El aire se llenó de tensión cuando los frenos chirriaron. Girasol, con el corazón en un hilo, gritó con desesperación:
—¡No, no! ¡Ay, no, no, no, no! ¿Qué te pasa? Casi me atropellas.
Carlos, bajando de su camioneta con la arrogancia que da el dinero y el alcohol, respondió sin pizca de remordimiento:
—¿Casi te atropello? ¿Y mi camioneta qué? Seguramente se le madriaron los frenos por tus jarrones esos.
—Si me estás escuchando, te estás haciendo tonto —replicó ella, indignada—. Casi me atropellas y aparte estás borracho.
—Borracho… —se burló él—. A ver, alguien se va a tener que hacer cargo de mi camioneta y con las fachas que tienes, yo creo que no te alcanza ni para un cambio mío.
En ese momento, el padre de Girasol apareció en escena.
—Hija, igualito ya te sirven los frenos. ¿Qué tienes?
—Este tipo casi me atropella y aparte viene borracho —se quejó Girasol—, el animal está tomado.
El padre, vestido de oficial, se cuadró frente al joven:
—¿Cómo que casi atropellas a mi hija? A ver, tu licencia y tu registro.
Carlos soltó una carcajada cínica:
—[Risas] A ver… No, no, no. Trajiste a tu papá vestido de policía.
—Ni te burles. Vas a pagar por lo que hiciste —sentenció la joven.
—No lo vuelvo a repetir: tu licencia y tu registro —ordenó el oficial con voz de acero.
—Sí, sí. Oh, sí, sí. Mira, aquí está mi licencia —dijo Carlos entregando los papeles de mala gana—. No confundo mi paciencia… aquí está mi registro.
El oficial lo interrumpió con una advertencia final:
—No confundas mi paciencia con lo que te puede pasar. Okay. Es mi hija de la que estamos hablando y si le vuelves a faltar al respeto, voy a romper algo más que mi cordura. Es más, ¿sabes qué? Tú te vienes con…
—A ver, a ver, a ver —gritó Carlos—. Aquí estamos todos locos o qué. Y yo no voy a ir contigo a ningún lado porque tú no sabes quién soy yo.
—¿Vienes conmigo? Te dije.
Narrador: La joven que casi es atropellada se llama Girasol. Qué bonito nombre, ¿verdad? Y este muchacho que venía manejando, sí, un tanto borracho, es Carlos. Ambos necesitarán uno del otro para poder salir adelante, pero ellos aún no lo saben. Todavía hay mucho por descubrir y, sobre todo, secretos por revelar. Así son las historias de amor. Sigamos viendo este capítulo porque ahora veremos qué pasó un día después.
El Día Siguiente: La Redención del Barrio
Carlos despertó en una celda improvisada del barrio. Al ver al oficial, reclamó:
—¿Dónde estoy? Seguramente me tienes aquí para vaciar mis cuentas, ¿verdad?
—[Resoplido] Tu pinturita de uñas y tus tarjetas están ahí junto a tus pertenencias —contestó el oficial—, mismas que podrás recoger tan pronto como acabes con tu servicio comunitario.
—¿Servicio qué? A ver, a ver, ya déjate de cosas y dame mi celular. Tengo que hablarle a mis abogados.
—¿Qué abogado ni qué nada? —el oficial carraspeó—. Agradece que fui yo quien llegó, que procuro ser una persona recta, porque pudo haber caído alguien más y ahí sí no la cuentas.
—A ver, ¿qué es lo que quieres? ¿Dinero? —intentó Carlos—. Yo tengo mucho dinero, te puedo dar lo que tú quieras, pero déjame salir de aquí, tengo cosas que hacer.
—No, no queremos tu dinerito. Queremos que te comprometas a resarcir lo que destrozaste. Por cierto, ¿empiezas hoy?
—¡Que me dejes salir de aquí! Tengo una junta.
—Hablando de eso, cargamos tu celular —dijo el oficial—. Puedes hacer las llamadas que quieras. Toma. No… ah, bueno, entonces te lo entrego tan pronto como termines con tu servicio social. Oye, por cierto, buenas fotos, ¿eh? Está guapa tu novia.
—Mi secretaria —corrigió Carlos secamente.
Afuera, Mateo, un muchacho trabajador del barrio, lo esperaba con una escoba.
—¡Buenas, buenas! —saludó Mateo—. Así que tú eres el que casi atropella a la Girasol el otro día.
—Ah, ¿y tú eres…?
—Yo soy Mateo y pues ya llevo varios meses aquí viviendo en este barrio y la verdad es que no hay mejor lugar para vivir que aquí.
—¿De qué hablas? Este lugar es un basurero. Hay cholos en cada esquina. A mí, la verdad sí me da miedo que nos puedan navajear.

—Tranquilo, carnal, que mira, aquí está tu herramienta de trabajo.
Carlos miró con asco el objeto:
—Esto está sucio. ¿Qué es esto, bro?
—Me vas a ayudar aquí a barrer. Mira, yo me dedico a esto y también a veces me hago cargo de la tienda cuando el patrón no puede, pero pues ahorita hay que barrer.
—Va, pero nada más vamos a barrer eso, ¿verdad? —preguntó Carlos esperanzado.
