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EL DESPERTAR DE LA BESTIA DIGITAL

**PARTE 1: EL DESPERTAR DE LA BESTIA DIGITAL**

El reloj de pared del salón marcaba las seis de la tarde.

Era un reloj antiguo, de esos que hacen un tictac pesado y constante.

Un sonido que, hasta ese día, era el único ruido en la casa de Manolo.

Manolo tenía setenta y ocho años y una aversión histórica a los botones táctiles.

Para él, un teléfono servía para llamar al médico, pedir butano o felicitar la Navidad.

Su viejo aparato tenía teclas del tamaño de un garbanzo y una pantalla verde.

Pero todo eso cambió un fatídico martes de otoño.

Su nieto, Hugo, un chaval de veinte años con demasiadas buenas intenciones, apareció por la puerta.

Llevaba una caja blanca y rectangular bajo el brazo.

Era plana, elegante y desprendía un aura de modernidad que a Manolo le dio un escalofrío.

“Abuelo, ya es hora de que te modernices”, había dicho el chico.

Manolo miró la caja como si fuera una bomba de relojería a punto de estallar.

“Yo con mi cacharro estoy muy bien, chaval”, refunfuñó Manolo, ajustándose las gafas.

Pero los nietos tienen un poder de convicción que escapa a la lógica humana.

Media hora después, el viejo teléfono verde yacía en el fondo de un cajón.

En su lugar, una losa de cristal negro descansaba sobre el tapete de ganchillo de la mesa camilla.

“Mira, abuelo, esto es la pantalla de inicio”, explicaba Hugo, deslizando el dedo con rapidez.

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