EL ABRAZO QUE SE FUE
La lluvia en Madrid nunca es como en las películas de Hollywood.
En el cine, la lluvia cae en un ángulo perfecto, iluminando los pómulos de los protagonistas y haciéndolos parecer ángeles caídos del cielo.
En Madrid, la lluvia es una puñalada trapera de barro y contaminación que te arruina el alisado japonés de ochenta pavos en tres segundos.
Y ahí estaba yo, plantada en medio de la Plaza del Dos de Mayo.
El cielo había decidido abrirse justo en el momento en el que salí de la boca del metro de Tribunal.
Llevaba mi abrigo de paño camel de Zara.
Ese abrigo que recomiendan lavar solo en seco.
Ese abrigo que ahora pesaba unos catorce kilos y olía a perro mojado.
Sostenía el móvil contra mi oreja derecha, intentando tapar el micrófono con la solapa para que el viento no silenciara mis gritos.
—¡Te digo que me ha citado aquí, Bea! —grité, con la voz temblorosa.
—Clara, tía, estás haciendo el imbécil —respondió la voz de mi mejor amiga a través del auricular.
Podía escuchar de fondo el inconfundible sonido de Bea masticando pipas Facundo.
Bea siempre comía pipas cuando estaba nerviosa, o cuando yo estaba a punto de arruinar mi vida amorosa por enésima vez.
—No estoy haciendo el imbécil, Bea, es una cita de crisis.
—Las citas de crisis se hacen en una cafetería con un pincho de tortilla, no en medio de un monzón tropical en el barrio de Malasaña.
—Me dijo que necesitaba aire fresco.
—Lo que necesita es un psiquiatra, Clara.
Una ráfaga de viento helado me cruzó la cara, pegándome un mechón de pelo empapado directamente en el globo ocular izquierdo.
Intenté quitármelo con la mano libre, pero solo conseguí esparcir la máscara de pestañas por toda mi mejilla.
Seguramente ahora mismo parecía una mezcla entre un mapache triste y un mimo en paro.
—Me va a dejar, Bea —dije, sintiendo que un nudo del tamaño de una nuez se formaba en mi garganta.
—No te va a dejar, joder.
—Sí que lo va a hacer.
—Que no.
—Lleva una semana dándome respuestas de una sola sílaba por WhatsApp.
—Es un tío, Clara, su cerebro está programado para ahorrar energía y gastarla en el FIFA.
—Ayer le mandé un meme de un gatito cayéndose de una silla y me respondió con el emoji del pulgar hacia arriba.
Hubo un silencio sepulcral al otro lado de la línea.
Incluso Bea dejó de masticar pipas.
—Hostia —murmuró mi amiga—. El pulgar hacia arriba.
—Lo ves.
—Ese es el beso de la muerte digital, tía.
—Lo sé.
—Es el equivalente a que te manden un burofax emocional.
—¡Por eso estoy aquí bajo la lluvia! ¡Para intentar salvar lo nuestro!

Un señor mayor con una boina calada hasta las cejas pasó a mi lado, empujando un carrito de la compra.
El señor me miró de arriba abajo, negó con la cabeza y chasqueó la lengua con desaprobación.
—Te vas a coger una pulmonía, niña —me dijo el señor, sin detener el paso—. Con lo barato que está el paraguas en el chino.
Le sonreí al anciano con la mejor cara de mapache que pude articular y volví a centrarme en el teléfono.
—Bea, si no aparece en cinco minutos, me voy a casa, me pongo el pijama de franela y me bebo una botella entera de Ribera del Duero.
—Me parece un planazo, yo llevo los Risketos.
—Pero quiero que aparezca.
—Ya lo sé, boba.
—Quiero que me mire a los ojos y me diga que ha sido todo una tontería.
—Clara…
—Quiero que me abrace, Bea.
Levanté la vista hacia la calle San Andrés, entrecerrando los ojos contra la cortina de agua sucia que caía del cielo plomizo.
Y entonces, lo vi.
