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El bolsillo del pantalón y la paradoja del metal

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Parte 1: El bolsillo del pantalón y la paradoja del metal
Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. No es que sea un valiente de película de acción, de esos que se tiran de un puente sin mirar si hay agua debajo, pero tengo mis nervios bien templados. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome cómo funciona el mercado de las criptomonedas y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte. Por eso, cuando aquella tarde de martes encontré lo que encontré, lo último que esperaba era que un simple trozo de metal decidiera sabotear mi salud mental.

Había sido un día de esos que se olvidan en cuanto cierras la puerta de la oficina, o en mi caso, en cuanto apago el portátil en el salón. Un día gris, monótono, de esos que son como un sándwich mixto sin mantequilla: cumple su función de trámite pero no te alegra la existencia. Bajé a por el pan y a por un par de cosas al Mercadona, ya sabes, la rutina del “soltero de oro” que en realidad solo aspira a que el aguacate esté en su punto. Al volver a casa, mientras subía en ese ascensor que huele a una mezcla extraña de desinfectante de pino y comida china del vecino del tercero, metí la mano en el bolsillo del vaquero.

Buscaba mis llaves, las de siempre. El manojo con el llavero de un bar de Benidorm que se me rompió hace dos años y la llave del buzón que siempre se engancha. Pero mis dedos rozaron algo diferente. Un objeto frío, liso, con una forma que no me resultaba familiar. Lo saqué con la curiosidad de quien encuentra una moneda de dos euros olvidada, pero lo que vi me dejó con la ceja más levantada que la de un juez de línea en un derbi.

Era una llave. Pero no una llave cualquiera. Era una llave de seguridad, de esas gordas, con agujeritos grabados con láser y una cabeza de plástico negro, impoluta. Parecía recién salida de la ferretería. El problema, claro, es que yo no recordaba haberla visto en mi vida. Ni era mía, ni era de mis padres, ni se la había guardado a ningún amigo por si se quedaba fuera.

—¿Pero esto qué es? —mascullé para mis adentros, mientras el ascensor se detenía en el cuarto piso con ese traqueteo que parece que te va a dejar a mitad de camino.

Me quedé allí, plantado en el rellano de terrazo, mirando el objeto. Mi primera reacción fue la lógica española: “Me la han metido en el bolsillo por error en el metro”. Claro, Javi, porque la gente va por la Gran Vía metiendo llaves de seguridad en bolsillos ajenos por deporte nacional. La segunda opción era que me estuviera volviendo loco, que también es muy de autónomo.

Pensé en tirarla. De verdad. Hubiera sido lo más sensato. ¿Para qué quieres una llave que no sabes de dónde viene? Pero algo me detuvo. Esa vocecita que tenemos todos, esa que nos mete en líos y que en España llamamos “curiosidad de vieja al visillo”, me dijo que la guardara. Que aquello era raro, y lo raro siempre tiene una explicación, aunque sea una explicación que no quieras oír.

Me acerqué a mi puerta, la del 4ºA. La puerta de siempre, con sus marcas de golpes de cuando subí el sofá de Ikea y su mirilla que deforma la cara de todo el que se atreve a llamar. Metí mi llave normal en la cerradura, le di las dos vueltas de rigor, y entré. Dejé la bolsa del pan en la encimera y volví a sacar la “llave intrusa” del bolsillo.

Me quedé mirando la cerradura desde dentro. El pomo de latón me devolvía un reflejo distorsionado y burlón. Me reí de mi propio miedo. “Javi, eres un paranoico”, me dije. “Seguro que ni entra”.

Con el pulso un poco acelerado —porque para qué nos vamos a engañar, estaba más nervioso que un gato en una perrera—, acerqué la llave negra al bombín. Encajó. No es que entrara bien, es que entró como si la cerradura hubiera sido fabricada exclusivamente para recibirla. Se deslizó con una suavidad aceitosa, casi erótica.

Sentí un frío repentino en la nuca. El tipo de frío que no se quita ni con la calefacción central. Giré la llave.

Clac.

La primera vuelta. Sin esfuerzo. Sin resistencia. Como si el metal y el mecanismo fueran viejos amigos.

Clac.

La segunda vuelta. La puerta estaba cerrada. Y yo estaba solo en casa. O eso creía. Porque cuando fui a retirar la llave para volver a abrir y convencerme de que todo era una coincidencia estadística imposible, la mano se me quedó congelada sobre el pomo.

Había un problema. Un problema que me hizo desear no haber salido nunca del ascensor.

La llave había funcionado, sí. Había cerrado la puerta. Pero al intentar abrirla, me di cuenta de que el mecanismo ya no se movía. No porque estuviera atascado. Sino porque la puerta, a pesar de que yo acababa de darle dos vueltas a la llave desde fuera… ya estaba abierta. Alguien, o algo, la había empujado desde el interior justo en el momento en que el metal terminaba su giro.

La puerta se entreabrió un par de centímetros, revelando la oscuridad del pasillo de mi propia casa. Una oscuridad que olía a algo que no era mi ambientador de vainilla. Olía a aire viciado, a cerrado… y a una presencia que no debería estar allí.

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