—[Risas] No, hombre, carnal, si apenas vamos a empezar y luego nos vamos a ir por todo el barrio.
—¿De qué hablas? Nos van a asaltar.
—Tranquilo, carnal. Mira, yo te cuido. Pero ahora sí hay que ponernos a jalar. ¡Órale!
Carlos se detuvo, frustrado:
—No, no, no. ¡Grita! Esto no es para mí.
—Mira carnal, si te sigues quejando, nunca vamos a acabar, ¿eh? Además, estos ni te van a soltar, así que toma. Órale, chambear. ¡Córrele!
Carlos intentó su última carta:
—A ver, a mí no me importa acabar. Mira, yo soy Carlos Pérez y tengo muchísimo dinero. Es más, imagínate, tengo tanto dinero que no puedes ni siquiera contar después de los ceros, ¿me entiendes? Fíjate, fíjate. ¿Y qué vamos a hacer con eso? ¿Qué es eso qué o qué? No me estás entendiendo. Mira, yo te puedo pagar el triple de lo que tú andas trabajando en la tienducha o aquí barriendo por semana. Es más, olvídalo de semana: yo te pago el triple de lo que tú ganas aquí por día. Nomás le tienes que decir al policía ese que ya yo barrí toda la calle para que ya me libere. ¿Cómo ves?
—Mira carnal —respondió Mateo seriamente—, la neta es que en este barrio vive gente bien honesta y yo no soy la excepción, ¿eh? Pero tú deberías de pensar en lo que hiciste, carnal. Reflexiona, ¿eh? Todavía estás a tiempo de cambiar, ¿eh?
En ese momento, Girasol pasó por ahí y lo miró con desprecio:
—¡Vato, otra vez este borracho! Ay, no, no. A ver, ¿qué haces tú aquí? ¿Por qué mejor no te abres? Tú lo que traes son puros problemas. En esto te metiste tú solo. Manejabas ebrio y casi me atropellas. ¡Llégale, llégale!
—¡Eh, sí, no te pases de lanza con la Girasol, ¿eh?! —advirtió Mateo—. Porque la neta la Girasol es bien buena onda. Así que ya ponte a trabajar y no te estés pasando de lanza. Órale, órale carnal. Pero barre bien.
El Infortunio y el Pastel de Cumpleaños
Al caer la tarde, Carlos estaba exhausto y sucio.
—Ay, qué día tan largo. No inventes. Qué [ __ ] ser pobre, ¿eh?
—¿Pobre? No carnal —dijo Mateo—, nosotros no somos pobres, somos humildes y al contrario somos muy ricos porque nos tenemos los unos a los otros y además nos queremos reteharto. Y sabes qué, carnal, hay cosas más importantes que el baro.
—¿Como qué? Oye, eh… no, espérate, aguanta. Yo no fui. No huelas… es que es asqueroso.
—Híjole carnal, eres tú —Mateo soltó una carcajada—. ¡Guácala!
—Oye, ¿y aquí dónde me baño?
—Pues mira carnal, yo te diría que te puedes bañar en mi chantita, pero dudo mucho que te quieras bañar a jicarazos.
—¿Jica-qué?
—Déjalo carnal. No lo entenderías. Pero mira, aquí hay una casa a media cuadra, das la vuelta y hay una casa con una puerta como azul verdosa. Te pasas ahí y te puedes bañar.
—No, no, no. Es que esto es el infierno.
—Ya carnal. Ándale, voy a lavarte. Córrele. ¿Cómo vas? Simón, ahí das vuelta media cuadra y ahí es. Córrele. Puerta azul verdosa. Sí, sí. Ándale, córrele. Ya, vete. Ándale, papi.
Mientras tanto, en la casa de la puerta azul, Girasol hablaba con su padre enfermo:
—Ya habíamos hablado de esto. Te dije que no te preocuparas. Yo iba a pagar todo.
—¿Quién? ¿Tú? Deja de juzgar a mi prometido —dijo el padre—. Mira la invitación.
—Sí, pero si yo no quiero que hagas esto, hija —respondió el padre débil—. Yo quiero que te cases por amor, no porque tienes deudas que pagar, porque tienes que cuidar a este viejo enfermo. Mira nada más.
—Pero sí lo hago por amor. ¿Qué te parece si yo me meto a bañar y tú vas por unos tamalitos para cenar? Yo invito.
—¿Sabes que estoy muy orgulloso de ti, verdad? Y que te amo. Tú a mí no me debes nada.
—Te amo, papi.
De pronto, la puerta se abrió. Era Carlos, buscando el baño.
—Hola… hola. Me dijeron que me podía bañar aquí… ¡Lo siento, lo siento!
—¿Qué te pasa? —gritó Girasol cubriéndose—. ¡Eres un pervertido!
Carlos salió huyendo, maldiciendo su suerte:
—[Gemido] Madres, ahora van a pensar que soy igual de gato que ellos. Van a pensar que andaba espiando viejas así.
Mateo lo alcanzó poco después:
—Ay, qué rollo, mi Charlie. ¿Qué? ¿Por qué no te has bañado?
—Bueno, ¿a ti qué te importa?
—Ah, ya sé lo que pasó. La Girasol no te dejó bañarte, ¿verdad? [Risas]
—¡A esa vieja ni me la menciones porque ella es sinónimo de problemas! Y sabes qué, creo que tú sabías que ella estaba ahí, ¿verdad?