Hugo venía caminando por la acera.
Llevaba su maldita chupa de cuero negro, esa que le hacía parecer el bajista de un grupo indie de los noventa.
Caminaba despacio, con las manos metidas en los bolsillos.
No llevaba paraguas.
Ni siquiera parecía importarle que el agua estuviera empapando sus vaqueros ajustados.
Tenía la cabeza gacha, pateando un charco inexistente.
Mi corazón dio un vuelco tan bestia que pensé que iba a escupirlo por la boca.
—Bea, cuelgo, está aquí —susurré.
—¡No te arrastres, Clara! ¡Dignidad, por la gloria de tu madre, dignidad! —gritó Bea antes de que yo cortara la llamada.
Metí el móvil en el bolsillo de mi abrigo, rezando para que el agua no friera los circuitos.
Hugo se detuvo a un metro y medio de mí.
Levantó la vista.
Sus ojos oscuros estaban fijos en los míos, pero había una niebla extraña en ellos.
Una barrera invisible que antes no estaba.
—Has venido —dijo él, con esa voz grave que siempre me ponía los pelos de punta.
—Me citaste tú, Hugo.
—Lo sé.
El silencio se instaló entre nosotros, un silencio mucho más pesado que el ruido de la lluvia repiqueteando contra el asfalto.
Una gota de agua resbaló por su nariz y cayó al vacío.

Quise levantar la mano y secarle la cara, pero mis brazos parecían estar hechos de plomo.
—Estás empapada, Clara —dijo finalmente.
—Es lo que tiene estar debajo de una nube que descarga agua, Hugo, pura meteorología.
Él esbozó una media sonrisa, triste y lánguida.
—Siempre con el chiste en la boca.
—Es un mecanismo de defensa contra la hipotermia.
—Clara, yo…
Hugo dio un paso hacia delante.
Yo contuve la respiración.
El mundo pareció detenerse a nuestro alrededor, silenciando el tráfico, los cláxones lejanos y hasta el ladrido de un perro en un balcón cercano.
Él sacó las manos de los bolsillos.
Dio otro paso.
Acortó la distancia que nos separaba y, sin decir una palabra más, me rodeó con sus brazos.
Fue un movimiento brusco, casi desesperado.
Yo me quedé rígida por un microsegundo, sorprendida por la intensidad del gesto.
Pero el olor de su cuello, una mezcla de tabaco rubio, colonia barata y lluvia, inundó mis sentidos.
Me derretí.
Levanté mis propios brazos y lo abracé con todas mis fuerzas, hundiendo la cara en el cuero mojado de su chaqueta.
Cerré los ojos con fuerza.
El calor de su cuerpo traspasaba la humedad de mi abrigo.
Sentí el latido acelerado de su corazón contra mi pecho.
En ese instante mágico, todo el miedo desapareció.
Las respuestas cortantes de WhatsApp no importaban.
El emoji del pulgar hacia arriba era solo un error tipográfico.
Nos abrazamos bajo la lluvia… y pensé que todo estaría bien.
[PARTE 2]
El abrazo duró exactamente catorce segundos.
Lo sé porque en mi cabeza empecé a contar los latidos de su corazón, buscando un ritmo que me diera seguridad.
Uno, dos, tres, cuatro.’]

El mundo exterior había dejado de existir.
Estábamos dentro de una burbuja impenetrable, justo en medio de la Plaza del Dos de Mayo.
Seis, siete, ocho.
Incluso dejé de sentir el frío del agua resbalando por mi nuca.
Toda mi energía estaba concentrada en agarrarme a su espalda como si fuera un náufrago aferrado a un trozo de madera en medio del océano Pacífico.
Trece, catorce.
Y entonces, el latido cambió.
Hugo inspiró profundamente, una respiración temblorosa que le hinchó el pecho contra el mío.
Sus manos, que hasta ese momento me sujetaban por la cintura con firmeza, perdieron fuerza.
Sentí cómo la presión de sus dedos desaparecía de mi espalda.
