Posted in

Corregí las frases románticas de mi vecino… y terminó invitándome a salir

**PARTE 1**

Vivir de alquiler en el centro de la ciudad es una estafa piramidal consentida.
Pagas la mitad de tu sueldo por un espacio donde apenas caben tus propios pensamientos.
Y mucho menos tú mismo.
Mi piso tiene treinta y cinco metros cuadrados.
Según el anuncio de la inmobiliaria, era un “coqueto estudio ideal para jóvenes profesionales”.
Según la realidad, es una caja de zapatos con ínfulas de hogar.
Pero lo peor no es el tamaño.
Lo peor no es la cocina que está literalmente dentro del salón, obligándome a dormir oliendo a brócoli hervido si no ventilo bien.
Lo peor no es la ventana que da a un patio interior que parece sacado de una novela de misterio barata.
Lo peor de este piso es la acústica.
Los constructores de este edificio debieron usar cartón mojado en lugar de ladrillos de verdad.
O quizás simplemente pintaron el aire con gotelé y lo llamaron pared maestra.
El aislamiento acústico es un concepto de ciencia ficción en mi bloque.
Conozco la vida de mis vecinos mejor que la de mi propia familia directa.
Sé que la señora del cuarto izquierda tiene problemas de tránsito intestinal los martes por la mañana.
Sé que el chaval del segundo derecha escucha reggaetón triste cuando llueve los domingos.
Pero la relación más íntima, profunda y perturbadora la tengo con mi vecino de al lado.
El del tercero B.
No sé cómo se llama, ni falta que hacía.
Nunca nos hemos cruzado en el rellano de la escalera.
Nunca hemos coincidido en el portal buscando las cartas en los buzones.
Para mí, él es sólo una voz sin rostro.
Una voz grave, un poco rasposa, que atraviesa el tabique de mi dormitorio como si fuera de papel de fumar.
Nuestras camas deben estar separadas por escasos centímetros de yeso mal puesto.
Nuestros baños también comparten la misma bajante de tuberías.
Y ahí es exactamente donde empezó toda esta locura.
Mi cama está pegada a la pared que da directamente a su cuarto de baño.
Un error garrafal de diseño arquitectónico que ha condicionado mi ciclo de sueño durante los últimos ocho meses.
Al principio, los ruidos eran los normales en cualquier bloque de vecinos de España.
El sonido del agua al caer en la ducha a las siete de la mañana.
El ruido seco de la tapa del váter al cerrarse de madrugada.
El zumbido agónico de una maquinilla de afeitar eléctrica de marca blanca.
Cosas cotidianas y monótonas.
Cosas que uno aprende a ignorar con el tiempo y la costumbre.
Te pones unos tapones de espuma amarilla en los oídos, te giras hacia el otro lado y a dormir.
Pero entonces, a principios del otoño, la rutina sonora cambió drásticamente.
Empezó a mediados de octubre, un martes para ser exactos.
Recuerdo perfectamente la primera vez que ocurrió.
Hacía frío, llovía en Madrid y yo estaba metida en la cama con tres mantas gruesas por encima.
Tenía un libro en las manos que en realidad no estaba leyendo.
Mis ojos miraban fijamente el patrón repetitivo y horrendo del gotelé de la pared blanca.
Era casi la medianoche.
El silencio en la calle era absoluto, algo raro y preciado en esta ciudad frenética.
Y entonces, en medio de esa paz, escuché la puerta de su baño abrirse.
Escuché el clic metálico del interruptor de la luz.
El sonido de sus pies descalzos, o tal vez en zapatillas, rozando las baldosas.
Luego, el chirrido inconfundible de la puerta del pequeño armario de los espejos.
Ese armario de metal barato que todos tenemos encima del lavabo para guardar las tiritas y la aspirina.
Hubo un silencio prolongado de casi un minuto.
Pensé que se estaba lavando los dientes con excesiva concentración.
Pensé que se estaba echando alguna crema hidratante antiarrugas carísima.
Pero no había sonido de agua corriendo por el grifo.
No había fricción de cepillo contra muelas.
Sólo silencio.
Un silencio tenso, pesado, expectante.
Y de repente, el tabique vibró y él habló.
“Hola”.
Di un respingo tan grande en la cama que casi me caigo al suelo.
Sonó tan cerca, tan claro, que por un milisegundo de terror creí que había un intruso dentro de mi propia habitación.
Mi corazón se aceleró a cien pulsaciones por minuto.
Miré hacia la pared con los ojos muy abiertos, como si mi mirada pudiera atravesar el yeso y el papel pintado.
“Hola, Laura”, dijo la voz a continuación.
Tragué saliva sonoramente.
¿Quién demonios era Laura?
¿Estaba hablando por teléfono a esas horas de la noche en el baño?
