Por ejemplo, el Papa Juan Pablo Segi, el Papa Polaco, fue descrito en la profecía como de labores solis, que significa del trabajo del sol o del eclipse de sol. ¿Y sabes qué? Juan Pablo Segund nació el día de un eclipse solar parcial y fue enterrado el día de otro eclipse solar parcial.
Otro ejemplo, el Papa Benedicto X fue descrito en la profecía como Gloria Olivae, la gloria del Olivo. Y sabes qué, la orden benedictina a la que Benedicto 16 pertenece espiritualmente tiene una rama llamada los olivetanos y el escudo papal de Benedicto contiene precisamente un olivo. Casualidades dirán algunos. Yo no te digo si fue casualidad o no.
Yo solo te cuento los hechos. y dejo que tu corazón iluminado por el Espíritu Santo, discierna lo que el cielo te quiere decir a través de esta historia. Pero ahora, mi querido hermano, mi querida hermana, vamos al corazón del asunto. Después de los 111 lemas que describen a los papas anteriores, San Malaquías escribió algo muy distinto sobre el último papa.
Algo que se sale del patrón, algo que no es una simple frase de dos o tres palabras como las anteriores, es un párrafo entero, un párrafo lleno de fuego, de imágenes, de advertencias. Y dice así en sus propias palabras traducidas del latín, en la última persecución de la Santa Iglesia Romana se sentará Pedro el romano, quien apacentará a su rebaño en medio de muchas tribulaciones.
Y cuando estas hayan terminado, la ciudad de las siete colinas será destruida y el juez terrible juzgará a su pueblo. Fin. ¿Sientes el peso de esas palabras? En la última persecución, muchas tribulaciones. La ciudad de las siete colinas, que es Roma, será destruida y el juez terrible, que es Cristo, juzgará a su pueblo.
Este es un texto apocalíptico. Es un texto que habla del fin de los tiempos. Es un texto que dice que durante el pontificado de este último papa vendrán pruebas terribles para la iglesia. Y la gran pregunta, mi querido hermano, mi querida hermana, la gran pregunta que está en la mente de todos los estudiosos hoy es esta.
¿Es León 14 Papa final? ¿Es él Pedro el romano? ¿Estamos viviendo el cumplimiento de esta antigua profecía? Para responder esa pregunta tenemos que mirar muy bien al hombre que hoy ocupa el trono de Pedro. Su nombre de nacimiento es Roberto Prevoz. Nació en Chicago, Estados Unidos, en el año 1955. Pero su corazón pertenece a otro continente porque a los 30 años se fue como misionero al Perú y vivió allí casi cuatro décadas.
Es agustino, es decir, pertenece a la orden de San Agustín, una de las órdenes más antiguas y profundas de la Iglesia. es teólogo, es canonista, es decir, experto en derecho ecclesiástico. Habla varios idiomas, conoce de cerca a la Iglesia Universal porque trabajó como prior general de su orden, visitando comunidades agustinas en cada rincón del planeta.
Y cuando los cardenales lo eligieron papa, el 8 de mayo del año 2025 hizo algo que sorprendió al mundo. Eligió el nombre de León, León 14. ¿Y por qué es importante ese nombre? Porque el león representa fortaleza, valor, autoridad. Porque el último papa llamado León fue León XI. Y León XI escribió hace más de 100 años una de las encíclicas sociales más importantes de la historia, la Rum Novarum, una encíclica que defendió a los trabajadores y a los pobres del mundo industrial.
Pero hay algo más, algo más profundo y este es el detalle que está sacudiendo a los estudiosos de la profecía. León XIV es el primer papa estadounidense de la historia, el primero en venir del continente americano del norte y al mismo tiempo es un papa latinoamericano de corazón porque vivió cuatro décadas en el Perú. Él representa una unión sin precedentes, una unión entre el norte y el sur, entre el primer mundo y los pueblos pobres, entre la cultura anglosajona y la cultura hispánica, entre el académico y el misionero. Y aquí viene la conexión
que muchos están señalando con la profecía de San Malaquías. Recuerda que la profecía dice que el último Papa se llamará Pedro el Romano, Pedro Romanus en latín. Hay estudiosos que dicen que esto no significa que el último Papa se llamará literalmente Pedro. Significa, según ellos, que será un Papa que tendrá una conexión profunda con la primera iglesia, con los apóstoles, con la tradición de Pedro y Pablo, los dos pilares fundadores.
Y aquí está lo asombroso. León XIV, en su primera homilía como Papa, dijo algo que resonó por todo el mundo. dijo, escuchando bien estas palabras, que su pontificado quería ser como una continuación del trabajo apostólico, que quería volver al estilo de los primeros apóstoles, que quería ser ante todo un humilde sucesor de Pedro y además eligió como su tema central la palabra unidad, la unidad de la iglesia, la unidad que Cristo pidió en su última oración antes de morir cuando dijo que todos sean uno.
