PARTE 1
El cielo de Madrid decidió que aquella tarde era perfecta para reventar.
Así, sin avisar.
Ni el del tiempo de la Primera lo vio venir.
Yo, por supuesto, llevaba mis zapatos nuevos.
De ante.
Una maravilla de la inteligencia táctica por mi parte.
El asfalto de la Gran Vía empezó a escupir vapor.
Era verano, claro, ese verano madrileño que te asfixia hasta que de repente decide ahogarte.
Las primeras gotas cayeron como perdigones.
Pum, pum, pum.
Contra los cristales de los escaparates.
Contra los toldos de las cafeterías que los camareros intentaban recoger a toda hostia.
Y contra mi cabeza.
Yo estaba parada en la esquina de Callao.
Esperando.
Como una idiota, pero esperando.
Él había dicho que llegaría a las seis y media.
Eran las seis y cuarenta y cinco.
Quince minutos de cortesía que, bajo un diluvio, se convierten en quince años de condena.
Saqué el móvil del bolsillo de mi gabardina.
Una gota de agua cayó justo en la pantalla.
El táctil se volvió loco.
De repente, estaba abriendo la aplicación del banco en lugar de WhatsApp.
Cerré los ojos, respiré hondo y conté hasta tres.
«Si no aparece en dos minutos, me piro», pensé.
Mentira.
Sabía que me iba a quedar ahí aunque cayera el mismísimo diluvio universal.
Porque era él.
Hugo.

El tío que me tenía sorbido el seso desde hacía seis meses.
El mismo que me dejaba en visto y luego aparecía con una sonrisa de niño bueno.
El que me compraba cruasanes en la panadería de mi barrio porque sabía que me flipaban.
Levanté la vista.
La gente corría despavorida buscando refugio bajo los cines.
Un señor con un periódico en la cabeza me empujó sin querer.
«¡Oiga, un poquito de cuidado, joder!», grité.
El señor ni me miró.
Desapareció en las escaleras del Metro.
Me quedé sola en mi metro cuadrado de acera.
El agua ya me bajaba por el cuello.
Notaba cómo el rímel empezaba a rendirse.
Era de Mercadona.
Decía “Waterproof”, pero todos sabemos que eso es una verdad a medias.
Resistirá unas lagrimitas viendo una peli de Antena 3 un domingo.
Pero no la furia desatada del clima atlántico sobre el centro de España.
Y entonces, lo vi.
Cruzando la calle por donde no debía.
Esquivando un taxi que le pitó como si le fuera la vida en ello.
Hugo levantó una mano pidiendo perdón al taxista.
Llevaba el pelo empapado, pegado a la frente.
Esa chaqueta de cuero que siempre le dije que le quedaba pequeña.
Y una sonrisa que me desarmó por completo.
«¡Laura!», gritó por encima del ruido del tráfico y la lluvia.
«¡Llegas tarde, capullo!», le respondí.
Pero no sonaba enfadada.
No podía.
Se acercó a mí corriendo y se paró a un palmo de mi cara.
Olía a lluvia, a tabaco y a ese perfume caro que usaba para las ocasiones especiales.
«Perdona», dijo, jadeando.
«El metro era una lata de sardinas, un caos total».
Le miré de arriba abajo.
«Estás empapado, Hugo».
Él se echó a reír.
«Tú tampoco estás para salir en la portada del Vogue, cariño».
Me pasó una mano por la mejilla.
Su pulgar me limpió un rastro de rímel negro que me caía por la cara.
«Soy un oso panda ahora mismo, ¿verdad?», pregunté.
«Eres el oso panda más bonito que he visto en mi vida».
«Qué gilipolleces dices a veces».
«Lo sé».
Se acercó un poco más.
El ruido de la calle pareció bajar de volumen.
Los motores de los autobuses.
Las voces de la gente refugiada en los portales.
El sonido de la lluvia repiqueteando contra los adoquines.
Todo se volvió un murmullo de fondo.

Solo veía sus ojos marrones.
Esos ojos que siempre parecían esconder un chiste que solo él entendía.
Me agarró por la cintura.
