluto, de esos que te hacen pitar los oídos.
Me desperté de golpe.
Estaba en mi cama. La luz del sol entraba por la ventana, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire. Madrid estaba ruidosa, caótica y maravillosa, como siempre. Miré el reloj: 09:15 AM.
—Vaya pesadilla de locos —dije, estirándome—. Eso me pasa por cenar pizza recalentada y ver documentales sobre física cuántica antes de dormir.
Me levanté y fui a la cocina a hacerme un café. Todo estaba en orden. Mi puerta de la calle estaba entera, sin golpes, perfectamente cerrada con sus dos cerrojos.
Pero cuando fui a tirar la bayeta vieja del fregadero, mi mano rozó algo metálico detrás de los botes de lejía.
Era la caja de metal. Oxidada. Con el Nokia verde dentro.
Y en la pantalla del Nokia, que por algún milagro volvía a tener batería, había un mensaje de texto nuevo, recibido hoy a las 09:14 AM.
“Gracias, Javi. Papá dice que los alemanes eran unos pesados, pero que se han ido por donde han venido. Por cierto… te hemos dejado un regalo en la cuenta del banco. Disfrútalo. Te queremos.”
Abrí la aplicación de mi banco en el móvil actual. Mi saldo, que ayer era de trescientos euros agónicos, ahora mostraba una cifra que me hizo escupir el café por toda la encimera.
Tres millones de euros.
Y el concepto de la transferencia era: “Sincronización completada. Feliz vida nueva.”
Me quedé allí sentado, mirando el móvil y la caja de metal, comprendiendo que el número que no dejaba de llamar no era una maldición. Era el servicio de atención al cliente de mi propia vida.
Y esta vez, por fin, me habían pasado con el departamento de soluciones.