El calor empezó a disiparse.
Abrí los ojos, confundida.
Él apoyó sus manos en mis hombros, no para acercarme más, sino para empujarme suavemente hacia atrás.
Fue un movimiento sutil.
Casi educado.
Pero contenía la fuerza destructiva de un terremoto de magnitud ocho en la escala de Richter.
Pero al soltarme, se alejó… y no dijo nada.
Me quedé allí, con los brazos flotando en el aire por un segundo estúpido, abrazando la nada.
Dejé caer los brazos a los costados, sintiendo de repente todo el peso del agua en mi ropa.
Hugo dio un paso atrás.
Luego otro.
Sus ojos, que segundos antes me miraban, ahora evitaban mi rostro a toda costa.
Miraba el suelo.
Miraba el cartel de la farmacia que parpadeaba en verde fosforito al otro lado de la calle.
Miraba a una paloma suicida que picoteaba un trozo de pan mojado en la acera.
Miraba a cualquier parte menos a mí.
—¿Hugo? —pregunté.
Mi voz sonó patética.
Aguda.
Quebrada.
Sonó como el gemido de un cachorro al que acaban de dejar abandonado en la puerta de una gasolinera.
Él no respondió.
Ángulo: calle mojada, gotas cayendo, reflejos en charcos.
Un coche pasó a toda velocidad por la calle San Vicente Ferrer, saltándose un ceda el paso con la habitual chulería del conductor madrileño cabreado con el clima.
Las ruedas del coche rebanaron un charco enorme.
Una ola de agua sucia y amarillenta voló por el aire y se estrelló contra mis botas de cuero.
Mis botas favoritas.
Las que me habían costado medio sueldo en las rebajas de enero.
El agua helada se coló por la cremallera y empapó mis calcetines.
Ni siquiera me inmuté.
El desastre estético y térmico de mis pies era una minucia comparado con el abismo que se estaba abriendo en mi estómago.
—¿Hugo, qué pasa? —volví a preguntar, elevando un poco el tono de voz para competir con el ruido de la tormenta.
Él tragó saliva.
Pude ver cómo su nuez de Adán subía y bajaba bruscamente en su garganta.
Levantó la mano derecha y se frotó la nuca, un gesto que hacía siempre que estaba buscando una excusa para escapar de una situación incómoda.
Como cuando el camarero nos traía la cuenta y él fingía buscar la cartera en el bolsillo equivocado.
Abrió la boca.
Sus labios se despegaron, formando una línea fina.
Yo esperé la excusa.
Esperé la explicación.
Esperé el clásico “no eres tú, soy yo”.
Esperé el infame “necesito tiempo para centrarme en mis oposiciones”.
Esperé incluso que me dijera que se había metido en una secta que prohibía las relaciones sentimentales los martes por la tarde.
Cualquier cosa habría sido mejor que lo que hizo a continuación.
Hugo cerró la boca sin emitir un solo sonido.
Me miró durante un segundo fugaz.
Fue una mirada vacía, insondable, desprovista de todo el cariño que me había dado durante los últimos dos años.
Y luego, simplemente, se dio la vuelta.
No hubo un adiós.
No hubo una disculpa.
No hubo un último beso en la frente para suavizar el golpe.
Giró sobre sus talones, metió las manos en los bolsillos de su chupa de cuero mojada y empezó a caminar en dirección contraria.
Me quedé allí clavada.
Mis botas empapadas parecían fundidas con los adoquines de la plaza.
Mi cerebro, normalmente rápido y lleno de respuestas sarcásticas para cualquier situación de crisis, se había declarado en huelga general.
Parpadeé una, dos, tres veces, intentando procesar la información visual que mis retinas estaban enviando.
Él caminaba a un ritmo constante.
Ni muy rápido ni muy despacio.
El ritmo exacto de alguien que va a comprar el pan un domingo por la mañana.
El ritmo de alguien que no acaba de destrozarle la vida a la chica que supuestamente quería.