Su mano estaba fría, pero me quemó a través de la blusa mojada.
«¿Qué haces?», susurré.
«Lo que llevaba queriendo hacer desde que salí de casa».
No me dio tiempo a responder.
Ni a decirle que nos estaba mirando todo el mundo.
Ni a quejarme de que mis zapatos de ante estaban oficialmente muertos.
Se inclinó hacia mí.
Sus labios tocaron los míos.
Al principio fue un roce suave.
Luego, algo mucho más intenso.
Cerré los ojos.
La lluvia caía sobre nosotros, pero ya no me importaba el frío.
Ni el rímel.
Ni el señor del periódico.
Ni el taxi que seguía pitando de fondo.
Nos besamos bajo la tormenta.
Pensando que el mundo era nuestro.
Pensando que nada podía salir mal.
Pensando que la Gran Vía entera se había detenido solo para nosotros.
Fue un beso de película.
De esos que te dejan sin respiración.
De esos que te hacen creer en todas esas cursilerías que sueles criticar cuando estás de cañas con tus amigas.
«Madre mía», pensé.
«Me caso con este tío. Aquí mismo. Que traigan a un concejal».
Mis manos se enredaron en su pelo mojado.
Él me apretó más contra su cuerpo.
Todo era perfecto.
Absurdamente perfecto.
Demasiado perfecto.
PARTE 2
El tiempo se detuvo.
O eso dicen en las novelas, claro.
En la realidad, el tiempo no se detiene.
El tiempo sigue corriendo, el parquímetro sigue cobrando y la lluvia te sigue calando hasta los huesos.
Pero en mi cabeza, aquel instante duró horas.
El sabor de la lluvia mezclado con el suyo.
La presión de sus manos.
El latido de mi propio corazón rebotando en mis oídos.

Era el pico de la montaña rusa.
Ese momento exacto antes de la caída libre.
Lentamente, nuestros labios se separaron.
Sentí el roce de su nariz contra la mía.
El calor de su aliento.
Mantuve los ojos cerrados un segundo más.
Quería guardar esa sensación en la memoria para siempre.
Quería enlatar ese beso y abrirlo los días de bajón.
Sonreí como una imbécil.
Una sonrisa boba, de oreja a oreja.
De las que te hacen parecer un poco desequilibrada si te ven desde fuera.
Suspiré profundamente, llenando mis pulmones de aire húmedo.
«Joder, Hugo», susurré con los ojos aún cerrados.
«Si querías impresionarme, lo has conseguido, cabrón».
Esperé su respuesta.
Esperé esa risa suya, medio burlona, medio tierna.
Esperé que me dijera alguna de sus frases hechas.
Algo como “Yo no doy puntada sin hilo” o “Para que luego digas que no soy romántico”.
Pero no escuché nada.
Solo el sonido del agua golpeando el suelo.
Un coche pasando a toda velocidad y levantando un charco.
El pitido lejano de un semáforo para ciegos.
Pi, pi, pi.
Fruncí el ceño.
El frío me golpeó de repente, colándose por el hueco que había dejado su cuerpo.
Esa calidez que me envolvía hacía un segundo había desaparecido.
Totalmente.
Como si alguien hubiera apagado la estufa.
Abrí los ojos despacio, parpadeando para quitarme el agua de las pestañas.
La farola de encima de nosotros parpadeó.
La luz amarillenta iluminó la acera vacía.
Pero cuando abrí los ojos…
Ya no estaba.
Me quedé quieta, congelada.
Como si el cerebro me hubiera dado un pantallazo azul.
«¿Hugo?», dije en voz alta.
Miré a mi derecha.
Hacia el escaparate de la tienda de ropa.
Había un maniquí con un chubasquero amarillo que parecía reírse de mí.
Pero ni rastro de él.
Miré a mi izquierda.
Hacia el quiosco cerrado de la plaza.
Nada.
Solo revistas mojadas y la persiana bajada.
Me giré sobre mí misma.
Una vuelta completa.
Como una peonza estúpida en medio del diluvio.
«¿Hugo? ¡Venga ya, no tiene gracia!», grité, alzando la voz.
