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Así Era la Vida del Apóstol Pedro: De Pescador a Discípulo de Jesús

Así Era la Vida del Apóstol Pedro: De Pescador a Discípulo de Jesús

¿Cómo fue realmente [música] la vida del apóstol Pedro? Para comprender la vida de Pedro, [música] primero debemos viajar en el tiempo al lugar exacto donde se forjó su carácter de hierro. Pedro no nació entre [música] sábanas de lino en los lujosos palacios de Jerusalén, ni pertenecía a las prestigiosas familias sacerdotales de la élite religiosa.Su nombre original era Simón o Shimón en hebreo, un nombre muy común en aquella época que significa [música] el que oye el que escucha. El evangelio de Juan nos revela que Simón era originario de Betsaida, un pequeño y polvoriento pueblo, cuyo nombre significa literalmente Casa de [música] pesca, ubicado en las costas del mar de Galilea.

Era hijo de un hombre llamado Jonás y creció corriendo por esas orillas junto a su hermano Andrés. Además, sabemos [música] por las Escrituras que con el tiempo formó su propia familia. Los evangelios registran claramente que estaba casado, ya que uno de los primeros milagros de Jesús fue precisamente sanar a su suegra, quien agonizaba por una fiebre mortal en su propia casa.

Hermanos [música] amados, la niñez en la Galilea del siglo iero no tenía lugar para los débiles. Era una región dura, rodeada de naciones gentiles y asfixiada económicamente por los cobradores de impuestos del tetrarca Herodes Antipas y la maquinaria aplastante [música] del Imperio Romano. El famoso historiador judeoromano del siglo iero, Flavio Josefo, describe en sus crónicas a los galileos como hombres criados [música] para la guerra desde su infancia.

Eran valientes, trabajadores, incansables, acostumbrados al sufrimiento, pero también poseían un temperamento altamente explosivo, rebelde y difícil de domar. Los judíos de la región de Judea, es decir, los religiosos del sur que vivían cerca del majestuoso templo de Jerusalén, miraban a los galileos con un profundo y marcado desprecio.

Los consideraban campesinos rústicos, ciudadanos [música] de segunda clase, impuros por su constante contacto comercial con los extranjeros y se burlaban de ellos constantemente por su acento tan marcado, áspero y poco refinado. Simón creció cargando con ese estigma social todos los días de su vida. Hoy en día muchos enseñan el error histórico de que Pedro era un completo ignorante o un analfabeto absoluto.

Pero debemos corregir esto. En Israel, la educación bíblica era fundamental [música] para cualquier niño. Su formación académica fue la instrucción básica que recibía cualquier niño judío en la sinagoga local, [música] en lo que se conocía como la Betfer o Casa del Libro. Allí, desde los cinco o 6 años, Simón aprendió a leer y a memorizar los sagrados rollos de la Torá.

Él conocía perfectamente las promesas de [música] los antiguos profetas sobre un Mesías libertador que vendría a romper las cadenas de su pueblo. Sin embargo, cuando el libro de los Hechos en el capítulo 4 verso 13 describe a Pedro y a Juan frente al tribunal como hombres sin letras y del vulgo, el término griego original que se utiliza [música] es agramatos.

Esto bajo ninguna circunstancia significa que no supieran leer o escribir, [música] sino que carecían de formación teológica superior. Es decir, nunca tuvieron el privilegio de sentarse a estudiar a los pies de un gran y respetado rabino en Jerusalén. Para la soberbia élite religiosa de la época, Pedro era simplemente un laico, un don nadie, un hombre de la calle sin credenciales.

Y es que su verdadera escuela, su universidad fue el mar. Desde muy joven, Simón tuvo que abandonar el estudio de los rollos para subirse a las barcas de madera. Aprendió a la fuerza el duro y agotador oficio familiar. creció remendando redes ásperas que le cortaban la piel, soportando el sol abrasador del Medio Oriente en su espalda y resistiendo las madrugadas heladas sobre las aguas oscuras.

Su cuerpo se hizo fuerte y resistente. Sus manos se llenaron de gruesos callos y su carácter absorbió por completo la naturaleza salvaje de Galilea. Se volvió un hombre rudo, de palabras directas e impulsivo. Así era la vida real, sobrevivir al día a día, sudar para pagar los asfixiantes impuestos de Roma y luchar contra las olas para llevar un pedazo de pan a la mesa de su familia.

Con el tiempo buscando un mejor futuro, Simón se mudó a la próspera ciudad vecina de Capernaúm. Allí estableció su propio negocio de pesca junto a su hermano Andrés, formando una sociedad comercial con Santiago y Juan, los hijos de Cebedeo. Muchos leen estos pasajes y piensan que la vida de Simón era monótona, vacía y centrada únicamente en el afán por el dinero.

Pero muy pocos entienden lo que realmente estaba hirviendo en su corazón. Bajo esa apariencia de pescador endurecido y curtido por el sol, Simón y su hermano Andrés compartían un hambre espiritual que ardía en su interior. De hecho, Andrés se había convertido en un seguidor ferviente de Juan el Bautista, caminando hacia el desierto en busca de respuestas.

Ellos, más que nadie sabían que el mundo estaba roto. Sentían sobre sus cuellos el peso insoportable de la opresión romana [música] y veían a diario la fría hipocresía de los líderes religiosos que decían representar a Dios. En medio de su pobreza y su frustración, buscaban desesperadamente una esperanza real.

Y es exactamente aquí donde la historia de este siervo se parte en dos para siempre. Un día cualquiera, Andrés corre hacia su hermano Simón agitado, con el corazón en la garganta y una noticia que alteraría la historia de la humanidad por la eternidad. Le dice con los ojos llenos de asombro, “Hemos hallado al Mesías.” Sin perder un segundo, lo toma del brazo y lo lleva directamente ante la presencia de Jesús de Nazaret.

Ese primer encuentro entre el creador y el pescador fue absolutamente profético. Jesús no vio a un hombre sucio, agotado, que olía a pescado y hablaba con un acento rústico. El maestro vio su alma, vio su futuro y vio el inmenso potencial que nadie más podía notar. El Señor lo miró fijamente a los ojos y decretó sobre él, como leemos en el Evangelio de Juan, capítulo 1, verso 42.

Tú eres Simón, hijo de Jonás. Tú serás llamado Cefas. Cefas, que traducido al griego es Pedro, significa piedra o roca. Hermanos amados, presten mucha atención a la profundidad de este detalle. Simón era un hombre internamente inestable, exactamente como las aguas agitadas [música] del mar en el que trabajaba.

era sumamente impulsivo, guiado ciegamente por sus emociones, capaz de enfurecerse en un segundo y de llorar amargamente al siguiente. Pero Dios nunca te llama por lo que eres en tu peor momento, sino por lo que él ha decidido formar en tu interior. Jesús le cambió el nombre esa misma tarde porque iba a transformar radicalmente su identidad y su destino.

De un pescador inestable y temeroso, Dios iba a forjar con fuego y paciencia una firmeza espiritual inquebrantable, una vida sólida en la fe, un instrumento útil para el gran propósito de [música] edificar a su iglesia frente a las puertas del infierno. Pedro caminó muy de cerca con Jesús durante tres largos años, presenciando milagros que la mente humana no puede comprender, pero su carácter rudo e impulsivo no desapareció de inmediato por arte de magia.

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