Para muchos estudiosos, esa conexión con el ministerio de Pedro, con la unidad de la iglesia primitiva, con el deseo de volver a las a las raíces apostólicas es justamente lo que la profecía describe. Y aquí, mi querido hermano, mi querida hermana, déjame que te cuente algunos ejemplos asombrosos de cómo la profecía ha ido coincidiendo con los papas de la historia, porque esto, te lo aseguro, te va a dejar pensando.
El Papa Pío X, que gobernó la iglesia durante la Segunda Guerra Mundial, fue descrito por San Malaquías con dos palabras en latín, pastor Angélicus, el pastor angélico. ¿Y sabes qué? Pío XI fue conocido en su tiempo precisamente como el pastor angélico por su rostro espiritual, por sus manos delicadas como las de un ángel, por su forma de hablar pausada y celestial.
La gente que lo vio en persona decía que parecía un ángel en la tierra. Otro ejemplo asombroso, el Papa Juan 23, el Papa bueno, el que convocó al Concilio Vaticano Segundo, fue descrito por la profecía como pastor etnauta, pastor y navegante. Y aquí está lo asombroso. Juan 23, antes de ser Papa, había sido patriarca de Venecia, la ciudad de los canales, la ciudad donde se navega.
Y como Papa fue verdaderamente un navegante porque guió a la Iglesia hacia el agiornamento, hacia la actualización, hacia un nuevo viaje espiritual a través del concilio. Otro más, el Papa Pablo I, el que terminó el Concilio Vaticano Segundo, fue descrito como floss florum, la flor de las flores. Y sabes qué, el escudo papal de Pablo VI contenía precisamente tres flores de lis.
tres flores, la flor de las flores literalmente, y otro asombroso. Juan Pablo primero, ese papa que apenas duró 33 días en el cargo antes de morir misteriosamente, fue descrito por la profecía como de medietate lunae, de la mitad de la luna. Su nombre de pila era Albino Luciani. Luciani viene de Luce, que significa luz, y nació en un pueblo cuyo nombre tiene relación con la luna.
Pero lo más asombroso es que su pontificado duró exactamente desde una media luna hasta la siguiente media luna, apenas un mes, como si la profecía hubiera predicho hasta la brevedad de su reinado. Y el Papa Juan Pablo II, ese gigante espiritual del siglo XX, fue descrito por la profecía como de labores solis, del trabajo del sol, del eclipse de sol.
¿Y sabes qué? Carol Voitila, el nombre de nacimiento de Juan Pablo II, nació exactamente el 18 de mayo del año 1920 y ese día hubo un eclipse solar parcial sobre Europa del Este, donde él nació y más asombroso aún, Juan Pablo Segi fue sepultado el 8 de abril del año 2005 y ese día también hubo un eclipse solar, esta vez visible desde varios continentes.
Su pontificado, por tanto, comenzó con un eclipse de sol en su nacimiento y terminó con un eclipse de sol en su sepultura. Coincidencia, dirán algunos. Pero, ¿no es asombroso, mi querido hermano, mi querida hermana, que un monje del siglo XI describiera precisamente este detalle? Y luego viene el Papa Benedicto 16, Joseph Ratzinger, descrito por la profecía como Gloria Olivae, la gloria del Olivo. Y aquí está lo asombroso.
Benedicto 16 pertenecía espiritualmente a la tradición benedictina y los benedictinos tienen una rama llamada los olivetanos que viven precisamente en el monte de los Olivos. Además, el escudo papal de Benedicto XV contenía un olivo y su pontificado fue marcado por el deseo de paz. Y el olivo es el símbolo universal de la paz.
Mi querido hermano, mi querida hermana, ¿estás contando las coincidencias? Yo las cuento y son demasiadas para ser solo casualidad, demasiadas. Y eso es lo que tiene a tantos estudiosos del Vaticano, a tantos teólogos, a tantos historiadores, mirando con nuevos ojos la profecía. Y ahora, después de Benedicto 16, vino el Papa Francisco.
Y aquí la cosa se pone interesante. ¿Por qué la profecía no le asignó un lema específico a Francisco? La profecía pasa directamente del lema La gloria del olivo, que era Benedicto al lema final, que es Pedro el romano. Esto generó mucha confusión durante el pontificado de Francisco. Algunos pensaban que Francisco era Pedro el romano.
Otros decían que la profecía estaba equivocada. Otros pensaban que entre Benedicto y el último papa habría una serie de papas no contemplados por la profecía. Y ahora con la llegada del león 14, la pregunta resurge con fuerza. ¿Es él Pedro el romano? ¿Llegó por fin el último papa de la historia? Los que dicen que sí señalan varias cosas.
Primero, que León XIV nació en Estados Unidos, pero tiene profundas raíces espirituales en Roma, donde estudió y trabajó. Segundo, que su orden agustina tiene raíces directas en San Pedro y San Pablo, porque San Agustín siempre veneró profundamente a estos dos pilares de la Iglesia.