—A ver, para tu tren, mi Charlie, ¿eh? Que yo no tengo nada que ver con esas cosas. Sí, tranquilo.
—Ay, ya, ya, ya. Cállate. Dame mi teléfono.
—¿Cómo se dice?
—¿Qué?
—Mira. Se dice: “Mateo, ¿me puedes dar mi celular, por favor?”. Inténtalo, carnal, no es tan difícil. Venga, a ver.
—Ahí te va, ahí te va: Mateo, ¿me puedes dar mi celular, por favor?
—Así mero carnal. Tú y yo ya habíamos quedado en algo: dije que te lo iba a regresar ya que hayas terminado tu estadía por acá. Simón.
—Es que tú no entiendes, ¿verdad? —insistió Carlos—. Soy una persona muy importante, tengo que revisar mis negocios. ¿Eso sí lo entiendes?
—Casi me convences.
—Bueno, es que tengo que revisar muchos mensajes. Seguramente estuvo vibrando todo el día. Bien importante. Pues sí… es mi cumpleaños. Dámelo, por favor.
—[Suspiro] ¿Neta? ¿Te cae? Oye, pues haberlo dicho antes. ¡Feliz cumpleaños, ¿eh?! Es tu santo, ¿verdad? Bueno mira, toma. Vamos a ver los cientos de mensajes y felicitaciones. Toma, chécale.
Carlos revisó la pantalla con tristeza:
—Es neta… ni mi mamá me pudo felicitar por mi cumpleaños.
Mateo volvió con un pequeño pastel:
—¿Qué onda, mi Charlie? Feliz cumpleaños.
—Ah… gracias. ¿No había otro sabor?
—Ya no seas payaso. Ándale. Mira, hay que prender la vela para que pidas un deseo. Córrele, tenmelo. Vamos a ver si podemos que hace mucho aire.
En ese momento apareció Girasol:
—Ay, mira qué bonito. ¿Sabes esto qué es? ¡Eres un pervertido! ¿No te cansas de humillarme? ¿Qué te hice yo?
—A ver, fue un accidente —intentó explicar Carlos—. ¿Qué te pasa?
—¡A ver si ahora sí me dejas en paz! —gritó ella—. ¡Si no, ahora sí voy a ir con las autoridades!
—Oye, Girasol, ¿qué onda? ¿Por qué le dijiste tan feo? —preguntó Mateo.
—Porque me vio las… ¡No importa! ¿Por qué le das un pastel? No se lo merece.
—Pues es que, pues como es su santo, bueno, su cumpleaños, dije que le voy a comprar un pastel pues para que mínimo se la pase chido porque nadie lo felicitó.
—Ese no es mi problema.
La Propuesta Indecente de Agustín
Girasol se alejó para recibir una llamada de su prometido, Agustín:
—Ay mamita, échame una mano —susurró para sí misma—. Últimamente siento que todo está mal.
—Bueno… ¿por qué no contestas? —dijo Agustín al otro lado—. Que estoy hable y hable.
—Perdón, es que no tenía batería. ¿Qué pasó?
—Mañana tenemos cita para ver lo del banquete para que no llegues tarde, ¿eh? Mis hijas te van a ayudar a preparar todo.
—Oye Agustín, ¿y lo de la cirugía de mi papá?
—Ah, no, chiquita —respondió el hombre fríamente—. Primero boda y después la salud del viejo.
—Okay, me tengo que ir, luego te marco. ¡Ay, lo odio!
El Regalo y la Reconciliación en el Taller
Al día siguiente, Mateo fue a ver a Girasol con un paquete:
—Hola Girasol, ¿qué tranza?
—Hola Mateo.
—Oye, pues mira, pues te manda esto el Charlie.
—¿Por qué no me la trajo él?
—Pues porque le daba pena, dice. Y que pues piensa que lo odias.
—Pues sí lo odio, pero odio más a otros.
—No, Girasol, no digas esas cosas —aconsejó Mateo—. No te hace nada bien tener tanto odio en tu corazón, ¿eh? Y pues no puedo ser metiche, pero pues al chile sí escuché tu llamada con tu vato ese, tu prometido.
—Sí, es complicado.
—Oye, ¿y neta sí te tienes que casar con él? —preguntó Mateo—. Digo, porque pues la neta yo veo que son bien diferentes y pues tú eres una mujer bien chida y muy libre y aparte tú tienes otros intereses, ¿eh?
—Sí, somos muy diferentes y él tiene mucho dinero.
—Oye, ¿y dónde queda el feeling, el sentimiento, el amor?
—Pues sí, por eso lo hago, Mateo. Mi papá está muy enfermo y necesita su cirugía y yo no tengo con qué pagarlo.
—¿No crees que haya otra manera?
—Con el tiempo que me queda… no.
—Todo va a estar bien, Girasol —dijo Mateo—. Nomás hay que tener fe y todo se va a resolver. Siempre hay otros caminos. Bueno, pues ahí te dejo el regalito que te mandó el Charlie. Con permiso.
—Gracias.
Más tarde, Mateo regresó con Carlos, que seguía barriendo bajo el sol.
—¿Qué rollo mi Charlie? ¿Qué? ¿Apenas empezando?
