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Tras rezar a Carlo Acutis, un piloto salió 7 minutos antes — 150 vidas fueron salvadas

Hay momentos en la vida que dividen tu existencia en un antes y un después. Momentos que no puedes explicar con la lógica ni con la ciencia. Momentos que te obligan a arrodillarte y reconocer que existe algo más grande que nosotros, algo que nos cuida, que nos guía, que interviene cuando menos lo esperamos.

Mi nombre es Rodrigo Mendoza Castillo. Tengo 47 años y soy piloto comercial. He volado durante más de dos décadas por los cielos de México y del mundo. He enfrentado tormentas, turbulencias severas, emergencias mecánicas y situaciones que pondrían a prueba los nervios de cualquier persona. He aterrizado con vientos cruzados que superaban los límites operacionales.

He navegado por entre cumulonimbos que parecían montañas de algodón negro. He sentido ese vacío en el estómago cuando una turbulencia inesperada hace que el avión caiga cientos de pies en segundos. He vivido todo lo que un piloto puede vivir en una carrera larga y variada, pero nada, absolutamente nada, me preparó para lo que viví aquel martes de noviembre de 2024.

Nada me preparó para el momento en que comprendí que 150 personas seguían respirando gracias a una oración. Gracias a un joven beato italiano que murió a los 15 años y que desde el cielo decidió intervenir en mi vida de una manera que todavía me estremece cuando la recuerdo. Crecí en Guadalajara, Jalisco, en una familia católica como tantas otras en México.

Mi madre, doña Esperanza, nos llevaba a misa cada domingo sin falta a la parroquia de Nuestra Señora de la Luz, en el barrio donde vivíamos. Recuerdo el olor del incienso, las voces del coro cantando himnos que todavía puedo repetir de memoria, la sensación de paz que me invadía cuando miraba hacia el altar mayor con su Cristo crucificado de madera oscura.

Rezábamos el rosario en mayo y octubre. Teníamos la imagen de la Virgen de Guadalupe presidiendo la sala de nuestra casa y celebrábamos todas las fiestas religiosas con la devoción característica de nuestra tierra. La Semana Santa era sagrada. Las posadas de diciembre eran un acontecimiento familiar que reunía a tres generaciones.

Y el día de muertos honrábamos a nuestros difuntos con altares llenos de flores de sempasuchil, pan de muerto y las fotografías de los abuelos que ya no estaban con nosotros. Mi padre, don Aurelio Mendoza, era ingeniero mecánico, un hombre práctico, de pocas palabras, pero de fe profunda. Trabajaba en una fábrica de autopartes diseñando sistemas de transmisión que luego se exportaban a todo el mundo.

Él me enseñó que ser católico no significaba solo ir a la iglesia, sino vivir con integridad, con honestidad, con respeto hacia los demás. Me decía que Dios no quería hijos que solo lo visitaran los domingos, sino hijos que lo llevaran en el corazón cada día, en cada decisión, en cada palabra y en cada acción.

Esas enseñanzas se grabaron en mi alma de una manera que solo el tiempo me permitió apreciar plenamente. Desde niño me fascinaron los aviones. Recuerdo que mi padre me llevaba al aeropuerto de Guadalajara solo para ver despegar y aterrizar esas máquinas enormes que desafiaban la gravedad. Nos sentábamos en el estacionamiento del mirador con unos tacos de birria que comprábamos en el camino y pasábamos horas viendo los Boeing y los herbus elevarse hacia el cielo azul de Jalisco.

Yo miraba hacia arriba con los ojos llenos de asombro, preguntándome cómo era posible que algo tan pesado, tan masivo, tan lleno de personas y equipaje pudiera volar como los pájaros. Mi padre, con la paciencia que solo tienen los buenos maestros, me explicaba los principios básicos de la aerodinámica. Me hablaba de la sustentación, del empuje, de la resistencia y del peso.

Me dibujaba en servilletas los perfiles alares, las fuerzas que actuaban sobre ellos, la magia convertida en física que permitía el vuelo humano. Pero para mí siempre hubo algo mágico en el vuelo, algo que iba más allá de la física y la ingeniería, algo que me hacía sentir que tocar el cielo era tocar lo divino. A los 17 años, después de terminar la preparatoria con las mejores calificaciones que mis padres pudieran esperar, les anuncié que quería ser piloto.

Mi madre lloró porque las madres mexicanas lloran cuando sus hijos eligen profesiones que los alejarán de casa. Mi padre me miró con esa expresión seria que ponía cuando evaluaba algo importante y después de un largo silencio me dijo que me apoyaría, pero que nunca olvidara que mi vida no me pertenecía solo a mí, que tenía una responsabilidad con las personas que confiarían en mí cuando estuviera en los controles de un avión.

Esas palabras se convirtieron en mi código de ética profesional, en el fundamento de cada decisión que he tomado en la cabina durante más de 25 años. Estudié en la escuela de aviación México en la ciudad de México, lejos de mi familia por primera vez. Fueron años intensos de teoría aeronáutica, de horas interminables en simuladores, de exámenes que parecían diseñados para hacernos fracasar, de noches en vela estudiando meteorología, navegación, sistemas de aeronaves, regulaciones aéreas.

Me gradué con honores después de 4 años de esfuerzo constante y comencé mi carrera como copiloto en una aerolínea regional que operaba turboélices entre ciudades pequeñas del país. Fueron años de aprendizaje intenso, de vuelos cortos a pistas complicadas, de aterrizajes en aeropuertos sin torre de control, de rutas nacionales que me permitieron conocer cada rincón de nuestro hermoso país.

Volé sobre las montañas de Chihuahua, sobre las selvas de Chiapas, sobre los desiertos de Sonora, sobre las costas del Caribe y del Pacífico. Cada vuelo era una lección, cada aterrizaje un examen, cada despegue una oración silenciosa pidiendo protección. Poco a poco fui ascendiendo, acumulando horas de vuelo, obteniendo certificaciones adicionales, demostrando mi competencia y mi profesionalismo.

Pasé de los turboélices a los jets regionales y de ahí a los Boeing de fuselaje angosto, que son la columna vertebral de la aviación comercial. Cuando finalmente me convertí en capitán, después de 12 años de carrera, sentí que había alcanzado la cima de mi profesión. El día que me entregaron mis cuatro barras doradas fue uno de los más orgullosos de mi vida.

Mi madre viajó desde Guadalajara para la ceremonia llorando de emoción como solo ella sabía hacerlo. Mi padre ya mayor y con el cabello completamente blanco, me abrazó con esa fuerza contenida que tienen los hombres de su generación, esa fuerza que dice más que 1000 palabras. Y mi esposa Elena me miró con esos ojos que todavía hoy, después de tantos años juntos, me hacen sentir el hombre más afortunado del mundo.

Elena y yo nos conocimos en la universidad, aunque ella no estudiaba aviación. Ella cursaba administración de empresas en una universidad cercana a mi escuela de aviación y nuestros caminos se cruzaron en una cafetería que frecuentábamos ambos. Era un lugar pequeño, siempre lleno de estudiantes, con mesas de formica y sillas de plástico que habían visto mejores tiempos.

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