Tercero, que León XIV ha mostrado una conexión muy fuerte con la primera iglesia, con los apóstoles, con la tradición petrina. Cuarto, que su pontificado está marcado precisamente por las tribulaciones que la profecía describe, guerras, divisiones, escándalos, crisis. Pero los que dicen que no, también tienen sus argumentos. Dicen que león 14 no se llama Pedro.
Dicen que su pontificado todavía es muy joven para juzgar. Dicen que la profecía es probablemente falsa. Mi querido hermano, mi querida hermana, yo no te voy a decir quién tiene razón. Eso solo lo dirá la historia y solo lo confirmará el cumplimiento. Lo que sí te puedo decir es que vivimos tiempos donde hay que estar muy despiertos, tiempos donde las profecías antiguas están siendo discutidas en todos los rincones del mundo.
Tiempos donde el alma cristiana, más que en cualquier siglo anterior quizá, necesita anclarse en lo que es seguro, la palabra de Cristo, los sacramentos, la oración. Y aquí va una reflexión que necesitas guardar para siempre, mi querido hermano, mi querida hermana. Aunque la profecía no fuera verdadera, aunque San Malaquías nunca la haya escrito, aunque todas las coincidencias fueran simplemente coincidencias, lo que sí es cierto, lo que sí es seguro, lo que sí está en el evangelio mismo es que Cristo va a volver y nadie sabe cuándo. Y por eso
tenemos que estar listos día tras día, hora tras hora. Imagínate lo siguiente. Imagina que hoy es tu último día en la tierra. Imagina que esta noche mientras duermes, Dios te llama a su presencia. ¿Estás listo? ¿Estás lista? ¿Hay algo pendiente en tu alma? ¿Algún pecado sin confesar? ¿Alguna persona sin perdonar? ¿Alguna deuda sin saldar? ¿Algún rencor guardado? ¿Alguna promesa rota a Dios? Si la respuesta es sí, mi querido hermano, mi querida hermana, entonces no esperes más.
No dejes para mañana lo que tu alma necesita hoy, porque mañana, sin que sepamos, puede no llegar nunca. Y todas las profecías del mundo no van a salvarte. Solo te va a salvar tu confianza en Cristo, tu arrepentimiento sincero, tu fe viva. Si esta historia te está tocando profundamente el alma, si sientes que Dios te trajo a este video por una razón, te pido un favor antes de que sigamos.
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Y ahora, mi querido hermano, mi querida hermana, vamos a entrar al territorio más serio. Vamos a hablar de las tribulaciones que la profecía menciona. Vamos a ver si están sucediendo de verdad en nuestro tiempo y vamos a descubrir qué nos pide Dios a cada uno de nosotros en estos días.
La profecía de San Malaquías dice que el último Papa apacentará a su rebaño en medio de muchas tribulaciones. Y la pregunta es, ¿estamos en ese tiempo? Mi querido hermano, mi querida hermana, mira a tu alrededor, mira el mundo en que vivimos hoy. En los últimos años hemos visto cosas que nuestros abuelos jamás vieron. Pandemias que paralizaron al mundo entero, guerras en varios continentes que parecen no terminar.
Hambrunas que provocan que millones de personas tengan que dejar sus tierras y emigrar. División política tan profunda en muchos países que las familias se rompen por opiniones. Crisis económicas que dejan a generaciones enteras sin trabajo. Crisis de salud mental, especialmente entre los jóvenes, que ha multiplicado el suicidio. Y dentro de la iglesia misma, ¿cuántas tribulaciones? Sacerdotes que han caído en escándalos terribles, catedrales que se queman misteriosamente, iglesias que cierran sus puertas porque no tienen ya quién las llene. Países enteros donde
antes había mayoría católica y donde hoy del 20% practica su fe. Persecuciones reales en lugares como el Medio Oriente, donde cristianos son asesinados por ser cristianos. Y a todo esto agrega algo más sutil, pero igual de doloroso, una persecución silenciosa, la persecución del relativismo donde el mundo te dice que ninguna religión es verdadera, que cada uno tiene su verdad, que la fe es algo personal y privado.
La persecución del consumismo, donde la gente se llena de cosas materiales y se vacía espiritualmente. la persecución de la tecnología, donde las pantallas reemplazan a la oración, donde las redes sociales reemplazan a la comunión real. Y muchos creyentes, fieles como tú, lloramos en silencio viendo a nuestros propios hijos, nuestros propios nietos, nuestros propios hermanos alejarse de la fe.