—¿Empezando? ¡No, no! Llevo 3 horas aquí en el sol. Ya barrí aquí, ya barrí allá.
—¡Ay, no manches! ¿Sabes qué? Si así como barres te bañas, híjole… anda, presta para acá, yo voy a terminar.
—Pues no hay agua.
—Bueno, sí es cierto. A ver, bueno ya. Mira, te voy a aconsejar que vayas y le hagas el paro para ayudarle allá en su taller a la Girasol.
—¡Con la anaquita esa yo no vuelvo a ir! —exclamó Carlos—. Aparte, ¿no te has fijado que huele como medio raro, medio feo?
—Mira carnal, la neta no te queda andar diciendo eso porque aquí el que huele medio raro es otro. ¡Yubo! Ya mira, le va a hacer bien ir a hacerle el paro a su taller a la Girasol. Además, la Girasol es retebuena gente.
—Okay, okay. ¿Dónde es?
—Mira, ahí donde están los pollos rostizados, das vuelta a la derecha, a media cuadra está su casa. Es una casa como blanca. Simón, ahí llegas. Lo que sea por salir de este lugar, pero trátala bien, ¿eh? Porque la Girasol es retebuena gente.
—Sí, sí… bueno.
—¡Espera! Pero esta vez toca antes de entrar, carnal.
—¿Desde cuándo te volviste un cómico?
Narrador: Carlos, gracias al servicio comunitario, ha aprendido a ser humilde. Yo creo que eso le hacía falta. Por otro lado, Girasol está obligada a casarse porque su papá requiere urgentemente de una operación. Pero no se pierdan lo que veremos a continuación. Girasol y Carlos al fin se van a reconciliar y de esa amistad creo que van a hacer algo. Es el presentimiento de este servidor.
El Vínculo a Través del Barro
Carlos llegó al taller de Girasol con timidez:
—Hola… oye, lo de ayer, neta que perdón por lo del pastel, no quería arruinarlo. Me contó Mateo que era tu cumpleaños y encima nadie te felicitó.
—Es chismoso —dijo Carlos entre dientes—. Y sí hubo quien me felicitara, ¿eh?
—De verdad lo lamento —insistió ella—. Ah, te hice un detalle, no es mucho, pero compensa lo de la flor y así estamos a mano.
—¿Cuál flor? Ah…
—No le puse el número porque no sabía cuántos cumples. ¿Y cuántos me veo?
—Mm, de unos 40 [Risas], ¡casi no! Qué lindo detalle, ¿eh? —agradeció Carlos—. Y de verdad, lo de ayer ni lo menciones.
—No, es que de verdad no soy esa clase de persona.
—¿Ah, no? ¿Y qué clase de persona eres o qué?
—Pues no lo sé, pero no soy esa clase de persona. O sea, soy respetuoso.
—¿Respetuoso? —bufó Girasol—. Estás aquí por todo menos por ser respetuoso.
—Bueno, sí, sí me he portado como un tonto y eso de manejar borracho lo estoy trabajando.
—Bueno —dijo ella volviendo a sus piezas—, estoy algo ocupada por las piezas que se me rompieron y creo que voy a tardar un poco. Lamento eso.
—¿Y si te ayudo? —ofreció Carlos—. Sí, entre dos es menos trabajo.
—Va, va, yo te ayudo. Va, es por allá. Te sigo.
—¿Ya habías hecho esto antes?
—Muchas veces. De verdad, no. Pero…
(Música de fondo mientras trabajan juntos)
—Para ser tu primera pieza te quedó muy bonita —comentó Girasol.
—¿Sí, verdad? Soy todo un artista. De la compra, ¿cuánto?
—Pues vale como unos 100 pesos.
—¡100 pesos! Girasol, estás regalando trabajo.
—¿Y qué quieres que haga? La gente ya no compra estas cosas. Aparte las hago porque me gustan.
—Pues sí, pero ¿y el dinero no te importa?
—Claro que sí, por eso me voy a casar.
—¿Casarte? —Carlos se detuvo—. A ver, ¿estás comprometida?
—Es complicado. Mi papá tiene una enfermedad y necesitamos dinero para la cirugía y fue cuando don Agustín, mi vecino, me dijo que nos casáramos.
—Ah, claro, claro. Eres de esas. Perdón… sí, de esas mujeres interesadas.
Girasol lo miró con fuego en los ojos:
—Tú no sabes nada de mi vida, Carlos. No me conoces nada.
—Entonces cuéntame.
—Mi papá está enfermo y necesita una cirugía. Y para esa cirugía nos dieron una fecha límite de tiempo para hacerla y yo no tengo dinero. Y don Agustín, que sí tiene dinero, se propuso, pero en cambio me tengo que casar con él. No tuve opción. No tengo opción.
—Perdón… sí, no tenía idea de lo de tu papá. Lamento haberte dicho interesada, pero bueno, ¿sí te gusta vivir aquí?
—La neta sí. A mi mamá le gustaba mucho. Todos los vecinos son como una familia, aunque a veces se vea medio inseguro.
—[Suspiro] Mi mamá hubiera odiado esto —confesó Carlos—. Ella ya hubiera dicho algo como: “Oye, no vayas para allá, te van a asaltar” o “Cuidado, te van a secuestrar”. A ella le gustaba más lo fancy, como alguien que conozco.
