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Timbiriche todos sus amores, excesos y amantes

Invirbiriche todos sus amores, excesos y amantes. El nacimiento del monstruo. ¿Qué onda, banda? Aquí no venimos a contar cuentos bonitos. Aquí venimos a destapar la olla. Porque si tú creías que Timbiriche fue solo un grupito de niños cantando rolas pegajosas, estás pero bien equivocado. Esto fue un negocio armado con cabeza fría y colmillo largo.

La televisión había descubierto que el público infantil era un mercado muy atractivo para muchos clientes. Así la fama de Parchí se ve amenazada, en particular en México, donde se empieza a gestar el nacimiento de Timbiriche. Era el inicio de la década de los 80 cuando el productor Luis de Llano dijo, “A ver, señores, si los españoles ya nos están comiendo el mandado con parchí, aquí no nos vamos a quedar cruzados de brazos.

” Y así fue como armó su propia versión mexicana, pero con más sazón, más barrio y más estrategia. El concepto era sencillo pero efectivo. Agarrar a un grupo de niños carismáticos, entrenarlos como si fueran atletas del espectáculo, meterles canto, actuación y baile y soltarlos al ruedo con una imagen bien calculada para que conectaran con el público y no cualquier público, con toda una generación que ya estaba lista para idolatrar algo propio.

Y así nacieron los seis originales: Benny Ibarra, Sasha Socol, Paulina Rubio, Diego Shonning, Alex Bauer y Mariana Garza. Chamacos que pasaron de la escuela al escenario como si los hubieran aventado a una montaña rusa sin cinturón. La jugada les salió redonda porque mientras Parchí cantaba con playback y coreografías bien ensayaditas, Timbiriche se aventaba el paquete cantando en vivo, conectando con la banda y haciendo sentir que eran de casa no importados.

Y eso fue justo lo que los puso en otro nivel. El público los abrazó con todo. Los chavitos querían ser como ellos y los papás los llevaban a verlos como si fuera misa de domingo. Y en cuestión de nada ya estaban llenando lugares, sonando en todos lados y convirtiéndose en un fenómeno que no fue una llamarada, fue un incendio que duró años.

Pero ojo, porque aquí no todo se quedó igualito. Al elenco ya bien armado le metieron sazón con la llegada de un chavito galán de pelo rubio largo, de esos que no pasaban desapercibidos ni aunque quisieran. Para darle ese toque más coqueto al grupo. Y sí, era Eric Rubí, el clásico novio que las mismas compañeras volteaban a ver y que las fans ya traían en la mente antes de que terminara la canción.

Luego vino el primer cambio fuerte. Salió Benny Ibarra y entró Eduardo Capetillo dándole otra cara al grupo. Y poco después, cuando Sasha Socol decidió abrirse por su lado, entró Talia, que no llegó a calentar la banca, llegó a brillar y a marcar su propia historia. También vino otro movimiento importante, se sumó Vivi Gaitán, una cara fresca, guapa y con presencia.

llegó a reforzar la etapa juvenil del grupo, a darle equilibrio al elenco y a encajar perfecto en ese momento donde Timbiriche ya no era de niños, era de chavitos que empezaban a cambiar de imagen y ella supo colocarse sin hacer ruido, pero dejando huella. Con esos movimientos, Timbiriche se mantuvo en la cima durante varios años, creciendo con su público, pasando de niños a adolescentes, hablando de amor, desamor pega a esa edad.

Y ahí fue donde se volvieron imparables, dominando buena parte de los 80 y todavía arrastrando fama en los 90. Pero como todo en este negocio, lo que sube también se desgasta y entre tantos cambios de integrantes, el grupo empezó a perder esa identidad que lo había hecho único. Ya no eran los mismos rostros, ya no era la misma química y aunque intentaron seguir, las nuevas generaciones no lograron el mismo impacto y poco a poco ese monstruo que dominaba todo se fue quedando sin gasolina.

¿Tú crees que Timbirichi hubiera sido igual de grande si nunca hubieran cambiado a sus integrantes? ¿O esos cambios fueron lo que los mantuvo vivos? La dorada que no se rajó en el desmadre. Paulina Rubio no fue una más del montón. Esa morra desde chavita ya traía la mira bien puesta en ser la mera mera de esas que no pedían permiso ni para brillar ni para incomodar.

Mientras varios apenas estaban entendiendo qué onda con la fama, ella ya se movía como pez en el agua. buscando cámara, foco y aplausos. Y claro, eso dentro del grupo empezó a generar miradas, comentarios y uno que otro rose, porque no todos aguantaban ese nivel de seguridad. Adentro de Trindich. La competencia era increíble por por predominar, por cantar, por brillar mucho.

Y ahora cuando te das cuenta que era una plataforma que te estaba preparando para la jungla, porque la Dentro de Timbiriche también tuvo su cuento con Eric Rubín y no fue de esos romances escondiditos, era de los que se notaban. Pura química, pura cercanía, puro rollo de juventud que se salía del libreto.

Pero el verdadero agarrón vino después, porque cuando el compa salió del grupo se le atravesó nada más y nada menos que Alejandra Guzmán, la roquera, y ahí sí se armó la gorda. La roquera llegó como leona marcando territorio y Paulina no era ninguna dejada. Se tiraron indirectas, se dedicaron canciones. Que para qué te cuento. Paulina le dedicó mío.

Y Alejandra le contestó con hey Gera, Gerera. Puro mensaje directo con nombre y apellido. Y no creas que todo quedó en rolas. También se aventaron un pleito de padre y señor nuestro, de esos que hacen que todo mundo voltee y diga, “Aquí ya se salió de control el asunto. Y si hablamos de pleitos sabrosos, lo de Paulina con Talía fue otro nivel.

Desde que coincidieron se sintió el choque. Dos personalidades fuertes queriendo el mismo lugar, el mismo foco, el mismo cariño del público. Se peleaban protagonismo, cámaras y hasta el aire. Y aunque nunca lo gritaron a los cuatro vientos, la tensión se veía, se sentía y se comentaba. Con el tiempo esa rivaridad se volvió leyenda, de esas que siguen dando de qué hablar, aunque pasen los años.

plataforma que te estaba preparando para la jungla, porque la industria de la música, el mundo es una jungla donde ya fuera del grupo, la historia no se calmó, al contrario, se puso más intensa. se casó con Nicolás Vallejo Nágera, el español Colate y lo que pintaba como cuento de hadas de esos de final feliz y familia perfecta, terminó siendo puro drama, pleitazo mediático, divorcio pesado, jaloneos por su hijo y un show legal que se alargó más de la cuenta, dejando un pleito eterno entre la rubia y el colate.

Después llegó Gerardo Basúa, otro romance, otro hijo y otra historia que también acabó en bronca, indirectas y acusaciones que se ventilaban sin pena. Y pues claro, con esa vida las fiestas no faltaban y no era precisamente agua de jamaica ni jugo de piña lo que traía en la mano.

Ahí lo que corría era trago del bueno, de ese que te suelta la lengua y te mueve el piso. Sí, hubo momentos donde se le vio hasta las chanclas. De esas veces donde ya ni el micrófono te salva y el show se empieza a ir por otro lado, tanto en eventos como en presentaciones donde la banda ya no sabía si aplaudir o voltear para otro lado, porque aquello daba más pena que otra cosa.

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