Nada.
Silencio absoluto, roto solo por el temporal.
Un perro callejero pasó trotando por la acera de enfrente, buscando refugio.
Me miró de reojo.
Hasta el perro parecía pensar: “Estás haciendo el rídiculo, chata”.
Di un paso hacia atrás, tropezando con mis propios pies.
Mis zapatos de ante, ahora convertidos en dos esponjas grises, chapotearon en un charco.
Splash.
El reflejo de las luces de neón del cine Callao se distorsionó en el agua.
Rojo, azul, blanco.
Temblaba.
No sabía si por el frío repentino o por el pánico sordo que empezaba a subirme por la garganta.
¿Se había metido en un portal?
¿Se había agachado a atarse los cordones y había caído a una alcantarilla?
¿Me estaba gastando una broma pesada?
«Hugo, joder, sal ya. ¡Me estoy congelando!».
Caminé hasta el portal más cercano.
Oscuro. Vacío.
Me asomé al callejón que daba a la calle trasera.
Había un contenedor de basura desbordado.
Unas cajas de cartón deshaciéndose bajo la lluvia.
Y un gato refugiado debajo de un coche.
Pero de un tío de un metro ochenta con chaqueta de cuero, ni rastro.
Me llevé las manos a la cabeza.
El pelo lo tenía hecho un asco, pegado al cráneo como un casco de natación.
Sentí que me faltaba el aire.
«Esto no tiene sentido», murmuré para mí misma.
«La gente no se evapora».
«No estamos en una puta serie de Netflix».
«La gente no hace ¡puf! y desaparece después de darte el beso de tu vida».
Empecé a caminar de un lado a otro.
Cerca de la parada de autobús.
Allí había un señor mayor, el único que no había huido.
Llevaba un paraguas de cuadros y me miraba con una mezcla de lástima y confusión.
Me acerqué a él, casi corriendo.
«Perdone…», le dije, con la voz temblorosa.
«¿Ha visto al chico que estaba conmigo?».
El señor me miró, ajustándose las gafas en el puente de la nariz.
«¿Qué chico, hija?».
«El chico… un chico alto, moreno. Con chaqueta negra. Estábamos ahí… nos estábamos besando».
El anciano enarcó una ceja.
«Mira, muchacha. Yo llevo aquí esperando el 146 desde hace veinte minutos».
«Y desde hace veinte minutos, te he visto ahí de pie».
«Sola».
«Empapándote como una pasmarote».
Las palabras del viejo me cayeron como un jarro de agua helada.
Más fría que la que me caía del cielo.
«Sola…», repetí.
«Sí, sola. Y si no te abrigas, vas a coger una pulmonía de las que hacen época».
El viejo se dio la vuelta al ver llegar su autobús.
Se subió, plegó su paraguas y me dejó allí.
Plantada.
Me giré lentamente hacia el lugar donde habíamos estado.
Donde supuestamente habíamos estado.
Donde creí sentir su calor, sus labios, sus manos.
Cerré los ojos con fuerza, apretando los puños.
Intenté convencerme de que era una broma.
Una cámara oculta.
Un flashmob de esos que la gente graba para TikTok.
Pero no había cámaras.
No había nadie riéndose.
Solo quedaba el sonido de la lluvia y el eco de su voz en mi cabeza.
«Eres el oso panda más bonito que he visto en mi vida».
Esa frase.
¿Me la había imaginado?
¿Me había vuelto loca de repente, a las siete de la tarde de un martes en plena Gran Vía?
Me toqué los labios con la yema de los dedos.
Todavía ardían.
Todavía sentía la presión.
«No estoy loca», me dije en voz alta, desafiando a la tormenta.
«Yo sé lo que he vivido».
PARTE 3
El instinto de supervivencia es una cosa muy rara.
A veces te dice que corras, a veces que te quedes quieta.
A mí me dijo que buscara mi móvil.
Empecé a palparme los bolsillos de la gabardina frenéticamente.
Izquierdo, nada.
Derecho, llaves, un chicle de menta hecho puré, nada.
Bolsillo interior.