—Oye, yo antes era bastante sencillo.
—¿Y qué te pasó? ¿Te agarró el monstruo de la codicia, la amargura y te atacó?
—Pues no, realmente creo que desde que mi papá murió, de repente hubo como más responsabilidades y pagos por aquí, pagos por allá, y me tuve que hacer cargo de muchas cosas que creo que tuve que madurar antes.
—Pero no maduraste, solo te amargaste.
—Pues sí, creo que realmente haber tenido tantas responsabilidades me hicieron así. ¿Y esto quién te lo enseñó?
—Mi mamá. Era su negocio y lo amaba. Y bueno, cuando murió, no sé, creo que era una manera de honrarla.
—¿Qué le pasó, si se puede saber?
—Una vez veníamos de la playa y bueno… no me acuerdo cómo olía y todo lo que se ponía era muy bonita. Alguien se nos cruzó en semáforo rojo y nos chocó. Y a mi papá le dijeron que venía borracho. El tipo salió sin ninguna responsabilidad y con muy pocos rasguños.
—¿Y qué pasó?
—Que me quedé sin mi mamá, solamente mi papá y yo.
—Mira Girasol —dijo Carlos conmovido—, yo lamento mucho cómo te he tratado. Te he tratado como un patán. He sido muy grosero contigo. No merecías lo que te pasó ni lo que le pasó a tu mamá. Pero si sigues llorando se va a correr mi maquillaje y ya no me veo tan guapo.
—[Risas] Okay, ya, ya. Perdón.
—Es que no me gusta verte llorar.
—Gracias, Carlos. Eres muy lindo cuando enseñas tu verdadera cara.
—Y también soy un artista.
El Milagro en el Hospital
Carlos decidió quedarse a ayudar.
—Hola pa. Carlos se va a quedar a dormir esta noche en el sillón y obviamente yo le pago lo de mi estadía.
—No, para nada muchacho —dijo el padre—. Si mi hija lo invitó es porque le cae bien. Ahorita le arreglamos su camita.
De pronto, el padre sufrió un ataque:
—¡Papi! ¿Papi, estás bien? ¡Una ambulancia o algo! ¡Pídela!
—No, va a tardar mucho en llegar —gritó Carlos—. ¡Yo tengo mi carro, voy por él!
En el hospital, Girasol lloraba:
—No sé qué voy a hacer para pagar todo esto.
Mateo llegó también: —Yo me puedo fletar con algo de varo. Tengo unos ahorritos allí en la casa, con mucho gusto se los doy.
—¿De qué hablan? —dijo Carlos regresando—. Ya está todo pagado.
—¿Qué?
—Sí, quería ayudar de alguna manera.
—Gracias Carlos. De verdad, yo sé que el dinero para ti no es mucho, pero para nosotros lo es todo. Te voy a pagar.
—No te preocupes, yo lo hice con mucho cariño.
El doctor salió: —¿Familiares del señor Íñiguez? Soy su hija. ¿Cómo se encuentra?
—El señor se encuentra estable. Está descansando, pero en un par de días estará mucho mejor.
El Sacrificio de Carlos y el Final de la Girasol
Días después, Girasol se sentía en deuda:
—¡Ay, perdón! Es que no tenía batería… ¡Bye, bye! Todo está bien. Tengo una junta muy importante y es a las 3. No sé cómo voy a llegar hasta allá.
—¿Ahora? ¿Y no puede esperar? —preguntó Carlos.
—No creo.
—Te llevo. Si quieres yo lo acerco —ofreció Mateo.
—¡No, qué va! Yo ahorita tomo un taxi —dijo Carlos.
—De verdad, yo lo puedo acercar —insistió Girasol—. Me siento en deuda con Carlos. Pero pues ya sabes que mi carcachita tiene maña… Solo cuida a mi papá y vuelvo enseguida.
—Pues bueno, nomás con cuidado, ¿eh? Yo me encargo de tu papá.
—Gracias, gracias. Con cuidado.
Girasol recibió una llamada de Agustín y lo enfrentó por fin:
—Ten, te habla tu prometido —le dijo Mateo.
—Ya no es mi prometido. Se acabó.
—¿Cómo rompiste tu compromiso?
—Lo iba a hacer desde ayer. Le mandé mensaje para decirle que teníamos que hablar. Siempre supe que no era lo correcto estar con él.
—Me da mucho gusto, Girasol. Digo, no por eso, sino porque creo que realmente él no se merecía a alguien como tú.
—¿Alguien como yo? ¿Cómo?
—Pues tú sabes, así cariñosa, trabajadora, amable.
—Carlos, gracias por todo. Te prometo que te voy a pagar.
—No, ya te dije que eso no hace falta.
—Aun así lo haré. Hallaré la manera de expandir mi negocio, te lo prometo.
—Eso está muy bien. Cuenta conmigo. Pero bueno, ya me tengo que ir. Voy a volver pronto. Todavía te debo muchas horas de servicio.
—No te preocupes por eso. Ya hiciste suficiente.
—¿A ver? ¿Que no te das cuenta que esa es mi excusa para volver a verte? Bye.
—¿Será? ¿Será que aún tengo tiempo para encontrar el amor? —se preguntó Girasol—. Te esperaré, Carlos.
