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Perú, te hablo al Corazón: El mensaje del Papa León XIV que NADIE Esperaba

Amen. Hijo y hermano del Perú, cierra un momento los ojos conmigo y escucha lo que yo escucho cuando rezo por tu patria.

Oigo el mar que golpea suave en la costa, el viento frío que baja de los andes, el murmullo de los ríos que atraviesan la selva. Oigo pasos de peregrinos, voces que rezan en quechua y en castellano y el sonido de una campana que llama a casa.

En ese rumor reconozco la historia de un pueblo que se ha puesto de pie después de muchas tormentas y que hoy busca una palabra clara, una caricia que sane y una luz para el camino. Vengo a hablarte al corazón. No traigo consignas, traigo nombres. los nombres de tus hijos que madrugan por pan, de tus abuelos que sostienen la fe con el rosario, de tus barrios donde la esperanza se comparte en olla común, de tus templos donde el Señor de los Milagros sigue saliendo a la calle para abrazar a los que lloran.

He escuchado alegrías que encienden un niño que aprende a santiguarse y dolores que pesan una familia que extraña a quien partió. He visto manos heridas por el trabajo y he visto también manos abiertas para servir. Todo eso lo pongo hoy sobre el altar de esta palabra. Hoy quiero dejarte un mensaje poderoso para el Perú, nacido de la oración y de la escucha.

No será un discurso para admirar, será un camino para andar. Haré memoria de tus santos que te enseñan a vivir el evangelio en la cocina y en el taller Santa Rosa, San Martín, Santo Toribio. Nombraré heridas que necesitan cuidado y te propondré pasos concretos para tu hogar. Escuchar sin juzgar, orar en familia, servir al vecino que está solo.

Y al final rezaremos juntos para que la paz del Señor habite tu mesa y haga nueva tu casa. Quédate conmigo hasta el final. Si puedes, toma entre tus manos un nombre por el que quieras pedir hoy. Tal vez el de tu madre enferma, el de tu hijo que busca trabajo, el de ese vecino con quien necesitas reconciliarte. Llevaremos ese nombre capítulo a capítulo y lo dejaremos como ofrenda humilde en el corazón de Dios.

Comencemos este recorrido con confianza y esperanza, porque cuando un pueblo se reúne para escuchar la voz de Dios, siempre descubre que la historia puede volver a empezar hoy aquí en tu casa. Te escucho, Perú, del nombre que guardaste en tu corazón. Al iniciar este camino, doy el primer paso contigo. Cuando un pastor habla, primero escucha.

Y yo he escuchado al Perú en sus tres latidos que se responden como un coro antiguo y siempre nuevo, costa, sierra y selva. Tres acentos que forman una sola oración. Tres paisajes que enseñan a rezar con los ojos abiertos. En la costa escuché la fuerza de quienes madrugan para llevar pan a la casa. Vi a un padre abrir su pequeño puesto antes del alba y con el primer bostezo persignarse en silencio.

Vi a pescadores que se encomiendan al amanecer, que conocen el idioma del mar y lo honran con prudencia. Y escuché el silencio agradecido de una abuela que reza por sus nietos antes de que suene el primer motor. Esa abuela, con su rosario gastado sostiene más de lo que imagina. En su plegaria caben los turnos de noche, los miedos que no se dicen, los sueños que todavía no se atreven.

La costa me habló al oído con olor a sal y pan caliente y me dijo, “No olvides dar gracias por lo sencillo que mantiene de pie a un pueblo. En la sierra escuché el quechua y el aimara como cantos de cuna de la fe. Oí a los campesinos hablarle a la tierra con respeto, como quien toca un tabernáculo.

Los vi sembrar y cosechar con un ritmo que alivia la ansiedad del mundo y devuelve el alma a su tiempo verdadero. Escuché el eco de una procesión que sube por calles empinadas con una vela que no se apaga ni con el viento, porque la mano que la sostiene aprendió a perseverar. Allí la pobreza se vuelve maestra de dignidad y la distancia se acorta cuando la comunidad decide llegar junta.

La sierra me enseñó que la esperanza no es ruido, es constancia que vuelve a empezar cada mañana. En la selva escuché la amistad de los pueblos originarios con la creación. Me hablaron del agua como hermana y del bosque como casa común. Aprendí de su sabiduría para cuidar lo que no se ve, la raíz, la semilla, la relación.

Escuché su clamor cuando la casa común sufre, cuando un río se ensucia y un árbol viejo cae sin necesidad. Su voz pide que el progreso no sea olvido, que la salud de un pueblo no se mida solo en cifras, sino en armonía. La selva me recordó que el evangelio tiene olor a tierra húmeda y que el reino crece en silencio cuando cuidamos lo vivo con delicadeza.

También escuché dolores, desigualdad que duele y no se tapa con slogans, soledades que pesan en cuartos pequeños y en oficinas grandes. Divisiones que enfrían el alma y convierten la conversación en un muro de hielo. A veces el miedo llama a la puerta con el nombre de la violencia y deja cicatrices que no se ven.

Otras se disfraza de corrupción y desgasta la confianza gota a gota. se sienta a la mesa como indiferencia y nos convence de que nada puede cambiar. Yo te lo digo con el cariño de padre y la franqueza que nace de la oración. No te acostumbres al mal como si fuera paisaje. No normalices lo que enferma el corazón.

Tu historia es más grande que tus problemas. Tu fe es más fuerte que tus heridas. Cada vez que el Perú se mira en el espejo de su fe, encuentra la misma respuesta sencilla y exigente. Volver al evangelio con obras, poner a las personas por delante de las cosas, cuidar la vida desde su comienzo hasta su ocaso. No es un eslogan, es una decisión cotidiana.

Es ese minuto en que apagas el juicio y enciendes la escucha. Es esa bolsa de alimentos que compartes sin que nadie lo sepa. Es esa visita breve al enfermo que parecía esperar desde siempre. Es pedir perdón primero, aunque te toque perder una razón para ganar una paz. Es rezar por tu autoridad y exigirle con respeto, sabiendo que el bien común no se construye con gritos, sino con manos que trabajan juntas.

He escuchado al Perú también en sus pequeñas victorias, allí donde no llegan las cámaras. La profesora que compra de su bolsillo tizas y cuadernos porque a dos de sus alumnos se les acabó todo menos las ganas. El chóer que al ver subir a un anciano detiene el reloj interior y regala tiempo como si fuera agua en verano.

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