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Una madre viuda escuchó a su hija preguntar algo que ningún adulto se atrevía a decir: “Si todos sufrimos, ¿por qué algunos disfrutan hacer daño?”

II.

—A veces los adultos no tenemos respuestas para todo, mi amor —dijo Elena, acariciando el cabello oscuro de su hija—. Pero si esa es la pregunta que quieres hacer, escríbela. Tal vez el expresidente Mujica tenga una respuesta que nos sirva a todos.

Lucía sonrió y continuó escribiendo su carta con letra cuidadosa.

Estimado señor expresidente:

Me llamo Lucía Martínez y tengo 10 años. Quiero preguntarle: ¿por qué la gente es mala? Mi abuela decía que no había gente mala, solo gente triste, pero yo he visto personas que hacen daño a propósito. ¿Usted qué piensa?

Gracias por venir a nuestra escuela.

Esa noche, mientras su madre dormía, Lucía revisó una y otra vez su carta a la luz de una pequeña lámpara. En su mente se agolpaban recuerdos de su padre, de su vida en Rivera, de las dificultades en su nueva escuela. Pero también recordaba las palabras de su abuela materna, una mujer sabia que había vivido la dictadura y siempre insistía en buscar la bondad en las personas.

Afuera, la lluvia había cesado, dejando paso a un cielo limpio donde las estrellas brillaban sobre Montevideo. Lucía guardó su carta en la carpeta escolar y se quedó dormida pensando en cómo sería conocer al famoso Pepe Mujica, ese expresidente que, según había escuchado, vivía de forma humilde y hablaba con palabras sencillas que todos podían entender.

La mañana del encuentro amaneció con un sol tímido que intentaba abrirse paso entre las nubes. La escuela N.º 32 bullía de actividad. Banderas uruguayas decoraban el patio central y el personal de la escuela corría de un lado a otro ultimando detalles para recibir al ilustre visitante.

Lucía llegó temprano acompañada por su madre, que había conseguido permiso para entrar más tarde a trabajar. Elena ayudó a su hija a acomodarse el uniforme y le dio un beso en la frente.

—Recuerda, Lucía, no importa si no puedes hacer tu pregunta. Solo disfruta la experiencia.

La niña asintió, pero apretó su carpeta contra el pecho. Dentro llevaba la carta con su pregunta, revisada una docena de veces la noche anterior.

A las 9 en punto, un viejo Volkswagen escarabajo azul se detuvo frente a la escuela. No había séquito presidencial, ni guardaespaldas, ni grandes protocolos. Del auto descendió un hombre mayor, de aspecto sencillo, vestido con una camisa a cuadros y un pantalón gris. José “Pepe” Mujica, el expresidente conocido mundialmente por su austeridad y honestidad, había llegado como un ciudadano más.

La directora y algunos maestros salieron a recibirlo entre aplausos. Los niños formados en el patio observaban con curiosidad a este hombre que no parecía en absoluto un expresidente, al menos no según lo que la televisión les había enseñado.

—Buenos días, gurises —saludó Mujica con su característica voz ronca y su acento campechano—. ¿Cómo andan? ¿Están prontos para conversar un rato con este viejo?

Los niños rieron y respondieron al unísono:

—Buenos días, señor presidente.

—Expresidente —corrigió él con una sonrisa bondadosa—. Ahora soy solo Pepe, un paisano más.

La directora guió a Mujica hacia el salón de actos, donde los alumnos de cuarto año ya estaban ubicados. Lucía se sentó en la tercera fila, sintiendo cómo su corazón latía con fuerza.

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