Ahí estaba.
Lo saqué.
Estaba chorreando, pero la pantalla aún funcionaba.
Maravillas de la tecnología moderna, al menos esto no fallaba.
Desbloqueé la pantalla.
Busqué el contacto de Hugo.
Última conexión: ayer a las 23:45.
¿Cómo podía ser?
Si me había escrito esta misma mañana para quedar.
Fui al chat de WhatsApp.
Deslicé la pantalla hacia arriba.
Nuestros mensajes estaban ahí.
Los memes absurdos, las quejas del curro, las notas de audio eternas.
Pero el último mensaje que le había mandado yo, esta mañana, diciendo: “¿A las 6:30 en Callao?”, tenía un solo tic.
No le había llegado.
«No puede ser», repetí.
«No me jodas. Esto es imposible».
Le di al botón de llamar.
Me llevé el teléfono a la oreja, apretándolo tanto que me dolía el cartílago.
Un tono.
Dos tonos.
Tres tonos.
«El número marcado no se encuentra disponible en este momento».
Colgué.
Volví a marcar.
«El número marcado…».
«¡Que te calles, puta máquina!», grité al buzón de voz.
La desesperación empezó a ganarle la batalla a la confusión.
Miré a mi alrededor otra vez.
La calle se estaba vaciando del todo.
Los pocos coches que pasaban levantaban cortinas de agua sucia.
Y entonces, a lo lejos, creí verlo.
A unos cincuenta metros, bajando hacia Plaza de España.
Una figura con una chaqueta negra de cuero.
Caminando rápido.
Con la cabeza gacha, esquivando los charcos.
El corazón me dio un vuelco.
Era esa forma de andar.
Ese balanceo de los hombros tan suyo, como si siempre estuviera escuchando música funk en su cabeza.
«¡Hugo!», grité con todas mis fuerzas.
Mi voz se rasgó, ahogada por un trueno que decidió sonar en el momento más inoportuno.
La figura no se giró.
Siguió caminando, mezclándose con los contornos borrosos que creaba la lluvia.
Eché a correr.
No lo pensé dos veces.
Me daba igual el ridículo, el frío o los zapatos de ante que ya pesaban como dos bloques de cemento.
Corría pisando los charcos sin contemplaciones.
El agua me salpicaba hasta las rodillas.
El bolso me golpeaba la cadera a cada zancada.
Resbalé en una de las rejillas de ventilación del Metro.
Estuve a punto de abrirme la cabeza contra la acera.
Pero logré recuperar el equilibrio, braceando como un pato mareado.
«¡Hugo, joder, para!», volví a gritar, sin aliento.
Me estaba acercando.
Estaba a veinte metros.
A quince.
Veía la costura de su chaqueta en la espalda.
Veía cómo su pelo mojado se rizaba en la nuca.
Levanté la mano para agarrarle por el hombro.
Estaba a punto de tocarle.
A punto de girarle y cantarle las cuarenta.
De decirle que qué coño se creía, jugando así conmigo.
Pero, de repente, un grupo de turistas asiáticos con ponchos de plástico transparente cruzó por el paso de cebra.
Como un muro humano de impermeables y paraguas.
Me chocaron.
Me empujaron hacia atrás.
«Sorry, sorry!», decía una señora mientras me clavaba una varilla del paraguas en el ojo.
«¡Cuidado, señora, por Dios!», solté, apartando plásticos amarillos y azules.
Tardé tres segundos en zafarme del pelotón turístico.
Tres malditos segundos.
Me abrí paso a empujones, jadeando, con los ojos inyectados en sangre.
Llegué al otro lado del paso de cebra.
Miré hacia adelante.
Hacia la acera que bajaba a Plaza de España.
Hacia la boca del Metro.
Hacia las marquesinas.
Nada.
Había desaparecido.
Otra vez.
Di vueltas sobre mí misma, desesperada.
Corrí hacia donde lo vi por última vez… pero desapareció entre la multitud.
Se lo había tragado la tierra.
O el asfalto mojado de Madrid.
Me apoyé contra la pared de un edificio, intentando recuperar el aliento.