Un repartidor de Glovo en una bicicleta eléctrica pasó derrapando a centímetros de mí, pitando frenéticamente.
—¡Cuidado, señora, que no se entera! —me gritó el chaval, envuelto en un impermeable amarillo gigante.
“Señora”.
Me acababa de llamar señora.
Tengo veintiocho años, por el amor de Dios.
Ese era el nivel de decadencia al que había llegado en apenas cinco minutos.
Había pasado de ser la protagonista de un drama romántico a ser un obstáculo urbano calificado como “señora” por un adolescente en bicicleta.
Pero el insulto del repartidor apenas fue un susurro lejano en mi cabeza.
Toda mi atención estaba fijada en la espalda de Hugo, que se iba haciendo cada vez más pequeña a medida que se alejaba por la calle San Andrés.
La lluvia seguía cayendo sin piedad, lavando las calles, lavando los coches, lavando cualquier rastro de nuestra conversación muda.
Un relámpago iluminó el cielo oscuro por un segundo, seguido casi de inmediato por un trueno sordo que hizo vibrar los cristales de los balcones.
Y en ese preciso instante, entendí lo que acababa de pasar.
El abrazo no había sido un saludo.
No había sido una reconciliación.
El abrazo había sido un jodido epitafio.
[PARTE 3]
El oxígeno desapareció del barrio de Malasaña.
O al menos, desapareció de mis pulmones.
Intenté tomar una bocanada de aire, pero sentía como si alguien me hubiera sentado un piano de cola de mil kilos encima del esternón.
El frío de la lluvia ya no era un problema externo, se había colado por mis poros y me estaba congelando los órganos vitales uno por uno.
Mi corazón se rompió en mil pedazos… sin una sola palabra de despedida.
Literalmente, sentí un crujido.
Un sonido sordo y seco, como cuando pisas una rama seca en el campo en otoño.
Solo que la rama estaba dentro de mi caja torácica.
Llevé mi mano derecha al pecho, apretando la tela mojada del abrigo de Zara contra mi piel, en un gesto instintivo y totalmente inútil para intentar contener la hemorragia invisible.
—Esto es una broma —murmuré para mí misma.
Mi propia voz me sonó extraña, como si perteneciera a otra persona.
—Esto es una puta cámara oculta.
Miré a mi alrededor, buscando frenéticamente a un presentador de televisión con un micrófono asomando por detrás del contenedor de reciclaje de vidrio.
Solo había escaparates empañados, persianas metálicas bajadas y un par de contenedores de basura que olían a humedad.
Nadie estaba grabando.
Nadie se iba a reír al final de la escena.
Esto era la cruda y miserable realidad de un martes por la tarde en Madrid.
Las lágrimas empezaron a brotar de mis ojos, mezclándose inmediatamente con el agua de lluvia que me resbalaba por la cara.
El rímel debió de rendirse definitivamente en ese momento, porque noté un escozor terrible en las córneas.
Gimoteé.
Un sonido ridículo, nasal, más propio de un roedor enfermo que de una mujer independiente del siglo veintiuno.
—¡Eh, perdone! —escuchó una voz áspera a mis espaldas.
Me giré lentamente, como un zombi en la temporada uno de The Walking Dead.
La señora del carrito de la compra con la boina estaba de pie frente a mí, resguardada bajo el pequeño toldo verde de un quiosco de prensa cerrado.
—¿Te encuentras bien, muchacha? —preguntó la anciana, mirándome con una mezcla de lástima y preocupación.
Apreté los labios, intentando contener un sollozo descontrolado que amenazaba con salir.
—Sí… sí, estoy de maravilla —logré articular, con un hilo de voz que temblaba como gelatina.
La señora frunció el ceño, apretando el asa de su carrito a cuadros escoceses.
—Pues tienes cara de que se te ha muerto el canario, hija.
—Peor, señora.
—¿Qué puede haber peor que se te muera el canario? El mío se llamaba Paquito y me pasé tres días llorando.
—Me acaban de dejar.
