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El asfalto del Retiro y la BH roja

Parte 1: El asfalto del Retiro y la BH roja

Mira que yo no soy de los que se ponen sentimentales con facilidad. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid —que es como intentar meter un piano en un brik de leche—, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el aceite de oliva está a precio de sangre de unicornio y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte y una capacidad de aguante que ríete tú de los espartanos. Pero hay un sonido, un simple traqueteo metálico, que me devuelve a 1994 y me deja la guardia baja: el sonido de una cadena de bicicleta rozando con el plato.

Todo empezó un domingo de mayo. Madrid estaba en ese punto perfecto donde el sol todavía no te castiga la nuca y el aire del Retiro huele a barquillo y a césped recién cortado. Yo tenía seis años y una misión que me parecía más difícil que entender la física cuántica: aprender a montar en mi BH roja sin los ruedines.

Mi padre, Manuel, era un hombre de manos grandes, de esas que siempre olían a jabón de glicerina y a esfuerzo. Trabajaba diez horas al día en un taller mecánico de la calle Ponzano, pero los domingos eran sagrados. Los domingos se ponía su chándal azul de táctel —ese que hacía un ruido de “shhh-shhh” al caminar— y se convertía en mi instructor de vuelo personal.

—Venga, Javi, que el equilibrio es psicológico —me decía, mientras yo me agarraba al manillar con tanta fuerza que se me ponían los nudillos blancos—. Tú solo mira hacia adelante, no mires a las ruedas. Si miras al suelo, el suelo te llama.

Yo tenía un miedo atroz. Madrid me parecía una selva de cemento llena de bordillos asesinos y piedras traicioneras esperando a que yo perdiera la verticalidad. Me subí al sillín, con las piernas temblando como si fueran de gelatina, y sentí que la gravedad era una fuerza maligna diseñada específicamente para humillarme.

—¡Me voy a caer, papá! ¡No me sueltes, por lo que más quieras! —le gritaba yo, mientras él me sujetaba por la parte de atrás del sillín.

—No te voy a soltar, nene. Tú pedalea. Yo te sostengo.

Esa frase. “Yo te sostengo”. Durante años, esa fue la banda sonora de mi infancia. Podía notar su mano fuerte, rugosa por los callos del taller, dándome la estabilidad que a mí me faltaba. Escuchaba sus pasos corriendo detrás de mí, ese jadeo rítmico que me decía que, pasara lo que pasara, si la bicicleta se inclinaba demasiado, él estaría allí para evitar el golpe.

Dimos vueltas y vueltas por el Paseo de Coches. Yo pedaleaba como si me persiguiera el diablo, y él corría. Corría con sus zapatos de deporte viejos, sudando la gota gorda, dedicando su único día de descanso a ser el ancla de mi pequeño mundo sobre ruedas. En aquel entonces, yo pensaba que mi padre era eterno, una fuerza de la naturaleza que nunca se cansaba, un gigante que siempre tendría aliento para correr detrás de mis miedos.

No sabía que cada paso que daba sobre aquel asfalto era un crédito de salud que me estaba regalando. No sabía que el equilibrio que yo estaba ganando se lo estaba restando a sus propias rodillas. Para mí, él era simplemente “papá”, el hombre que nunca me dejaría tocar el suelo.


Parte 2: La inercia del éxito y los “ruedines” invisibles

Pasaron los años y la bicicleta BH roja acabó en un trastero del pueblo, acumulando polvo y óxido, pero la dinámica no cambió. Me hice mayor, me salieron los primeros pelos en la barba y descubrí que la vida fuera del Retiro era mucho más peligrosa que aquel paseo de coches. Madrid se volvió una ciudad de exámenes finales, de entrevistas de trabajo que salían mal y de alquileres que subían como la espuma.

Pero Manuel seguía ahí. Siempre un paso por detrás, sujetando el sillín invisible de mi vida.

Recuerdo cuando decidí que quería ser diseñador gráfico. En mi familia, lo de “artista” sonaba a pasar hambre con estilo. Mi abuelo decía que eso no era un oficio, y mis tíos me preguntaban si iba a pintar cuadros en la Plaza Mayor para los guiris. Pero mi padre, el mecánico que no sabía lo que era el Photoshop, me miró y me dijo:

—Si eso es lo que te gusta, dale a los pedales. Si te quedas corto para la matrícula del máster, avísame. Yo te sostengo.

Y me sostuvo. Echó más horas en el taller, cambió más aceites y reparó más embragues de los que le correspondían para que yo pudiera tener mi ordenador de última generación. Nunca se quejó. Llegaba a casa con la espalda doblada, se quitaba los zapatos en la entrada con un suspiro de alivio y me preguntaba cómo iba el diseño de “esos colorines”.

Yo vivía con la arrogancia propia de la juventud. Pensaba que mi éxito era solo mío, fruto de mi talento y de mis noches en vela a base de café de máquina. No veía que mi estabilidad financiera, mi capacidad de arriesgarme y mi seguridad personal eran el resultado directo de saber que, si fracasaba, había una red de seguridad llamada Manuel esperándome en el portal de Chamberí.

Él seguía siendo mi instructor. Cuando tuve mi primera ruptura amorosa de las que te dejan el alma en carne viva, él no me dio grandes consejos filosóficos. Me llevó a tomar una caña a un bar de los de siempre, de esos con suelo de terrazo y servilletas que no limpian nada, y me dijo:

—Las caídas duelen, Javi. Pero si no te levantas, te pierdes el paisaje. Tómate el pincho de tortilla y mañana vuelve a subirte a la bici.

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