Vemos las iglesias menos llenas que en nuestra juventud. Vemos a los jóvenes con el celular en la mano y sin tiempo para Dios. Vemos comerciales donde se burlan de los símbolos cristianos. Vemos películas y series donde el sacerdote es siempre el villano o el ridículo. Y nos preguntamos, ¿qué le pasó al mundo? ¿Por qué tanto desprecio por lo sagrado? ¿Por qué la fe que sostuvo a nuestros antepasados durante siglos está siendo arrancada de los corazones modernos? Mi querido hermano, mi querida hermana, esa es la tribulación, esa es la persecución
silenciosa que la profecía menciona. No tanto un dictador con espada que mata a los cristianos en la plaza pública, sino una cultura entera que asfixia poco a poco la fe en los hogares, que apaga la lámpara de la oración sin que nadie lo note, que vacía las iglesias y las catedrales lentamente, año tras año.
Y en ese contexto exacto, en ese mundo agitado, confuso, dividido, fragmentado, llega León 14. llega como un pastor que entiende perfectamente la herida. Llega con un mensaje urgente. Llega a apacentar a su rebaño en medio de las tribulaciones, justo como la profecía decía hace nueve siglos. Y aquí, mi querido hermano, mi querida hermana, viene una verdad que necesito que entiendas profundamente.
Aunque la profecía de San Malaquías no sea oficialmente reconocida por la Iglesia, las señales de los tiempos sí lo son. Jesús mismo en el evangelio de Mateo, capítulo 24, habló claramente de las señales que vendrían antes de su retorno. Habló de guerras y rumores de guerras. Habló de hambrunas y terremotos.
Habló de pueblos que se levantarían contra pueblos. Habló de tiempos donde la caridad se enfriaría en muchos corazones. Y dijo, escuchando bien estas palabras del Señor, “Cuando comiencen a suceder estas cosas, levanten la cabeza, porque se acerca su redención.” Mi querido hermano, mi querida hermana, levantar la cabeza no es de cobardes, no es de los que tienen miedo, es de los que tienen esperanza.
Cristo no nos pide que escondamos la cabeza como abestruces cuando vemos las tribulaciones. Nos pide lo contrario. Nos pide que levantemos la cabeza, que reconozcamos las señales, que entendamos que él se acerca, que él está a la puerta. Y por eso, mi querido hermano, mi querida hermana, no tengamos miedo. No es para temer, es para preparar el alma, para volvernos al Señor con todo el corazón, para confesarnos a fondo, para comulgar con devoción, para rezar el rosario diario con fervor, para reconciliarnos con quienes nos
lastimaron, para perdonar a los enemigos, para ofrecer nuestras tribulaciones como sacrificio agradable a Dios. Pero ahora viene la parte más fuerte de la profecía, la parte que muchos prefieren no mencionar. La profecía dice que después del último papa, la ciudad de las siete colinas será destruida.
Y la ciudad de las siete colinas, como sabes, es Roma. Roma se llama tradicionalmente la ciudad de las siete colinas, porque la antigua Roma fue construida sobre siete montes, el palatino, el aventino, el Capitolio, el Quirinal, el Biminal, el Esquilino y el Celio. ¿Significa esto que Roma va a desaparecer, que San Pedro va a ser demolido, que el Vaticano va a caer? Mi querido hermano, mi querida hermana, aquí hay que ser muy prudentes porque las profecías bíblicas y las profecías privadas suelen hablar en lenguaje simbólico, no siempre literal. En la
Biblia, cuando se habla de la destrucción de Babilonia, no siempre se refiere a la ciudad histórica de Babilonia, se refiere también, simbólicamente a todo sistema mundano que se opone a Dios. Cuando se habla de Jerusalén, a veces se refiere a la ciudad histórica y a veces a la iglesia espiritual.
Algunos teólogos serios interpretan la frase “La ciudad de las siete colinas será destruida no como una catástrofe física que va a borrar a Roma del mapa, sino como una crisis institucional profunda, una purificación de la Iglesia, una destrucción de todo lo que en ella es mundano, soberbio, corrupto, para que solo quede lo esencial.
El evangelio. Otros piensan que sí podría ser literal en algún sentido, que el Vaticano podría perder su poder político, su influencia mundial, sus tesoros y que la Iglesia tendría que volver a ser, como en los primeros siglos, una iglesia perseguida, escondida, pero llena de mártires y santos.
Y aquí, mi querido hermano, mi querida hermana, te voy a decir algo que va a sacudirte la conciencia. Quizá Dios está permitiendo todas estas tribulaciones precisamente para purificar a la iglesia. Quizá la Iglesia institucional con todos sus pecados, con todos sus escándalos, con todos sus apegos mundanos, necesitaba esta sacudida para volver a ser fiel.
Quizá Dios está pidiendo en estos tiempos una iglesia de mártires y no una iglesia de funcionarios, una iglesia de santos y no una iglesia de burócratas, una iglesia de pobres y no una iglesia de palacios. Y León 14 justamente ha hablado mucho de esto. Ha hablado de purificación, de austeridad, de recuperar el espíritu de los primeros cristianos.