El pecho me subía y bajaba a mil por hora.
Sentía punzadas de dolor en el costado.
El famoso flato de no haber corrido desde las clases de Educación Física en el instituto.
Lloraba.
No sé si de rabia, de miedo o de pura impotencia.
Las lágrimas resbalaban por mis mejillas calientes.
Se mezclaban con la lluvia helada.
Un sabor salado y metálico llegó a mis labios.
Los mismos labios que aún sentían su beso.
Me dejé resbalar por la pared hasta sentarme en cuclillas en el suelo.
Me abracé las rodillas.
No me importaba que mi gabardina se estuviera manchando de barro urbano.
No me importaba nada.
Solo quería entender qué narices acababa de pasar.
¿Me había vuelto loca?
¿Había tenido una alucinación por el estrés del trabajo?
¿O acaso me había quedado dormida en el Metro y esto era un sueño de lo más retorcido?
Me pellizqué el brazo.
Fuerte.
Me hice daño de verdad.
«Ay, joder».
No era un sueño.
Estaba ahí, empapada, sola y abandonada en el centro de la capital de España.
Pasaron los minutos.
La tormenta empezó a perder fuerza.
Las gotas gordas y agresivas se convirtieron en ese calabobos fino que te cala sin que te des cuenta.
La gente empezó a salir tímidamente de sus escondites.
Los paraguas se cerraban.
El ruido de la ciudad volvió a la normalidad.
Y yo seguía ahí, en cuclillas, como una indigente emocional.
Hasta que noté una sombra posarse sobre mí.
PARTE 4
Levanté la vista lentamente.
Primero vi unos botines negros.
Muy limpios.
Excesivamente limpios para la que acababa de caer.
Subí la mirada por unos pantalones de traje de corte impecable.
Una gabardina beige perfectamente abrochada.
Y llegué a un rostro que no conocía de nada.
Era un hombre mayor.
Unos sesenta años, canoso, con una barba muy cuidada y gafas de montura fina.
Me miraba con una expresión indescifrable.
Ni pena, ni burla, ni prisa.
Me miraba como quien observa una obra de arte extraña en un museo.
«¿Se encuentra bien, señorita?», preguntó.
Su voz era profunda, tranquila.
Carraspeé, intentando recuperar algo de mi dignidad perdida.
Me levanté despacio, apoyándome en la pared para no resbalar.
Me sacudí la ropa en un gesto inútil.
«Sí», mentí con un hilo de voz.
«Sí, estoy… solo me había mareado un poco. El calor de antes, supongo».
El hombre asintió.
No pareció creerse una palabra de lo que le dije, pero no me rebatió.
«El tiempo en esta ciudad está loco», comentó, mirando al cielo gris.
«Nunca sabes cuándo te va a cambiar los planes».
«Ya», respondí, deseando que se marchara.
No estaba de humor para charlas ascensor con desconocidos.
Solo quería irme a mi casa, meterme bajo la ducha ardiendo y llorar hasta quedarme seca.
Hice un además de caminar para irme.
«Disculpe», dijo él, dando un paso adelante.
Me detuve.
«¿Sí?».
El hombre metió la mano en el bolsillo interior de su gabardina.
Hurgó un segundo y sacó algo.
Me lo tendió.
Mis ojos se fijaron en el objeto que sostenía en su mano enguantada.
Era de papel.
Estaba arrugado y manchado por los bordes.
La humedad había hecho estragos en el material.
Entonces, alguien me entregó un sobre mojado…
Lo miré sin atreverme a cogerlo.
«¿Qué es esto?», pregunté, frunciendo el ceño.
«Creo que es para usted», respondió el hombre.
«¿Para mí? ¿De parte de quién? No le conozco de nada».
El hombre mantuvo la mano extendida, imperturbable.
«Un joven me ha pedido que se lo dé».
Mi corazón dio un salto mortal con triple tirabuzón.
«¿Un joven?».
«Sí. Alto. Morenazo. Llevaba una cazadora de cuero negra».
Me faltó el aire.
«¡Hugo!», exclamé, dando un paso hacia el hombre.
