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El despertar de las 3:33 y el eco del insomnio

Parte 1:

Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. No es que sea un valiente de película de acción, de esos que se tiran de un puente sin mirar si hay agua debajo, pero tengo mis nervios bien templados. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el aceite de oliva está a precio de sangre de unicornio y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Por eso, cuando hace dos semanas mi teléfono decidió convertirse en una herramienta de tortura psicológica, lo último que esperaba era que mi propia tecnología decidiera sabotear mi salud mental de una forma tan… personal.

Todo empezó un martes. O un miércoles, ya ni sé, porque cuando no duermes, los días se mezclan como un gazpacho mal hecho. Estaba yo en mi dormitorio, ese cuarto que es básicamente una cama de Ikea y una montaña de ropa en una silla que ya tiene conciencia propia. Madrid estaba en ese silencio engañoso de la madrugada, ese donde solo oyes el zumbido de la nevera y, de vez en cuando, el camión de la basura que parece que está triturando meteoritos en lugar de cartón.

Eran las tres y media pasadas. Lo sé porque me había despertado por culpa de una sed de esas que te dejan la garganta como el desierto de Almería. Me levanté, bebí un chorro de agua del grifo —que en Madrid sabe a gloria, las cosas como son— y me volví a meter bajo el edredón, rezando a todos los santos para que el sueño volviera antes de que empezara a darle vueltas a la factura del gas.

Y entonces, el móvil vibró sobre la mesilla.

Bzzz. Bzzz. Bzzz.

A esa hora, una llamada es siempre una mala noticia. O alguien ha muerto, o alguien se ha emborrachado mucho y se ha equivocado de número, o te están intentando vender fibra óptica desde un universo paralelo. Estiré el brazo con la desgana de un perezoso con resaca y agarré el aparato.

Número desconocido.

—Ni de coña —mascullé, con la voz pastosa—. A estas horas no te cojo ni aunque seas el repartidor de Amazon con un paquete de hace tres meses.

Colgué. Bloqueé la pantalla. Me giré hacia el otro lado. Intenté contar ovejas, pero las ovejas estaban de huelga. Miré el reloj digital: 3:33 AM. Un número feo. Un número de esos que en las películas de miedo significa que el demonio está a punto de salir por el cuarto de baño para pedirte el wifi. Pero yo soy un tipo racional. “Es un error del sistema”, me dije. “Algún bot de telemarketing que se ha vuelto loco”.

Pero la noche siguiente ocurrió lo mismo. Y la siguiente. Y la siguiente.

A las 3:33 exactas, mi Xiaomi empezaba a bailar sobre la madera de la mesilla con esa insistencia obscena. Siempre “Número desconocido”. Al tercer día, la curiosidad —esa maldita que mató al gato y que a los españoles nos pierde— empezó a ganarle la partida al miedo. Me pasaba el día como un zombi en la oficina, o mejor dicho, frente al ordenador en mi rincón de teletrabajo, revisando foros de internet.

—”Llamadas fantasma a las 3:33″ —tecleaba yo, mientras me tomaba el cuarto café de la mañana, uno de esos que te hacen vibrar hasta las cejas.

Los resultados eran los de siempre: gente en Reddit diciendo que son extraterrestres, señoras en Facebook convencidas de que es su tía abuela que quiere la receta de las croquetas, y algún que otro iluminado hablando de la “hora muerta”. Yo, que soy más de creer en la Ley de Murphy que en lo paranormal, pensaba que era un gracioso. Pero un gracioso muy constante. Un gracioso con mucho tiempo libre y muy mala leche.

Anoche fue el colmo. El cansancio ya no era cansancio, era una entidad física que me pesaba en los hombros. Me fui a la cama a las once, convencido de que si me dormía profundamente, el teléfono no sonaría. Error. A las 3:32 me desperté solo. Mi cuerpo ya tenía el despertador interno programado para el terror. Me quedé mirando el móvil en la oscuridad, con los ojos como platos, esperando el verdugo digital.

3:33.

La pantalla se iluminó. El resplandor azulado hirió mis pupilas, proyectando sombras alargadas y tétricas en las paredes de mi cuarto. Allí estaba. Número desconocido. El teléfono vibraba con una fuerza que me pareció inhumana, como si quisiera decirme algo.

—Vale, ya está —dije en voz alta, para darme valor—. Hoy se acaba la tontería. Como sea el de Orange intentando venderme el fútbol, le suelto cuatro frescas que se queda tieso.

Con el dedo temblando como si estuviera a punto de desactivar una bomba, deslicé el icono verde.

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