Posted in

SE DESTAPA el OSCURO SECRETO que HUGO SÁNCHEZ OCULTÓ Sobre la MU3RT3 de su HIJO

12 años. 12 años lleva circulando una versión que no resiste ni 10 minutos de análisis serio. Una versión construida en menos de 6 horas por personas que sabían exactamente lo que estaban haciendo y que contaban con que tú no ibas a preguntar demasiado. El hijo del hombre más grande que ha dado el fútbol mexicano apareció muerto en su departamento de Polanco y en menos de lo que tarda un noticiero en abrir su segunda sección.

Ya había una explicación lista, empaquetada y entregada a la prensa con moño, calentador defectuoso, monóxido de carbono, tragedia doméstica. Dos hombres que se durmieron y no despertaron. Eso fue lo que te dijeron. Eso es lo que llevas más de una década creyendo. Y lo que vas a escuchar esta noche es todo lo que esa versión necesitaba que nunca supieras.

 Quédate porque antes de que termine este video vas a entender quién tenía razones reales para que ese muchacho de 30 años no llegara al lunes. ¿Por qué la guerra que destruyó esa familia empezó mucho antes de la madrugada del 8 de noviembre de 2014? ¿Y por qué el hombre que encontró el cuerpo de su propio hijo parado en ese pasillo no dijo se intoxicó? sino que dijo algo muy distinto, cinco palabras que la operadora del 911 recibió y que ningún noticiero repitió.

 Pero para entender todo eso, para que esa historia tenga el peso que tiene, necesitas entender primero de dónde venía Hugo Sánchez padre, qué clase de hombre lo formó, qué clase de opción heredó y de qué manera esa obsesión. 30 y pico años después le dio forma a la muerte de su propio hijo sin que él pudiera hacer nada para evitarlo.

 Hugo Sánchez Márquez nació el 11 de julio de 1958 en la ciudad de México, en una colonia de clase media donde los televisores todavía eran en blanco y negro y donde el peso valía 12 con 50 por dólar. El país lo gobernaba Adolfo López Mateos. Si tenías 25 años ese verano, hoy estás cerca de los 90. Esos datos no son relleno.

 Esos datos te dicen en qué tipo de México se formó este hombre. Un México donde un padre podía criar a su hijo con disciplina militar y nadie cuestionaba nada. donde la palabra del padre no se discutía, donde la frustración del adulto se heredaba al niño sin pedirle permiso. Y el padre de Hugo se llamaba Héctor. Héctor Sánchez había jugado en el Atlante durante los años 40.

 Primera división mexicana, sin pena ni gloria, sin ningún título que recordar, sin ningún momento que alguien mencionara en una conversación 40 años después. se retiró joven por lesiones y cargó el resto de su vida con el sabor amargo del que tocó la cancha grande sin llegar a brillar en ella. Esa frustración no la enterró, la convirtió en un proyecto y el proyecto era su hijo.

 Desde los 3 años, Héctor le puso un balón en los pies a Hugo. Todas las mañanas antes de la escuela, todas las tardes al regresar, los sábados, los domingos, sin un solo día sin pelota, sin un solo día sin corrección, le enseñó a patear, le enseñó a controlar, le enseñó a cabecear, le enseñó a rematar, pero hay algo que le enseñó. por encima de todo y que no aparece en ningún manual de entrenamiento porque no es una habilidad técnica, sino un estado mental que una vez que te lo meten adentro ya no te lo puedes quitar.

 Le enseñó hambre, una hambre enferma, la incapacidad de aceptar el error propio, la convicción de que el fútbol no era un juego, sino una guerra permanente donde o ganabas o simplemente no servías. Héctor nunca le dijo bien hecho, siempre le dijo de nuevo, ese tiro fue malo, ese control fue lento.

 Otra vez hasta que salga como debe salir. Y Hugo creció exactamente así, perfeccionista hasta el dolor, obsesivo hasta el agotamiento, incapaz de ver a otro ser humano como un compañero, porque en el mundo que Héctor le había construido solo existían rivales y objetivos. Esto que acabo de decirte, guárdalo porque es el nudo de todo lo que viene, el origen de una cadena que va a terminar 30 años después en un pasillo oscuro de un séptimo piso de Polanco, Hugo no aprendió a ser padre porque nunca le enseñaron cómo serlo.

Aprendió a ser ganador y esas dos cosas que en un mundo sano podrían convivir en el suyo terminaron siendo mutuamente excluyentes. que vino después no fue solo una carrera brillante, fue la demostración de que alguien puede ser simultáneamente el mejor en su oficio y el peor en todo lo demás. Hugo debutó con los Pumas de la UNAM en 1976 con 18 años.

 Para entonces ya era una anomalía física. Saltaba más alto que defensores que le sacaban 10 cm. cabeceaba como si el balón tuviera instrucciones específicas de encontrarle la cabeza y tenía algo que la mayoría de los delanteros, incluso los muy buenos, simplemente no tienen y que no se puede entrenar porque no existe en forma de ejercicio.

 Tenía olfato goleador esa capacidad de saber dónde va a caer el balón antes de que el balón haya decidido hacia dónde va. En 1977, los Pumas ganaron su primer campeonato de liga en la historia del club. Hugo no fue el goleador de la temporada, pero fue el jugador que los empujó y fue ahí donde nació la firma que lo haría eterno, la firma que cada chamaco mexicano imitaba en el patio de su casa después de ver los partidos los domingos por Televisa.

La voltereta, el salto mortal hacia delante después de cada gol. Y aquí hay un detalle que casi nadie menciona cuando cuenta esta historia. Esa maroma no la inventó Hugo, se la enseñó su hermana Nora, gimnasta olímpica que representó a México en los Juegos de Montreal en 1976. Nora le enseñó cómo ejecutarla sin partirse el cuello y Hugo la perfeccionó, la limpió, la convirtió en su sello personal hasta el punto de que se volvió un fenómeno cultural por sí sola, separado del fútbol.

 Algo que los niños querían imitar, aunque nunca hubieran pateado un balón en su vida. Tu hijo lo intentó en el patio, tu nieto lo intentó en el jardín, quizás tú mismo lo intentaste una vez y saliste más o menos bien parado. Así de grande era la presencia cultural de este hombre en aquellos años.

 Un símbolo nacional antes de los 25 años, en 1980 y uno ganó otra liga con los Pumas y luego se fue. Atlético de Madrid, España, primera división europea con 23 años. una maleta, una sonrisa de oreja a oreja y una hambre que le devoraba el estómago. Se llevó dos cosas más, dos cosas que casi nadie incluye cuando narra este capítulo de su vida.

 Se llevó una novia y se llevó el peso de ser el representante de toda una nación en un continente que no tenía por costumbre tomar en serio a los futbolistas latinoamericanos. La novia se llamaba Ema Portugal. Era joven, hermosa, callada de esas personas que hablan poco pero procesan todo. Lo había conocido en México y se había enamorado del muchacho de la mixcoac antes de que fuera nadie, cuando era solo un chico que entrenaba más que todos y que tenía algo en los ojos que no era exactamente ambición, sino algo más parecido a urgencia. Cuando Hugo le

dijo que se iba a España, Ema no necesitó pensarlo mucho. Hizo las maletas, dejó a su familia, dejó su país, dejó todo lo que conocía y se subió a un avión siguiendo a un hombre en el que creía. Si tú alguna vez te fuiste a otro país siguiendo a alguien que amabas, o si tu pareja lo hizo por ti, conoces esa mezcla de valentía e incertidumbre que se siente cuando el avión despega y entiendes que ya no hay marcha atrás.

Read More