«¿Dónde está? ¿Por dónde se ha ido?».
El hombre señaló con la cabeza hacia la esquina de la que yo venía.
«Me lo dio hace unos diez minutos. Justo cuando empezó a llover fuerte».
«¿Hace diez minutos?», repetí, incapaz de procesarlo.
Hace diez minutos yo me estaba besando con él.
Hace diez minutos él no estaba hablando con ningún señor elegante.
Él estaba conmigo.
O… ¿lo estaba?
Mi mente volvió a fracturarse.
La realidad me estaba jugando una mala pasada, muy, pero que muy retorcida.
«Me dijo que era urgente», continuó el hombre.
«Me dio un billete de cincuenta euros solo para asegurarme de que se lo entregaba a la chica de la gabardina roja que estaba en la esquina de Callao».
Miré mi gabardina.
Efectivamente, era roja.
O granate ahora que estaba empapada y sucia.
El temblor de mis manos se hizo evidente.
Extendí los dedos, dudando.
Como si el sobre fuera radiactivo.
Lo agarré con las yemas de los dedos.
Estaba blando, frágil por el agua.
El hombre asintió una última vez.
«Pase buena tarde, señorita. Y abrigue ese pecho, que hace frío».
Y sin decir más, se dio la vuelta y se perdió entre la gente que volvía a llenar la calle.
Me quedé sola de nuevo.
Con un trozo de papel mojado en las manos.
Le di la vuelta al sobre.
No tenía mi nombre escrito por fuera.
No tenía remite.
No tenía sello.
Lo palpé.
Había algo dentro.
Una tarjeta, tal vez. O un papel plegado.
Intenté abrir la solapa, pero el pegamento se había fundido con el agua y estaba sellado a cal y canto.
Metí un dedo por un lateral y rasgué el papel.
Se rompió de forma irregular, dejando a la vista el interior.
Saqué lo que había dentro.
Efectivamente, era un trozo de papel.
Un papel grueso, como de una libreta de notas buena.
Estaba manchado de gotas de lluvia que habían emborronado la tinta.
Pero la tinta azul de un bolígrafo de gel aún se podía leer.
La caligrafía era de él.
Esa letra puntiaguda, casi de médico, que yo siempre le criticaba porque parecía escrita por alguien con prisa constante.
La luz de un escaparate iluminó el papel.
Mis ojos recorrieron el papel de arriba abajo.
No había una explicación.
No había un “he tenido que irme, surgió una emergencia”.
No había un “me están buscando los del CNI y tengo que huir del país”.
No había un maldito chiste de los suyos para romper el hielo.
No había un poema, ni una declaración de intenciones.
Había algo mucho peor.
Algo que me heló la sangre más que la tormenta de noviembre cayendo en pleno julio.
La tinta azul escurría un poco hacia abajo, formando una pequeña lágrima de color en la esquina inferior.
Leí la palabra escrita en el centro exacto del papel.
Una sola.
Suficiente para destrozarme el esquema mental de las últimas semanas.
Suficiente para hacerme dudar de mi propia cordura.
Suficiente para entender que el beso, la lluvia, y el vacío posterior, no eran una casualidad.
Tragué saliva, sintiendo que tenía cristales en la garganta.
Mis ojos se quedaron fijos en esa tinta corrida.
… con una sola palabra: ‘Perdóname’.
PARTE 5
Me quedé mirando esa palabra hasta que las letras empezaron a bailar.
‘Perdóname’.
Así, sin más.
Como el que te pisa en el metro y murmura una disculpa sin mirarte a la cara.
¿Perdóname por qué?
¿Por dejarme tirada en la Gran Vía con un nivel de humedad digno del Amazonas?
¿Por esfumarte como un puto ninja después de meterme la lengua hasta la campanilla?
¿Por gastarte cincuenta pavos en sobornar a un señor con gabardina en lugar de invitarme a cenar?
La tristeza se evaporó de golpe.
Dejó paso a otra cosa mucho más potente.
Una rabia sorda, caliente y muy, pero que muy ibérica.
Arrugué el papel empapado y lo metí en el bolsillo a presión.
