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Croquetas, castañas y el peligro del iCloud

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Parte 1: Croquetas, castañas y el peligro del iCloud

Mira que yo siempre he dicho que el que busca, encuentra. Es una ley universal, como que si te pones una camiseta blanca vas a acabar manchándote de tomate o que si un domingo te levantas con ganas de hacer limpieza general, a los diez minutos vas a estar sentado en el suelo ojeando fotos de cuando tenías quince años y te creías alternativo. Pero lo de anoche… lo de anoche no fue una búsqueda consciente. Yo no iba con la lupa de Sherlock Holmes ni con el instinto de una inspectora de Hacienda. Yo solo quería ver unas fotos de nuestro viaje a Galicia para decidir cuál imprimíamos para el pasillo. Así de inocente era mi existencia a las diez de la noche.

Estábamos en el sofá, ese sofá de una famosa tienda sueca que nos costó tres fines de semana montar y que ya tiene la forma de nuestras posaderas grabada a fuego. Nacho estaba a mi lado, todavía con el olor del suavizante de la ropa limpia y ese aroma a café que siempre desprende porque se toma unos cuatro al día para aguantar el ritmo de la oficina. Nacho es… bueno, era, no sé ni cómo hablar de él ahora, el tipo de novio que cualquier madre querría para su hija. Ingeniero, ordenado, con un sentido del humor que te hace reír hasta cuando tienes el peor día del mundo y esa capacidad de escuchar que hoy en día cotiza más alto que el oro.

Habíamos cenado unas croquetas que mi madre nos había mandado en un tupper (benditas madres y sus arsenales de comida congelada) y estábamos en ese estado de trance post-prandial en el que solo te apetece que te acaricien el pelo y que nadie te hable de facturas ni de crisis existenciales.

—Nacho, saca el móvil, anda —le dije, dándole un toquecito en el hombro—. Enséñame las fotos que hiciste en la Playa de las Catedrales, que las mías salieron todas movidas porque hacía un viento que parecía que nos iba a llevar a Boston.

—Pero si las tuyas estaban bien, Elena —respondió él, con esa pereza cariñosa de quien no quiere moverse del sitio—. Además, seguro que yo salgo con los ojos cerrados en todas las mías. Tengo un don para parecer un besugo en las fotos de grupo.

—Venga, no seas pesado. Saca el iPhone de última generación ese que tienes, que para algo te costó un riñón y parte del otro. Quiero ver si de verdad la cámara hace milagros con tu cara de sueño.

Nacho se rió, soltó un suspiro de “está bien, tú ganas” y sacó el teléfono del bolsillo del pantalón de chándal. Me lo pasó con una confianza absoluta. Eso es lo que más me duele ahora. Esa naturalidad. No hubo un momento de duda, no se le tensó la mandíbula, no intentó poner excusas. Si me hubiera dicho “espera, que tengo que borrar unas cosas de la oficina”, yo no habría sospechado nada. Pero me lo dio así, abierto, desbloqueado, como quien entrega un vaso de agua.

—Toma, fiera. Pero no te rías mucho de mis selfies artísticos, que me dio un arrebato de fotógrafo de National Geographic y creo que me pasé con los filtros de blanco y negro —dijo, volviendo a recostarse y cerrando los ojos un momento.

Entré en la galería. El carrete de fotos de Nacho es como su cabeza: un caos organizado. Había capturas de pantalla de planos de ingeniería, fotos de “Curro” (nuestro perro, un galgo que adoptamos y que es más miedoso que yo en una película de terror), fotos de menús de restaurantes a los que queríamos ir y, por supuesto, los restos de nuestro viaje de la semana pasada.

Empezamos a verlas juntos. Al principio, era divertido.

—Mira esa, Nacho —dije, señalando una foto donde él intentaba comerse un percebe con cara de duda existencial—. Pareces un alienígena intentando descifrar una pieza de tecnología antigua.

—Oye, que el percebe me miró primero —bromeó él, acercándose más a mí para ver la pantalla—. Y ese precio por ración también te mira con mala cara, no me digas que no.

Pasamos fotos de acantilados, de platos de pulpo que hacían salivar solo de verlos, de nosotros dos con el pelo revuelto y caras de felicidad auténtica. Todo era normal. Todo era perfecto. El tipo de normalidad que te hace pensar que has ganado la lotería de la vida y que no necesitas nada más que un sofá, unas croquetas y a la persona que tienes al lado.

Seguí deslizando el dedo por la pantalla. Swipe. Swipe. Fotos de la catedral de Santiago, fotos de la lluvia (porque en Galicia si no hay fotos de lluvia no cuenta), y luego empezamos a retroceder en el tiempo, entrando en las fotos de la semana anterior al viaje.

—¿Y esta captura? —pregunté, viendo un gráfico extraño.

—Cosas del curro, Elena. Una auditoría que nos tiene fritos con los plazos de entrega. No la borres, que luego no me acuerdo de los porcentajes.

—Tranquilo, ingeniero, no toco tus valiosos datos —le dije, burlona.

Seguí bajando. Aparecieron fotos de una cena de empresa que tuvo un jueves, un par de fotos de él en el gimnasio (donde sale haciendo pesas con una cara de esfuerzo que siempre me hace gracia) y algunas fotos de Curro durmiendo en posturas imposibles que desafían la anatomía canina.

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