Pero el destino golpeó de nuevo. Mateo recibió una llamada:
—¿Dónde me dejaste, Girasol? ¡Girasol tuvo un accidente, está muy grave!
—A ver, más despacio.
—Hospital Laurus. ¡Voy para allá! Mateo, por favor, cuídala mucho.
Carlos llegó al hospital, olvidando su junta:
—Cancélala, por favor. Me vale madres, tengo cosas más importantes que hacer. ¿Cómo está?
—Está muy grave —respondió Mateo—. Fue un accidente muy fuerte.
—Buenas tardes. Quiero informe sobre la señorita Girasol Íñiguez —pidió Carlos.
—La señorita está a punto de entrar al quirófano. ¿Es usted su familiar?
Agustín apareció gritando: —¡Mucho más que eso! ¡Soy su futuro esposo!
—¡Eso no es cierto! —rugió Carlos—. ¿Tú quién eres?
—Eso es lo de menos. Lo que sí es cierto es que no se va a casar contigo.
—Mira muchachito, ella es mía y sin mí ella se muere de hambre.
—¿Tú estás malito de tu cabeza? Ella es una mujer libre. Y me da mucho gusto que no se case con un ruco como tú.
—¡Ruco! Por favor, estamos en un hospital —intervino el doctor—. Tranquilo señor. Si no se larga de aquí voy a tener que llamar a seguridad.
—¡Tú me las vas a pagar! —amenazó Agustín retirándose.
Carlos se quedó a solas, rezando:
—Vive Girasol. Quédate aquí. Aún te queda mucho por delante. El amor verdadero ya llegó a tu vida y tu padre ya despertó. Ahora solo faltas tú. No estás sola. A mí ya me ayudaron una vez, ahora me toca a mí ayudarte. Lucha, Girasol, lucha. No te quites, tú puedes.
Días Después: Un Ángel en el Barrio
Girasol salió del hospital en silla de ruedas, ayudada por Carlos y Mateo.
—Cuidado, no te me vayas a caer.
—Ya puedo caminar mejor.
—Pero con cuidado, muchachos. No queremos más accidentes. Bienvenidos a casa.
—Gracias —dijo Girasol—. Es una bendición de verdad estar todos juntos y sanos.
—Sí que lo es, Girasol. De verdad, me da mucho gusto que estés bien. Tenía mucho miedo. Le doy gracias a Dios que estoy bien. Te oí en la operación, Mateo. No sé cómo le hiciste, pero tus palabras me dieron mucho aliento.
Mateo se quedó confundido: —¿Qué? ¿De qué estás hablando, Girasol? Eso es imposible. ¿Cómo podría haber yo entrado al quirófano? Eso no se puede. Yo creo que estabas soñando.
El padre de Girasol abrazó al joven rico:
—Carlos, muchísimas gracias por todo lo que has hecho por nosotros. Girasol me platicó y la verdad es que creo que estamos en deuda contigo.
—No hay nada que agradecer —respondió Carlos—. Realmente el que está en deuda con ustedes sería yo. Si no los hubiera conocido, no habría sabido que era un arrogante, un pedante, un irresponsable. Realmente el que está en deuda sería yo.
—¿Y tu junta?
—Bueno, habrá más tiempo para inversionistas alemanes. Aparte estaba pensando en invertir en un negocio de artesanías. ¿No conocerás tú a alguien?
—[Risas] Okay, eso hay que celebrarlo, ¿eh? ¿Qué les parece si partimos el pastel?
—Excelente. Tú como ves, Mateo… parece ser que el forastero terminó siendo una gran persona. Eh, este paso es para Mateo.
Girasol miró alrededor: —¿Mateo? Creo que ya se regresó al cielo.
—¿Qué? —preguntó el padre.
—Después te explico. También quería agradecerte, Carlos. Ambos fueron unos ángeles.
Narrador (Juan Barragán): Familia querida, hemos llegado al final, pero Carlos encontró el amor verdadero donde menos lo esperaba. Lo mismo le pasó a Girasol, quien salvó a su papá y ya no tuvo que casarse por un convenio. Cuando menos lo esperas, llega la felicidad a tu vida sin pedirlo. Yo soy su amigo Juan Barragán y los espero en un capítulo más de cuando los ángeles caen.
Parte II: Cuando los Ángeles Caen (La Historia de Daniel y Mónica)
La escena cambió. Un niño malcriado, Emiliano, gritaba:
—¡Calladito te ves más bonito! Aparte ni siquiera sé por qué estás aquí.
—Emiliano, cálmate por favor —pidió Mónica, su madre—. Así no se portan los niños.
—¡Este cochino regalo qué! —el niño arrojó un paquete—. ¡Ya, dame uno más grande!
—Emiliano, esto es el colmo. No te voy a aceptar ni un berrinche más.
—Ay, ¿y ahora qué hice?
—Tú sabes cómo te estás comportando —dijo Mónica con dolor—. Sabes que trabajo todo el día para darte la mejor educación. ¿Sabes cuánto costó ese regalo?
—No sé de qué te quejas, ganas una millonada. Solo piensas en el dinero y en el tonto trabajo.
—¡No es tonto trabajo! Es con el dinero que comemos.
Emiliano salió corriendo del restaurante: —¡Ay, ya cens! ¡Estoy harto de ustedes!