«Será cabrón», mascullé entre dientes.
Me giré sobre mis talones, casi resbalando otra vez con mis zapatos difuntos.
Caminé hacia la boca de metro de Callao pisando fuerte.
Salpicando a quien hiciera falta.
Si alguien me miraba mal, le devolvía una mirada que congelaba el agua de lluvia.
Bajé las escaleras del metro como si fuera a invadir Polonia.
Pasé el abono transporte por el torno con tanta fuerza que casi lo parto por la mitad.
El pitido de acceso autorizado sonó a burla.
Me planté en el andén de la Línea 3.
Había unas veinte personas esperando, todas con cara de querer estar en sus sofás.
Y luego estaba yo.
Una aparición.
El fantasma de la ópera versión rímel corrido y ropa de Inditex mojada.
Un chaval con auriculares me miró de reojo y dio un discreto paso hacia la izquierda.
Como si el cabreo fuera contagioso.
«Sí, mírame, chaval», pensé.
«Soy la encarnación de la mala hostia».
Llegó el tren con su estruendo habitual.
Me metí en el vagón y me agarré a la barra central.
Un charco empezó a formarse alrededor de mis pies casi al instante.
Intenté no pensar.
Intenté dejar la mente en blanco, mirando los anuncios de academias de inglés y clínicas dentales.
Pero era imposible.
El cerebro humano es una máquina diseñada para torturarte cuando peor estás.
Repasé los últimos seis meses a cámara rápida.
Las cañas en La Latina.
Los paseos por el Retiro.
Las noches enteras hablando por WhatsApp hasta que se nos cerraban los ojos.
No había señales.
Ni una maldita bandera roja.
Hugo era normal.
Bueno, normal dentro de lo que cabe en el mercado del ligue madrileño de los treinta y pico.
Era atento, divertido, tenía un trabajo estable en una agencia de publicidad.
No tenía pinta de agente secreto del CNI.
Tampoco parecía el tipo de tío que organiza un flashmob de desaparición para cortar con alguien.
«A lo mejor tiene una doble vida», susurró mi cerebro, que siempre ha visto demasiadas series de Antena 3.
«A lo mejor está casado y apareció su mujer».
Negué con la cabeza, ganándome otra mirada rara de la señora que estaba sentada frente a mí.
«Imposible», me dije a mí misma.
He estado en su casa.
Un piso en Malasaña con pósters de pelis de Tarantino y la nevera llena de cervezas artesanales y hummus.
Allí no había rastro de mujeres, ni de niños, ni de vidas paralelas.
Solo había un tío un poco desordenado que no sabía combinar los cojines del sofá.
El metro anunció mi parada.
Legazpi.
Salí del vagón arrastrando los pies y el orgullo herido.
Subí las escaleras mecánicas, porque mis piernas se negaban a hacer más esfuerzo físico por hoy.
Salí a la calle y, milagro de milagros, había dejado de llover.
El aire olía a tierra mojada y a tubo de escape.
Ese perfume inconfundible del sur de Madrid tras una tormenta.
Caminé los doscientos metros que me separaban de mi portal.
Metí la llave en la cerradura al tercer intento.
Mis manos seguían temblando.
Subí en el ascensor mirando mi reflejo en el espejo de la cabina.
Era un desastre con patas.
El pelo apelmazado, manchas negras bajo los ojos, la blusa blanca transparentando más de lo legal.
Abrí la puerta de mi casa y el silencio me golpeó en la cara.
Cerré con dos vueltas de llave.
Me quité los zapatos de ante en el recibidor.
Hicieron un ruido obsceno al despegarse de mis pies.
Plop.
Los dejé ahí, como dos cadáveres grises.
Me quité la gabardina y la tiré directamente al suelo del pasillo.
Fui al baño, encendí la luz y me miré bien.
«Madre mía, Laura», me dije al espejo.
«Das pena».
Abrí el grifo de la ducha y dejé que el agua saliera hirviendo.
Me metí debajo sin esperar a que se templara.
Dejé que el agua me quemara la piel, intentando borrar el frío y la confusión.
Intentando borrar la sensación de sus manos en mi cintura.