Ha pedido auditorías profundas de las finanzas vaticanas, ha cerrado privilegios que duraban siglos, ha mandado señales claras de que ya no quiere una iglesia rica y pomposa, sino una iglesia humilde y misionera. Es coincidencia, mi querido hermano, mi querida hermana, que precisamente este Papa en este momento histórico esté llamando a la Iglesia a despojarse de todo lo mundano o es que la profecía, sin que él mismo lo sepa, se está cumpliendo a través de sus actos.
Quizá la destrucción de la ciudad de las siete colinas no es una bomba que cae, es una conversión profunda, una despojo, un volver al evangelio puro y la profecía termina con palabras escalofriantes. Dice que el juez terrible juzgará a su pueblo. Y aquí, mi querido hermano, mi querida hermana, es donde tu corazón tiene que prestar máxima atención. El juez terrible.
¿Quién es? Es Cristo. Sí. Cristo, el mismo Cristo que se hizo niño en Belén, el mismo Cristo que sanó a los enfermos. El mismo Cristo que perdonó a la mujer adúltera. El mismo Cristo que murió por nosotros en la cruz. Pero también es el Cristo que vendrá al final de los tiempos.
El Cristo que el credo proclama así: vendrá con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos. Cristo no es solo amor sentimental. Cristo es también justicia perfecta. Y la palabra terrible en el latín original no significa malvado, significa imponente, inmenso, tremendo en su santidad. Y aquí está lo más importante, mi querido hermano, mi querida hermana, aquí está lo que necesitas llevarte de toda esta profecía.
Si las tribulaciones que estamos viviendo son señales de los últimos tiempos o si simplemente son tiempos difíciles antes de un nuevo amanecer de la iglesia, no importa. Lo que importa es esto. Tú vas a ser juzgado. Yo voy a ser juzgado. Cada uno de nosotros va a comparecer un día ante Cristo y ese día puede ser hoy, mañana, la semana que viene o dentro de muchos años.
Por eso, lo verdaderamente importante de esta profecía no es saber si León 14 es el último papa o no. Eso es secundario. Lo verdaderamente importante es prepararnos, vivir cada día como si fuera el último, confesarnos seguido, comulgar con fervor, rezar el rosario, hacer obras de caridad, perdonar, amar. Y aquí, mi querido hermano, mi querida hermana, llegamos al corazón de todo este mensaje.
Porque las profecías, sean reales o no, tienen un propósito espiritual concreto. No están ahí para entretenernos, no están ahí para llenarnos de miedo, están ahí para sacudirnos, para despertarnos, para volvernos al Señor. Y Jesús nos lo dijo claramente en el Evangelio de Mateo, capítulo 24, versículos 42 al 44.
Dijo, “Escuchando bien estas palabras del Señor, vigilen porque no saben qué día vendrá su Señor. Estén preparados, porque a la hora menos pensada vendrá el Hijo del Hombre. Vigilen, estén preparados.” Esas dos frases son las que tenemos que llevarnos en el corazón. No vigilancia con miedo, vigilancia con amor.
La vigilancia del esposo que espera al esposo. La vigilancia del Hijo que sabe que el Padre va a volver. La vigilancia que llena el corazón de gozo, no de angustia. Y para vigilar bien, mi querido hermano, mi querida hermana, hay un arma que tenemos que retomar con todas las fuerzas. Un arma que la Virgen María nos dejó en las apariciones más grandes de la historia.
un arma que muchos santos llamaron el martillo de los demonios. Esa arma es el rosario. Y aquí escucha bien. En todas las grandes apariciones aprobadas por la iglesia, en Lourdes, en Fátima, en Borrén, en Bané, en la Salet, en Aquita, la Virgen María nos ha pedido lo mismo. Rezad el rosario diariamente.
Rezad el rosario en familia. Rezad el rosario por la conversión de los pecadores. Rezad el rosario por la paz del mundo. En Fátima, en 1917, la Virgen le dijo a tres niños pequeños con palabras textuales que llegaron hasta nosotros: “Rezad el rosario todos los días para obtener la paz para el mundo y el fin de la guerra.
” 100 años después, mi querido hermano, mi querida hermana, hemos rezado lo suficiente, hemos hecho caso a la madre del cielo o hemos preferido las pantallas, las series, los chats, las redes sociales y mientras tanto, el mundo se hunde en guerras nuevas, ennocento de divisiones, en odio.
Si la profecía de San Malaquías se está cumpliendo, si estamos en los últimos tiempos o si simplemente estamos en una época especialmente turbulenta, hay una cosa que sí sabemos. Sabemos que la Virgen María nos pidió rezar el rosario y sabemos que el rosario es escuchado, es eficaz, mueve montañas. Y aquí, mi querido hermano, mi querida hermana, viene la enseñanza más profunda de toda esta historia.