—¡Emiliano, no! —gritó un hombre llamado Esteban—. ¡Agárralo!
El niño casi fue atropellado, pero un joven sucio de la calle lo salvó a tiempo.
—¡Ey! ¿Qué te pasa? Ten más cuidado, Emiliano. Muchas gracias, señor…
—Esteban —dijo el hombre—. ¡Daniel! ¿Dónde has estado? Tu mamá te estaba buscando por todas partes.
—En serio… ah, no creo que eso sea cierto —respondió Daniel—. Acuérdate que ella fue la que me corrió.
—Por Dios, Daniel, si es tu mamá, tienes que regresar.
—Yo voy a volver ya cuando salde una deuda pendiente que tengo ahí.
Esteban los llevó al restaurante: —¿Por qué no me acompañas a dejarlo con su mamá y ahorita seguimos hablando? No llevo buena relación con mi mamá. Tú no te preocupes.
—¡Ni que fuera a caer un ángel del cielo para ayudarme! —se quejó el niño.
—No digas tonterías. ¡Emiliano!
Mónica corrió hacia ellos: —Mónica, ¿por qué no nos esperaste en el restaurante?
—Es que salió corriendo. Y o sea, Emy, ¿por qué hiciste eso?
—Ja, como si te importara —respondió el niño—. Seguro tienes un algo que te pague por si me pasa algo.
Daniel intervino: —¿Por qué le hablas así a tu mamá? Eh, tú ¿qué te metes? Ah, pues me meto lo que yo quiera. ¿Cómo ves? Cómo se ve que no valoras a tu madre. Aparte es una mujer muy hermosa. Ándale, vaya a pedirle perdón, mocoso.
—Perdón, mamá —murmuró Emiliano—. Pudo pasar algo horrible.
Esteban aprovechó el momento: —Mira Mónica, te presento a Daniel, un viejo amigo. Acaba de salvar a Emy.
—¿Tú salvaste a mi hijo? Pues sí… no sé cómo agradecerte.
—Pues mira —dijo Esteban—, justo me estaba platicando que últimamente no le ha ido tan bien y anda buscando trabajo. Estaba pensando que habías dicho que ocupabas a alguien que te ayudara con Emy, alguien que lo llevara y trajera de la escuela. Daniel puede hacerlo perfectamente.
—¿Siquiera tiene licencia? —dudó Mónica.
—Claro que tiene y es súper de confianza —aseguró Esteban—. El único problemita es que ahorita no tiene donde vivir. Estaba pensando que se podía quedar en tu casa unos días.
—Ah… pues no sé. Acaba de salvar a mi hijo y pues yo confío en ti.
—Créeeme, yo por él pongo las manos al fuego. ¿Qué te parece si empieza mañana mismo?
—Puede ser mañana. Bueno, empezamos temprano, ¿eh? En mi casa somos muy puntuales.
Daniel, a solas con Esteban, le entregó algo:
—Dame lo que tienes en la bolsa —dijo Esteban—. No voy a dejar que arruines tu vida robando. Tú confía en mí. Es la mejor manera. Te espero mañana.
La Lección del Crucero
A la mañana siguiente, en la lujosa casa:
—No, pues sí está chida la casa, doña, pero está mejor la vista —dijo Daniel.
—Bueno —respondió Mónica—, básicamente necesito ayuda para que Emy vaya donde necesite. Yo tengo demasiado trabajo y como verás para mí está un poco difícil. Con su papá no contamos.
—Eso es porque tú no lo dejas —intervino Emiliano—. Además necesito que alguien le esté echando un ojo a Emy todo el tiempo.
—Perfecto. Ahora tendré un niñero.
—No seas exagerado —dijo Mónica—. Está claro que no puedo dejarte solo.
Daniel se instaló en el cuarto de servicio. Mónica y Esteban hablaban aparte:
—¿Qué crees que haces, Esteban? ¿Qué planeas trayendo a ese chico a mi casa?
—Mónica, tranquila. Daniel es de fiar. Créeme, será bueno para él, para los dos.
—¿En qué va a ser buena influencia ese vago? Ese chico, por si no te acuerdas, salvó la vida de tu hijo.
—Ay, Esteban, es que yo te juro que ya no sé qué hacer. Desde que se fue su papá no me ha podido perdonar. Mi matrimonio se rompió. Él es lo único que me queda. No quiero perderlo.
Esa noche, Daniel tuvo la tentación de robar un anillo de Mónica:
—No creo que se dé cuenta si le agarro un anillo a esta ricachona. Tiene un montón… ni se va a dar cuenta.
Pero a la mañana siguiente, Daniel vio las notas de Emiliano:
—Tres materias reprobadas. Todo porque te saltas las clases.
—Solo tienes que pagarlo y ya —dijo el niño—. Era porque estaba con mi papá. No puedes prohibirme estar con él.
—Esto cuesta una fortuna —dijo Mónica— y yo ya pago lo suficiente para que tengas una buena educación.
Daniel interrumpió: —¡Épale, épale! ¿A dónde tan campante, niño?
—¿Y tú qué? Ya súbete a la camioneta rápido. Para eso estás aquí, para ser mi mandadero.