Lloré.
Esta vez de verdad.
No un llanto de película bajo la lluvia, sino un llanto feo, con mocos y gemidos ahogados.
Un llanto de pura impotencia y desconcierto absoluto.
Estuve ahí metida hasta que el termo eléctrico decidió que ya había chupado bastante agua caliente.
Salí cuando el agua empezó a salir tibia.
Me envolví en la toalla más grande que tenía.
Fui al salón, me dejé caer en el sofá y busqué el móvil.
Aún estaba vivo.
Bendita resistencia al agua.
Desbloqueé la pantalla.
Ningún mensaje nuevo.
Nada de Hugo.
Fui a mis contactos y busqué a la única persona que podía poner un poco de cordura en este manicomio.
Bea.
Mi mejor amiga.
La voz de la razón, aunque a veces esa razón viniera acompañada de dos copas de vino tinto.
Le di a llamar.
El tono dio tres veces antes de que descolgara.
«¿Qué pasa, loca?», dijo su voz al otro lado, de fondo se escuchaba la televisión.
«Bea», dije.
Mi voz sonó ronca, como si me hubiera fumado un cartón de Ducados.
«Uy», dijo ella, bajando el volumen de la tele al instante.
«Ese tono no me gusta un pelo».
«¿Estás llorando?».
«Bea, me ha pasado una movida muy rara».
«¿Qué ha hecho el gilipollas de Hugo?», disparó directamente.
Bea nunca había sido de andarse por las ramas.
«No lo sé», respondí, sintiendo que un nudo volvía a formarse en mi garganta.
«Me ha dado un morreo de escándalo en medio de Callao, lloviendo a mares».
«Joder, qué peliculero», interrumpió ella.
«¿Y qué? ¿Te ha pedido matrimonio y te ha entrado el pánico?».
«No, Bea. Escúchame».
Tragué saliva.
«Nos hemos besado, he cerrado los ojos, y cuando los he abierto… ya no estaba».
Se hizo un silencio absoluto al otro lado de la línea.
Pude escuchar la respiración de Bea.
«¿Cómo que ya no estaba?», preguntó despacio, como si le estuviera hablando a una niña pequeña.
«Que se ha esfumado, tía».
«¿Se ha ido corriendo sin decir nada? ¿Le ha dado un apretón?».
«No, Bea. No lo entiendes».
Me incorporé en el sofá, apretando la toalla contra mi pecho.
«No le vi irse. Simplemente desapareció».
«Y luego…».
«¿Luego qué, Laura? Me estás asustando».
«Luego un señor mayor con pinta de notario se me acercó».
«Y me dio un trozo de papel mojado que decía ‘Perdóname’».
Otro silencio.
Este duró mucho más.
«Tía», dijo Bea por fin.
«Te han hecho ghosting en versión David Copperfield».
«No tiene gracia, joder».
«No, no, si no me río», se apresuró a decir.
«Pero es que esto es muy surrealista».
«¿Estás segura de que no te diste un golpe en la cabeza?».
«¿Con el paraguas de algún guiri en la Gran Vía?».
«Estoy perfectamente lúcida, Bea».
«Tengo el maldito papel arrugado en el bolsillo de la gabardina».
Escuché cómo Bea se movía.
El sonido de unas llaves tintineando.
«Vale. No te muevas».
«Voy para allá».
«No hace falta que vengas, está lloviendo otra vez y…».
«Que voy para allá, coño».
«Pon a enfriar un par de cervezas y saca el pijama de invierno».
«Vamos a diseccionar esta mierda hasta que tenga sentido».
Y colgó.
Me quedé mirando el móvil.
De repente, una notificación saltó en la pantalla.
Mi corazón se disparó.
¿Hugo?
Miré el icono.
No.
Era una notificación de Instagram.
“A Hugo.G le ha gustado tu foto de hace 3 semanas”.
Me quedé paralizada.
¿Me deja tirada en la calle, me manda una nota de disculpa con un desconocido y ahora me da un ‘like’ en Instagram?
Esto no era un misterio romántico.
Esto era un puto cachondeo.