La palabra salió de mi boca y se materializó en el aire frío, convirtiendo el hecho en una verdad innegable.
La señora abrió mucho los ojos, arrugando aún más su frente llena de surcos.
—¿El desgarbado ese de la chupa de cuero que estaba aquí contigo hace un minuto?
Asentí con la cabeza, incapaz de articular otra palabra.
—Pues menudo gilipollas —sentenció la anciana con una contundencia brutal.
La franqueza de la señora me golpeó como una bofetada de realidad.
Tenía razón.
Un gilipollas.
Un cobarde de campeonato.
Un cobarde que ni siquiera había tenido las narices de mirarme a la cara y decirme “se acabó, Clara”.
Un cabrón que había usado un puto abrazo como escudo humano para huir de la escena del crimen.
La tristeza empezó a transmutar en otra cosa.
El piano de cola que aplastaba mi pecho se estaba calentando.
El frío polar de mi interior empezó a hervir.
Una chispa diminuta de pura indignación se encendió en el centro de mi cerebro y empezó a extenderse por mi sistema nervioso como un reguero de pólvora.
—Tiene usted toda la razón, señora —dije, enderezando la espalda y sintiendo cómo la adrenalina me dilataba las pupilas.
—Claro que la tengo, tengo ochenta y dos años, a estas alturas calo a los idiotas a leguas.
Miré hacia la calle San Andrés.
Hugo seguía caminando.
Ya estaba a unos cien metros de distancia, acercándose a la esquina con la calle del Espíritu Santo.
Su figura oscura se recortaba contra las luces de los faroles de hierro forjado que acababan de encenderse.
No iba a dejar que se saliera con la suya.
No iba a dejar que me dejara plantada bajo el diluvio universal sin darme una sola explicación.
No después de haberle aguantado sus ronquidos, sus crisis existenciales sobre si estudiar Bellas Artes o montar un food truck de empanadas, y su obsesión patológica por las películas checas de los años sesenta en blanco y negro.
Me merecía al menos una frase con sujeto, verbo y predicado.
Me merecía una pelea a gritos en mitad de la calle como Dios manda.
—Sujéteme el bolso, señora —le dije a la anciana, haciendo amago de quitarme la bandolera de piel sintética.
—¡Yo no te sujeto nada, loca, a ver si vas a ser una ladrona con excusas raras! —protestó la mujer, dando un paso atrás.
—Tranquila, era una forma de hablar.
Apreté los puños, clavándome las uñas en las palmas de las manos mojadas.
Giré el cuello de izquierda a derecha, sintiendo cómo me crujían las cervicales con la tensión de un boxeador a punto de saltar al cuadrilátero.
—¿Qué vas a hacer, hija? —preguntó la señora, fascinada por el cambio radical en mi actitud.
—Voy a pedirle la hoja de reclamaciones.
Sin esperar otra respuesta, di un paso hacia delante, chapoteando con fuerza en el charco más grande de la acera y emprendiendo la marcha.
[PARTE 4]
La aceleración inicial fue digna de un bólido de Fórmula Uno, pero la tracción de mis botas en el asfalto mojado fue un desastre absoluto.
Resbalé en los primeros tres pasos, agitando los brazos en el aire como un molino de viento epiléptico para no partirme la crisma contra un bolardo de hierro fundido.
Recuperé el equilibrio milagrosamente, gracias a años de entrenamiento subiendo escaleras mecánicas estropeadas en el metro de Plaza de Castilla.
Ángulo: cámara lenta, viéndolo desaparecer entre la multitud.
A lo lejos, la figura de Hugo se desdibujaba entre un mar de paraguas negros, rojos y transparentes que empezaban a brotar en la calle como setas venenosas.
Corrí tras él… pero la distancia crecía cada segundo.
La calle de repente se había llenado de gente.
Turistas despistados arrastrando maletas de cabina por los adoquines traicioneros.
Grupos de modernos con pantalones anchos caminando en formación de tortuga romana.
