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Una visita secreta cambió la forma en que una princesa veía su matrimonio, sus hijos y su fama, cuando un hombre humilde le dijo: “La vida es demasiado corta”

II.

—Han limpiado todo como si viniera la reina —bromeó Pepe, refiriéndose a los preparativos para la visita.

El equipo de protocolo había insistido en hacer algunas mejoras en el camino de acceso a la chacra, pero Mujica se había mostrado inflexible.

—Que me vea como soy, sin artificios. Si quiere ver cómo vive un presidente en un palacio, que se quede en Londres.

Lucía sonrió. Conocía bien a su compañero, su terquedad y sus principios inquebrantables.

—Solo déjame poner flores frescas en la mesa —le pidió—. Por cortesía, no por protocolo.

Pepe asintió mientras acariciaba a Manuela.

—¿Sabes qué me intriga, Lucía? ¿Qué puede encontrar una princesa en la casa de un viejo guerrillero tupamaro? Dicen que está pasando por momentos difíciles, que la familia real la trata como a una extraña.

—Quizá busca algo que no ha encontrado en los palacios —respondió Lucía—. A veces las personas más privilegiadas son las más solas.

La mañana de la visita amaneció despejada, pero fría. El rocío cubría el pasto y los cultivos de la chacra. Pepe se levantó como siempre a las 5, alimentó a las gallinas y revisó la huerta. Lucía preparó bizcochos caseros y calentó agua para el mate, la infusión tradicional uruguaya que Pepe le ofrecería a su ilustre visitante.

A las 9:30, un convoy de tres vehículos negros de alta gama avanzó lentamente por el camino de tierra que conducía a la chacra. Dentro del segundo auto, Diana observaba el paisaje rural, tan distinto a lo que estaba acostumbrada. Campos abiertos, algunas vacas pastando, casas modestas dispersas entre la vegetación.

—Es aquí —anunció el conductor cuando llegaron frente a la entrada de la propiedad de Mujica.

Diana miró por la ventana y vio una casa sencilla, casi humilde, con paredes de ladrillo visto y techo de chapa. Junto a la entrada, un hombre mayor vestido con ropa de trabajo y una mujer de aspecto sereno esperaban sin pompa ni ceremonia.

El jefe de seguridad abrió la puerta del auto y Diana bajó con gracia, vestida de manera sencilla pero elegante con pantalones beige, una blusa blanca y un blazer azul marino. Llevaba poco maquillaje y su cabello corto y rubio enmarcaba su rostro con ese estilo natural que había adoptado en los últimos años.

José Mujica dio un paso al frente con una sonrisa amplia y sincera. No hizo reverencia, sino que extendió su mano, endurecida por el trabajo de la tierra.

—Bienvenida a nuestra casa, señora Diana —dijo en español, con su característica voz ronca.

El intérprete tradujo rápidamente, pero para sorpresa de todos, Diana respondió en un español cuidadosamente ensayado.

—Muchas gracias por recibirme, presidente Mujica. Es un honor conocerlo.

Lucía se acercó y también saludó a la princesa con calidez.

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