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Un presidente se levantó frente a los diplomáticos y soltó una pregunta que nadie quería escuchar: “¿dónde estaban cuando mi pueblo moría?”; la sala quedó helada antes de que viniera lo peor.

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II.

Pero en la tercera fila, con los brazos cruzados y una mirada que dejaba claro que no había llegado para complacer a nadie, estaba Bukele, el presidente de El Salvador. El líder que había enfrentado a las pandillas más peligrosas del continente, que había llenado las cárceles con miles de criminales y reducido la tasa de homicidios a mínimos históricos. Y también el presidente más criticado por los organismos internacionales.

Bachelet subió al podio y su discurso comenzó como se esperaba. Habló de multilateralismo, de estándares internacionales, de la importancia de la rendición de cuentas, y luego, sin nombrarlo, pero aludiendo a él sin necesidad de hacerlo, dijo:

—En la región hemos visto medidas que, bajo el pretexto de la seguridad, vulneran garantías fundamentales. La ONU no puede permanecer en silencio.

Un murmullo recorrió la sala. Algunos asintieron, otros dirigieron la mirada hacia Bukele esperando algún gesto, pero él permaneció inmóvil, con la calma de un depredador esperando el segundo exacto para atacar.

Bachelet continuó:

—Los derechos humanos no son negociables. Por grave que sea la crisis, existen estándares que deben cumplirse. La ONU está ahí para recordarnos que ningún fin justifica cualquier medio.

Fue entonces cuando Bukele levantó la mano. No esperó su turno, no pidió permiso, simplemente se puso de pie y avanzó. El moderador intentó detenerlo, pero Bukele ya tenía el micrófono en las manos.

—Presidenta Bachelet —dijo con una voz tranquila, pero afilada como un bisturí—. Permítame hacerle una pregunta.

Bachelet lo observó con sorpresa y molestia. No estaba acostumbrada a las interrupciones, mucho menos de un jefe de Estado decidido a confrontarla. Bukele continuó:

—Usted habla de derechos humanos, estándares y protocolos, pero dígame, ¿dónde estaba la ONU cuando 20 salvadoreños eran asesinados cada día? ¿Dónde estaban sus protocolos cuando las pandillas controlaban el 90% de mi país? ¿Dónde estaban sus estándares cuando las madres salvadoreñas no podían dejar salir a sus hijos sin miedo a que los reclutaran o los mataran?

La sala se congeló. Ni un murmullo, ni una respiración. Bachelet intentó responder, pero Bukele no había terminado.

—Durante años mi pueblo sangró. Durante años su organización permaneció en silencio. Nadie vino a salvarnos. Nadie ofreció soluciones. Nadie tendió una mano. Todo lo que llegó fueron críticas, advertencias y exigencias de que El Salvador siguiera protocolos que habían fracasado una y otra vez, mientras la sangre seguía corriendo por las calles.

Y entonces Bukele dijo algo que cambiaría para siempre la forma en que el mundo miraría a la ONU.

—Presidenta Bachelet, usted y su organización tienen un problema. Defienden más a los criminales que a las víctimas. Les importa más el proceso que el resultado. Hablan de derechos humanos. Pero ¿qué hay del derecho de un niño a caminar a la escuela sin ser extorsionado? ¿Qué hay del derecho de una madre a vivir sin miedo? ¿O esos derechos no cuentan porque no aparecen en sus manuales?

La sala explotó como si alguien hubiera encendido una mecha invisible. Algunos aplaudieron, otros murmuraron indignados, mientras Bachelet, visiblemente sacudida por las palabras, intentaba recuperar la compostura y responder.

—Presidente Bukele —dijo con una voz firme, aunque ligeramente quebrada—. Nadie niega la situación en El Salvador, pero las soluciones no pueden llegar a costa de vulnerar derechos fundamentales.

Bukele la miró fijamente, sin parpadear, y repitió sus palabras con un tono que atravesó la sala.

—Vulnerar derechos fundamentales. Señora presidenta, cuando llegué al poder, El Salvador era el país más peligroso del mundo que no estaba en guerra. Hoy es uno de los más seguros de América Latina. ¿Sabe cuántas madres ya no lloran por sus hijos? ¿Sabe cuántos jóvenes ahora piensan en el futuro y no solo en sobrevivir otro día? Pero, claro, a la ONU le preocupa más que hayamos arrestado pandilleros que el hecho de que hayamos salvado miles de vidas.

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