—Pues sí —dijo Daniel—, tal vez yo sea el chalán, pero también vine para enseñarte una que otra cosita. Así que dejas tu mochilita y te vas a ir conmigo porque no vas a ir a clases.
—¿Quién te crees?
—Nadie. Nada más que el día de hoy, mi hijito, vas a aprender lo que es ganarse un peso.
Daniel lo llevó al crucero con una esponja y jabón.
—¿Para qué tendría que trabajar? —reclamó Emiliano—. El trabajo es de mi mamá para mantenerme. Por eso quiso tener un hijo.
—No, pues te equivocas —le dijo Daniel—. Tu mamá te mantiene, sí, pero estás muy mal en pensar que es obligación. Ella tiene que darte las herramientas para que las aproveches, porque si no las aprovechas, vas a trabajar muy duro como todo el mundo, ¿eh? Así que vente ya. Estas van a ser tus herramientas.
—No planeo rebajarme a tu nivel.
—Vas a trabajar para pagar esos extraordinarios, ¿okay? —insistió Daniel—. Si no lo haces, vas a acabar como un vagabundo, así como yo. No quieres eso, ¿verdad? ¡Córrele que ya se puso el semáforo!
Al final del día, regresaron a casa. Emiliano estaba cansado pero reflexivo.
—Perdóname por lo de la mañana, mamá —dijo el niño—. Ahora estoy consciente de lo difícil que es ganarse un peso. Esto es fruto de mi trabajo.
Mónica, conmovida, habló con Daniel:
—Daniel, espera. Solo quería agradecerte lo que has hecho por nosotros. Al principio tenía mis dudas. Acepto que me equivoqué.
—No se preocupe —respondió Daniel—. No la juzgo. Si yo fuera usted, me hubiera costado mucho trabajo confiar en una persona como yo.
—¿Cómo terminaste así en la calle?
—Cuando veo a Emy me recuerda mucho a mí. Yo era así como él, solo que yo sí tomé muy malas decisiones. Tan malas que mi mamá me corrió de la casa.
El Pasado de Daniel y el Secuestro
Daniel recordó el momento un año atrás:
—Ay, bendito sea Dios. Ya tengo el dinero de la renta —decía su madre—. Mi mamá trabajó mucho por ese dinero, pero yo lo tomé como si nada. Lo usé para comprar el vicio, el maldito vicio.
—¿Tú no has visto mi dinero, Daniel? —le había preguntado ella—. Es dinero para la renta.
—No, la verdad no he visto nada —mintió él.
—No te hagas tonto. Con esos amigos te has vuelto un ratero.
—¡Yo tengo problemas más importantes que usted! —le gritó él.
—¡Ese dinero era para que yo viviera! —lloró ella—. ¡Lárgate! ¡Lárgate de aquí y no regreses hasta que recuperes mi último centavo!
De vuelta al presente, Daniel le dijo a Mónica:
—Me avergüenzo mucho de lo que hice. Me prometí conseguir cada centavo. No voy a regresar a mi casa hasta conseguir todo ese dinero.
—Así como tú me ayudaste, yo te voy a ayudar —prometió Mónica—. Vamos a conseguir ese dinero juntos.
Pero la paz se interrumpió con la llegada de Humberto, el exesposo:
—¡Disculpe, señor! —gritó Daniel al verlo entrar—. Le voy a pedir que se retire porque creo que se equivocó de casa.
—Él es Humberto, mi exesposo —dijo Mónica fríamente.
—Vengo a pasar un momento de calidad padre e hijo —dijo Humberto—. Cásate conmigo otra vez, Mónica. Uno nunca sabe lo que tiene hasta que lo pierde.
—No puedo, Humberto —respondió ella—. Vete, por favor.
Humberto, furioso, se unió al criminal “Calaca” para secuestrar a su propio hijo y cobrar el rescate a Mónica. Daniel descubrió el plan:
—¿Qué tienes ahí? —le preguntó Daniel a Humberto cuando lo vio con un arma—. ¿Se lo quitaste a Mónica?
—Y si sí, ¿qué? Ella no lo necesita —dijo Humberto—. Me va a servir para pagar mis deudas.
Daniel y Esteban corrieron al lugar del intercambio.
—¡Humberto! —gritó Daniel—. ¡Ya sé lo que estás planeando y no voy a permitir que le hagas daño!
—¡Quítale las manos de encima! —gritó el Calaca—. Si alguien se mueve, el niño muere.
La policía llegó justo a tiempo y detuvo a los criminales.
Un Nuevo Comienzo
Un año después, Daniel finalmente regresó a casa de su madre.
—¿Daniel? ¿Eres tú?
—Mamá… ha pasado tanto tiempo. De verdad, discúlpeme. Fui un mal hijo. Pero, ¿qué cree? Ya cambié. Se lo prometo.
—Qué bueno que estés aquí, hijo —dijo la madre abrazándolo—. Preséntame a esta hermosa mujer.
—Ella es mi novia, señora. Me llamo Mónica y este es mi hijo Emy.
Narrador Final: Daniel reconstruyó su vida al lado de Mónica y Emiliano. Sus caminos se cruzaron para bienestar de todos. Este capítulo nos enseñó que no importa que estuvieras en una silla de ruedas, podías lograr lo que fuera. Yo soy su amigo Juan Barragán y los invito para que vean un capítulo más de cuando los ángeles caen.