Cuando una persona escucha sobre profecías apocalípticas, le puede pasar una de dos cosas. La primera, lo más común, es asustarse, es entrar en una especie de pánico espiritual. Es vivir mirando al cielo esperando el rayo. Es dejar de hacer planes. Es dejar de plantar árboles. Es dejar de soñar con el futuro.
Y esa reacción, escucha bien, esa reacción no es cristiana, es paganismo disfrazado de piedad. Porque Jesús, cuando un día le preguntaron cuándo sería el fin, respondió con sabiduría perfecta. Dijo en el evangelio de Mateo, capítulo 24, versículo 36, “Del día y la hora nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, solo el Padre.
Ni los ángeles lo saben, mi querido hermano, mi querida hermana.” Ni Cristo mismo, según su naturaleza humana lo sabía, solo el Padre. ¿Cómo entonces podríamos nosotros, gente sencilla, pretender calcular el día? ¿Cómo podríamos quedarnos cruzados de brazos esperando el fin como si todo lo demás ya no importara? La segunda reacción posible, y esta sí es la cristiana, es algo muy distinto. Es despertarse.

Es decirse a uno mismo, “Si no sé cuándo viene Cristo, entonces tengo que estar listo todos los días.” Es vivir con un fervor renovado, es comulgar con más amor. Es perdonar a los enemigos que llevo 20 años sin perdonar. Es reconciliarme con esa persona con la que no me hablo. Es confesarme a fondo, sin esconder nada.
Es leer la Biblia con atención. Es enseñar la fe a mis hijos, mis nietos, mis aijados. Es ser luz en mi casa, en mi trabajo, en mi parroquia. Y eso, mi querido hermano, mi querida hermana, eso es vivir. Eso es vivir con la esperanza cristiana. Porque la esperanza cristiana no es ingenuidad, no es decir que todo va a estar bien automáticamente, es algo mucho más profundo.
Es la certeza basada en la promesa de Cristo de que pase lo que pase, el final está escrito. Y el final es la victoria de Dios. Es el cielo nuevo y la tierra nueva. Es la nueva Jerusalén descendiendo del cielo como una novia. Es Cristo limpiando toda lágrima de nuestros ojos. Y si tú perteneces a Cristo, mi querido hermano, mi querida hermana, si tu nombre está escrito en el libro de la vida, no importa qué tribulaciones vengan.
No importa si la profecía se cumple, no importa si vienen guerras o pandemias o terremotos o lo que sea, porque al final vas a verlo cara a cara, vas a abrazarlo, vas a escuchar las palabras más hermosas que un alma puede escuchar. Bien hecho, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor. Y eso, esa certeza, esa esperanza, esa promesa es más fuerte que 1000 profecías apocalípticas.
Es más sólida que cualquier predicción de fin del mundo. Es más segura que cualquier interpretación humana de textos antiguos, porque viene de la boca del mismo Dios encarnado. Y ahora, mi querido hermano, mi querida hermana, vamos a lo concreto, porque todo este mensaje se queda en nada si no lo conviertes en acción real en tu vida.
Entonces, déjame darte cinco gestos concretos que debes hacer esta semana para vivir bien en este tiempo histórico. El primer gesto, confiésate cuanto antes. Si llevas tiempo sin confesarte, no lo dejes para mañana. Ve esta semana, busca un sacerdote bueno. No te avergüences. Vacía el alma. Llora si tienes que llorar, pero sal limpio.
Limpia, porque mi querido hermano, mi querida hermana, no sabemos cuándo va a venir el Señor por nosotros. Y si vivimos en pecado mortal, esa profecía sí debería preocuparnos. Pero si vivimos en gracia de Dios, ya estamos preparados para lo que sea. El segundo gesto, vuelve a la Eucaristía. Si llevas meses o años sin comulgar bien, regresa.
Vuelve a la misa con un alma despierta. Cada consagrada es Cristo entero, vivo, real, presente. Y cada vez que comulgas dignamente, una luz inmensa entra a tu alma. Una luz que ningún ataque del mundo puede apagar. En estos tiempos donde tantas cosas son falsas, donde la información nos miente, donde las relaciones son superficiales, donde nada parece sólido, la Eucaristía es lo único, absolutamente verdadero, absolutamente sólido, absolutamente eterno. Aférrate a ella.
El tercer gesto, reza el rosario diariamente. No importa que lo reces todo de un jalón o repartido durante el día. Reza el rosario cada día sin excepción y mientras lo rezas, no lo reces solo. Reza por la Iglesia, reza por León 14. Reza por los sacerdotes que están sufriendo en zonas de guerra. Reza por las familias destruidas.
Reza por los hijos perdidos. Reza por los enemigos. Porque el rosario, mi querido hermano, mi querida hermana, el rosario es como una cadena de oraciones que sostiene al mundo. Y cuando muchas personas en el mundo entero rezan el rosario al mismo tiempo, el cielo escucha de una manera especial. El cuarto gesto, lee la Biblia, especialmente los evangelios y el Apocalipsis.
