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El cielo de Madrid decidió que aquella tarde era perfecta para reventar.

PARTE 1

El cielo de Madrid decidió que aquella tarde era perfecta para reventar.

Así, sin avisar.

Ni el del tiempo de la Primera lo vio venir.

Yo, por supuesto, llevaba mis zapatos nuevos.

De ante.

Una maravilla de la inteligencia táctica por mi parte.

El asfalto de la Gran Vía empezó a escupir vapor.

Era verano, claro, ese verano madrileño que te asfixia hasta que de repente decide ahogarte.

Las primeras gotas cayeron como perdigones.

Pum, pum, pum.

Contra los cristales de los escaparates.

Contra los toldos de las cafeterías que los camareros intentaban recoger a toda hostia.

Y contra mi cabeza.

Yo estaba parada en la esquina de Callao.

Esperando.

Como una idiota, pero esperando.

Él había dicho que llegaría a las seis y media.

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