Una pareja que había decidido que era el momento ideal para pararse en seco y mirar escaparates de tiendas vintage de segunda mano a precios de oro.
—¡Perdón! ¡Abran paso, por favor! —grité, empujando suavemente a un chaval con un gorro de pescador de la marca Carhartt.
—¡Eh, relaja, tía, que hay sitio para todos! —se quejó el chaval, frotándose el hombro.
—¡Emergencia emocional, aparta! —le respondí sin mirar atrás.
Mis pulmones empezaron a quejarse, quemando con cada inhalación del aire frío y húmedo.
El abrigo mojado me frenaba, actuando como un lastre de plomo.
“Quítate los zapatos”, me susurró una voz interior que probablemente había visto demasiadas comedias románticas protagonizadas por Julia Roberts.
“Ni de coña, hay cristales rotos, meados de perro y sabe Dios qué más en el suelo de Madrid”, respondió mi lado racional, aferrándose a las botas arruinadas.
Esquivé una caca de perro colosal que flotaba majestuosamente en un riachuelo de agua al lado del bordillo.
Salté sobre un charco que parecía profundo como el foso del castillo de Manzanares el Real.
Hugo giró a la derecha, metiéndose por la calle de la Palma.
—¡No te me escapes, cabrón! —murmuré entre dientes, acelerando el paso hasta alcanzar un trote cochinero bastante poco estético.
Llegué a la esquina y derrapé, agarrándome a una señal de tráfico de dirección prohibida para no estrellarme contra la cristalera de una panadería moderna de masa madre.
Lo localicé al instante.
Estaba a solo treinta metros.
Caminaba un poco más rápido ahora, como si su radar interno para situaciones dramáticas le estuviera avisando de que una loca empapada iba tras él.
El semáforo de la calle San Bernardo estaba en rojo para los peatones.
Había una barrera de coches esperando, soltando humo gris por los tubos de escape y salpicando agua sobre las aceras.
Hugo no iba a poder cruzar.
Tenía que pararse.
Era mi oportunidad de oro.
Empecé a esprintar con todo lo que me quedaba en los pulmones.
El sonido de mis botas golpeando el asfalto retumbaba en mis oídos como un tambor de guerra celta.
La adrenalina me había anestesiado las piernas, ya no sentía el frío, ni el cansancio, ni el escozor de los ojos.
Veinticinco metros.
Veinte metros.
Hugo redujo la velocidad al acercarse al bordillo de la acera frente al semáforo en rojo.
Quince metros.
Podía ver perfectamente los pliegues de su chupa de cuero mojada y el pelo negro y rizado pegado a su nuca por la humedad.
Diez metros.
Abrí la boca para gritar su nombre.
Para soltarle el discurso más épico y devastador que jamás se hubiera pronunciado en el barrio de Universidad.
Iba a humillarlo.
Iba a decirle que era un inmaduro con alergia al compromiso.
Iba a exigirle que me devolviera mi sudadera gris de la universidad de Salamanca que llevaba tres meses secuestrada en su armario.
Cinco metros.
Levanté la mano derecha, alargando los dedos manchados de rímel, dispuesta a agarrarle del hombro y girarlo bruscamente para que me mirara a la cara de una maldita vez.
Y justo cuando pensé que lo alcanzaría… alguien lo tomó de la mano.
Frené en seco.
Mis botas resbalaron unos centímetros sobre una rejilla del metro metálica, y casi me voy de bruces contra una papelera municipal verde.
Me quedé congelada en el sitio, a escasos dos metros de su espalda.
La mano no cayó del cielo.
Salió de debajo de un enorme paraguas transparente de plástico, de esos que venden en Ale-Hop por cinco euros.
Bajo el paraguas había una chica.
Llevaba un abrigo rojo escarlata impecable, de esos que no se mojan porque repelen el agua con tecnología aeroespacial.
Tenía el pelo rubio, liso perfecto, sin una sola gota de encrespamiento.