Aunque te parezcan difíciles, aunque no entiendas todo, léelos una página al día. 10 minutos al día, porque la palabra de Dios es lámpara para tus pies y luz en tu camino. Y en tiempos confusos, esa lámpara es lo único que te puede guiar con seguridad y especialmente el Apocalipsis. Ese libro misterioso que tantos cristianos evitan por miedo.
Es un libro de victoria, no de derrota. Léelo despacio, verás que termina con una visión gloriosa. La nueva Jerusalén, la boda del cordero, Cristo Rey reinando para siempre. Es un libro lleno de esperanza, no de terror. Y el quinto gesto, el más importante de todos, sé un testigo de la fe. No tienes que ser sacerdote para evangelizar.
No tienes que tener un título de teología donde tú estés en tu trabajo, en tu familia, con tus vecinos, con tus amigos. Sé luz. Cuenta lo que Dios ha hecho en tu vida. Comparte la fe sin miedo. Lleva un crucifijo visible. Bendice tus comidas en público sin avergonzarte. Cuando alguien esté pasando por una crisis, dile que rezas por esa persona.
Cuando alguien esté enfermo, ofrécele acompañarlo a la iglesia. o regalarle un libro de oración. Porque en estos tiempos, mi querido hermano, mi querida hermana, en estos tiempos donde tanta gente está perdida, tu testimonio puede ser la única semilla de fe que esa persona reciba en su vida. Y a veces una semilla pequeña plantada en un corazón hambriento de Dios da frutos enormes que tú nunca llegarás a ver desde esta tierra, pero que verás desde el cielo.
Y déjame agregar algo más, mi querido hermano, mi querida hermana. Esta semana haz una lista, una lista de las personas por las que más te preocupas. Los hijos que se alejaron, los hermanos que están enfermos, los amigos que perdieron la fe, los enemigos que te lastimaron. Escribe esa lista, ponla en tu mesa de noche y cada día antes de dormir reza por cada nombre, solo unos segundos por cada uno, pero hazlo todos los días sin excepción y verás, verás cómo Dios trabaja a través de esas oraciones tuyas, silenciosas, escondidas, fieles.
Verás cómo va respondiendo a su tiempo, a su manera, pero siempre responde. Porque mi querido hermano, mi querida hermana, lo que la profecía de San Malaquías nos quiere decir en el fondo no es una predicción para asustarnos. Es una llamada urgente a vivir despiertos, a vivir con fervor, a vivir con la lámpara encendida como las vírgenes prudentes del evangelio.
Y aquí, mi querido hermano, mi querida hermana, recuerda la parábola de las 10 vírgenes. Está en el evangelio de Mateo, capítulo 25. 10 vírgenes esperaban al esposo, cinco eran prudentes, llevaban aceite extra para sus lámparas. Cinco eran necias, no llevaban aceite extra. Y el esposo se tardó. Pasaron las horas, las vírgenes se durmieron y a la medianoche sonó un grito.
Que viene el esposo, salgan a recibirlo. Las prudentes encendieron sus lámparas con el aceite que tenían. Las necias les pidieron aceite, pero las prudentes no podían dárselo, porque entonces nadie tendría suficiente. Las necias salieron corriendo a comprar aceite y mientras tanto, el esposo llegó, entró con las prudentes a la fiesta y la puerta se cerró.
Cuando las necias volvieron, golpearon la puerta, pero el esposo respondió, “En verdad les digo, no las conozco.” Esa parábola, mi querido hermano, mi querida hermana, esa parábola es exactamente para nuestros tiempos. El aceite de la lámpara es la gracia de Dios, es la fe viva, es la oración, es los sacramentos, es la caridad, es todo lo que tú acumulas en tu alma a lo largo de tu vida cristiana.
Y ese aceite nadie te lo puede regalar en el último momento. Lo tienes que ir acumulando día a día, hora a hora, oración a oración. Por eso es urgente en estos tiempos llenar la lámpara, llenarla mucho, llenarla con todo lo que puedas, porque cuando llegue la hora no habrá tiempo para correr a comprar aceite.
Y aquí, mi querido hermano, mi querida hermana, quiero pedirte algo muy especial. Reza por el Papa León XIV, reza por él todos los días, aunque sea un Ave María, aunque sea un Padre Nuestro, porque ese hombre en este momento está cargando una cruz que tú y yo apenas podemos imaginar. Si la profecía de San Malaquías se está cumpliendo, él es el pastor que tiene que guiar al rebaño en medio de las tribulaciones.
Y eso es un peso enorme, más enorme que cualquier peso que un hombre haya cargado en la historia de la iglesia. Imagínalo. Imagínalo solo por las noches en su capilla privada del Vaticano. Imagínalo rezando por cada una de las almas del mundo. Imagínalo pidiéndole a Dios sabiduría para tomar decisiones que afectan a miles de millones.
