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Rocío Dúrcal: Guardó Lo Que Juan Gabriel Le Hizo y Calló Hasta el Día Que Murió

18 de mayo de 2005. Madrid. Hotel Palace. Una sala de prensa abarrotada de periodistas, fotógrafos y cámaras de televisión de medio mundo. Hace calor. Las luces de los focos iluminan una mesa larga con un micrófono solitario. Los reporteros llevan más de una hora esperando. Algunos murmuran que no va a venir, que está demasiado enferma.

que la última vez que alguien la vio en público llevaba un pañuelo en la cabeza y había perdido 15 kg, que el cáncer ya le llegó a los pulmones y que los médicos no le dan mucho tiempo. Y entonces se abre una puerta lateral y entra ella, Rocío Durcal, la española más mexicana del mundo, la mujer que le puso voz a Amor eterno, la que vendió más de 50 millones de discos cantando rancheras con acento de Madrid y la que hizo llorar a tres generaciones de mujeres latinas con canciones que no había escrito, pero que cantaba como si las hubiera vivido todas.

Camina despacio, más despacio de lo que cualquiera la recuerda, se sienta, sonríe, pero no es la sonrisa de las películas de los 60 ni la sonrisa de los escenarios con mariachi. Es una sonrisa que duele porque Rocío Durcal tiene cáncer. Le empezó en el útero en 2001, lo venció. Volvió a grabar discos, volvió a los escenarios, pensó que lo había derrotado, pero el cáncer volvió y ahora le ha llegado a los pulmones y ella lo sabe y todos en esa sala lo saben y nadie quiere decirlo en voz alta.

Los periodistas le preguntan por México, por la música, por su familia. Ella responde con esa gracia madrileña que nunca perdió. A esa mezcla de ternura y de esparpajo que la hacía única cualquier escenario del mundo. Habla de sus hijos, de Junior, su marido, que la cuida como la cuidó siempre.

De lo mucho que extraña los escenarios, el olor del mariachi, la emoción de sentir a miles de personas cantando sus canciones con ella. habla de México con una emoción que solo pueden entender los que han tenido dos patrias. Y entonces alguien levanta la mano y hace la pregunta que todo el mundo quería hacer, pero nadie se atrevía. La pregunta que llevaba años flotando en el aire como una canción que nadie quiere escuchar.

La pregunta sobre Juan Gabriel, sobre el hombre que le escribió las canciones más importantes de su vida, sobre el amigo que la convirtió en leyenda, sobre la persona que llevaba años sin hablarle. Rocío baja la mirada. El silencio dura 3 segundos. por 3 segundos que pesan como 30 años.

Y entonces dice una frase que lo cambia todo, una frase que es más devastadora que cualquier canción que ella haya cantado jamás. Una frase que no necesita música ni mariachi para destrozarte el corazón. Dice, “Ni siquiera me ha llamado para ver cómo me encuentro.” 10 meses después, Rocío Durcal murió. murió en su casa de Torrelodones en Madrid el 25 de marzo de 2006 a los 61 años.

Rodeada de su familia, de Junior, de Carmen, de Antonio, de Shila, pero no de él. Juan Gabriel no la llamó, no fue al funeral, no envió flores, no le mandó una carta, mandó un mensaje de pésame por su página de internet y al mes y medio estaba organizando un concierto, Homenaje a Rocío, en el Auditorio Nacional de México. Un homenaje multitudinario con mariachi, con orquesta am con pantallas gigantes proyectando la cara de Rocío.

un homenaje a la mujer a la que no le había levantado el teléfono ni una sola vez mientras se moría de cáncer. La hija menor de Rocío, Shila Durcal, lo dijo ante las cámaras de la televisión española con una frase que le partió el corazón a medio continente. Ahora sí haces homenajes y no hablas con ella.

Hoy vas a descubrir cuatro cosas que nunca te contaron sobre la amistad más importante de la música latina. Cuatro secretos que explican cómo fue posible que dos personas que se querían como hermanos, que llenaron escenarios juntos durante una década, que vendieron decenas de millones de discos, terminaran sin hablarse mientras una de ellas se moría.

Te voy a avisar cuando llegue cada uno. Primero, lo que realmente pasó entre Juan Gabriel y el esposo de Rocío, o el libro que fue retirado por orden judicial y las fotografías que Junior llamó fotomontaje. Segundo, la noche en que Rocío se subió al escenario de Monterrey durante una canción llamada Tu abandono para pedirle perdón al hombre que le había dado sus canciones más grandes y por qué ese abrazo no cambió absolutamente nada.

Tercero, lo que Juan Gabriel le hacía a espaldas de Rocío mientras ella le cantaba al mundo sus canciones, la obsesión por copiarla que su propia hija reveló en televisión española. Y cuarto, lo que pasó al mes y medio de la muerte de Rocío, el homenaje que indignó a la familia y dividió a la opinión pública y la frase con la que Shaila lo destruyó ante las cámaras.

Pero para entender cómo fue posible que esto ocurriera, necesitas conocer el mundo que construyó a estas dos personas. Oh, porque esta historia no empieza el día que todo se derrumbó, empieza mucho antes y empieza con algo que tú probablemente viste en tu propia televisión. Para entender a Rocío Durcal, hay que entender primero de dónde venía.

Y de dónde venía era de lo más humilde que te puedas imaginar. María de los Ángeles de las Heras Ortiz nació el 4 de octubre de 1944 en el barrio de Cuatro Caminos en Madrid. España estaba destruida. La guerra civil había terminado hacía apenas 5 años. La posguerra había dejado hambre, silencio, miedo y pobreza.

No había glamur, no había espectáculo, había supervivencia. Su familia era humilde entre las humildes, seis hijos. La madre lavaba ropa ajena para ganarse la vida. El padre trabajaba en lo que podía. No había dinero para lujos, no había dinero para casi nada. Rocío o en la hermana mayor tuvo que dejar la escuela muy pronto y empezó a trabajar de aprendiz de peluquera siendo todavía una niña.

Lavaba cabezas, barría pelos del suelo y mientras barría cantaba. Cantaba todo el día. Cantaba canciones que escuchaba en la radio, cantaba a flamenco que su abuelo le enseñaba, cantaba coplas que su madre tarareaba mientras lavaba la ropa, porque tenía algo que nadie le había enseñado y que nadie le podía quitar.

Una voz, una voz que su abuelo paterno reconoció antes que nadie en el mundo. Le decía que su voz era fresca como el rocío de la mañana. De ahí vino el nombre que la haría inmortal, no de un productor, no de un empresario, de un abuelo que la escuchaba cantar en la cocina de una casa pobre de cuatro caminos y sabía que esa niña iba a ser grande.

A los 15 años, animada por su familia, ahí participó en varios concursos radiofónicos de canto. Primero se hacía llamar Rocío Benamejí. Después Rocío Fiestas. Estaba buscando su nombre, estaba buscando su camino. Y en 1959 esa niña de barrio obrero se plantó en el programa de televisión Primer Aplauso de Televisión Española, conducido por José Luis Uribarri y cantó La sombra vendo, con una seguridad y una potencia vocal que dejó helado a todo el plato.

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