Esperé la pausa habitual de una conversación telefónica, el momento natural en el que el otro interlocutor responde.
Pero no hubo ninguna pausa.
No hubo un tono de voz de alguien escuchando, ni el ligero retardo del altavoz del móvil.
“Quería decirte algo importante”, continuó la voz masculina.
Sonaba artificial, rígida.
Sonaba ensayada frente a un tribunal.
Demasiado impostado, con un tono de locutor de radio de medianoche que daba un poco de vergüenza ajena escuchar de rebote.
Y ahí me di cuenta de la triste y cómica realidad de mi vecino.
Cada noche escuchaba a mi vecino practicar frases románticas.
Siempre frente al espejo.
Estaba ensayando discursos de seducción.
Estaba preparándose psicológicamente para un encuentro amoroso.
Y yo, sin pedirlo ni quererlo, me había convertido en su público cautivo y en la sombra.
En su crítica teatral silenciosa y despiadada.
Esa primera noche, la curiosidad morbosa me ganó la partida al sueño.
Me quité los tapones de los oídos y los dejé sobre la mesita de noche.
Me giré sobre mi costado izquierdo para acercarme más a la fuente del sonido.
Pegué la oreja desnuda a la pared fría de mi dormitorio.
La pared actuaba como un amplificador perfecto, transmitiendo las vibraciones de sus cuerdas vocales directamente a mi cerebro asombrado.
El pobre chico estaba visiblemente nervioso, incluso estando solo.
Se le notaba en el ritmo errático de su respiración.
Respiraba hondo antes de cada frase, como un buceador inexperto a punto de saltar al mar desde un trampolín muy alto.
“Laura, desde que entraste en la oficina el primer día…”
Se detuvo en seco.
Carraspeó ruidosamente, aclarando su garganta.
“No, no, eso suena muy formal, parezco el de recursos humanos”, murmuró para sí mismo con evidente frustración.
El sonido de una bofetada leve y seca llegó hasta mis oídos.
Se estaba pegando en sus propias mejillas para espabilar o para castigarse.
Un clásico movimiento de nerviosismo pre-cita.
“A ver, concéntrate, tío, no es tan difícil”, se dijo en voz baja, dándose ánimos frente a su reflejo.
Yo sonreí en la más absoluta oscuridad de mi habitación.
Había algo extrañamente entrañable y muy humano en ese nivel de patetismo nocturno.
Era como observar un documental de La 2 sobre el complejo ritual de cortejo del urogallo ibérico en primavera.
Pero en versión urbanita, en un baño de tres metros cuadrados y probablemente con un sueldo precario.
A partir de esa noche reveladora, la función se convirtió en un hábito inquebrantable.
Un hábito diario del que yo era cómplice involuntaria.
Mi vecino misterioso no descansaba ni los fines de semana, su constancia era de hierro.
Su dedicación amorosa era digna de admiración, o de una preocupación psicológica seria, según se mire.
Me aprendí sus horarios de higiene y ensayo de memoria.
A las once y media, el ruido ensordecedor de la ducha.
A las doce menos cuarto, el zumbido del secador de pelo.
Y a las doce en punto de la noche, la hora bruja del amor.
La hora del ensayo general de sus sentimientos.
Empecé a desarrollar una rutina propia para acompañar su miseria romántica sin que él lo supiera.
Me preparaba una infusión de manzanilla con anís para digerir la vergüenza ajena.
Me metía en la cama cruzando las piernas.
Apagaba la pequeña lámpara de la mesita de noche.
Y me colocaba en posición de escucha, pegada al tabique como una lapa chismosa.
Al principio, intentaba con todas mis fuerzas no juzgarle demasiado duro.
El amor es difícil, caótico y no viene con un manual de instrucciones.
Las citas modernas son un campo de minas emocional lleno de trampas.
Todos, absolutamente todos, hemos dicho estupideces supina por culpa de un chute de endorfinas mal gestionado.
Pero, madre del amor hermoso.
Sus estupideces eran de un campeonato mundial de la cursilería.
Eran para enmarcar y colgar en un museo de los horrores verbales.
Eran para llamar a la policía del buen gusto y que lo detuvieran por atentado al romanticismo contemporáneo.
Yo me mordía los labios de abajo y de arriba para no reírme a carcajadas de madrugada y delatarme.
A veces hundía la cara entera en la almohada de plumas para ahogar los bufidos de indignación cómica.
Porque la creatividad empalagosa de este chico no tenía límites conocidos por la ciencia.
Y sus referencias culturales debían estar estancadas irremediablemente en las películas de sobremesa de Antena 3 de los d

Read More