Llevaba unos botines de ante beige que estaban inmaculados, como si hubiera levitado sobre los charcos de Madrid.
La chica no solo le había tomado la mano a Hugo.
La chica había entrelazado sus dedos con los de él, con la familiaridad dolorosa de quien ha hecho ese mismo gesto cientos de veces.
Hugo no se sobresaltó.
No retiró la mano con asombro.
Al revés.
Apretó los dedos de la chica de abrigo rojo y acercó su cuerpo al de ella para resguardarse de la lluvia bajo el paraguas barato.
La chica levantó la vista hacia él y le sonrió.
Una sonrisa brillante, con unos dientes tan blancos que podrían deslumbrar a un piloto de avión comercial.
—¡Has tardado un montón, gordito! —le dijo la chica del paraguas, con una voz aguda y cantarina que me perforó el tímpano izquierdo como un taladro percutor.
¿Gordito?
Hugo odiaba los diminutivos afectivos.
Una vez casi me deja porque, en un arrebato de ternura dominical, le llamé “osete”.
Y esta tía rubia perfecta le acaba de llamar “gordito” en mitad de la calle y él ni siquiera había pestañeado.
De hecho, él le devolvió la sonrisa.
Esa misma media sonrisa lánguida que me había regalado a mí cinco minutos antes, pero esta vez desprovista de niebla y de barreras.
—Perdona, es que… he tenido que arreglar un asunto pendiente —respondió Hugo, frotándose la nariz con la mano libre.
Un asunto pendiente.
Yo.
Dos años de relación resumidos en un “asunto pendiente”.
Como si fuera un recibo de la luz que se le había olvidado pagar o una gotera en el techo del baño.
Mi cerebro, que había estado a punto de sufrir un colapso total, entró de repente en un modo de claridad extrema.
La ira, el dolor, el frío, todo desapareció, dejando paso a una iluminación cósmica.
Bea tenía razón.
Las pipas Facundo no mienten.
El emoji del pulgar hacia arriba no era un error, era una declaración de intenciones.
Hugo no era un alma torturada con problemas de comunicación; era un sinvergüenza con doble vida que acababa de protagonizar la transición de novia a exnovia más cobarde de la historia de la península ibérica.
El semáforo parpadeó y se puso en verde.
Hugo y la chica del abrigo rojo perfecto empezaron a cruzar la calle, ajenos por completo a la desgracia humana que se encontraba a dos pasos a sus espaldas.
Observé cómo se alejaban bajo el paraguas, caminando al unísono, esquivando los baches y riéndose de algo inaudible.
Levanté la mano lentamente y me saqué el teléfono móvil del bolsillo empapado.
Milagrosamente, la pantalla se encendió, aunque el cristal estaba cubierto de gotas de agua borrosas.
Busqué el número de Bea en la lista de recientes.
Le di a llamar.
Al segundo tono, escuché el crujido familiar de una pipa siendo destrozada.
—Dime que lo has mandado a la mierda, Clara —exigió Bea sin siquiera decir “hola”.
Miré mis botas destruidas.
Miré mis manos manchadas de negro.
Miré la estela de agua sucia que los coches seguían levantando en la calle San Bernardo.
—Bea —dije, con una voz sorprendentemente firme y vacía de lágrimas.
—Dime.
—Prepara los Risketos.
—¿Los ha cagado?
—No te haces una idea. Y abre el Ribera del Duero.
—¿El bueno de veinte pavos?
—El bueno. Me lo merezco.
Colgué el teléfono.
Me di media vuelta y empecé a caminar de regreso a la boca de metro, sintiendo el peso del abrigo de Zara.
La lluvia de Madrid seguía cayendo, sin ser romántica, sin ser purificadora, simplemente mojando y jodiendo.
Pero al menos, pensé mientras sacudía el agua de mi solapa, ahora sabía que el abrazo que se había ido, en realidad, nunca había sido mío.
Y sinceramente, que se lo quede la del abrigo rojo.
Ojalá le pise los charcos y le ensucie los botines de ante.