Imagínalo cargando los pecados de la iglesia, los escándalos, las divisiones, las traiciones. Él necesita nuestras oraciones más que ningún papa de la historia, quizá, porque está viviendo un momento que ningún papa anterior ha vivido. Y si él es Pedro el romano, si él es el último Papa antes del retorno de Cristo, entonces nuestras oraciones por él son una de las cosas más importantes que podemos hacer en nuestras vidas.
Mi querido hermano, mi querida hermana, ya casi terminamos, pero antes de cerrar este encuentro quiero darte un último mensaje, un mensaje que te va a quedar grabado en el corazón. En el libro del Apocalipsis, en el capítulo 12, hay una visión preciosa. La visión de una mujer vestida de sol con la luna bajo sus pies, con una corona de 12 estrellas.
Esa mujer, según la tradición de la Iglesia, es la Virgen María, la Madre de Dios. Y en esa visión, un dragón terrible intenta devorar al hijo que ella está dando a luz, pero la mujer y el niño son protegidos por Dios. Y al final del Apocalipsis vemos como todo termina. Termina con la victoria. Termina con Cristo Rey reinando para siempre.
Termina con la nueva Jerusalén descendiendo del cielo. Termina con Dios habitando entre los hombres. Termina con todas las lágrimas enjugadas. termina sin muerte, sin llanto, sin gritos, sin dolor. Y esa, mi querido hermano, mi querida hermana, esa es la esperanza nuestra, esa es la fe nuestra, esa es la promesa que ningún dragón puede romper, que ningún tirano puede borrar, que ninguna tribulación puede manchar.
La profecía de San Malaquías quizás se está cumpliendo, quizá no. Solo Dios lo sabe. Lo que sí sabemos, mi querido hermano, mi querida hermana, es que el tiempo se acorta para cada uno de nosotros, independientemente de las profecías, que cada respiro nuestro es un regalo, que cada día que Dios nos concede es una nueva oportunidad de amarlo, de servirlo, de prepararnos para verlo.
Y eso, eso es lo que importa. León 14. Sea o no Pedro el romano, sea o no el último Papa, es un buen pastor, es un hombre de Dios, es un sucesor legítimo de Pedro y nuestra obligación como hijos fieles de la Iglesia es seguirlo, rezar por él, confiar en que el Espíritu Santo está guiando a la Iglesia como siempre lo ha hecho, como siempre lo hará hasta el final, porque Cristo lo prometió y la palabra de Cristo no falla.
dijo en el Evangelio de Mateo, capítulo 28, versículo 20, escuchando bien estas palabras del Señor, estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo. Todos los días hasta el fin del mundo. No solo en los días buenos, también en los días de tribulación, no solo en los siglos de paz, también en los tiempos apocalípticos, no solo cuando todo está claro, también cuando todo parece oscuro y confuso.
Mi querido hermano, mi querida hermana, hemos llegado al final de este encuentro. Espero que estas palabras te hayan tocado el alma. Espero que en lugar de miedo te dejen paz. En lugar de angustia te dejen propósito. En lugar de confusión te dejen claridad. Porque vivir en estos tiempos no es una maldición, es un privilegio.
Dios pudo haberte hecho nacer en cualquier siglo y te eligió para vivir ahora, en este momento histórico con León XIV como Papa, con las profecías sacudiendo al mundo, con la Iglesia atravesando un parto doloroso pero glorioso. Y eso, mi querido hermano, mi querida hermana, eso significa que Dios tiene una misión para ti en este tiempo exacto.
Una misión que solo tú puedes cumplir, una misión que nadie más en la historia podría cumplir, porque solo tú estás aquí ahora con tu fe, con tu familia, con tu trabajo, con tus circunstancias únicas. Si esta historia te ha tocado el alma, si sientes que el cielo te ha hablado a través de este mensaje, no puedes perderte el video sobre las profecías de Fátima, que también se están cumpliendo en nuestros tiempos, donde descubrirás los tres secretos completos, las advertencias que la Virgen María dejó a la humanidad y por qué este pontificado
de León XIV está conectado profundamente con esos mensajes celestiales. Te dejo el enlace aquí arriba y en la descripción. Gracias, gracias de todo corazón por quedarte hasta el final. Que Dios te bendiga hoy y siempre. Que la Virgen María te cubra con su manto. Que San Malaquías, San Pedro, San Pablo y todos los santos del cielo intercedan por ti y por toda tu familia.
Y recuerda, cada semana hay una nueva historia esperándote en este canal. Suscríbete, activa la campanita y comparte este video con alguien que necesite escuchar este mensaje, porque quizá esa persona también está esperando una señal del cielo y quizá Dios la quiera tocar a través de ti hasta nuestro próximo encuentro.
Mantén la lámpara encendida, mantén el aceite lleno, mantén la mirada en el horizonte, porque viene el esposo, viene Cristo, viene la victoria y bienaventurados los que vigilan, porque los hallará despiertos. Amén. M.