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Un viejo exguerrillero entró al palacio sagrado sin traje nuevo, y cuando el hombre más poderoso de la fe le preguntó por la paz, soltó una verdad que nadie quiso escuchar: “Nos vendieron una mentira”.

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II.

Mujica tomó un sorbo de té y miró directamente a los ojos del Papa. No había ensayado un discurso ni preparado frases elegantes. Como siempre, hablaría desde el corazón.

—Santidad, pasé casi 15 años de mi vida en una celda tan pequeña que apenas podía extender los brazos. Estuve en condiciones que ningún ser humano debería experimentar. Y allí, en la soledad más absoluta, comprendí que la paz no es algo que se encuentra afuera, sino adentro.

El Papa escuchaba con atención, asintiendo ocasionalmente.

—Cuando salí de prisión, decidí que no viviría con odio, que no perdería mi tiempo en acumular cosas que no puedo llevarme cuando me muera. La vida es demasiado breve y maravillosa para desperdiciarla persiguiendo espejismos.

—Háblame más de esa decisión, José —pidió Francisco, visiblemente conmovido.

—Mire, Santidad, podría haber salido de la cárcel lleno de resentimiento. Tenía todo el derecho a estar amargado, pero comprendí que eso solo me envenenaría. La paz llegó cuando entendí que la libertad más importante no es la física, sino la de decidir cómo vivir. Y yo decidí vivir con lo justo, tener tiempo para las cosas que realmente importan: amar, pensar, disfrutar de la naturaleza, de un buen mate al amanecer.

El Papa Francisco sonrió al escuchar la mención del mate, esa bebida tradicional que compartían argentinos y uruguayos.

—Muchos creen que vivo como vivo por ideología, pero no es así. Vivo así porque me hace feliz. No necesito más. Cuando uno tiene pocas cosas, tiene menos preocupaciones. Y cuando tienes menos preocupaciones, puedes dedicarte a lo esencial.

—¿Y qué es eso, José? —preguntó el pontífice.

—Amar, Santidad. Amar a los demás, amar lo que haces, amar la vida con todas sus imperfecciones. Cuando amamos verdaderamente, no hay espacio para la codicia, para la envidia ni para el odio. Y sin esos venenos, la paz florece naturalmente.

El Papa se levantó y caminó hacia la ventana. Desde allí se podía ver la plaza de San Pedro, llena de turistas y peregrinos.

—¿Sabes, José? La Iglesia posee grandes tesoros, arte, propiedades. A veces me pregunto si esto es compatible con el mensaje de Jesús, que nació en un pesebre y murió en una cruz.

Mujica se unió a él junto a la ventana.

—Francisco, cada uno hace lo que puede dentro de las circunstancias que le toca vivir. Usted está intentando cambiar una institución milenaria desde adentro, y eso requiere tiempo. Lo importante no es dónde estamos, sino hacia dónde vamos. No se trata de renunciar a todo de la noche a la mañana, sino de preguntarnos constantemente: ¿esto me acerca o me aleja de la humanidad que quiero ser?

El diálogo continuó mientras el sol alcanzaba su cenit sobre Roma. Dos hombres de orígenes distintos, con visiones diferentes del mundo, pero unidos por una preocupación común: la búsqueda de una vida más plena y justa para todos.

—Me dijeron que eres ateo, José —comentó el Papa en un momento de la conversación.

—Sí. No creo en Dios como lo describe la religión, pero creo profundamente en el ser humano, en su capacidad de amar y de construir un mundo mejor. Si a eso se le puede llamar fe, entonces sí tengo fe.

El Papa sonrió.

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